domingo, 9 de junio de 2013

3º Domingo después de Pentecostés




”Viviendo por la Palabra de Dios en Cristo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      

Primera Lección: 1º Reyes 17:17-24
Segunda Lección: Gálatas 1:11-24
El Evangelio: Lucas 7:11-17
Sermón
         Introducción
Sacar algo bueno del sufrimiento es ciertamente difícil para la mayoría de las personas. Pues cuando se sufre, parece que la persona se halla dentro de una burbuja que lo amplifica todo, al igual que una potente lente distorsiona y agranda la realidad. Y en esta realidad dolorosa, todo nos duele y pesa. Nadie escapa sin embargo a este hecho, y tarde o temprano, tanto en uno mismo como en aquellos que nos rodean, el sufrimiento hace acto de presencia impactándonos de lleno: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón, y el término de la alegría es congoja” (Pr 14:13). Y curiosamente el hombre, llegado este momento, vive dos experiencias muy diferentes y contradictorias. Pues por un lado parece como si Dios se hubiese retirado, dejándonos solos frente al dolor. De ello encontramos muchos testimonios en las Escrituras especialmente en algunos de los Salmos del Rey David, o en el prototipo del dolor y el sufrimiento: Job. Quejas elevadas al cielo, reproches al Creador por un dolor incomprensible. Algunos desgraciadamente se quedan por siempre en esta primera fase. Pero la otra experiencia que puede vivir el hombre en el sufrimiento después del impacto inicial, es paradójicamente la experiencia de la cercanía de Dios. De saber que Dios está junto a nosotros, que entiende y conforta nuestro dolor. Sí, Dios está ahí siempre, y ciertamente viviremos momentos de sufrimiento, de esto no cabe duda, pero Dios nos consolará con su Palabra poderosa que tiene poder verdadero para traernos Vida y salvación en Cristo.
         Cristo es la Verdad y la Vida
Las viudas son en la Palabra de Dios el prototipo de un ser desvalido. Podríamos decir en base al contexto histórico de la época de Jesús, que sus vidas estaban totalmente en manos de Dios por su desprotección y soledad. Y así, son abundantes las referencias a ellas como ejemplos de la acción de Dios en medio del sufrimiento humano: “Jehová asolará la casa de los soberbios; pero afirmará la heredad de la viuda” (Prov 15:25). En el caso de la lectura de este Domingo en el Evangelio, nos encontramos con una viuda que vive, aparte de su situación personal que ya hemos descrito, un dolor añadido: la pérdida de su hijo unigénito. Y la vida de esta persona toman ahora, en esta situación, un tinte dramático y desgarrador. Ciertamente debió ser un momento terrible el saber que se única descendencia y amor en esta vida había muerto, y pudo parecerle a esta mujer que su vida carecía ahora de sentido. Incluso la idea de que su Dios la había maldecido y abandonado pudo rondar su pensamiento en aquellas horas. Sin embargo, la presencia de Dios en su vida como leemos en la escritura era activa, viva y abundante. Pues en aquellos rincones de la vida de donde parece que la Luz divina se ha retirado completamente, allí sin embargo es donde ésta brilla con más intensidad: “Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar” (Sal 4:1). Y así estaba previsto por Dios que Jesús estuviese cerca de esta viuda, y su vida y su dolor tuviesen contra lo humanamente razonable, un sentido pleno: mostrar el Amor y la misericordia de nuestro Padre. En este caso el dolor por la muerte es revertido en consuelo y alegría, como un anticipo de la realidad que la resurrección de Cristo traerá a la vida de todos los que creen en Él. Porque su resurrección trajo a nuestras vidas dos certezas, que son como las dos sólidas columnas donde se asentaba el pórtico del templo de Salomón (1º R 7:21), y que ahora sustentan nuestra fe: la primera es que Jesucristo es ciertamente la Verdad, pues es quien dijo que era, el Hijo del Dios infinito y misericordioso. Y la segunda que Jesús es la Vida, ya que vivir plenamente en verdad es estar junto a Aquel que es nuestro Padre en los cielos; y Cristo con su muerte y resurrección ha posibilitado para nosotros el que la muerte no sea ahora más que el tenue velo que nos separa de disfrutar de la presencia eterna de Nuestro Señor Jesucristo. Por tanto el pecado, y con él su  consecuencia más terrible, la muerte, fueron totalmente derrotados por Cristo, y es por ello que nosotros también ahora, al igual que el hijo muerto de la viuda, y tras nuestras diarias caídas escuchamos la voz amorosa del Padre que nos dice: “A ti te digo, levántate” (v14).
         Viviendo por el poder de la Palabra de Dios
El hijo de esta viuda de la ciudad de Naín, ciertamente no podía hacer nada por sí mismo, y su destino en aquel momento que Lucas nos narra hubiese sido la oscuridad de la sepultura. Sin embargo Cristo fue a su encuentro, y tocando su féretro (v14) le dió vida por medio de su Palabra poderosa. Y sin ella ciertamente hubiese permanecido muerto irremisiblemente. Pues así es al fín el hombre en esta vida cuando carece de la Palabra liberadora de su Dios. Camina, respira y come; experimenta la vida terrenal, pero al dar la espalda por voluntad propia a vivir una relación con su Creador, es en realidad un muerto en vida. Hombres y mujeres que se dirigen inexorablemente a la sepultura, malgastando el valioso saldo de sus existencias, salvo que un día milagrosamente, el Espíritu toque sus corazones y nazcan a la verdadera Vida. Una nueva vida que viene a ellos por medio de la escucha  de la Palabra de  Dios, la cual tiene el poder de abrir los oídos de aquellos que en la muerte del pecado nada pueden oir. Pues es esta Palabra la que hace germinar en nosotros la Vida que trae la fe salvadora, y es oyéndola cómo el Espíritu puede penetrar la dura coraza de nuestros corazones e implantar la semilla divina: “Así que la fe es por el oir, y el oir, por la Palabra de Dios” (Rom 10:17). Ciertamente esta Palabra es la única esperanza del hombre, y la única que puede proclamar liberación, perdón y vida de parte de Dios. Muchas son las palabras de los hombres en este mundo, y mucho ofrecen y prometen. Pero ni todas estas palabras juntas pueden igualar en Verdad y credibilidad a una sola de las promesas divinas. Pues a diferencia de la palabra humana, la Palabra de Dios es Verdad en sí misma y su cumplimiento absoluto: “la suma de tu Palabra es verdad” (Sal 119:160). Y aún ni la duda o el desprecio humanos harán que deje de cumplirse en su totalidad, como nos advierte Cristo mismo: “Porque de cierto os digo que hasta que pase el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mt 5: 18). Y Cristo, como ya hemos dicho es en su resurrección el ejemplo perfecto de este cumplimiento. Tenemos pues una Palabra digna de credibilidad, de confianza plena, que no nos defraudará ni hará promesas vanas. Dios es un Dios donde palabra y voluntad forman una unidad perfecta, y cuya palabra para nuestras vidas anuncia vida, y Vida eterna es justamente lo que da al hombre. Vivimos en y por Su Palabra, que es para nosotros ahora Verbo encarnado en Cristo Jesús. Él es el cumplimiento de todas las promesas divinas, y sólo en Él encontraremos a Aquél que puede sacar al hombre de la muerte que implica vivir una existencia lejos de su Dios: “Despiértate, tú que duermes,  levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Ef 5:14).
         Dios ha visitado a su pueblo
Resulta sin embargo difícil para el hombre común distinguir en el transcurrir de los tiempos, esta acción liberadora de Dios por medio de su Palabra. Sin embargo las Escrituras testifican precisamente de esa acción constante, y de cómo Dios interviene en las vidas de los hombres sin haberse desligado jamás de ellas. Él es verdaderamente Señor de este mundo, y como tal no puede dejar de hacer que Su voluntad se cumpla inexorablemente. Levanta Reyes y gobernantes o los hace caer; bendice naciones y las hace prosperar o son aniquiladas. Encumbra al hombre a lo más alto o lo abandona a su pecado contumaz: “Jehová mata y él da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece; abate y enaltece” (1 S 2: 6-7). Nada hay así que escape a su acción e influencia. Pero normalmente Dios no violenta con su acción y presencia al hombre, ya que no busca intimidarlo o presionarlo para que crea de manera forzada. Su acción es sutil, silenciosa y su influencia paciente y amorosa. Y sólo en contadas ocasiones, como en el milagro que Lucas nos narra, y cuando su acción evidente es necesaria, Dios usa su poder para intervenir radicalmente en la Historia. Pero ciertamente es innegable la acción constante de Dios alterando nuestra realidad para que Su voluntad sea cumplida. Pues efectivamente, repetida y abundantemente, tal como el pueblo proclamó ante el milagro de Jesús con el hijo de la viuda: “Dios ha visitado a su pueblo” (v16). Y lo ha hecho de manera evidente y notoria, ahora sí, para todos los pueblos en la figura de Su Hijo Jesucristo. Pues en Él se ha completado la plenitud de la revelación del poder de Dios a los hombres, y en Él las cadenas del pecado y la muerte han sido rotas definitivamente. Desde entonces podemos afirmar que Dios no deja de visitar a su pueblo, y la vida de cada uno de nosotros, tanto en la alegría como en el sufrimiento. Y lo hace ahora específicamente por medio de su Espíritu Santo, el cual derrama constantemente la gracia divina en nuestras vidas (Rom 5:5). Cada día y abundantemente esta gracia nos sigue alcanzando por medio de la fe recibida en nuestro pacto bautismal. Y cada día el cristiano es visitado por su Dios por medio del perdón divino y de su Justificación en la Cruz de Cristo. Sí, disfrutamos de una presencia vivificadora que está presente en nuestras vidas, y explícitamente podemos encontrarla en los medios de gracia: Palabra y Sacramentos, donde Cristo nos “toca” con su cuerpo y sangre, y nos da perdón y salvación. ¡No te prives pues de disfrutar de las promesas que Dios te ofrece, y de una nueva vida restaurada  por medio del perdón obtenido por la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”.                                             
         Conclusión
Vivir una vida privada de la Palabra de Dios, y de la vida eterna que Ella nos ofrece por medio de Cristo, es para el hombre participar de su propio funeral en vida. Pues aunque estemos carnalmente vivos, en realidad el ser humano sin su Dios, es un ser espiritualmente muerto. Por ello el milagro de la viuda de Naín, debe servirnos para profundizar en el gran misterio de nuestra redención en Cristo. De cómo Cristo es ciertamente la resurrección y la Vida para nosotros, y que lejos de Él, sólo existe sufrimiento y la oscuridad de la muerte. “Dios ha visitado a su pueblo” (v16) en Cristo Jesús. ¡Aférrate a Él y a la Palabra de Dios que trae Paz, gozo y Salvación!.
Que así sea, ¡Amén!.                              
                      J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo