domingo, 3 de febrero de 2013

4º Domingo de Epifanía.



Textos del día:

Antiguo Testamento: Jeremías 1:4-10

Nuevo Testamento: 1º Corintios 12:31-13:13

Evangelio: Lucas 4:31-44

“Jesús nos libra de nuestros peores males”

En las catequesis de Madrid hemos repasado el significado del Credo Apostólico y la aplicación a nuestras vidas. Una de las partes más interesantes del mismo es cuando en su explicación Lutero afirma que Jesús nos “ha rescatado y ganado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo; no con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre, y con su inocente pasión y muerte...”. La lectura del Evangelio de Lucas refleja lo que Lutero ha afirmado anteriormente.

Cuando hablamos de la obra de Jesús, qué hizo por nosotros a través de su vida, muerte y resurrección, estamos hablando principalmente de esas tres cosas: Nos ha rescatado de la muerte, del pecado y del poder del diablo.

Jesús nos libera del poder de Satanás. Jesús expulsa un demonio de un hombre en la sinagoga. En primer lugar, debemos recordar que Satanás es real y tiene poder. Estos demonios que poseían personas fueron y son reales. En aquellos días tampoco eran reconocidos, sino más bien ignorados. Pero Pedro nos recuerda: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). Todos hemos visto y vemos la obra de Satanás. No tenemos que ir muy lejos. Todo lo que tenemos que hacer es mirar a nuestro alrededor y veremos el poder destructivo de Satanás. En el trabajo de nuestra iglesia, donde divide, distrae, crea enemistad. Él nos insta a concentrarnos en cosas que no son importantes, dejando a un lado las que son más importantes. Nos susurra mentiras, que creemos porque son el camino más fácil. Su objetivo es que todo cristiano se aparte de Dios y sea condenado al infierno. Él trabaja arduamente entre los cristianos para conseguir que quitemos los ojos de la cruz de Cristo. Lamentablemente le escuchamos con demasiada frecuencia. Si no fuera por la Palabra de Dios y los sacramentos, si no fuera por Jesús viniendo a nosotros, seríamos esclavos de Satanás, de todas sus obras y de todos sus caminos.

En el Evangelio oído hoy, este hombre poseído estaba en la sinagoga. No somos diferentes a cualquier otra iglesia donde la Palabra de Dios es proclamada. Pero Jesús muestra que Él es más poderoso que cualquier demonio, y que el mismo Satanás. Cuando le ordena al demonio salir fuera, el espíritu lanza al hombre al suelo, pero ya no puede hacerle daño. Jesús le mandó que saliera y debe hacerlo de inmediato. Este ángel malo, este espíritu inmundo le pregunta a Jesús: “¿Has venido a destruirnos?” La respuesta de Jesús es un rotundo “Sí”. Pablo nos deja una gran certeza que podemos albergar como cristianos: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38-39).

Jesús realiza este milagro para nosotros. Jesús nos libra del poder del diablo.

Jesús nos libera del poder de la muerte. A continuación, vemos a Jesús curando a la suegra de Pedro. Ella tiene fiebre y ésta es muy alta. Las enfermedades podemos definirlas como el acecho de la muerte sobre nosotros. Cada vez que enfermamos, se pone de manifiesto la fragilidad humana. Cuando tenemos gripe o alergia no vemos la hora de recuperarnos, porque estas simples enfermedades nos quitan o disminuyen algunas de nuestras habilidades. Con otras enfermedades no podemos cuidar de nosotros mismos e incluso con algunas no podemos hacer nada por curarlas. Cuando estamos enfermos somos esclavos de ellas. No importa lo higiénico que seamos, no se pueden evitar. Nuevamente no tenemos que mirar muy lejos para ver que esto es cierto. Basta con mirar a nuestro alrededor o pasar por un hospital. Cada enfermedad es una señal de que todos vamos a morir. Y no hay nada que podamos hacer al respecto. La muerte nos tiene en sus garras. Somos esclavos de la enfermedad y la muerte, por lo menos cuando estamos sin Jesús.

Jesús nos muestra su rescate otra vez. Creo que es muy interesante que Lucas usa la misma palabra en lo que Jesús hace. Él “reprendió” al demonio y a la fiebre, y para sacarlos de las personas. Ahora vemos que la curación no se da de la manera que solemos ver. Cuando alguien es dado de alta oramos por su recuperación. La suegra de Pedro no tuvo recuperación o rehabilitación. Ella se levantó y fue directamente a realizar su trabajo sin ningún tipo de efectos secundarios. La curación de Jesús muestra que es algo más que la eliminación de la enfermedad. Se muestra un retorno a la vida como Dios la había diseñado. Ella fue libre para hacer lo que estaba llamada a hacer: servir a los invitados que habían llegado a su casa. Jesús realiza este milagro para nosotros, nos libra del poder de la muerte.

Jesús hace más cosas. La noticia se extiende y las personas traen todo tipo de enfermos y endemoniados a Jesús. Él puso las manos sobre cada uno de ellos y los sanó, dice el texto. Él sana a todos, cada uno de ellos. Lucas quiere que veamos que el rescate de Jesús es también para nosotros.

Jesús nos libera del poder del pecado. Esta liberación no se menciona directamente en el texto. Pero está presente en el mismo. Jesús nos libra del pecado. Satanás tiene poder en nosotros, porque hay pecado en nosotros. La muerte tiene poder en nosotros, porque el pecado está en nosotros. Jesús pone las cosas como deben ser, porque sin pecado no hay muerte. Sin pecado, Satanás no tiene ningún poder sobre nosotros. Es importante ver que los milagros de curación de Jesús siempre están acompañados por su predicación. Él estaba enseñando en la sinagoga y el texto termina diciendo: “es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado....” ¿Cuál es la buena noticia del reino de Dios? Regresemos a las palabras de Lutero: Creo que Jesucristo me ha redimido... rescatado y ganado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo. “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”(Hebreos 2:14-15).

A través de la muerte de Jesús, nuestras vidas son liberadas de la esclavitud del pecado, la muerte y el poder del diablo. ¿Cómo? Lutero lo dice así: no con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y la muerte. Los milagros que vemos aquí, los demonios y las fiebres fueron expulsados, estos sólo son pequeños signos que apuntan a algo realmente más grande, lo realmente importante, el milagro de Dios, venido en carne: Jesucristo. Me gusta cómo Lucas dice que Jesús puso las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. Esa misma mano que había extendido para sanar y echar fuera demonios es la misma mano que extendió en la cruz. Es allí que Él pagó el precio por el pecado, no con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre y su inocente pasión y muerte. “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive”. (Romanos 6:1-10)

Estar vivos para Dios en Cristo Jesús, quiere decir que no tenemos que temer a la enfermedad, la muerte y Satanás. Puede que no seamos capaces de evitarlos, pero Jesús nos dice que Él ya los ha vencido. Nuestra muerte no es el final sino el comienzo de la vida para siempre con Él.

Jesús nos libera con su presencia. Él viene a nosotros y nos toca con su amor y gracia infinitos. En la predicación y los sacramentos se hace presente para “reprender nuestros males”. En el Bautismo hemos muerto al pecado y resucitados con el fin de vivir para Dios. Cuando en el Oficio se absuelve a los arrepentidos de sus pecados  y se pronuncia la absolución, que en el lugar y por orden de nuestro Señor Jesucristo son perdonados todos tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En la predicación de su Palabra, sea leída u oída, a medida que un servidor de la Palabra, llamado y ordenado, predica, Jesús habla a través de sus palabras escritas o pronunciadas por su boca, allí es donde Dios te toca son sus manos. Entender que no es el perdón de la persona que te lo anuncia, sino que es el perdón de Dios el que llega a ti es muy alentador. Ya que Él te compró y liberó de todos los pecados, la muerte y el poder del diablo, no con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre y su inocente pasión y muerte. También en la Santa Cena Jesús se hace presente para darte su cuerpo y sangre, es mucho más que recordar un acontecimiento, es vivirlo y recibir los dones que promete Dios cuando nos dice que son para “remisión de los pecados”. Ese es el toque de Jesús en nuestras vidas, perdonándonos todos nuestros pecados.

La enfermedad es una oportunidad de servir con oración y acompañamiento a los necesitados. Los animo a que presten especial atención a aquellas personas cercanas que están enfermas o sufriendo algún tipo de dolor y orar por ellos, de ser posible acercarles la Palabra de Dios, como lo hizo Jesús, liberarlos de estas cadenas que los aprisionan.

Todo eso es posible y no sólo posible, sino que realmente sucede, al estar Jesús en nuestras vidas por medio de su Palabra y Sacramentos podemos ir a otros animarlos consolarlos y llevarles las buenas nuevas de perdón, paz y victoria sobre nuestros enemigos.

La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará sus corazones y pensamientos en Cristo Jesús. Amen.

Pastor Gustavo Lavia