sábado, 11 de mayo de 2013

7º Domingo de Pascua.



”La Unidad por medio de la fe en Cristo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      

Primera Lección: Hechos 1:12-26
Segunda Lección: Apocalipsis 22:1-6 (7-11) 12-20
El Evangelio: Juan 17:20-26
Sermón
         Introducción
El mejor testimonio que existe en una familia es ver que sus miembros están unidos. En este tipo de familias, normalmente  los padres corrigen amorosamente y apoyan a los hijos, y los hijos respetan y aman a sus padres. Esto no quiere decir que no haya diversidad de opiniones, deseos e incluso, llegado el caso, problemas más o menos graves en estas familias. Pero aún así y por encima de las dificultades, los une un vínculo más fuerte que es capaz de sobrepasar todas estas circunstancias y hacerlos luchar por mantenerse unidos por encima de todo. Hablamos aquí del vínculo del amor. Y si esto es aplicable a las familias terrenales, ¿qué vínculo une entonces a los miembros de la familia espiritual cristiana?, ¿qué puede ser tan fuerte que les haga tratar de vivir la deseada unidad por encima de las diferencias?. Indudablemente el vínculo que nos une en principio a los creyentes es la fe que hemos recibido por obra del Espíritu Santo. Es este don bautismal el que nos identifica ante Dios y nos hace miembros de la familia espiritual cristiana. Pero igualmente este vínculo de la fe, es asimismo un vínculo de amor, pues no hay mayor amor por el prójimo que ayudarlo a caminar por los senderos seguros del Evangelio del perdón de pecados. Y así, la misión primordial de los creyentes no es sólo preservar la fe propia, sino proclamar también la misma de manera que más y más hombres y mujeres sean recibidos como Hijos amados del Padre. Esta es la verdadera unidad que se sustenta en la fe y en el amor.
         Cristo ruega por la unidad de los creyentes de todas las épocas
Nos sumergimos en la lectura de hoy en una oración de Jesús llena de profundidad. Una plegaria donde tras pedir por los discípulos que lo acompañaban, se pide igualmente por los futuros creyentes que conformarán la Iglesia de Jesucristo (v20), su pueblo. La acción de conversión de la Palabra proclamada y del Espíritu Santo por medio de ella, serían y son los generadores del crecimiento de la Iglesia desde entonces hasta nuestros días. Y Jesús hace aquí una petición muy específica: "para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (v21). Sí, es una petición para que sus discípulos se mantengan unidos, y así en esta unidad den un testimonio válido de Cristo ante el mundo. Pues ¿cómo podrá el mundo creer si los propios creyentes no son una muestra viva de la perfecta unidad que existe entre el Padre y el Hijo?. Además, gracias al sacrificio de Jesús en la Cruz y a la gloria que el Padre otorgó a Cristo por ello, nosotros a su vez hemos recibido de esta gloria por mediación suya, y ahora podemos contarnos igualmente como Hijos amados de Dios. Pues ya no pesa sobre nosotros la condena por nuestros delitos y faltas, sino que nos cubre ahora la Justicia de Cristo (Rom 5:18). Y siendo así Hijos amados, somos igualmente hermanos espirituales de la familia celestial, unidos en un mismo rebaño y guiados por el mismo Pastor divino. Pero fijémonos que el mundo es diverso, en razas, culturas, costumbres, e incluso en la personalidad de cada ser humano. Sin embargo, el sello que hemos recibido en nuestro bautismo nos iguala e integra a todos en un mismo cuerpo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dió a beber de un mismo Espíritu” (1ª Cor 12:13). Pertenecemos pues a un cuerpo vivo y que está aún en pleno crecimiento y desarrollo. Y Cristo ruega al Padre por cada uno de nosotros, sus seguidores, para que nos mantengamos unidos a él y a nuestros hermanos. Ayudándonos para cohesionar la familia de aquellos que han sido justificados en su sangre, y sobre todo, siendo testimonios vivos de esa gloria de Cristo que hemos recibido: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (V22). Esta gloria que nos une al Padre y al Hijo no es otra que nuestra justificación, la cual para Cristo supuso sentarse a la derecha del Padre como Hijo amado, tal como proclama el Credo Apostólico, y para nosotros, es nuestra redención y salvación ante Dios. Vivir nuestra fe en unidad por tanto, tiene una doble dimensión como hemos visto: Vivir unidos al hermano en la fe, ayudándonos a soportar las cargas (Ga 6:2) por medio del amor fraterno (ágape), y vivir también  igualmente juntos el gozo vivificante de saber que por esta fe, estamos reconciliados con Dios por mediación de Cristo.
         La unidad nace de la fidelidad a la Palabra
La plegaria de Jesús en el Evangelio de Juan, pone un énfasis relevante en el llamado a la unidad, y en la importancia de la misma para el testimonio público ante el mundo: Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (v23). Sin embargo es fácil desde una perspectiva humana, caer en el error de enfocar las palabras de Cristo como una simple reivindicación por la unidad eclesial-institucional. Pues se podrían interpretar las palabras de Jesús como un llamado a una mera unidad visible, la cual es más bien un medio para el testimonio del amor de Dios en nosotros. Y para evitar este error de considerar la unidad reivindicada por Cristo sólo como una unidad en lo aparente, debemos contestar primero a una pregunta fundamental: ¿Qué me distingue como miembro de la familia cristiana?. La respuesta evidente a esta pregunta es que, es mi fe en la obra de Cristo. Por tanto, aquello que nos identifica como seguidores de Jesús y miembros de su cuerpo, la Iglesia, no es otra cosa que la fe que confesamos. Una fe que es personal pero que sumada a la fe individual del resto de miembros de la familia creyente, conforma en conjunto y unidad esto que llamamos Iglesia, o reunión de los fieles. Es decir, no podemos reivindicar en primer lugar a la Iglesia, como un ente que pervive en sí mismo aparte de la suma colectiva de los creyentes. Más bien debemos verla tal y como San Pablo nos la presenta, como ese cuerpo vivo formado por cada cristiano bautizado en fe, y donde cada uno tiene un lugar específico en el plan de Dios. Un cuerpo espiritual y que, precisamente por serlo, es inmune a los ataques del mundo y del mal (Mt 16:18). Sin embargo, y como ya se ha dicho anteriormente, la unidad visible es también deseable y sirve a ese testimonio necesario ante los hombres. La Iglesia visible debería testimoniar con una misma voz de la misericordia de Dios para con nosotros: “Os ruego, pues hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1ª Cor 1:10). Testimoniar unidos en definitiva de que Dios nos ama en Su amor por Cristo (v23). Pero ¿dónde encontraremos el cimiento de esta unidad en la fe?, y ¿qué puede hacer que los creyentes se mantengan firmemente unidos en esta común-unión?. Bien, pues si hemos afirmado que la existencia de la Iglesia se fundamenta en la fe de sus miembros, es evidente que aquello que genera y sostiene esta fe será lo que dará consistencia a la unidad deseada. Y hablamos ahora de la mismísima Palabra de Dios, ya que sin fidelidad a esta Palabra que nos da vida y alimenta cada día, no podemos hablar en absoluto de unidad, pues no olvidemos que la Iglesia está llamada a proclamar una y siempre la misma Verdad, no muchas. Y esta Verdad tiene su voz y su testimonio precisamente en las Sagradas Escrituras. Ellas son pues el cimiento de esta unidad en la fe, y no podrá existir unidad o común unión entre los creyentes si se da la espalda a aquello que la voz de Dios ha establecido en ella. La Iglesia Luterana declara pues en relación a la unidad que: “Para la verdadera unidad de la iglesia cristiana es suficiente que se predique unánimemente el evangelio conforme a una concepción genuina de él, y que los sacramentos se administren de acuerdo a la Palabra divina” (Confesión de Augsburgo, Art. VII, Libro de Concordia, pag.30.2). Busquemos pues la unidad en aquello que no cambia, que no es manipulable, que no responde a otros intereses salvo a los de Dios: Su Palabra.
         El dolor de la separación será restaurado en el Reino
 Tras la llamada de Jesús a la unidad de sus discípulos, la oración apunta ahora a horizontes más profundos: Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (v24). Jesús pide ahora que Dios en su misericordia permita que los creyentes sean reunidos en torno a él en el Reino, y es aquí en realidad donde la unidad de la Iglesia se consumará de manera perfecta. Y esto es así gracias a que ya existe en verdad una unidad espiritual entre todos aquellos que han confesado a Jesús como su salvador por medio de la fe: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe  en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gal 3:26). Pero es evidente que la cristiandad en este mundo se halla fracturada de manera visible, y como hemos dicho la división visible que las distintas iglesias mantienen, es un obstáculo para que el mundo reciba el testimonio de la perfecta unidad entre el Hijo y el Padre. Una unidad que tiene su máxima expresión en la voluntad de Cristo en cumplir el plan de salvación que Dios, desde los mismos orígenes del pecado, ya estableció para nuestra redención. La división no ayuda por tanto a la proclamación del puro Evangelio, y esto es una realidad que debemos asumir por la incapacidad del hombre a causa del pecado en seguir la voluntad de Dios expresada en su Palabra. Esta incapacidad producirá siempre en la tierra divisiones y separaciones, y por tanto sólo podemos orar, trabajar y aspirar a conseguir esta unidad que Cristo nos pide con el límite definitivo de la autoridad de la Palabra, y tener el consuelo de que será en el Reino del Padre donde la Iglesia triunfante será reunida en una unidad perfecta. Este debe ser mientras tanto nuestro consuelo y nuestra paz aquí en la tierra, por encima del dolor por la separación existente entre los creyentes de distintas iglesias.
         Conclusión
La aspiración a la unidad de los cristianos es legítima y además es una llamada de Cristo al mundo creyente. Pero esta unidad debe ser conseguida únicamente bajo la autoridad de la Palabra de Dios para que, precisamente, responda a la voluntad divina. Nosotros hemos conocido a Cristo, y en él a Dios: Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste” (v25). Y es este conocimiento en la fe, el que nos une por ahora  en el Espíritu a los creyentes aquí en la tierra. Busquemos pues profundizar en este conocimiento por medio del conocimiento de la Palabra; vivamos nuestro encuentro personal con Cristo en los Sacramentos, y así mantendremos fortalecida la verdadera fe que unifica al pueblo de Dios. ¡Que así sea, Amén!.
                                                 J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo