martes, 29 de enero de 2013

3º Domingo después de Epifanía.

”El Espíritu del Señor está sobre su pueblo”




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA


Primera Lección: Nehemías 8:1-3.5-6,8-10

Segunda Lección: 1ª Coríntios 12:12-31a

El Evangelio: Lucas 4:16-30

Sermón

• Introducción

Ser testigos y dar testimonio es una acción importante y solemne que se requiere de las personas en muchas ocasiones. Esto es algo muy común en la vida civil, y que debiéramos asumir con responsabilidad llegado el caso. Además, cuanto mayor es el prestigio o posición del testigo, mayor es la fiabilidad en el testimonio que se le presupone. Y podemos encontrar un símil igualmente en la vida espiritual, pues el Padre da testimonio del Hijo (Jn 8:18), y continúa dándolo hoy en el mundo por medio del Espíritu Santo, como podemos leer en la Escritura (Jn 15: 26). Igualmente los Apóstoles fueron testigos del Evangelio y a su vez, cualquier cristiano lo es llamado a serlo igualmente de Cristo. Y en lo que concierne de manera más directa en relación a la acción en el testimonio del Espíritu Santo, nos encontramos con que éste no es un mero testigo pasivo, sino que su persona otorga no sólo testimonio, sino también poder. Un poder real y efectivo en la persona que lo recibe y que Jesús nos muestra hoy en el inicio de su vida pública en Nazaret.

• El poder del Espíritu Santo en Cristo

A estas alturas, y con una vida pública aún corta, Jesús ya había dejado sin embargo una huella profunda en el pueblo, y se había ganado una buena reputación como hombre impregnado de una gran sapiencia, no sólo intelectual, sino como de alguien que habla y actúa con poder: “Y Jesús volvió con el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos” (Lc 4:14-15). Pues el ser humano es capaz de discernir el poder superior que hay tras un mensaje o una acción, allí donde se percibe que lo que está aconteciendo no responde a la voluntad humana, limitada y falible, sino a instancias de más alto calibre. Y allí donde Jesús hablaba y actuaba, este poder era claramente percibido por sus congéneres, no dejando de sentirse admirados por el mismo. Uno de estos lugares donde el poder de Dios en Cristo se hizo presente fue la sinagoga de Nazaret. Era costumbre reunirse allí el día de reposo que, recordemos, no era para ellos el Domingo, sino el Sábado. Y como judío, tal era igualmente la costumbre de Jesús. Allí se alababa al Señor y se recitaban las Escrituras, lo cual era un honor y algo que se ofrecía a personas de reconocida sabiduría y conocimiento en la Palabra. Así pues, en aquella sinagoga de Nazaret, su tierra de crianza, le fue ofrecida la lectura del libro de Isaías (Is 61:1-2), concretamente donde el profeta proclama las buenas nuevas de salvación para Sion: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (v18-19). Y podemos estar seguros que la elección de la lectura del profeta Isaías no fue casual o aleatoria, sino fruto de la voluntad divina para mostrar a Israel que en Cristo se cumple la Escritura y que la liberación de los pobres, quebrantados y en general del sufrimiento fruto del pecado, será consumado en la nueva era de gracia que Jesús inaugura tras su bautismo y en el inicio de su ministerio: “Hoy se ha cumplido la Escritura delante de vosotros” (v21). La Escritura se ha cumplido aquí, pues la Palabra del Señor se cumple siempre (Is 55:11), y en este cumplimiento el Espíritu ha hecho público el plan de salvación de Dios para su pueblo. Ahora el anuncio de la obra redentora del Señor entre los hombres es dado a conocer a todos, y a todos mostrado el poder de Dios en Cristo Jesús por medio de las “palabras de gracia que salían de su boca” (v22). Y es precisamente esta gracia de Dios hacia el pecador, lo que nos maravilla y trae la Paz que sobrepasa todo entendimiento (Fil 4:7). Ya que cuando estábamos perdidos, cuando más hundidos en el fango nos encontrábamos y cuando más lejos de nuestro hogar nos hallábamos, Dios envió a su Hijo a buscarnos, a sanarnos, a liberarnos. Y éste poder salvador, a diferencia del poder humano, no será usado para dominar, someter o sojuzgar a los hombres, sino para traerles Vida donde ellos sólo pueden tener muerte. Y no debemos olvidar que este poder habita en cada creyente, en cada uno de aquellos que en fe han confesado el nombre de Cristo. Así, también nosotros podemos proclamar: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (v18).

• Un Evangelio abierto al mundo entero

Sin embargo, tras la inicial alegría ante la proclamación de liberación recibida, aún es posible para el hombre caer en las sombras de la incredulidad al pretender aplicar a la Palabra de Dios los criterios humanos que, normalmente, desembocan en el egoísmo y por último, en el rechazo a esta misma Palabra cuando no satisface nuestros propios deseos. Pues todos daban buen testimonio de Cristo y todos se maravillaban de él, pero de pronto surgió la pregunta en la mente del hombre: “¿No es éste el hijo de José?” (v22). ¿No es Jesús también un hombre al cual conocemos?, ¿podrá acaso tener el poder de Dios que proclama?. Y si lo tiene ¿no deberá demostrarlo y más aún aquí entre nosotros, su pueblo?. ¿Debemos creer acaso en un Mesías si no es por el testimonio de nuestros propios ojos?. Jesús conocía bien el corazón de aquellos que lo escuchaban en la sinagoga, tal y como conoce el corazón de cada hombre de este mundo, y no esperó que estas preguntas fuesen formuladas para pasar a responderlas directamente: “Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a tí mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra. Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra” (v23-24). Y es que los judíos reclamaban a Jesús señales, pruebas y milagros sin los cuales, despreciando la Palabra testificada ante ellos, sólo veían en él al humilde hijo de José. Pues sin la fe, efectivamente no puede el hombre ver en Jesús al Hijo de Dios, al Cristo, y menos aún recibirlo en su corazón. Aún así, Jesús sabe y asume el rechazo que recibirá por parte de muchos, y especialmente de los suyos: “De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra” (v24); fruto de la dureza de sus corazones, donde ni su palabra ni sus propias obras serán suficientes para romper el muro del pecado que los ciega. De tales se puede decir ciertamente como el Profeta Jeremías: “pueblo necio y sin corazón, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye” (Jer 5:21). Y conociendo la dureza de su pueblo, Jesús además les advierte que la gracia de Dios, despreciada por Israel, será llevada a otros pueblos si es necesario, para que la voluntad del Señor se cumpla: “muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en toda la tierra, pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón” (v26)”, “Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el Sirio” (v27). Así tenemos aquí un anuncio revelador, que desata la ira entre los judíos de Nazaret (v28-29): que la gracia, la misericordia y el Evangelio de salvación no son patrimonio de ningún pueblo, raza o cultura, sino de Dios en Cristo para el mundo entero. Nadie podrá pues apropiarse de esta gracia divina por sus propios medios, y de nada valdrán títulos, genealogías o pretendidos derechos adquiridos. Sólo el arrepentimiento y la conversión del corazón por fe en las promesas divinas, nos abrirán las puertas de los cielos; y sólo en este Cristo ungido por el Espíritu Santo puede el hombre tener esperanza de libertad y sanación completas para sus almas: “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech 4:12).

• El Espíritu del Señor está sobre su Iglesia

Este Evangelio de salvación en Cristo ha llegado pues a nuestras vidas, a todos aquellos que han sido ungidos por medio de la fe y rescatados de las sombras para ser llevados a la luz verdadera que alumbra a todo hombre (Jn 1:9). Ahora esta luz está sobre su pueblo, la Iglesia. Y como creyentes deberíamos querer también que esta presencia con poder de Jesús entre nosotros, hiciera que, como aquellos judíos que escucharon su testimonio en la sinagoga de Nazaret, no podamos apartar la mirada de Cristo (v20): “Bendita la congregación de la que la Escritura testifica que: los ojos de todos estaban fijos en él” (Orígenes) . Somos nosotros ahora, los cristianos reunidos cada Domingo, los que buscamos alabar y recibir el alimento espiritual que Dios provee para nosotros en la Palabra y los Sacramentos. Y así, sea en una Iglesia, en un hogar reunidos con otros creyentes, a solas, o incluso sufriendo persecución y muerte como tantos hermanos de fe en el mundo, seguimos proclamando: “Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro” (Salmo 4:6). El Espíritu de Jehová está sobre su Iglesia, sobre cada uno de nosotros, miembros de este cuerpo místico: “Vosotros, pues sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1ª Cor. 12: 27). Y por esto, cada uno de los creyentes que conforman esta Iglesia son importantes para el Señor. Desde el Pastor de una congregación, hasta el más humilde infante, todos ellos reciben el llamado a ser miembros activos aportando cada uno lo mejor de ellos mismos. Y para esto de nuevo, solo una cosa es necesaria: mantener fijos los ojos en Cristo, para que nuestra visión de la vida esté siempre impregnada de su presencia y palabra. Y que esta visión determine igualmente nuestro pensar, nuestro hablar y nuestro actuar desde al Amor que brota de Él. Y el resto de aquello que nos falte, nos será añadido sin duda por el Señor en abundancia (Mt 6:33). Aquellos judíos de Nazaret, quisieron matar al Señor, llenos de ira, y rechazaron el anuncio de liberación de parte de Dios. Nosotros sin embargo, muertos con Jesús al pecado en nuestro bautismo (Rom 6:4), nos gloriamos en su muerte y resurrección que para nosotros son Vida eterna. Y testificamos que el poder de Dios está ante nosotros en la Palabra, y en el pan y el vino donde cada Domingo la gracia y al Amor del Padre son derramados sobre nosotros. ¡El Espíritu del Señor está aquí entre nosotros¡, ¡El Espíritu del Señor está sobre su pueblo, la Iglesia!.

• Conclusión

Nuestra fe no sólo contiene un mensaje que anuncia vida, sino que por la acción del Espíritu Santo ella es Vida en sí misma. Y esta acción del Espíritu trae hasta nosotros el poder de Dios. El poder de ser llamados Hijos del Padre, el poder de recibir misericordia y el perdón de Dios como un regalo divino para nosotros; el poder de perdonar al igual que fuimos perdonados en Cristo y el poder de amar con el Amor por medio del cual hemos sido rescatados y llevados a los umbrales del Reino celestial. ¡Experimenta pues este poder de Dios en tu vida cada día!, ¡Vívelo y disfruta este don precioso del Padre que hoy de nuevo el Espíritu del Señor trae sobre nosotros!. ¡Que así sea, Amén!

J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo