lunes, 11 de noviembre de 2013

Vigésimoquinto Domingo después de Pentecostés.

”Reteniendo la sana doctrina” TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: Éxodo 3:1-15 Segunda Lección: 2ª Tesalonicenses 2:1-8, 13-17 El Evangelio: Lucas 20:27-40 Sermón •Introducción Perseverar en la sana doctrina es el llamado de los Apóstoles a los creyentes. Y será esta doctrina, como compendio de la Verdad reflejada en la Palabra de Dios, la que dé contenido y cuerpo a nuestra fe. Pues esta fe, este don que hemos recibido por medio del Espíritu Santo puede llegar a ser frágil como una vasija de barro (2ª Cor 4:7). Su primer enemigo es nuestra propia debilidad, nuestra facilidad para ser influenciados por todo tipo de ideas erróneas, creencias extrañas o dudas. Somos seres carnales, y por tanto débiles en lo que respecta a nuestras propias limitaciones y a los ataques del mundo. Y este es el segundo enemigo de la fe, un mundo marcado por el pecado y donde se libra una auténtica lucha en muchos creyentes para llegar victoriosos en la fe hasta la meta final de sus vidas. Pues no es fácil en muchas ocasiones salir indemnes en las batallas diarias, y así, el creyente debe acudir asiduamente a la Palabra y al poder regenerador de los Sacramentos para comenzar renovado y reforzado cada nueva jornada. No hacerlo es exponerse a ser víctima de un debilitamiento en esta fe que nos conecta con la obra salvadora de Jesús en la Cruz. Y para ello debemos mantenernos fuertes doctrinalmente hablando, no sólo para traspasar los umbrales de la meta celestial, sino para llegado el caso, resistir los momentos finales donde como nos enseña el Apóstol Pablo, la mentira el engaño y la perdición harán su último intento de arrastrar a muchos en la agonía de su ya anunciada derrota (2ª Ts 2:3). •La mentira no puede prevalecer La Palabra nos llama continuamente para que permanezcamos en la Verdad, pues a diferencia del mundo secular, donde lo relativo y la falta de una verdad absoluta son la norma común, en el terreno espiritual el cristiano tiene la certeza de que sí existe tal Verdad, y que ésta es alcanzable para nosotros por medio de la fe. Pero al mismo tiempo que existe esta Verdad, otras supuestas “verdades” también disputan por ganar su cuota de mercado, podríamos decir. Y desgraciadamente, bajo una apariencia de normalidad y diversidad, se esconden muchas falsedades y caminos que conducen al error y la confusión. En la lectura de hoy vemos precisamente un ejemplo en los saduceos, enfrentándose a Jesús a causa de uno de estos errores que ellos propagaban: la negación de la resurrección. Eran también judíos y creían en Jehová al igual que el resto del pueblo de Israel, sí; pero aplicando su lógica humana y desechando partes del Antiguo Testamento y a los mismos profetas, los saduceos negaban la posibilidad de una resurrección futura y otras verdades espirituales (Hch 23:8). De esta manera negaban en el fondo a Dios su señorío absoluto sobre la vida y la muerte, y daban la espalda a la Escritura que claramente enseña esta verdad: que la resurrección será un hecho que ciertamente experimentaremos: “Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío” (Ez 37:13). Y para combatir esta clara doctrina idearon un problema para Jesús, en la confianza de que, en su aparente imposibilidad de ser resuelto, demostrarían llevar ellos la razón: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer?” (v33). Pero la razón del hombre es inútil cuando pretende rivalizar con la de Dios, y Jesús de nuevo nos recuerda que la muerte y la posterior vida celestial rompen con las estructuras sociales de esta vida temporal, y que lo carnal no puede condicionar lo espiritual: “Los hijos de este siglo se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento” (v34-35). Nos enseña además que Dios domina no sólo la vida, sino también la muerte, la cual en realidad ya no tiene poder ni es sinónimo de dejar de existir para los que ponen su fe en Él por medio de Cristo: “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (v38). Así con estas respuestas Jesús desmontó y expuso las mentiras de los saduceos. Algunas de tantas como han existido y existen en este mundo, y que desvían y en no pocos casos esclavizan al ser humano cerrando sus oídos a la clara, fresca y pura Palabra de Dios. Pero tengamos en cuenta que en materia de fe no hay muchas verdades, o verdades a medias, y como nos advierte el Apóstol Juan, : “ninguna mentira procede de la verdad” (1 Jn 2:21). Los saduceos proclamaban el error de negar la resurrección, pero existen muchos más errores que hacen que los hombres en general y también los creyentes, se alejen de los seguros caminos doctrinales que Jesús y los Apóstoles prepararon para la Iglesia. Y vivimos por desgracia en un mundo donde la palabra “doctrina” tiene connotaciones negativas en muchas personas. El concepto de “doctrina” lleva hoy día aparejado la visión peyorativa del adoctrinamiento, y de aquí el de insertar en la mente de las personas ideas que en realidad no son suyas, y que en muchos casos son impuestas por medio de la presión, el miedo o la ignorancia. Sin embargo la doctrina verdadera es, como se nos recuerda en la Escritura, muy necesaria para no ser presa del error. Pero una sana doctrina cristiana nunca se impone, sino que se recibe como el fruto de la constatación por medio de la Escritura y la acción del Espíritu de su solidez y verdad, tal como hicieron los judíos en Berea: “pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hech 17:11). Así lo entendían los Apóstoles y los primeros creyentes, y así debería ser siempre. Pues sin doctrina, y sin saber argumentar con claridad y en relación a la Palabra aquello que se cree, estaremos perdidos en el mundo espiritual. El Apóstol Pablo era muy consciente de esto y por ello exhortaba siempre a permanecer firmes en las enseñanzas que él había transmitido, con fidelidad y determinación: “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra o por carta nuestra” (2ª Tes 2:15). Así, negar o relativizar el valor de la doctrina es como cortar el tronco que sostiene a un árbol frondoso, el cual permite a la savia llegar hasta las hojas y los frutos. Su muerte es inevitable. Y del mismo modo que las hojas y los frutos de un árbol, nuestra fe es vigorizada por la doctrina apostólica y las enseñanzas correctas que hemos recibido desde Jesús hasta hoy. Pues sin estas doctrinas plasmadas en la Palabra, nuestra fe no podrá crecer y enriquecerse. Es necesario en definitiva retener la sana enseñanza, la leche no adulterada de la que nos habla el Apóstol Pedro: “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ellas crezcáis para salvación” (1ª P 2:2). Podemos así decir que, en este mundo donde el error convive con la verdad de manera a veces tan sutil y mimetizada, es una necesidad vital para el creyente estar protegidos contra el mismo y conocer los fundamentos y argumentos bíblicos de aquello que proclamamos como creyentes. •Resistiendo con el escudo de la fe ¿Qué pues necesitamos para no ser presa de tantos errores y falsedades como pululan en nuestro mundo?. Ya se ha dicho que una doctrina bíblica correcta es fundamental para mantener una fe fuerte y sana, pues se puede llegar a un debilitamiento alarmante y peligroso de la misma en ciertos casos. Y para evitarlo el creyente tiene a su disposición el mejor remedio y ayuda posible en la sana predicación de la Palabra y los Sacramentos, y en concreto la participación en la Santa Cena. Estos son los medios que Dios ha dispuesto para distribuir su gracia entre los hombres, y que en el caso del cristiano, le sirven igualmente para alimentarlo y sostenerlo. Porque el esfuerzo espiritual constante contra el error y el pecado requiere, al igual que el propio cuerpo en la carne, buenos alimentos. Y de la misma manera que un cuerpo alimentado con comida de mala calidad no puede subsistir mucho tiempo sin enfermar, así la fe y la vida del espíritu, no pueden vivir desconectadas de la vivificante Palabra de Dios y del poder consolador del perdón de pecados que Cristo nos ofrece con su cuerpo y sangre. Son estos los mejores alimentos posibles para nosotros, de manera que el escudo de la fe: “con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Ef 6:16), esté fuerte y sólidamente anclado en Cristo. Pero, ¿en qué notaremos esta salud espiritual en nuestra vida?, ¿cómo sabremos si nuestra fe es vigorizada y crece de la manera correcta?. El primer efecto positivo que notaremos será precisamente nuestro aprecio y deleite por compartir momentos de oración y escucha a Dios en su Palabra, tanto personal como comunitariamente. Si esto falla habitualmente, ello será un indicador de que otros asuntos, otras preocupaciones mundanas e incluso otros “dioses” mundanos nos apartan de la fuente de nuestra fe, la Palabra de Dios. Así, si esto se mantiene en el tiempo, el debilitamiento de nuestra fe estará asegurado. Pero una fe sana y viva, es una fe que produce también frutos, como nos enseña el Apóstol Santiago, pues: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Stg 2:17), y así si en nuestro caminar diario, la vida y el sufrimiento del prójimo nos son indiferentes o no nos mueven a querer tenderles una mano, ello será igualmente una señal de que la salud de nuestra fe no responde a lo que Dios espera de ella. Hablamos aquí pues de lo que hay y mueve el corazón del cristiano, que debe ser el Amor de Dios, el cual recibimos como un don divino para a su vez, proyectarlo hacia otros desde nosotros mismos: “porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gal 5:6). Así que, el amor por esta Palabra de Vida y el amor al prójimo nos mostrarán inicialmente en un sano equilibrio, el estado y la salud de nuestra fe. ¿Cómo están tus niveles a este respecto?, ¿vives conectado a la Palabra que te sostiene y da vida?, ¿retienes en tu vida de fe la sana doctrina?, y ¿abundan en ti la misericordia y la compasión que nacen de tu fe?. Ora pues para que el Señor te siga fortaleciendo y alimentando diariamente por medio de su “leche espiritual no adulterada”, disfrútala y compártela luego con otros en testimonio y amor cristianos. •Conclusión La negación de la resurrección de los saduceos es unos de los muchos ejemplos de una fe contaminada por el error. Y el error, como ya se ha dicho, no procede de la Verdad ni puede convivir con ella. Perseveremos pues en la sana doctrina, y alimentemos nuestra fe de manera saludable por medio de la Palabra y los Sacramentos. Una fe que apunta a la obra de Jesús por nosotros en la Cruz, y que es nuestra Verdad definitiva y doctrina salvadora, pues: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que perservera en la doctrina de Cristo, ése si tiene al Padre y al Hijo” (2ª Jn 9). ¡Que así sea, Amén!. J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo