domingo, 17 de febrero de 2013

1º Domingo de Cuaresma.


Textos del día:

Antiguo Testamento: Deuteronomio 26:1-11

Nuevo Testamento: Romanos 10:8-13

Santo Evangelio: Lucas 4:1-11

“Jesús Nuestro Camino de Salvación frente a las Tentaciones”

Si está tratando de perder peso, no es nada aconsejable pasar mucho tiempo en una pastelería. Si eres una persona alcohólica que se está recuperando, es un gran problema ir a un bar de copas con amigos. Si acabas de salir de prisión por robo de vehículos, es una mala idea para trabajar como aparcador coches de lujo en un restaurante.

Existen muchas situaciones que nos colocan bajo una gran tentación para hacer el mal o por lo menos no hacer el bien. Pero ¿cómo hacer si la gran mayoría de nuestras situaciones son una tentación? ¿Cómo se puede evitar la tentación si cada día ofrece una gran cantidad de tentaciones irresistibles?

El Evangelio de hoy describe nuestra vida. No importa donde estés viviendo y las situaciones que afrontes, las tentaciones abundan. Quizá comer en exceso no sea tu tentación, pero tal vez lo sea la lujuria o la avaricia. El alcohol para muchos no representa ningún problema, pero quizá la tentación viene por medio del orgullo o un lenguaje desagradable y agresivo. Muchos piensan que el robar no es una tentación, pero tal vez no se dan cuenta de que los asecha la pereza.

No importa quién y las situaciones de vida que afrontas, Satanás tiene tentaciones especialmente diseñados para arrastrarte al pecado. Lamentablemente en la mayoría de los casos, no resistimos las tentaciones. Bajamos la guardia y quedamos vulnerables. Fantaseamos con el placer de entregarnos a esas tentaciones. Con las satisfacciones, poder o paz que nos dará cometer tal o cual acción. Nos convencemos de que “nadie saldrá herido. Sólo lo haremos una vez más. Luego dejaré de hacerlo”. Pero nunca nos detenemos. Seguimos pecando y poniendo excusas por nuestros pecados.

Así que es necesario que la ley de Dios nos confronte con nuestras excusas. Solo la ley de Dios nos puede convencer de nuestro pecado. La ley de Dios nos abre los ojos al mostrarnos la condena que acarreamos por nuestros pecados. Entonces clamamos con Pablo: “Miserable de mí ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Romanos 7:24.

En busca de respuestas a esta pregunta insoportable acudimos a la Palabra de Dios. La misma nos muestra una y otra vez a Jesús. Jesús se enfrentó a tentaciones muy poderosas durante toda su vida, tentaciones tan reales como las que tenemos a diario. Satanás se lanzó sobre Él en su peor momento. Pero Jesús se mantuvo firme.

Así que, aunque nosotros no somos capaces de resistir la tentación, tenemos la victoria sobre la tentación y el mismo tentador. Un verso del himno de Lutero “Castillo Fuerte”, explica nuestra esperanza y confianza: “Mas por nosotros pugnará de Dios el escogido”. Jesús es nuestro de Dios el Escogido, “Él lucha a nuestro lado”. Para ganar nuestra salvación Jesús venció a Satanás y todas sus tentaciones perversas.

Para apreciar cuán grandes fueron las tentaciones de Jesús, vamos a compararlo con la situación que vivieron Adán y Eva. En el Jardín del Edén, Adán y Eva tenían todas las ventajas. Dios les había hecho puros y santos, a su propia imagen. Ellos vivían en el paraíso. Ni siquiera estaba el mal en ello. Además de todo esto, Dios les había dado sólo una prohibición: “No debes comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”. Por el contrario, si consideramos a Jesús. Esto nos lleva a pensar que superar las tentaciones ha sido mucho más fácil para Él porque creemos que es verdadero Dios. Pero Jesús se humilló como sirviente, siendo también verdadero hombre. Cuando Jesús sufrió las tentaciones de Satanás, no estaba en el paraíso. Ya había pasado treinta años en un exilio autoimpuesto en este planeta, rodeado de todas las bondades y miserias del mismo. Entonces se nos dice, después de haber “ayunado cuarenta días y cuarenta noches en el desierto, tuvo hambre”.

Por lo tanto, Adán y Eva disfrutaban de todas las ventajas del paraíso. Además, ni siquiera necesitaban la fruta prohibida de comida. Por otro lado, Jesús sufrió todas las desventajas posibles. Jesús estaba hambriento, débil y solo. Lógicamente, Adán y Eva no deberían de haber caído en la tentación de Satanás, sino que Jesús debería haber sido una presa fácil. Pero cuando Satanás vino con la tentación, Jesús fue valiente y firme, permaneciendo en la Palabra de Dios, no así Adán y Eva.

Volvamos a escuchar cómo Jesús venció a la tentación de Satanás. Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios. Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos. Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás. Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden; y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

Cada vez que Satanás lo tentó, Jesús resistió esa tentación y prevaleció. Jesús venció las tentaciones con la Palabra de Dios. Cuando Satanás trató de torcer la Palabra de Dios, Jesús usó la Palabra de Dios correctamente.

Ahora, a veces usamos esta lección como una manera de fomentar el uso de la Palabra de Dios contra Satanás y sus tentaciones. Esa es una lección válida. Es correcto pensar que “Si tan sólo pudiera usar la Palabra de Dios como Jesús lo hizo, entonces las tentaciones de Satanás no funcionarían en mí”.

Eso es cierto. Pero todavía hay un problema. No utilizamos la palabra de Dios como lo hizo Jesús. Somos mucho más parecidos a Adán y Eva que a Jesús. A pesar de que tenían todas las ventajas en contra de Satanás, se aferraron al engaño de Satanás y la distorsión de la Palabra de Dios. Nosotros, los hijos de Adán y las hijas de Eva no somos mejores que nuestros primeros padres. Así que no, no usamos la Palabra de Dios perfectamente. Pecamos. Pecamos incluso al querer adquirir más conocimiento de la Biblia. Nos apresuramos a pecar incluso cuando tenemos el pasaje de la Palabra de Dios justo frente nuestro.

Así que, agradecemos a Cristo el ejemplo de cómo usar la Palabra de Dios para luchar contra la tentación. Pero, si Jesús sólo vino para ser nuestro ejemplo y nuestro maestro, Él no sería el Salvador que necesitamos o queremos.

Supongamos que vas al médico, ya que tu apéndice está a punto de estallar. El médico te examina y dice: “Sí, ese apéndice está infectado. Hay que sacarlo urgentemente”. Entonces el médico saca su libro de medicina y comienza a decir: “Ahora estoy un poco ocupado, por lo que tendrás que hacer tu mismo tu apendicetomía. No te preocupes. Todo está en este libro. Sólo tienes que seguir las instrucciones y todo irá bien”. Pues bien, cuando se necesita extirpar el apéndice, tú no necesitas una lección de medicina. Necesitas con urgencia un cirujano. El cirujano es quien tiene que hacer la operación.

Del mismo modo, cuando nosotros, los pecadores no podemos utilizar la Palabra de Dios correctamente, necesitamos algo más que un buen ejemplo. Necesitamos algo más que una lección de cómo usar la Biblia. Cuando los pecadores caemos en la tentación de Satanás, necesitamos un Salvador y sólo Jesucristo se ajusta a este requisito.

Necesitamos aferrarnos a la victoria de Cristo sobre las tentaciones del diablo. Puesto que Jesús no cayó en las tentaciones de Satanás, podemos decirle a Satanás: “Por supuesto, Satanás, que me has hecho pecar. Pero no has podido contra Jesús. Y Jesús es mi Salvador. Jesús me cubre con su santidad y me protege con su perfecta vida. Jesús me ha rescatado y llevado a vivir en su Santa Iglesia. Ahora, su victoria es mi victoria. Así que aléjate de mí. Podrás ganar muchas batallas contra mí. Pero Jesús te ha derrotado. Jesús ha ganado la guerra, muriendo en la Cruz y resucitando al tercer día para lograr mi salvación”.

Como somos unidos a Cristo en esta batalla contra Satanás, estamos llamados a usar todas nuestras armas contra la tentación. Sí, sobre todo a usar la Palabra de Dios contra Satanás. Estudiar y memorizar la Palabra. Oírla y aprenderla de buena gana. Recibirla en los medios de Gracia, que son el Bautismo y la Santa Cena. Allí donde Jesús nos dice: No desesperes, yo he vencido por ti: Tus pecados te son perdonados. También estamos llamados a usar nuestra fe y el sentido común. No corramos hacia situaciones tentadoras, donde Satanás fácilmente puede arruinarnos por arrastrarnos al pecado. Por el contrario, cuando caemos en pecado, corramos a Jesús. Él venció a Satanás. Con Jesús como tu Salvador podrás estar firmes contra el pecado y Satanás. Jesús te da de su perdón y su santa victoria sobre el tentador, para que proclames con alegría: “Dañarnos no podrá; pues condenado es ya, por la Palabra Santa”. Es condenado por esa misma Palabra que dice que en Cristo tenemos el perdón de todos nuestros pecados, vida eterna y salvación. Que en este tiempo de Cuaresma seas afirmado en esta verdad y victoria que Dios te da en Cristo.

Atte. Pastor Gustavo Lavia