lunes, 23 de septiembre de 2013

Decimoctavo Domingo después de Pentecostés.

”Siervos fieles de Cristo” Primera Lección: Amós 8:4-7 Segunda Lección: 1ª Timoteo 2:1-15 El Evangelio: Lucas 16: 1-15 Introducción Administrar algo implica una responsabilidad y exige poner nuestra atención en cuidar de aquello sobre lo que tenemos la potestad. Y si es algo que nos ha sido dado o dejado a nuestro cargo en nombre de otro, la responsabilidad aumenta por el hecho de la confianza que se ha depositado en nosotros. En la administración pues debemos poner atención en hacer una buena gestión de lo que nos ha sido encomendado a nuestro cuidado, demostrando que hemos somos fieles administradores y que la confianza que se ha depositado en nosotros estaba justificada. Pues haciéndolo nos haremos merecedores del respeto y la consideración como hombres íntegros y confiables. Ahora bien, ¿podemos aplicar esta misma idea en lo que se refiere a nuestra vida personal?, ¿cómo la administramos?, y lo más importante, ¿qué uso hacemos de todos aquellos bienes que el Señor ha puesto a nuestro cuidado?. Pues aquí está la clave, en entender que todo lo que somos y tenemos, no es sino un depósito que el Señor ha dejado temporalmente bajo nuestra administración. ¿Administramos nuestros bienes pues sirviendo a los intereses de nuestro Señor?, ¿o servimos por el contrario a otros señores?. Reflexionemos sobre si, como el siervo infiel, estamos trabajando ahora por administrar de manera inteligente y sabia los bienes que nos han sido dejados bajo nuestra tutela en esta vida, y teniendo presente el futuro eterno. •Todo proviene de Dios Nos encontramos en la lectura de hoy con una parábola que contiene una gran sabiduría, y donde un mayordomo es descubierto haciendo un mal uso de los bienes de su señor: “y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes” (v1). En primer lugar dice la Palabra que este hombre los disipaba, o lo que es lo mismo, los malgastaba sin su consentimiento. Ya de por sí esto demuestra que este mayordomo confundía gravemente el hecho de que aquellos bienes, aún siendo él su administrador, no eran suyos en realidad sino de su amo. Pero descubierto el engaño, la realidad se impuso para él y fue destituido de su cargo: “Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser más mayordomo” (v2). Todo lo tenía, y todo lo perdió por su mal comportamiento y su deslealtad. Detengámonos sin embargo ahora a reflexionar un momento sobre nuestra propia vida, y sobre todo aquello que tenemos. Pues es fácil perder el sentido de la realidad muchas veces por el uso y abuso del término posesivo “mi”. Solemos decir a diario: mi casa, mi familia, mi coche, mi dinero, mi vida, y un largo etcétera de “mies” que nos hacen pensar que los bienes que poseemos son nuestros por derecho y mérito propios. Olvidamos así que en realidad todo ello y nuestra vida incluida, no pertenecen a otro sino a Dios mismo, y que sin su voluntad nada tendríamos, ni siquiera nuestra existencia. Este Universo y en particular este mundo donde habitamos con todo lo que contiene, son creación de Dios en Cristo, y nosotros vivimos esta vida en esta tierra gracias al favor y el Amor de Dios. Él nos entregó este mundo para habitarlo y disfrutarlo sabiamente, y esta sabiduría incluye el no olvidar quién es en realidad el Señor de esta viña, y que en cualquier momento él puede reclamar lo que es suyo: “Jehová dió y Jehová quitó” (Job 1:21). Sin embargo el mayordomo cometió otra grave falta contra su señor. Disipó los bienes de su amo. Es decir, no solo se enseñoreó de ellos creyendo poder usarlo cual si fueran suyos, sino que además no los usó sabiamente ni con un fin noble. Sencillamente los derrochaba. Sí, el pecado del hombre hace que sea seducido a menudo por los bienes materiales, y así, transite los caminos del egoísmo y la insensatez. Pues es insensatez pensar que estos bienes nos han sido dados para el derroche, y no para ponerlos al servicio de una vida dedicada a vivir según la voluntad del Señor. Y suele ocurrir que la dura realidad se impone cuando, como a este mayordomo infiel, el Señor nos hace entender que no hemos sido fieles administradores de Sus bienes y que debemos ser destituidos y destronados del pedestal que nos habíamos construido torpe e insensatamente los seres humanos: “mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos” (2ª Tim 3:9). •Usando los bienes con sabiduría La lectura explica que, sabiéndose descubierto en su engaño, el mayordomo visitó a los deudores de su amo para rebajarles su deuda. Pensaba que así se aseguraba el favor de estos en un futuro y que podría ser ayudado por ellos y recibido en sus casas. La sagacidad humana en las cuestiones mundanas es rica e imaginativa: “porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz” (v8). Mas en realidad todos somos, a causa del pecado, mayordomos infieles de los bienes de Dios. Y son muchas las ocasiones en que no hacemos un buen uso de ellos. Pues aquí está una de las claves de esta parábola, en buscar las maneras de usar los bienes que hemos recibido con sabiduría y con la mira en que sirvan de la mejor manera posible a los deseos del Señor para nuestra vida y, desde ella, a la de nuestro prójimo. Recordemos que Dios espera que nuestra vida en toda su extensión, sirva a Su voluntad y que pongamos nuestra inteligencia y recursos no solo al servicio de nuestras necesidades personales, sino también de la extensión del Reino y del Amor de Dios para este mundo. Y cuando hablamos de bienes, no hablamos solo de recursos materiales o simplemente dinero. También los dones o habilidades que tenemos, o sencillamente nuestro tiempo pueden ser útiles y valiosos para este fin. Pero ¡solemos excusarnos y quejarnos tantas veces de tener poco de esto o aquello!. Sin embargo para el Señor poco nunca es poco realmente, y valora siempre ante todo la sinceridad de un corazón entregado y generoso pues: “el que es fiel en lo muy poco; también en lo más es fiel” (v10). Y para esto nada mejor que seguir el modelo que para nosotros es Cristo, el cual fue el primero en disponerse al servicio fiel a favor de la humanidad, no escatimando nada y entregando voluntariamente hasta la última gota de su sangre por nosotros. Tengamos en definitiva en mente siempre que nada hemos traído a este mundo, y nada nos llevaremos del mismo; todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios nuestro Creador, y en realidad, como proclama el Ofertorio en cada Oficio: “todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. Recordemos además y es importante tenerlo presente, que cuando hacemos un buen uso de los bienes terrenales, no buscamos con ello recompensa alguna de parte de Dios. No, pues nuestra recompensa se halla en aquella Cruz que nos liberó de la muerte y el pecado y a partir de ella, todo lo demás brota de la fe en la obra de Cristo y sus promesas. Confundir esto sería errar gravemente, y quitaría a Cristo el mérito que sólo a Él pertenece. Y nuestro mérito, nuestra Justicia ante Dios es precisamente Cristo y sólo Cristo (Gal 2:16). •Sirviendo a un solo Señor Administrar lo ajeno ya hemos dicho que es una responsabilidad. Y cuando alguien demuestra celo en ello, se le considera persona confiable y fiel, y digna de recibir mayores responsabilidades. Jesús nos enseña sobre este hecho en relación a nuestra salvación: “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?, y si en lo ajeno no fuisteis fieles ¿quién os dará lo que es vuestro?” (v11-12). Es decir, si en la administración de los bienes terrenales demostramos insensatez y falta de responsabilidad, ¿cómo podemos pretender recibir y apreciar el bien supremo que es la salvación eterna?. Y si no reconocemos a Dios en nuestra vida y en todo lo que hemos recibido de Él en ella, ¿cómo lo reconocemos cuando estemos en su presencia en las moradas celestiales?. El ser humano es advertido así de su responsabilidad sobre cómo administrar todo aquello con lo que el Señor lo bendice en su caminar en la Tierra. Sin embargo, otro de los peligros para nosotros a la hora de ejercer nuestra mayordomía es, como le ocurrió al mayordomo infiel y les ocurría a algunos fariseos avaros, sucumbir al amor por las riquezas. Pero el esplendor de ellas, lo “sublime” como es llamado por Jesús, especialmente cuando sirve al egoísmo o la avaricia no es ante Dios sino abominación. Pues llegados a este punto, el hombre se ha convertido en realidad en un esclavo, y ya no sirve al verdadero Dios, sino que está atado a lo material, a lo corruptible. ¡A todo aquello que no es sino podredumbre y muerte!. De nuevo Jesús nos advierte: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6:19.21). No, debemos tener presente que nuestra riqueza, nuestro tesoro no está aquí en la Tierra, y que no hay nada en ella que pueda ni deba ser el objeto de nuestros anhelos más profundos. Nuestro tesoro está en el Cielo, y tenemos aquí en esta vida un anticipo del mismo en las promesas de vida y salvación que Cristo nos ofrece. (Jn 6:47). Y especialmente tenemos un anticipo de este tesoro del Cielo aquí en la Tierra, en el cuerpo y sangre que Cristo nos ofrece en cada Oficio para donarnos vida y salvación: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn 6:54). ¿Quién sería pues tan insensato de buscar otros tesoros mayores o servir a otros señores?, pues ¿qué puede darnos mayor plenitud que sabernos herederos del Reino celestial?. •Conclusión Por tanto preguntémonos cada uno a nosotros mismos: ¿Cuáles son los bienes con los que he sido bendecido en esta vida?, y ¿a quién sirven estos bienes?. Es indudable que aquello que Dios nos ha dado, lo ha dado para que hagamos uso y disfrute de ello, pero un uso con sabiduría. Sin embargo también estos bienes deben servir llegado el caso al prójimo, al necesitado, a aquél donde Cristo se nos manifiesta en su necesidad. No verlo así implica una concepto de la vida egoísta y lejos del Amor que, como cristianos, deberíamos proyectar alrededor nuestra. Somos por tanto mayordomos de Dios aquí en la Tierra, y estamos llamados a administrar con fidelidad los bienes con que Él nos ha bendecido. Y de entre todos el mayor es la gracia y el Amor que disfrutamos en Cristo. Al mundo puede parecerle poco, pero para nosotros es nuestro tesoro más preciado: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25:21). ¡Que así sea, Amén!. J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo