sábado, 1 de febrero de 2014

4º Domingo de Epifanía.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: 1 Samuel 1.21-28 Segunda Lección: Hebreos 2.14-18 El Evangelio: Lucas 2.22-40 “Paz por la presencia de Cristo” En estos días los niños han celebrado el día de la Paz en los colegios. Es interesante oírlos hablar sobre este tema. Es interesante oír hablar a los mayores sobre este tema. En ambos casos me da la sensación de que creemos que la paz es la ausencia de muchas cosas exteriores que nos perturban y la presencia de otras que nos dan seguridad. Ausencia de guerra, de peleas, de hambre, de injusticia, de igualdad. Por otro lado muchas veces creemos que tendremos paz al poseer ciertas cosas, como estabilidad económica, reconocimiento social, estar libres de deudas y un etcétera muy largo. Pero también terminamos dependiendo de cuestiones externas a nosotros. Ya hemos pasado el primer mes del año y los deseos para este año se comienzan a concretar o aún no, ¿Qué tienes planeado? ¿Qué va a pasar en este 2014? Puede haber un montón de buenas noticias: nuevos integrantes familiares, una graduación, encontrar el verdadero amor, estabilidad económica. También pueden surgir problemas no deseados: conflictos en el trabajo, desempleo, desacuerdos en la familia, problemas de salud y más. ¿Qué va a pasar? Tenemos algunos planes, pero no sabemos mucho a ciencia cierta qué es lo que realmente pasará. Entonces ¿de qué podemos estar seguros para vivir en paz? La Paz de Simeón es nuestra paz. Simeón es un hombre misterioso que andaba por el templo, no sabemos mucho sobre él. Sabemos su nombre, pero eso es todo. Se lo ha representado como un anciano, pero no lo sabemos. Podría ser un joven de diecinueve años. No sabemos si se había casado, si era viudo, si gozaba de buena salud o estaba enfermo, si tenía hijos o nietos. Si llevaba una buena o mala vida. La Biblia no nos dice nada. Nos dice que su nombre era Simeón y que “Este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viera al Ungido del Señor.” Es por eso que él está en el templo, sabe que va a ver al Mesías. De repente, el Señor se le presenta. El Mesías tan esperado está allí, no sólo es un ser humano, sino que el Hijo de Dios hecho carne, el Salvador del mundo está haciendo su primera visita a la casa de su Padre. La profecía se ha cumplido. El Mesías está en el templo y nadie se da cuenta. A nadie parece importarle. Pero si a Simeón, que lo esperaba, porque el Espíritu Santo se lo había prometido. Con confianza se acerca al Mesías, toma en sus brazos al Salvador y en medio de toda la actividad del templo, canta para que todo el que escuche sepa que “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra,porque han visto mis ojos tu salvación,la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel”. El Señor mismo ha llegado a su templo para anunciar y traer la salvación, ha venido a redimir a su pueblo. Es una gloriosa y divina verdad, de modo que Simeón canta esta canción de alabanza. Los asistentes al Templo han venido a adorar al Señor Todopoderoso que hizo los cielos y la tierra. Allí en medio, este Simeón celebra con un bebé de 40 días en sus brazos, custodiado por la imponente custodia de, bueno, los pobres padres. Ahora a Simeón no le preocupa el Lugar Santísimo, donde se pensaba que estaba el Señor en su gloria. Ahora está compenetrado mirando al bebé en sus brazos y cantando la más extraña de las canciones de cuna: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra…”. Este bebé es su Señor. La Paz viene a nosotros en Cristo. Ya hablamos de esto en Navidad: Si te dejas guiar solo por tus ojos, es muy probable que te pierdas de ver al Salvador. Solo te encuentras con Él por medio de lo que el Espíritu Santo dice a tus oídos sino no lo veras. Las personas buscan una gloriosa exhibición de poder para demostrar la presencia de Dios, descartarán este encuentro y pasarán de prisa por al lado del bebé y seguirán buscando. Pero por la fe, Simeón lo sabe. La carne y la sangre que acuna en sus brazos es el Hijo de Dios encarnado. Él es Emanuel, “Dios con nosotros”, presente con su pueblo como Dios y hombre. Él está con su pueblo para dar paz, salvación, luz, revelación y gloria. No dejes que la cabeza calva y los diminutos dedos de los pies te engañen: Este es el Señor del cielo y de la tierra. Y a pesar de que la boca sin dientes no puede formular palabras, sin embargo, ha estado hablando desde la eternidad. Él está allí. Por la fe, Simeón reconoce a su Salvador y se regocija en su salvación. Él abraza la Palabra hecha carne y es perdonado de todos sus pecados. Esta es la razón por la que puede partir en paz. Él sale en paz y ¿qué sucede con Simeón? Nuevamente tenemos que decir “No lo sabemos” pues desaparece de la Escritura. Tradicionalmente, se supone que es un hombre viejo, que muere y es llevado a la gloria de Dios. Por otra parte, él podría haber vivido muchos años más. Tal vez una buena vida, tal vez no. Pero Simeón sale en paz porque Dios es fiel: Ha mantenido sus promesas hechas a través de los profetas. La Virgen ha concebido y dado a luz un Hijo y Su nombre es Emanuel. Ese Señor vino al templo, donde Simeón lo contempló. Las profecías para lograr la paz seguirán siendo cumplidas. El Mesías hará que los ciegos vean, los sordos oigan, los mudos canten y los cojos salten de alegría. También será azotado, herido y afligido por nuestras iniquidades. Él será el hombre maldito en un madero. Todo esto se llevará a cabo, de manera que las otras promesas de Dios se cumplirán: Las promesas de perdón y paz, abundante gracia para los pecadores arrepentidos. Dios es fiel y las promesas se mantendrán, por eso Simeón sale en paz. Él sabe que la vida no será de color rosa o una sublime vida. Todavía se enfrenta a la muerte, todavía está en este mundo de pecado. Pero él está en paz porque Dios es fiel y lo ha puesto en paz. Él ha enviado al Salvador, no lo ha abandonado, sino que lo ha redimido. El Señor ha cumplido sus promesas y Simeón sabe el final de la historia. El final de la historia es la vida eterna porque el Hijo ha venido. La Paz disponible hoy y Siempre. Podemos hacer un balance de nuestra vida. Has llegado hasta aquí y quizá no estés seguro de qué te depara el futuro, incluso con una cuidadosa planificación. Simplemente suponemos o deseamos que sucedan ciertas cosas, pero no tenemos muchas certezas. Habrá todo tipo de tentaciones, serás tentado a preocuparte, si bien una preocupación piadosa es buena, preocuparse demasiado a menudo se convierte en duda de la voluntad y la fidelidad de Dios. Serás tentado a decepcionarte cuando las cosas no salgan como deseas, el mayor pecado aquí es preferir nuestra voluntad sobre la del Señor, que obra todas las cosas para nuestro bien. No nos gusta no saber, porque no saber significa que tenemos que vivir confiando. La fe no es algo natural, de hecho, es imposible creer a menos que sea dada por Dios. Pero Dios te da la fe, es un bendito regalo que has recibido. El Espíritu Santo te ha dado esto a ti, no a través de alguna visión o la escritura de una frase mística, sino por su santa e inspirada Palabra. Su Palabra te anuncia que el bebé en los brazos de Simeón creció y llevó tus pecados a la cruz. Ese mismo cuerpo fue atravesado y su sangre derramada, para luego ser colocado en el sepulcro. Ese mismo Salvador, ha resucitado al tercer día. También es quien antes de ascender al cielo, envío a sus discípulos a bautizar y enseñar. Él habla por medio de la Palabra y los Sacramentos y allí nos hace llegar sus promesas: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Él está contigo en su Palabra y Sacramentos. Fue Él quien te lavó y limpió del pecado en las aguas de Santo Bautismo. Es Él, el Verbo hecho carne, quién está presente en su Palabra cuando es proclamada. Es Él quien te dice: “Toma y come, esto es mi cuerpo… Toma y bebe, esta es mi sangre, para el perdón de los pecados”. El mismo cuerpo y sangre que Simeón alzo en sus brazos. Él fue a la cruz, resucitó y subió al cielo. Al igual que Simeón, contemplas hoy a tu Salvador. No ves diminutos dedos o un bebe indefenso, solo aprecias un hombre que predica y luego pan y vino. Pero la fe dice otra cosa: Dios cumple sus promesas, su Hijo ha venido, muerto y resucitado, como había prometido. Su Hijo está aquí, en estos medios, de perdonar, como lo había prometido. Esto es por fe, no se aprecia por la vista. Por ello cantamos el himno de Simeón casi al final del Oficio Divino. Has oído la Palabra y el Espíritu Santo te ha revelado al Salvador. Acabas de recibir el cuerpo y la sangre del Señor para el perdón de los pecados. El canto de Simeón es tu confesión, tu himno. La Paz te lleva a cantar, porque el Salvador ha venido a ti también y entonces partes en paz. Te vas en paz, aunque no en una paz como el mundo imagina, con esta paz corres el riesgo de ser ridiculizado a lo largo del camino. Si Simeón parece raro al cantar al bebé, vamos a dibujar algunas miradas extrañas al decir que nuestra paz está en, con y bajo el pan y el vino, el agua y la Palabra. Algunos te dirán que has perdido tu cordura religiosa o tu fe. Pero sabes que Cristo está allí porque Él lo ha prometido y Él siempre cumple sus promesas. Tienes su Palabra para que ir en paz, reconciliado con Dios, contigo mismo y con quienes te rodean. La verdadera paz no es cosa tuya. No es tu justicia, ni tus obras las que te hacen un heredero del reino de los cielos. Aun seguirás afectado por el sufrimiento y el dolor como espera para la herencia que será revelada. Pero la paz es tuya, porque “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos.” (Gálatas 4:4-5). Rescatado por el sacrificio de Jesucristo, el primogénito de entre los muertos, ya te encuentras entre la asamblea de los primogénitos Tu vida aún tiene muchos capítulos por ser vividos, gracias a Dios en Cristo ya sabes el final de la historia. Este final es la vida eterna. Por esto puedes partir en paz a vivir tu vida. El que sufrió, murió y resucitó está contigo, te hará salir de tus sufrimientos y de la muerte a la vida eterna. ¿Qué nos deparará el mañana? No se puede saber. Confiamos nuestro mañana al Señor, confiando en que Él hará que todas las cosas sean para nuestro bien. Él se ha comprometido a hacerlo por sus siervos, así como ha prometido que Su Hijo ha muerto por ti. No sabemos mucho acerca de lo que está por venir, pero si sabes que tú eres suyo y así conoces el final de la historia. Por lo tanto, incluso ahora, sales en paz: Porque por Cristo has si perdonado de todos sus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén Gustavo Lavia. Pastor de la Congregación Emanuel. Madrid