domingo, 23 de junio de 2013

Quinto Domingo después de Pentecostés.




”¡Cuán grandes cosas ha hecho Dios con nosotros!”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      23-06-2013

Primera Lección: Gálatas
Segunda Lección: Isaías
El Evangelio: Lucas 8: 26-39
Sermón
         Introducción
A diario llegan hasta nosotros noticias de guerras, violencia doméstica, asesinatos, fraudes, y toda clase de hechos deplorables. A esto podemos sumarle la infinidad de mentiras, envidias y todo tipo de transgresiones de la Ley de Dios que, no siempre son evidentes y detectables. El ser humano es capaz de los hechos más terribles no sólo contra él mismo, sino también contra la maravillosa Creación, y así destruye, contamina, extingue y daña aquello que Dios por Amor creó para nosotros. Sin tratar de ser negativos, podríamos decir que el fruto del pecado del hombre, campa a sus anchas por esta tierra. Y a esta acción, obra del pecado humano, debemos sumarle la propia que el mal en sí mismo, genera y promueve con su presencia en nuestra realidad. Pues la Palabra nos enseña que esta presencia es real y contínua, y que debemos estar preparados y protegidos contra ella. Libramos una batalla espiritual aquí en la tierra, entre la acción vivificadora del Espíritu Santo, y la del enemigo que pretende apartarnos y hacernos resistentes a dicha acción de Dios en nuestros corazones. Sin embargo, podemos decir que asistimos a los últimos estertores de esta batalla, pues el resultado de la misma ya está decidido de manera definitiva. El mal y su hijo, el pecado, han sido derrotados por Cristo en la Cruz, y lo que ahora vivimos es, con todo, el preludio de la llegada del Reino de la Luz y la desaparición de la oscuridad. Estemos no obstante atentos y mantengámonos protegidos, pues el mal, aún derrotado pero en su desesperación, todavía puede hacer daño y arrebatar almas al Reino.
         La victoria ya es de Cristo
La presencia de entidades malignas actuando en nuestra realidad, es constante en las Escrituras desde los mismos inicios de la existencia del hombre en la tierra. Así, encontramos ya en los comienzos a Satanás transfigurado en una serpiente en el libro del Génesis, induciendo mediante el engaño y la duda a Adán y Eva al pecado (Gen 3:1), o en los Evangelios tratando de tentar al mismo Jesús (Lc 4:1-13). Y desde que el pecado anidó en el corazón humano, el maligno que es su fuente original, no ha dejado de estimularlo y propagarlo aprovechando nuestra debilidad carnal, y nuestra vulnerable voluntad cuando nuestro corazón está lejos del Padre. Esta debilidad puede llegar a tal extremo que el hombre se convierta él mismo en morada de las mismas fuerzas de ese mal que en el fondo, sólo busca su perdición y destrucción. Pues nada hay más deseable para estas fuerzas que ejercer un dominio absoluto sobre la voluntad del ser humano, doblegándolo a sus deseos y como fin último, apartándolo de la acción de la gracia de Dios. Y así es como Jesús se enfrenta en la lectura de hoy a esta acción maligna en la persona de un endemoniado. De un hombre para quien la sola presencia del Hijo de Dios, no es sin embargo gracia, Paz y misericordia, sino tormento y sufrimiento: “Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.” (v28). Vemos que el mal ha obrado en este hombre una alteración aberrante, transformando y corroyendo su alma y su mente de manera que su percepción de la realidad está enfocada sólo en la oscuridad. Así actúa igualmente una parte de este mundo, enfocando sus deseos y acciones en provocar dolor y sufrimiento, y sobre todo, en tratar de anular la presencia de la Palabra liberadora de Dios entre los hombres. Pues podemos decir sin temor a equivocarnos que allí donde la Palabra y Cristo son rechazados y combatidos con más denuedo, es donde el mal se siente más amenazado y donde resiste con mayor intensidad. Pero ya hemos dicho que derrotado el pecado y el mal en la Cruz, ahora su acción es una resistencia desesperada, donde tratará de ganar no ya batallas, pero sí de arrastrar tras de sí aquellas almas que, en su retirada, aún pueda hacer perder. Sin embargo, nada de esto debe temer el creyente en fe, ni debemos ahora anidar o vivir en el temor por ello, pues protegidos con la coraza de la fe, y dispuestos con la espada de la Palabra, el mal se lanza en retirada ante la visión victoriosa de la Cruz : “Sobre todo tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef. 6:16-17).
         El mal como degenerador y destructor del hombre
Muchos ponen en cuestión la existencia del mal, e incluso dando un paso adelante ridiculizan la idea de que tenga en sí mismo personalidad e inteligencia. Sin embargo la Palabra atestigua de cómo el mal actúa con un plan definido, y con un objetivo claro que no es otro que la perdición del hombre: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6:12). El endemoniado de la lectura de hoy era probablemente un pagano, dada su ubicación geográfica entre los gadarenos. Y no sabemos de qué manera llegó a ser poseído por esta “legión” (v30) de demonios; quizás entregado a algún culto idolátrico propio de la región. Su caso era extremadamente grave y por ello es difícil conjeturar las causas. Sabemos por el relato de Lucas que cuando Jesús lo encontró, su estado era ya deplorable, y fijémonos que Lucas distingue claramente aquí la acción de un mal real y con entidad propia a la de una mera enfermedad mental. Y podemos ver aquí, en este hombre, la crueldad de este mal que degenera al ser humano, llevándolo a perder la autoestima, a sumergirlo en las sombras de la mente, e incluso a habitar en sepulcros y lugares de muerte: y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros” (v27). Un mal que en su inteligencia, paradójicamente se presenta ante Jesús reconociéndolo como el Hijo de Dios: “¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?”(v28), y que presiente la acción de liberación sobre el hombre de parte de Dios temiéndola. Y así Jesús encara a este hombre conminando a estos demonios a abandonarlo y liberarlo, como testimonio de su misión aquí en la tierra, para traer redención a los hombres de la esclavitud del mal, del pecado y la muerte. En estos casos extremos de posesión,  sólo podemos creer que estas situaciones que Dios consiente tienen alguna finalidad que escapa a nuestra comprensión. O creer como nos dice Cirilo de Alejandría que: “el sufrimiento de uno edificará a muchos.” (Comentario de Lucas, Homilía 44). Sin embargo, no es necesario ser poseído corporalmente como el caso de este endemoniado para estar bajo el dominio del mal. No es necesario estar poseído para pensar, actuar y servir a la voluntad del maligno. Ya que en principio todo aquello que hacemos contrario a la voluntad de Dios expresada en su Ley, e incluso todo lo que no proviene de la fe (Rom 14:23) presta de hecho un servicio al mal. Y en este servicio, no lo olvidemos, el primer perjudicado no es otro que el hombre mismo. Pero al contrario que el endemoniado, que no podía ser retenido ni con cadenas (v29), el pecado arroja sobre el ser humano una esclavitud de la que no es posible liberarse. No, estas cadenas malignas que lo atenazan cuando en su endurecimiento rechaza la gracia de Dios, no pueden ser rotas por la voluntad del hombre. ¡Y el mal se encarga de endurecerlas más y más!. ¿Qué hará entonces el ser humano en esta situación?, ¿dónde y cómo podrá ser liberado de esta esclavitud a la que está sometido desde su nacimiento?. La respuesta, la única respuesta para romper estas cadenas es precisamente renunciar a nuestros propios esfuerzos para ello, y poner nuestra vida en manos de Aquél que es el único con poder de someter a los mismísimos demonios: Jesucristo. Sólo Él representa para la humanidad la acción liberadora de Dios en este mundo:“el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col 1:13-14). 
         Viviendo fortalecidos por los medios de gracia: Palabra y Sacramentos
Para evitar ser atacado por diversos virus o enfermedades, el ser humano hoy día se cuida y protege con vacunas y diversos medicamentos que ayudan a sus defensas y lo hacen más resistente a la enfermedad. Pero ¿y nuestra alma?, ¿cómo cuidarla y protegerla para que sea capaz de resistir los envites del maligno?. Debemos tener presente que, si bien como hemos dicho, el creyente en fe no debe vivir temeroso respecto a la acción del mal en su vida, sí es cierto que no hay que bajar la guardia en exceso. El mal adopta innumerables formas y pone ante nosotros infinidad de deseos y tentaciones adecuados a nuestras propias debilidades. Su experiencia respecto a la nuestra es comparable a la de un consumado maestro respecto a la de un neófito. No, no podemos relajarnos demasiado, tal como nos advierte el Apóstol Pedro: “Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P 5:8). Pero, ¿qué estrategias puede el mal usar contra nosotros?. Hay algunas muy claras, y así en los momentos en que nos creemos más fuertes, el mal usará nuestro exceso de confianza para atacarnos por medio de ella y hacernos confiar en nuestras propias fuerzas y seguridades humanas. O bien, en los momentos de tristeza, inquietud o depresión, usará nuestro miedo y debilidad para hacernos dudar de las promesas divinas. Por ello el creyente no debe nunca dejar de alimentar su confianza en la Palabra de su Dios, la cual es su principal alimento para sostener su fe. Es Ella como medio de gracia, tanto en su forma proclamada como por medio de los Sacramentos, la que centrará nuestra mente, tanto en los momentos de fortaleza como de debilidad, en la Palabra de nuestro Dios que nos anuncia restauración y Paz eterna en Cristo Jesús. Y recordemos que cualquier otra cosa en lo que pongamos nuestra confianza, y en lo que creamos ver nuestra seguridad espiritual, no será al fin sino otro engaño que el mal nos tiende: “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech 4:12).
         Conclusión
El Evangelio de hoy nos narra la liberación de un endemoniado por obra de Jesús, como prototipo de la liberación que Dios trae a todos los pueblos, y como muestra de que Él, el Hijo del Dios Altísimo, tiene poder para someter incluso a los poderes del mal y romper las cadenas del pecado y la muerte. Tristemente, esta acción de Dios en Cristo aún es rechazada por muchos que en sus corazones resisten la acción del Espíritu y, al igual que la multitud de la región de los gadarenos, piden a Jesús que se aleje de ellos (v37). Desesperanzador es el fín de los que en su insensatez rechazan la mano de la gracia. Pero a los que han recibido esta gracia en fe, y han estrechado con firmeza sus manos en la mano tendida del perdón y la misericordia divina, Cristo les dice: “Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo”(v39). ¡Que así sea, Amén!.    
Pastor J C. G /
Congregación San Pablo/IELE