lunes, 10 de febrero de 2014

Quinto Domingo después de Epifanía.

”¡Seamos sal y luz, testimonio de palabra y de vida!” TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 09-02-2014 Primera Lección: Isaías 58:3-9a Segunda Lección: 1ª Corintios 2:1-12 (13-16) El Evangelio: Mateo 5:13-20 Sermón •Introducción ¿Cuál es la diferencia entre un cristiano y alguien que no lo es?. ¿Debe haber algo en su vida que marque la diferencia con respecto a los que no lo son, o esto es algo indiferente?. ¿Cómo es o debe ser un cristiano?. Normalmente, entendemos que todos aquellos que confiesan a Cristo como su salvador, y en fe se acogen a su salvación obtenida en la Cruz, son cristianos. Sin embargo, el cristiano no es sólo alguien que identificamos en relación a su fe, sino también por su testimonio, actitud y ser ante el mundo. Y en la lectura de hoy, Jesús nos exhorta a no conformarnos simplemente con atesorar nuestra fe, sino a dejarla expandirse hasta llegar a impactar la vida de otros a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo donde existen muchas tinieblas, con muchas regiones oscuras en la vida de los hombres. ¿Cómo hacer que la luz llegue hasta ellos?, ¿cómo iluminarlos para que no continúen en la oscuridad?. Jesús nos llama hoy a adoptar una actitud activa, a ponernos al servicio de su Reino, y no sólo de palabra, sino con nuestra vida entera. •Somos sal que preserva y da sabor La sal tiene muchos atributos, entre los cuales y más conocidos están el de preservar y el de dar sabor. Era un bien muy apreciado en la antigüedad, donde a veces era el pago en especie que obtenían los obreros y soldados. De ahí la palabra salario. Y en la lectura de hoy Jesús compara a sus discípulos, a sus seguidores con la valiosa sal: “Vosotros sois la sal de la tierra” (v13). Sí, pues los cristianos no hemos sido tocados por el Espíritu para una conversión que nos encierre en nosotros mismos, y que se enfoque sólo en nuestra propia salvación y nada más. Esto sería un concepto egoísta del Evangelio, cayendo en un individualismo que Dios rechaza. El fin de la obra de Cristo es nuestra salvación, cierto, pero en el contexto de la salvación del mundo, pues el Evangelio es buena noticia para toda la humanidad, y no sólo para unos cuantos elegidos. Dios quiere alcanzar a todos los hombres, pues todos sin excepción están necesitados de su gracia y misericordia: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom 3:23). Y por ello los discípulos y la Iglesia entera son enviados al mundo, para llegar hasta los últimos rincones de esta tierra. La Iglesia cristiana no es, como hemos dicho una Iglesia de élites, de aquellos que se encierran confiados en sus templos y cierran luego sus puertas, dejando fuera al mundo bajo el juicio de Dios. En verdad el templo de los cristianos es ahora el mundo entero. ¿Cómo podemos llevar a cabo esta misión que Cristo nos encomienda?, ¿cómo ser sal allí donde hemos sido llamados a vivir nuestra vida?. En primer lugar y también a semejanza de la sal, preservando el Evangelio de perdón de pecados que hemos recibido de Cristo y los Apóstoles, conservándolo y proclamándolo en su integridad. Pues si lo adulteramos (1ª Ped 2:2), si no anunciamos al mundo que sólo en Cristo pueden obtener los hombres perdón y salvación, no estaremos cumpliendo la función de la sal, de preservar y evitar la corrupción. Debemos pues ser siempre fieles al mensaje que hemos recibido. Pero además, y en segundo lugar, la sal da sabor, hace que lo que es insípido tome cuerpo y llene el paladar. Del mismo modo, si queremos ser fieles a la misión que Jesús nos llama, no podemos conformarnos con atesorar este Evangelio para nosotros mismos, sino que debemos esparcirlo y expandirlo alrededor nuestro. No debemos perder el empuje y la ilusión, pues hay todo un mundo necesitado del sabor del perdón y de la plenitud que Dios provee por medio de Cristo. Millones de hombres y mujeres que necesitan ser tocados por el Espíritu en sus corazones para tener verdadera Vida en sus vidas. Pero, “si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?. No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”. Sí, si somos cristianos tibios, preocupados solo de nuestra propia salvación y nada más, y no testificamos de Cristo, no podremos ser sal de la tierra, y no estaremos sirviendo a los fines del Reino de Dios. Por ello, todos los bautizados, todos los que ahora somos hijos de Dios, estamos llamados a esta labor de trabajar para extender los límites de este Reino, de ensancharlo hasta donde nuestras fuerzas y nuestros dones nos lo permitan. Sal de la tierra, preservadores y propagadores del Evangelio, es lo que hemos sido llamados a ser en Cristo. •La luz que llevamos testimonia de Cristo Dicho lo anterior, queda claro que aquellos que han sido tocados por el Espíritu Santo con el don de la fe, son animados e impulsados a dar un testimonio de Cristo. Pues han pasado de muerte a vida, por pura gracia y misericordia de Dios, el cual: “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Ef 2:5). Sin embargo, si esto es así y si son millones los llamados cristianos aquí en Europa y en otras partes del mundo, ¿qué está pasando?, ¿por qué entonces la incredulidad avanza sin freno en nuestros días?, ¿por qué disminuye alarmantemente el número de aquellos que confiesan a Jesús como su salvador?. Para empezar planteémonos si la Palabra sigue siendo Palabra de Dios para los hombres, e incluso paradójicamente, para algunas Iglesias cristianas. En este último caso, inicialmente todas lo afirman, es cierto, pero inmediatamente después la matizan, la cuestionan, le ponen límites culturales o históricos para al fin decir: “es solo un libro humano que contiene la Palabra de Dios”. Pareciera que estamos diciendo lo mismo, pero no lo es. Pues la Palabra de Dios, a diferencia de un mero libro que contiene porciones de ella mezcladas con historias e ideas humanas, es el referente para la vida de los cristianos, es la misma voz de Dios que nos habla directamente a nosotros y nos revela a Cristo y su Evangelio del perdón de pecados. Quizás el problema es que para muchos, la Palabra de Dios hace tiempo que dejó de ser la luz y la Verdad que los ilumina y guía: “Lámpara es a mis pies tu palabra,
Y lumbrera a mi camino” (Sal 119:105), y se ha convertido en un mero referente ético y moral en el mejor de los casos. Pero esta Palabra es precisamente la que testifica de Cristo, y la que por medio del Espíritu convierte los corazones. Si la escondemos debajo de nuestras propias ideas morales o sociales, no será ella la que hable, sino el hombre. Y si es el hombre el que habla, no podrá brillar e luminar a otros. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.” (v14). Sí, los cristianos llevamos una luz, la luz de la Palabra que testimonia de la gracia y misericordia divinas, y esta luz hace que nuestras propias vidas sean a su vez para otros, un reflejo de la luz de Cristo. Pues no damos testimonio de nosotros mismos, sino de Cristo y su Evangelio, y de cómo hemos sido rescatados por medio de Él, de la oscuridad de una vida separada de Dios. Una luz que debe ser mostrada a otros que aún viven en tinieblas para que, por medio de nuestro testimonio, de palabra y de vida, perciban el Amor de Dios por ellos. Pues cualquier obra que hagamos desde la fe, con amor y en beneficio del prójimo, será una muestra de ese Amor divino: “para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos.” (v16). •Toda la gloria sea para Dios El cristiano debe ser pues sal y luz para el mundo, llevando a otros el puro Evangelio y haciendo al mismo tiempo que su vida destaque en buenas obras allí donde viva su vida. Pero tengamos cuidado de no confundir nuestras obras que testimonian del Amor de Dios, con obras fruto de nuestra propia justicia. Lejos de nosotros los cristianos, el arrogarnos mérito alguno delante de Dios por nada de lo que hagamos, ni de mezclar nuestra “justicia” con la Justicia de Cristo. Si así lo hacemos, estaremos haciendo inútil la sangre de Cristo en la Cruz, derramada por nosotros cuando estábamos muertos en nuestros pecados. Pues para los que escogen este camino ante Dios, la Ley los acusa. Ya que la Ley de Dios es santa y perfecta y: “hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (v18). Sin embargo, nuestra capacidad para cumplirla en toda su integridad es inútil, y como nos enseña el Apóstol Santiago: “cualquiera que guardare toda la Ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg 2:10). Por tanto las obras que otros ven en nosotros, no deben ser sino, desde la fe, obras de Dios mismo por ellos, y que sirven para que los hombres glorifiquen a su Creador (v16). Así, en la mente del cristiano y en su vida, deben prevalecer siempre las palabras del salmista: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Sal 115:1). No, nuestra justicia no está ni puede estar en nuestras propias obras, incapaces de satisfacer las demandas de la Ley de Dios, y aún así, nuestra vida debe ser siempre un esfuerzo por cumplirla, y enseñar a otros a hacerlo. Pues esta Ley Santa fue dada para que el hombre viva según la voluntad de su Creador, tanto en lo que respecta a Él en los tres primeros mandamientos, como en lo que respecta al prójimo, en los siete restantes. Algunos sin embargo, han tratado de usarla para ganar méritos propios ante Dios, y sin embargo Jesús nos advierte ante esto: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (v20). Sí, necesitamos una justicia mayor que la de aquellos que viven cegados por su propia justicia, por su escrúpulo en mostrar a Dios su propia santidad. Y esta Justicia no es otra que Cristo mismo. Él es quien nos abre las puertas celestiales, quien cubre nuestras faltas con su sangre, y quien nos justifica ante el Padre para vida y salvación. Ahora pues: “aparte de la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas: la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Rom 3:21). •Conclusión La vida del creyente se basa en un doble testimonio: el de la proclamación del Evangelio y el de su materialización en obras de amor al prójimo. Y son indisolubles. Hemos recibido la Gran Comisión (Mt 28) de llevar la luz de Cristo a otros, y de ser la sal de este mundo, para mayor gloria de Dios. Y como testimonios vivos, encarnamos en nosotros también la entrega al prójimo, para que otros a su vez, glorifiquen a Dios. Así, fe, testimonio y servicio forjan una unión en la vida del creyente, y sólo desde esa unión, podemos ser verdaderos testigos de la gracia y la misericordia divinas. Nuestras vidas deben reflejar pues este espíritu de preservar el Evangelio, de dar sabor y de marcar la diferencia ante el mundo. Por tanto, seamos sal y luz, y: “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. (1ª Ped 1:15-16). ¡Que así sea, Amén!. J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo