domingo, 19 de mayo de 2013

Domingo después de Pentecostés.



TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                               
Primera Lección: Génesis 11:1-9
Segunda Lección: Hechos 2:1-21
El Evangelio: Juan 14:23-31

“El Espíritu Santo en nosotros”

El último mandamiento que nuestro Señor nos dio antes de ascender al cielo fue “id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” Mateo 28:19-20. Para nosotros ir y hacer discípulos a todas las naciones es un llamado a compartir nuestra fe y compartir nuestra fe nos obliga a compartir la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras. ¿Obedeces este mandamiento a diario, semanalmente o al menos de vez en cuando? ¿O siempre encuentras  excusas para no compartir tu fe?
¿A veces no compartes tu fe porque no te sientes competente porque no sabes todo lo que deberías? Se puede entender la reticencia a compartir la Palabra de Dios, después de todo, en nuestra iglesia tenemos un gran respeto por la Palabra de Dios, al igual que todos los cristianos. Por eso basamos todos los que creemos en la Biblia y por qué nos tomamos en serio el mandato de Dios, que no hemos de añadir o quitar nada de su Palabra. Pero esto  no nos debe paralizar para compartir nuestra fe, es necesario como explica Lutero en el tercer mandamiento: Debemos temer y amar a Dios de modo que no despreciemos la predicación y su palabra, sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos con gusto, y a partir de aquí ser testigos de lo que Dios ha hecho, hace y hará por cada uno de nosotros.
En la lectura de hoy de los Hechos, Dios quiere que sepamos que a pesar de todas las excusas que todavía ponemos, nos manda a compartir su fe, pero no nos desprovisto de ayuda. Dios quiere que sepas que el día de Pentecostés el Espíritu Santo vino a equipar a los creyentes para extender el evangelio y para dar cumplimiento de sus profecías y que aún lo sigue haciendo. El día de Pentecostés el Espíritu Santo vino para:
Equipar a los creyentes para extender el evangelio. Unos días antes de Pentecostés, justo antes de que Jesús ascendiera al cielo, les dijo a los discípulos:“ Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.  6 Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?  7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad;  8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” Hechos 1:5-8. Anteriormente Jesús también les había dicho: He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. Lucas 24:49.
Esto es la obra de como Dios Padre y Dios Hijo mantuvieron sus promesas de enviar al Espíritu Santo a los discípulos para que sea poder de lo alto.
Las lenguas de fuego muestran que el regalo del Espíritu Santo era sobrenatural, hoy día ese regalo es invisible para nosotros. El don del Espíritu Santo ese día fue entre otras cosas tener el valor y la capacidad de anunciar con claridad en los idiomas conocidos que no habían aprendido anteriormente un mensaje de vida eterna en Cristo Jesús. Ese poder fue prometido y dado para que los discípulos sean testigos de Dios al mundo. Ese regalo es el poder de “hablar claramente” las lenguas extranjeras. Por lo tanto, las lenguas de fuego representan de una manera muy hermosa la idea del don espiritual especial de hablar que les fue otorgado a los discípulos. De parte de Dios hubo una finalidad distinta en ese momento al dar este regalo. Fue así que una persona común podía oír las maravillas de Dios en su propia lengua. Dios quiere que cada uno de nosotros sembremos su Palabra claramente allí donde nos ha puesto a vivir, trabajar o estudiar.
La razón por la que había tantos judíos de distintos lugares en Jerusalén era porque Pentecostés fue una de las tres fiestas religiosas más importantes para esta nación, cada judío debía a asistir en Jerusalén, si era posible. El plan de Dios para difundir el Evangelio a través de los creyentes era que personas de otros sitios oyeran las maravillas de Dios en su propia lengua y regresen a sus tierras a compartir el mensaje del Evangelio. Ese mensaje en su estado más simple fue: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”. Invocar el nombre de alguien es reconocer que se necesita su ayuda, es confiar en ese nombre para obtener ayuda. Con respecto a Dios es tener fe de lo que significa creer en Jesús como Señor y Salvador. Como aquel que murió en la cruz para pagar por todas mis transgresiones, resucitó para vencer la muerte y asegurarme que yo viviré eternamente junto a Él, para darme la confianza de que el pecado, la muerte y el poder del diablo no tiene más poder sobre mi, porque Él los ha vencido. ¿Qué significa esto para ti? Tú y yo somos llamados a compartir el mensaje de que todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. El poder de este mensaje es que puede salvar un alma de la condenación, esta es otra de las razones más importantes para compartir el mensaje. Pentecostés nos da el poder de ser testigos de Dios, de anunciarlo, de confiar en que es Dios quien hará que nuestra proclamación de frutos.
La venida del Espíritu Santo con poder de lo alto, no fue sólo para aquellos discípulos de Jesús, presentes en el primer Pentecostés. Jesús ha hecho a cada creyente un testimonio ante el mundo, por la salvación por medio de la fe, somos testigos del poder de la muerte y la resurrección de Cristo. En primer lugar somos testigos porque hemos sido los beneficiarios de su obra. En el bautismo hemos muerto y resucitado con Cristo a una nueva vida. Dios nos ha adoptado como sus hijos, nos ha perdonado todos nuestros pecados y nos permite disfrutar de la eternidad desde ahora. También somos sus testigos cuando hablamos a otros de su obra, aquí tampoco nos deja solos, no nos envía desamparados a hacer esta gran obra espiritual y tampoco nos deja confiar en nuestros esfuerzos para ello. Más bien Dios te dota con dones espirituales diseñados para ti. Pablo nos enseña acerca de la obra del Espíritu Santo en 1 Corintios 12:4-11 “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo”.
Por lo tanto hay un día de Pentecostés cada vez que el Espíritu obra la fe y también cuando da poder a un creyente para que desarrolle sus dones. Todo aquel en quien el Espíritu Santo ha descendido por medio de la Palabra o del Bautismo, puede estar seguro que ha tenido su día de Pentecostés y el Espíritu Santo lo ha equipado para servir con los dones espirituales. Estamos llamados a usar nuestros dones espirituales para el bien común de la comunidad cristiana en su trabajo de llevar adelante la Gran Comisión. Pentecostés significa que esta gran tarea trae consigo el poder de lo alto, que no estamos solos en esta tarea quijotesca. Las preguntas para cada uno de nosotros son ¿Tratamos de descubrir nuestros dones espirituales, desarrollarlos y ponerlos en uso o que nos hemos conformado con quedarnos para nosotros mismos este mensaje de salvación? ¿Estamos utilizando el poder que cada uno de nosotros ha recibido desde lo alto?
El Espíritu Santo nos lleva al cumplimiento de la profecía en Cristo: ¿Por qué algunos dicen que estos hombres sólo estaban borrachos? La conclusión de ellos fue que si alguien habla de repente un idioma extranjero que no estudió, es posible concluir que la persona estuviera borracha y balbuceando algunas palabras. Lo que es difícil de entender es por qué los que se burlaban no escucharon a los que sabían el significado de esas palabras. Pero uno de los efectos de la palabra de Dios en los hombre es el rechazo a la misma y a sus mensajeros, por lo cual no hay que desesperar al no ver los resultados deseados en nuestra labor profética. Somos llamados una  y otra vez a poner los ojos en Cristo, el autor y consumador de nuestra fe para alegrarnos en su obra en nosotros y en su Iglesia.
El libro de Hechos deja claro que Pentecostés es la obra de Dios y no del alcohol en las personas y para ello menciona la profecía de Joel. Así es como Dios quiere que sepas que Pentecostés no fue un acto fortuito, sino que fue el cumplimiento de una de sus profecías, que se profetizó mucho antes del nacimiento de Cristo.
Pedro conocía la profecía y audazmente se levantó y habló a la multitud de judíos, a la que tanto le temía sólo unas semanas antes, cuando con gritos y tenacidad negó incluso conocer a Jesús. Lucas nos dice: “Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños”  ¿Pero qué significa para profetizar? La palabra significa proclamar o hablar acerca de algo y en el contexto de nuestra fe significa declarar las maravillas de Dios en Cristo Jesús. Aquí los primeros discípulos tienen el privilegio de proclamar las maravillas de Dios por primera vez y los conocemos como los grandes profetas y apóstoles. Con la finalización del Nuevo Testamento, Dios declaró que su revelación estaba cerrada. Es por eso que no puede añadir o restar nada de su Palabra y así no habrá nuevas profecías o revelaciones de Él. Todo lo necesario para la Salvación lo encontramos en su Palabra. Así que cuando hoy hablamos de profetizar estamos hablando de proclamar o hablar acerca de lo que ya se ha escrito. En cualquier momento cualquier creyente habla de lo que la Biblia dice sobre nuestra situación ante Dios. Dios nos llama a todos a ser testigos, de la salvación que tenemos en Cristo Jesús.
Conclusión: Mientras esperamos el regreso de Jesús Dios nos fortalece con su Espíritu Santo por medio de su Palabra y Sacramentos para que seamos sus testigos. Para que tanto nosotros como quienes nos oigan confíen en la profecía del gran mensaje que compartimos “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Como entendemos el tercer artículo del Credo Apostólico: Creo que ni por mi propia razón, ni por mis propias fuerzas soy capaz de creer en Jesucristo, mi Señor, o venir a él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio, me ha iluminado con sus dones, y me ha santificado y conservado en la verdadera fe, del mismo modo como él llama, congrega, ilumina y santifica a toda la cristiandad en la tierra, y la conserva unida a Jesucristo en la verdadera y única fe; en esta cristiandad él me perdona todos los pecados a mí y a todos los creyentes, diaria y abundantemente, y en el último día me resucitará a mí y a todos los muertos y me dará en Cristo, juntamente con todos los creyentes, la vida eterna. Esto es con toda certeza la verdad. Puedes compartir este mensaje porque en Cristo Jesús, Dios te ha hecho su mensajero y apóstol al perdonarte todos tus pecados.
Pastor Gustavo Lavia.
Congregación Emanuel. Madrid.