sábado, 6 de agosto de 2011

8º Domingo después de Pentecostés.

Por Gracia sois Salvos

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Zacarías 9:9-12

EFESIOS 2:1-9

Mateo 11:25-30

¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” Así pregunta el Señor de la viña a sus trabajadores en la conocida parábola de Jesús en Mateo 20:15. Los trabajadores habían murmurado porque querían cobrar lo que creían haber merecido; el señor en cambio les había pagado según su propia buena voluntad. El problema planteado por Jesús en esta parábola sigue siendo el problema fundamental en la relación entre Dios y los hombres. El hombre opina que sus buenas obras merecen una recompensa de parte de Dios. Dios afirma en su Palabra que lo que salva al hombre no son sus así llamadas buenas obras, sino exclusivamente la gracia divina. Uno de los pasajes más claros a ese respecto es el que San Pablo escribió por inspiración del Espíritu Santo en su epístola a los cristianos en Éfeso. A base de este texto tratemos hoy el siguiente tema:

1. No por obras;

2. Sino que es don de Dios.

1. V. 1. “A vosotros os dio vida, estando muertos en las transgresiones y los pecados”. ¿Quiénes son estos “vosotros”? Son, como San Pablo escribe al principio de esta epístola, “los santos que están en Éfeso y creyentes en Cristo Jesús” (cap. 1:1). Con respecto a estos santos y creyentes, Pablo “da gracias a Dios por la fe y el amor fraternal de ellos” (1:15 -16), dones que ellos recibieron de Dios al ser llamados por la predicación del Evangelio. Para que comprendan bien esa gracia divina y no la olviden, “para que conozcan cuál sea la esperanza de su vocación” (1:18), Pablo les recuerda su estado anterior, cuando aún eran gentiles. “En aquel entonces”, dice, “estabais muertos en las transgresiones y los pecados”. No hay motivo para suponer que los cristianos de Éfeso se hubieran destacado antes por una vida excepcionalmente licenciosa; sólo habían andado “conforme al uso de este siglo”, habían cometido los pecados habituales: mentiras, impudicias, falta de amor y falta de honestidad. En esto “anduvieron”, había sido su costumbre, lo habían hecho sin inquietarse por ello, según su conciencia entorpecida. Todo el mundo hacía lo mismo; ¿por qué acaso no ellos?

Pero: estabais muertos, dice Pablo, muertos ellos, muerto todo ese siglo o mundo, porque no lo llenaba y guiaba el Espíritu Santo y vivificador, sino el “príncipe de la potestad del aire”, el diablo, como comúnmente se le llama. Ese príncipe tiene gran poder, pero lo usa sólo para destruir. Sedujo a los primeros hombres, Adán y Eva a pecar y sigue seduciendo a los postreros: “Ahora obra en los hijos de desobediencia”. Ahí tenemos la característica de la obra del diablo: seduce a los hombres a que desobedezcan a la ley divina. Muy diversas son las formas como aparece el seductor, muy diversas también las seducciones, pero en esencia son siempre lo mismo: desobediencia al mandato divino, rebelión contra la voluntad del Altísimo; el castigo empero de tal rebelión es la muerte, como ya lo demuestra el caso de Adán y Eva; muerte temporal, muerte eterna, es decir condenación eterna. De ahí las palabras de Pablo: Vosotros estabais muertos, porque anduvisteis conforme al príncipe de la potestad del aire, en rebelión y enemistad contra Dios.

Todo lo que acabamos de oír en cuanto a los efesios, ¿no se aplica, punto por punto, también a nosotros mismos? Somos creyentes en Cristo Jesús y por ende santos. Pero por naturaleza, por ser hijos de Adán, estamos muertos en pecados. Vivimos en un mundo donde todavía obra el príncipe de la potestad del aire, tratando de apartarnos de Dios seduciéndonos a la desobediencia. Tengamos pues oídos atentos: aquí se nos describe no sólo el mal de los efesios, sino también nuestro mal y nuestro remedio.

San Pablo pasa luego a describir detalles de ese “andar según el mundo”. Los efesios “vivían en un tiempo en las concupiscencias de la carne”, cometían toda suerte de pecados, y en especial abrigaban pensamientos y deseos impuros, contrarios a la castidad y honestidad que Dios exige en el Sexto Mandamiento. El asunto no se detuvo allí, sino que también “cumplían los deseos de la carne”, pasaban del pensamiento a la obra. Y ¿qué diremos de nuestro mundo actual? Precisamente los pecados de impureza en pensamientos, palabras y obras cuentan entre los más difundidos, por desgracia también entre la cristiandad.

Ahora bien: el propio apóstol Pablo admite que “vivimos en medio de los hijos de la desobediencia”. ¿No puede servir esto como excusa para nuestro vivir en concupiscencias de la carne? Muchos lo presentan así; pero la Palabra de Dios nos enseña aquí que no es así. De ninguna manera mi pecado se torna más leve por el hecho de que también otros lo cometen. Verdad es que “las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33). El ejemplo puede mucho, pero ¿por qué el mal ejemplo encuentra muchos más imitadores que el bueno? La respuesta nos la da San Pablo: “Somos por naturaleza hijos de ira, así como los demás.” El hombre, todo hombre, por su origen está inclinado hacia el mal, y no hacia el bien, los efesios tanto como cada uno de nosotros. La experiencia personal lo comprueba. ¿Qué es nuestra primera reacción ante la suerte ajena? la envidia; ¿o ante la desgracia del enemigo? el regocijo; ¿o ante la vergüenza del vecino? la burla: hijos de ira somos por naturaleza. Desde el nacimiento en pecado y a causa de él tiene que pesar sobre todos nosotros la ira divina. El Dios que tantas veces se declara a sí mismo santo, celoso, vengador de la injusticia, no puede mirar con ojos indiferentes la maldad de los hombres, tiene que airarse. Se sostiene a menudo: El guardar ira sería indigno del Dios del amor; la idea de un Dios vengativo es propia de remotos cultos paganos. ¿Por qué entonces tenemos una mala conciencia por nuestras malas acciones? Porque nos reconocemos culpables, porque tememos un castigo, admitido como justo y merecido. Así lo afirma Dios y lo apoya nuestra propia conciencia: Somos por naturaleza hijos de ira.

Ahí tenemos, amados míos, descrita en palabras severas pero irrefutables, la situación de los efesios, de todos nosotros: Estamos por naturaleza muertos en transgresiones y pecados; nadie puede cargar a otros la responsabilidad por sus malas acciones. Hemos suscitado contra nosotros la ira y el subsiguiente castigo de Dios, y nada hay en nosotros que pueda aplacar esa ira, apartar ese castigo. Consecuencia final: eterna condenación, sin posibilidad para nadie de salvarse por sus propias obras. El asunto está claro y no admite discusión.

II. Pero ¿qué dice nuestro texto? “Éramos” hijos de ira. “Éramos”, esto quiere decir que ya no lo somos más. Aquí hay una esperanza, una luz en el cuadro sombrío, una luz que se toma siempre más brillante a medida que seguimos leyendo los versículos de nuestro texto. En un principio se hablaba de nosotros, muertos en transgresiones, andando conforme al uso de este siglo, viviendo en concupiscencias de la carne; nosotros, hijos de ira. Pero ahora se habla de Dios, y ¿qué se dice de Dios? Desde los tiempos de Adán, Dios tiene derecho a la ira. Pero aquí se le llama “Dios, rico en misericordia”. Siempre de nuevo la Biblia recalca la misericordia de Dios en contraste con su ira; y cuanto más justa la ira, tanto más maravillosa la misericordia. En Éxodo 34:6-7 se afirma que Dios es “grande en misericordia hasta la milésima generación; pero que visita la iniquidad hasta la tercera y cuarta generación”. En Deuteronomio 4:31 leemos “Dios misericordioso es Jehová tu Dios, no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará de su pacto”. Y Jesús nos dice: “Sed vosotros misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:36) Y por si hubiese alguna duda, San Pablo asegura que Dios es rico en misericordia, hoy, antes y para siempre, hacia los grandes y los pequeños pecadores, aun hacia los que se sienten más indignos. “Al que viene a mí, de ninguna manera le desechare” dice ese Dios (Juan 6:37) a todos los hombres, también a ti. Y de que así sea, lo ha demostrado en mil oportunidades. Estaba dispuesto a perdonar a la pecadora ciudad de Sodoma con tal de dallar en ella cinco justos. Perdonó al rey David caído en doble pecado mortal. ¿Y no es tu propia vida una muestra evidente de la misericordia de Dios?

Preguntamos: ¿De dónde viene esa misericordia? No es el resultado de una mayor o menor cantidad de méritos en nosotros mismos. Esa misericordia tiene un fundamento mucho más firme: “Dios es rico en misericordia, a causa de su grande amor con que nos amó”, un amor incondicional, motivado sólo por la divina voluntad de amarnos. Esa voluntad es para nosotros inexplicable. ¡Dios quiere amar a los que le ofenden! Pero así está escrito y por eso mismo podemos confiar en su amor. Dios sabe quiénes somos, que estamos por naturaleza muertos en transgresiones, y a pesar de esto nos ama. Esto es amor divino, más allá de nuestra comprensión.

La consecuencia de ese misericordioso amor es que Dios nos dio vida. ¿Qué vida? Más adelante San Pablo lo aclara: Porque por gracia sois salvos”, dice. Se trata aquí de vida espiritual, vida del alma. Dios nos libra de la muerte en transgresiones quitando de nosotros el castigo que hemos merecido por la transgresión. Y esto lo hizo al cargar todas nuestras culpas sobre Jesucristo, el Cordero de Dios, que las expió derramando en la cruz su santa e inocente sangre por los pecados de todo el mundo. Por ese pago que Jesús efectuó en nuestro lugar, Dios nos da vida, considera libres de culpa a todos cuantos por la fe aceptan a Cristo como a su Salvador personal. En vez de castigo, nos espera ahora perdón; en vez de condenación eterna, bienaventuranza eterna; en vez de ser servidores del diablo, somos siervos de Dios. Nuestra vida y obras ya no son una abominación para Dios, sino que si andamos en la fe, el Padre celestial nos mira con complacencia.

Y todo esto no es algo que debemos esperar para un tiempo futuro lejano: Dios nos dio vida juntamente con Cristo. Cuando Cristo resucitó, nuestra muerte quedó vencida y el príncipe de este mundo quedó derrotado. “Nos levantó juntamente con él, nos hizo sentar con él en las regiones celestiales”; en Cristo ya estamos en el cielo, Dios nos considera ya ahora como habitantes del reino destinado para nosotros desde la fundación del mundo. (Mateo 25:34.)

Ahora esta gloria todavía no se nota plenamente. Pero tenemos la firme promesa de que “en los siglos venideros Dios hará manifiesta la soberana riqueza de su gracia”. Y Dios cumple sus promesas; Él no toma tantas y tales medidas en favor nuestro para cancelarlas después. No desesperemos pues en las aflicciones de la vida presente; cuanto más grandes sean los sufrimientos acá, tanto más brillantemente se mostrará allá la bondad divina en Jesucristo.

Como resumen y a la vez punto culminante de todo el pasaje, San Pablo afirma en los v. 8-9... Por gracia, no por obras son salvos los efesios, y nosotros, y todos los que han de ser salvos. No debe haber ni puede haber cooperación alguna por parte nuestra. El hombre de por sí está muerto en transgresiones; Dios vivifica y pone en el buen camino a quien quiere. Esto es gracia. ¿Y a quien no quiere dar vida? Esto es cosa suya. Nosotros debemos conformarnos con creer alegre y agradecidamente lo que Él nos promete. ¿Lo crees tú? Entonces alégrate: Estás salvo, por gracia, por medio de tu fe. ¿Así que a la postre hay una colaboración nuestra: la fe? ¿Acaso no ofrece Dios algo y nosotros nos decidimos a aceptar, a creer? No; a quienes Dios elige para hacerlos salvos, a éstos los lleva también a la fe brindándoles así el medio para aceptar su gracia: no procedente de vosotros, es el don de Dios, v. 8; no por obras, para que ninguno se gloríe, v. 9 Tampoco debemos gloriarnos del hecho de tener fe. Todos somos igualmente indignos, somos hermanos en la desgracia y también en la gloria. Seamos pues humildes, gozosos, y cooperemos para que más y más de nuestros hermanos lleguen a conocer la salvación a que hemos sido llamados nosotros, no por nuestras obras, sino por la gracia en Cristo Jesús. Amén.

Rvdo. Erico Sexauer