domingo, 17 de octubre de 2010

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“El Ser Discípulo de Cristo Quiere Decir Confesar con Valor”

Textos del Día:

Primera Lección: Proverbios 8.1-11

Segunda Lección: Hechos 5.17-32

El Evangelio: Mateo 10.32-43


Sermón

Andar con el Señor Jesucristo en esta vida fue para los discípulos un gran privilegio, un gozo inefable y una experiencia sin igual. Fue una sensación sobremanera gloriosa presenciar sus muchos milagros, tales como la multiplicación de los cinco panes y los dos pececillos para dar de comer a cinco mil hombres, la curación de toda clase de enfermedades, como la ceguera, cojera, parálisis, lepra, la liberación de los endemoniados, la resurrección de muertos, como la de la hija de Jairo, del mancebo de Naín y de Lázaro. Los discípulos fueron unos cuantos, entre los muchos millones de habitantes del mundo, que con sus propios ojos vieron la gloria del Señor. Pocos, muy pocos fueron los seres humanos que oyeron las oraciones y los discursos pronunciados por el divino Maestro que enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Con razón dijo Jesús: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis: porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron”. Él habitó entre ellos, y ellos vieron “su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Toda esta gloria los ponía en peligro de creer que así iba a ser toda la vida. Sabemos que así pensaban por la reacción de ellos al Cristo anunciar que le convenía ir a Jerusalén para padecer mucho de los ancianos y de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas y ser muerto, y resucitar al tercer día. A esto Pedro, expresando el pensar de los demás,
dijo: “Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca”. Aunque eran discípulos de Jesús, su opinión acerca del Reino de Cristo era una opinión materialista. Después de haberse cumplido la profecía acerca de su Pasión, oímos a los discípulos que caminaban hacia Emaús decir al Cristo resucitado, pero desconocido a ellos: “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel: y ahora sobre todo esto, hoy es el tercer día que esto ha acontecido”. Aun después de haber oído la explicación de las Escrituras sobre el carácter espiritual del reino de los cielos preguntaron al Señor, que se dirigía al lugar desde el cual, delante de ellos, ascendería al cielo: “Señor, ¿restituirás el reino de Israel en este tiempo?”. Antes de asumir la difícil pero gloriosa responsabilidad de ser fieles y verdaderos discípulos y embajadores del Señor, necesitaban la convicción del Espíritu Santo para creer de corazón las palabras que Jesús les había dicho: “Bástale al discípulo ser como su señor. Si al padre de la familia llamaron Beelzebub, ¿cuánto más a los de tu casa?”.

Esa experiencia de los discípulos de antaño es también nuestra experiencia. La dicha y felicidad que tenemos como discípulos de Cristo es más grande que todo el bienestar de que pueda disfrutar el ser humano aquí en la tierra. Aunque somos pecadores que sólo merecemos el castigo divino, hemos Sido salvos por la pura misericordia y gracia de Dios sin ningún mérito o dignidad de nuestra parte. Aunque hijos de ira por naturaleza, fuimos hechos hijos amados de Dios. Pero hay que tener cuidado y no pensar en que ser discípulo es como recoger flores de un rosal desprovisto de espinas. Hay que tener cuidado y no pensar en cubrir la cruz con un ramillete de flores hasta que ya no se mire la aflicción que este símbolo indica. Ser de Cristo quiere decir no sólo recibir perdón, vida y salvación, sino también aceptar todas las responsabilidades y sufrimientos que acompañan a estos privilegios y glorias. Para comprender esta lección también necesitamos la instrucción del Espíritu Santo. Y ésta es precisamente la lección que el divino Maestro desea grabar en nuestros corazones por medio del texto que acabamos de leer.

Aprenderemos de su Santo Espíritu que el Ser Discípulo de Cristo Quiere Decir Confesar con Valor al Maestro Delante de los Hombres

1. Esto ciertamente costará aflicción;

2. Pero traerá también una gran recompensa.

1. Todo lo que dice el texto es parte de la confesión del cristiano en este mundo. Al tratar de
confesión pensamos en primer lugar en la confesión que se debe hacer por medio de la boca. Los discípulos hicieron esto cuando Cristo les preguntó: “¿Quién decís vosotros que soy?” Su confesión fue: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. No era fácil seguir a Jesús y hablar en su favor aun en aquel tiempo. Declararse seguidor de Jesús Nazareno resultaba en ser echado fuera de la sinagoga, la congregación de los judíos. Después de la resurrección de Jesús esta persecución se hizo aún más severa. Muchos fueron los cristianos de aquella época que perdieron sus bienes, fueron encarcelados y sufrieron el martirio por sólo confesar el nombre de Cristo.

Esta confesión tiene que hacerse delante de los hombres. Cosa fácil es hablar de Cristo y su salvación delante de los que no ofrecen oposición, y aun en esto somos negligentes. Bien se ha dicho que el silencio cristiano es uno de los impedimentos más grandes en la extensión del reino de Dios. Lo difícil es confesar a Cristo delante de los enemigos. No es fácil decirles que sus pecados los están llevando a la eterna condenación; que todos sus esfuerzos, aun las obras más buenas, no pueden conseguirles mérito alguno delante de Dios; que no hay otra esperanza que una confesión franca de sus pecados y creer implícitamente que Cristo es el único camino por el cual los hombres pueden salvarse. Tal confesión es sumamente difícil, pues la religión aceptada y muy popular en el mundo es la salvación por medio de los méritos humanos. Confesar así a Cristo es ajeno a los muchos fariseos modernos, a muchos de nuestros conocidos, amigos y parientes, los cuales nunca han creído otra cosa que la salvación por medio de sus obras o las de los santos, y cuya fe no está fundamentada en Cristo, sino en dogmas y prácticas idólatras. Si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo, es preciso confesarle sin el menor temor delante de todos los hombres.

Y la confesión de la boca debe ir siempre acompañada de la confesión que hacemos por medio de la vida que llevamos. Esta confesión es a veces mucho más efectiva. Es tendencia humana cerrar el corazón al testimonio de Cristo, y lo que se dice a los hombres acerca de Cristo entra por un oído y sale por el otro. Nuestras invitaciones a los cultos se rechazan con un cortés: “el domingo vamos, si Dios quiere”. Con la mayor facilidad apagan la radio cuando no les gusta el mensaje acerca del Evangelio. Pero hay una predicación y una confesión que siempre notan. Es el sermón de la vida que lleva el cristiano. “Nuestras cartas sois vosostros, ... sabidas y leídas de todos los hombres”, dijo el apóstol San Pablo a los corintios (2 Cor. 3:2). Lo que ellos practicaban anunciaba con voz clara y distinta el valor de la fe en Cristo. “Mirad cómo se aman los unos a los otros” testificaban los paganos acerca de los cristianos. “Mirad cuan pacientes, sufridos y perdonadores son”. Amigo, si de veras eres discípulo de Cristo, tu vida será una confesión verdadera de Cristo. Pronto, muy pronto notarán los demás que eres enemigo de la maldad.

Observarán que te opones a las maldiciones y que no usas palabras obscenas ni te gustan los chistes indecentes. Tus vecinos considerarán como raro que los chismes y las calumnias no sean tu pasatiempo diario. En un mundo en que existe tanta infidelidad matrimonial notarán el mutuo amor y respeto entre ti y tu esposa y viceversa. No tardarán mucho en ver que a los jóvenes cristianos no se dejan atrapar por el mundo en los placeres materiales. Tu honradez irritará a los que creen en la improbidad y en aprovecharse de otros fraudulentamente. La manera como los padres crían a sus hijos y la manera como los hijos respetan a sus padres reflejará la fe en Cristo.

Los demás concluirán que una persona que así se porta, basa su conducta en alguna fuente excelente, y se darán cuenta de que esa persona ha estado con Jesús y de que sus virtudes proceden del Evangelio. Todo esto, de paso sea dicho, ofrece la oportunidad de invitar a los demás a escuchar el mensaje de ese Evangelio.

Como ya se ha indicado, tal confesión sincera no producirá luego ni paz ni tranquilidad, sino oposición. Cristo dice: “No penséis que he venido para meter paz en la tierra; no he venido para meter paz, sino espada”. Es cierto que Él es el príncipe de paz, que vino a establecer paz entre Dios y los hombres, y entre los hombres con los hombres y a traer paz al corazón de todo ser humano. Pero para hacerlo, tuvo que deshacer las obras del diablo y oponerse a un mundo de maldad y a todos los enemigos del Evangelio de la paz. Él vino para anunciar a la humanidad que es falsa toda doctrina humana, e imposible el esfuerzo por tratar de salvarse mediante las obras y la justicia del hombre, y que sólo hay esperanza en Él, porque Él es el camino, la verdad, y la vida, y nadie puede ir al Padre sino por Él. También declaró que su enseñanza es la única aceptable a Dios. Bien sabemos que la oposición a Cristo fue tan grande que terminó en la muerte de Él en el madero de la cruz que fue levantada en el Calvario.

El Evangelio de Cristo divide a la humanidad y esta disensión entra en el círculo más íntimo de la sociedad. “He venido para hacer disensión del hombre contra su padre, y de la hija contra su madre, y de la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”. Cristo no permite que haya amor que supere al amor que le debemos a Él. “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí”. ¡Es mucho, pues, lo que Cristo exige de sus discípulos! Bien dijo Lutero, refiriéndose a las palabras que se acaban de citar, que si Cristo no fuera el Dios verdadero, lo que aquí dice seria blasfemia, porque sólo Dios puede imponer tales exigencias. Bien sabemos que el amor de los hijos para con los padres y de los padres para con los hijos lo ha sembrado el mismo Dios en los corazones de los hombres; y Dios ordena ese amor cuando en su primer mandamiento con promesa dice: “Honra a tu padre y a tu madre para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra”. Pero tan pronto como el amor de padres e hijos contradice al amor que se debe a Cristo, es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.

La misma lucha habrá también en el corazón de cada discípulo de Jesús. Antes de conocer a Jesús no hubo lucha porque servíamos sólo al pecado. Al aceptar a Cristo recibimos otro Señor; nos volvimos nuevas criaturas. Tenemos que seguir a Cristo y queremos hacerlo llevando la cruz. La mera palabra “cruz” ya nos indica tribulación y sufrimiento. Mediante una cruz nos salvó el Redentor, y ahora nos da otra cruz con la cual podemos mostrar nuestro amor y confianza. El pecado con que nacimos, el viejo hombre que todavía es parte de nosotros, busca su vida aquí en los placeres y glorias y bienes de este mundo, pero el nuevo hombre, creado en nosotros por el Espíritu Santo, está dispuesto a perder su vida por causa de Cristo. Difícil es crucificar los deseos carnales y vivir para Cristo. Cristo pide que le entreguemos nuestra vida entera.

Al oír estas exigencias del Señor, exclamamos: “Señor, ten piedad de nosotros, no entres en juicio con tu siervo, lejos estoy de ser digno de ti”. Merecemos que nos niegue delante de su Padre.

¡Qué miedo nos infunde cualquier inconveniencia! Somos adictos a la menor resistencia. Con gusto seguimos a Cristo, hasta que nos dice: “Quiero tu tiempo, deseo que sacrifiques tus goces y placeres, necesito tu dinero y bienes para mi reino”.

Que Dios nos perdone por amor de Cristo y nos haga ver la insensatez de los que no quieren
seguir a Cristo. Se gana esta vida, pero se pierde la vida eterna. Se gana el favor de los hombres, pero se pierde el que Cristo nos confiese delante de su Padre celestial. Parece imposible seguir a Cristo, porque es tan difícil seguirle. Pero Cristo, que nos salvó del pecado, también nos da el poder de seguirle. Y para animarnos nos muestra la gran recompensa de los que le confiesan delante de los hombres.

2. Ya en esta vida hay recompensa. Aunque tus propios parientes se hagan tus enemigos, habrá empero otros que recibirán a los que confiesan el nombre de Cristo. Y cuando esto sucede, el que confiesa a Cristo recibe la sensación más sublime que el hombre puede recibir en esta vida. Cristo declara: "El que a vosotros recibe, a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió”. Con esta promesa Cristo nos hace participantes de honra y gloria supremas. Es como si ellos recibieran al mismo Dios. Por medio de nosotros honran a Dios. Nuestras palabras, nuestra vida, nuestros hechos se reciben como divinos. Mediante la confesión que hacemos de su nombre nos hace embajadores del Rey de reyes, mensajeros del santo Dios y Creador, Padre eterno y Príncipe de Paz. Aunque la confesión que hacemos de Cristo nos quite la compañía de los grandes de este siglo, nos hace en cambio socios y amigos de Dios. Por la confesión que hacemos de su nombre somos compañeros de los santos escogidos, de los profetas y siervos de Jehová, como Abraham, padre de todos los creyentes; Noé, predicador de justicia; San Pablo, el más grande de los apóstoles, y miles de otros desde los más grandes hasta los más pequeños que no se avergonzaron de confesar a Jesús.

Y, además de esta honra que recibimos, la confesión que hacemos de Cristo servirá de bendición a los muchos que por ella son llevados a la fe. No hay obra más importante ni más bendita que ésta, porque por medio de ella se salvan almas y vidas. De hijos del diablo hace hijos de Dios, de personas perdidas, hombres salvados y consagrados. Las obras de los que por su confesión son instrumentos en que otros acepten a Cristo, reciben un valor grande delante de Dios. Sus esfuerzos, que antes no valían delante de Dios, Dios mismo los considera muy agradables, porque son hechos en el nombre de Cristo. Y aun las obras más pequeñas, como dar a un discípulo un vaso de agua, serán recompensadas. La confesión que haces de Cristo cambia la vida vana e inútil del hombre en una vida fructuosa, provechosa y agradable a Dios. Tu confesión edifica la Iglesia, gloriosa y eterna, de Dios.

El mundo y el diablo y nuestra propia carne nos inducen a pensar que confesar a Cristo es perder la vida. Pero de perder algo, sólo sería esta vida, que es material, pasajera y temporal.
En cambio esta confesión nos hace retener la vida eterna que Cristo nos ganó por medio de su sangre. Ya en esta vida tenemos lo que ninguno de los incrédulos posee: paz con Dios, felicidad verdadera aun en medio de las aflicciones. Nuestra vida está escondida en Cristo y por medio de
Él todas las cosas cooperan a nuestro bien. Con gozo pasamos por el valle triste de este mundo, abrigando la segura esperanza de peregrinos que caminan hacia la patria mejor en el cielo.
Y la recompensa más gloriosa que el Señor en su gracia concede a todo confesor fiel es la confesión que Él mismo hará de él delante de su Padre celestial. Observad el contraste: Después que le hayamos confesado delante de los hombres, que son todos igualmente pecadores miserables y mortales como nosotros, Él, que es el Rey de reyes, verdadero Dios de verdadero Dios, nos confesará a nosotros, pecadores rescatados de entre la masa perdida de la humanidad, delante de los santos ángeles, en presencia del Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Le oiremos decir a su Padre: “Éstos son míos, los que Tú me diste. Es para ellos que se ha preparado la gloria eterna. Son los que aceptaron el sacrificio que hice por ellos y se lavaron en mi sangre y tomaron la cruz que les di, siguieron mis pisadas y perdieron su vida por causa de mi nombre. No se avergonzaron de mí. Me confesaron delante de los hombres sin temor a las consecuencias. Tampoco me avergüenzo yo de ellos. Han de reinar con nosotros como reyes y sacerdotes para siempre”.

Que la Palabra de Cristo nos fortalezca para que seamos verdaderos confesores de nuestro Redentor, que por todos murió y resucitó por ellos.

Hasta ese día he de confesarte; Para salvarme espero sólo en Ti; Y mi gloria será que Jesucristo No se avergüence, no, jamás de mí.

Amén. –

Otto E. N.aumann.
Pulpito Cristiano

Adaptado por Gustavo Lavia.