martes, 26 de noviembre de 2013

Último Domingo del Año Eclesiástico.

”La humanidad frente a la realidad definitiva de la Cruz” TEXTOS BIBLICOS. Primera Lección: Malaquias 3:13-18 Segunda Lección: Colosenses 1:13-20 El Evangelio: Lucas 23:27-43 Sermón •Introducción La última lectura del año Eclesiástico que tenemos en Lucas, cierra este ciclo presentándonos el epílogo donde Jesús entrega su vida por los pecados del mundo, y donde algunas de las reacciones finales de los hombres ante su muerte, son como un prototipo de aquellas que encontramos en nuestra sociedad respecto a Él y su mensaje. Es como un cuadro donde podemos ver con detalle cómo enfrentan los seres humanos el hecho definitivo y radical de la Cruz. Porque Jesús no deja a nadie indiferente, ya que ante su obra y su persona, siempre se toma partido. Incluso la indiferencia anuncia ya una actitud, una reacción respecto al ofrecimiento de perdón y reconciliación que el Padre nos ha ofrecido por medio de su muerte y resurrección. Sí, el mundo tomó y toma partido ante Jesús, y así, unos le compadecen, otros le escarnecen, algunos le injurian y pocos, unos pocos, dejan de resistir la acción del Espíritu y se entregan confiados a Él y su obra, recibiendo por medio del arrepentimiento y la fe, el perdón y la promesa de vida eterna junto a Cristo. También hoy se repite la escena del Evangelio, cada día, y aunque Jesús ya no está clavado en una Cruz, aún sigue ésta ante la vista de los hombres, recordándonos que la oferta del Padre sigue en pie para todos, y que a todos abarca. •Escarneciendo al leño verde Jesús enfiló definitivamente el camino del Calvario, donde fue cumplida toda Justicia, y donde el decreto de nuestra condenación fue abolido por medio de su sangre. Y entre las muchas explicaciones que los hombres han buscado para explicar la muerte de este inocente, Justo de los justos, podemos empezar ya a descartar algunas de las más habituales. Y no, Jesús no muere como consecuencia de su enfrentamiento con el poder político o religioso de su época, aunque suene muy inspirador y atractivo a determinados grupos sociales; ni tampoco por coherencia ética o moral, para los que buscan a un Jesús a imitación de determinados maestros filosóficos o espirituales. Ni siquiera como demostración de un proceso judicial erróneo o equivocado, para los amantes de la jurisprudencia. No, Jesús muere simple y llanamente para llevar a cumplimiento la necesidad de que prevalezca la Justicia de Dios, donde el pecado recibe como única paga la muerte: “porque la paga del pecado es muerte” (Rom 6:23). Y esto debe quedarnos muy claro, para que podamos conectar esta obra, Su obra en la Cruz, con nuestras propias vidas, con nuestro propio pecado. Pues éramos nosotros los que debíamos estar en aquella Cruz y no Él, pero : “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Cor 5:21). Y dicho esto, todas las causas anteriores sobre la muerte de Jesús, que los hombres hemos ideado y fabricado a nuestra medida, no son más que la constatación de que aún nos resistimos a admitir lo que somos. Pues negando a la Justicia divina su derecho a ser cumplida y buscando otras explicaciones más “racionales” y “lógicas” al hecho de la muerte de este inocente, no tratamos sino de justificarnos a nosotros mismos, y negar el hecho de que esta Justicia, debió aplicársenos en realidad a nosotros y no a Cristo. Y de alguna manera también percibimos esto en los llantos de los hombres y mujeres de Jerusalén por Jesús, pues : “le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él” (v27). Lloraban compadeciéndose de Jesús, pensando que su destino sería terrible, pero ignorando que en realidad era su propio destino eterno lo que estaba en juego, aquello por lo que en verdad hay que llorar y lamentarse: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (v28), son las palabras de Cristo dirigidas a todas las madres y hombres en general de este mundo. Pues sin este sacrificio, y sin este Cristo que camina hacia el Calvario estaríamos ciertamente condenados. Y si el leño verde, la fuente inocente de vida tiene que padecer de esta manera por causa nuestra, “¿en el leño seco, qué no se hará? (v31). Sí, ¿qué será entonces de todos los que endurecen su corazón y rechazan a este Cristo que extiende sus brazos hacia ellos en la Cruz?. Y ¿qué sería de todos nosotros si aquel día Cristo no hubiese emprendido aquel camino hacia el dolor y el sufrimiento en lugar nuestro?. Pero demos gracias al Padre, ya que: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 5:1). •El Trono de Jehová permanecerá por siempre Pocos son los gobiernos de este mundo que han tenido y tienen en cuenta la voluntad de Dios a la hora de gobernar. En nuestros días eliminan poco a poco todo vestigio de Su presencia, y se relega a la Palabra a un mero uso decorativo y protocolario la mayoría de las veces. El temor de Dios, en su sentido reverencial y profundo ya no existe en los corazones de muchos de los gobernantes, pues el poder crea la falsa seguridad de haber tocado techo. De que no hay nada superior a la voluntad humana y que todo pasa por los deseos del propio hombre. Y en la época de Jesús no era muy diferente. Para ellos además, la presencia de Dios en medio de su pueblo no significó júbilo ni un sentimiento de amparo y liberación, aún cuando Jesús proclamó en repetidas ocasiones que esta presencia venía a traer paz, alivio a los cargados de corazón y la mano tendida del Padre: “Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz” (Jn 16:33). Los poderes religiosos vieron a Jesús como un peligro para sus propios intereses, y el poder político lo menospreció considerándole uno más de los muchos auto proclamados profetas que pululaban por Israel. Así, aquellos hombres de gobierno y poder, pensaban que su condena a Jesús y su muerte solucionaba sus problemas. Los sacerdotes ya no tendrían que soportar a este incómodo rabí que los ponía en evidencia de sus hipocresías y legalismos, y las autoridades tendrían paz con el díscolo pueblo judío. Y así, el poder humano desde los tiempos en que Dios, por la presión del pueblo de Israel, mandó proclamar rey a Saúl, se ha ido envaneciendo y alejando de esta voluntad divina: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a tí, sino a mi me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1º S 8:7). Pues recordemos que sólo la voluntad de Dios era necesaria para el buen gobierno de Israel, y que gobernantes y reyes eran los que regían sobre los paganos, precisamente por carecer de la guía de Dios en su Palabra. Israel quiso ser gobernada por un hombre y no por la voluntad de Dios, y así hasta hoy los hombres nos sometemos a los hombres y rechazamos la idea de que sea Dios quien nos abra el camino en la vida de los pueblos. Por eso no es de extrañar la reacción ante Jesús de gobernantes y autoridades de su época: desprecio, escarnio y burla. Sin embargo los gobernantes son, aún sin ser conscientes de ello, instrumentos de Dios para llevar a cabo Su voluntad, pues nada escapa a ella en su propia Creación. Y así, lo que se estaba cumpliendo inexorablemente, aún en el escarnio y desprecio de estos gobernantes por Cristo, no eran sino las promesas divinas de restauración y redención que ya anunciaron los profetas: “por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Is 53:12). Pues por encima del poder de los hombres: “tú Jehová, permanecerás para siempre; Tu trono de generación en generación” (Lm 5:19). •La fe sencilla y sincera del buen ladrón Jesús fue contado entre los pecadores a la hora de su muerte, y dos malhechores fueron crucificados junto a él. Y estos dos hombres son como el resumen de la conversión del ser humano, donde podemos ver cómo somos antes de que nos alcance el don de la fe, y después de haberla recibido. Así uno de los malhechores increpaba a Jesús injuriándolo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (v39). En su rechazo a Jesús, este hombre lo ridiculizó aún en la Cruz, tratando de mostrar que no era más que un hombre condenado, que nada podía hacer por él mismo ni por nadie. Así el hombre en su estado natural, considera inútil a Cristo, pues entiende que sólo él con sus propias fuerzas y voluntad es dueño de su destino. El hombre sólo necesita del hombre para caminar en esta vida e interpretarla, o dicho en palabras de los filósofos griegos: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Sin embargo la mera visión de Cristo en la Cruz junto a él fue suficiente para que el otro malhechor viese no a un mero hombre a punto de morir, sino al mismo Hijo de Dios hecho carne entre nosotros. La fe alcanzó a este condenado justo antes de la muerte, y de su arrepentimiento por el pecado y del reconocimiento de Jesús como su salvador nació su vida eterna: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v41-42). Sólo necesitó de la fe para que las puertas del cielo le fuesen abiertas. Y esta es la Buena Noticia que Cristo trae a los hombres: que muriendo Él en la Cruz por nuestras rebeliones, somos justificados ante el Padre por medio de la Justicia de Cristo, la cual se nos imputa por medio de la fe en su obra en la Cruz. Aún así, después de este día los seres humanos nos hemos seguido empeñando en conseguir esta justicia divina a base de todo tipo de obras con la finalidad de acumular méritos ante Dios. Pero un malhechor arrepentido en la hora de su muerte nos enseña esta verdad evangélica de la justificación por la sola fe en Cristo. Una verdad que trae paz y consuelo al corazón de aquellos cuyas conciencias cargadas ponen a los pies de Cristo sus cargas y pecados. ¿Te sientes tú cargado en tu mente y corazón?. ¿Crees que tus pecados son tan grandes que Dios te exigirá un mérito imposible de acumular en esta vida?. Mira pues al buen ladrón junto a Cristo, y en arrepentimiento y fe repite sus palabras a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v42). Escucha luego las palabras que el Señor te dirige, tan ciertas como aquellas que fueron dichas en el monte Calvario, dirigidas ahora también a ti : “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v43). Aférrate a esta promesa divina, cada día, hasta el final de tu vida. Conclusión Cristo siempre genera reacción en los seres humanos, y a nadie deja indiferente, sea el pueblo, gobernantes o malhechores. Y esta lectura, donde un malhechor es justificado poco antes de su muerte, debe servirnos de lección magistral acerca de la infinita misericordia y gracia de Dios. Pues nunca es tarde para rendirse a los pies de Cristo, nunca es tarde para recibir en arrepentimiento y fe la promesa de salvación y vida eterna. Y ahora nuestra escalera al cielo, cual escalera de Jacob (Gn 28:12), por donde los ángeles bajan y suben del cielo a la tierra no es otra sino la Cruz de Cristo. Lo fue para el buen ladrón y lo es también hoy para todos nosotros. ¡Que así sea, Amén!. J.C.G. Pastor de IELE/Congregación San Pablo