sábado, 15 de marzo de 2008

Sermón del Domingo de Ramos 16-03-08

La temporada de Cuaresma comprende los cuarenta días desde el miércoles de ceniza hasta el sábado de gloria. La palabra cuaresma parece provenir del término latino quadraginta que significa "cuarenta". Antiguamente había de ayunarse durante la Cuaresma, menos los domingos, preparándose para la celebración de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Actualmente es una temporada penitencial y de arrepentimiento en que se fija la atención en la pasión y muerte de Jesucristo por los pecados del mundo y los de uno mismo. Contemplar lo que Él hizo y sufrió inevitablemente nos lleva a lamentar nuestros pecados y sus consecuencias, tanto las que Jesús tuvo que sufrir en nuestro lugar como las que sufrimos en nuestras propias vidas. No obstante, no es una temporada de lamentación lúgubre y tristeza sombría, porque los domingos de Cuaresma siempre siguen siendo la celebración de la resurrección de Jesucristo de la muerte. Por lo tanto la Cuaresma es más bien un período de gozo solemne porque en él recordamos tanto el privilegio que nos ha sido dado de poder arrepentirnos como el perdón de todos nuestros pecados mediante la redención que obró Cristo por nosotros en su sufrimiento, muerte y resurrección gloriosa.

6º domingo de cuaresma

“Tu reino viene a nosotros”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Zacarías 9:9-10

La Epístola: Filipenses 2.5-11

El Evangelio:

Juan 12.12-19

12 El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, 13 tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel! 14 Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: 15 No temas, hija de Sion; He aquí tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna. 16 Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho. 17 Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos. 18 Por lo cual también había venido la gente a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal. 19 Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él.


Sermón

Miedo, penuria y violencia, ésos son los rasgos característicos del mundo actual. Los grandes descubrimientos y conquistas del espíritu humano de nuestra época se limitan casi exclusivamente a la técnica, y ésta, en su mayor parte, es perfeccionada para la destrucción del género humano. ¡Paradójica situación, la del mundo actual! ¡El ser humano, orgulloso de sus inventos y adelantos técnicos, se siente al mismo tiempo esclavizado, gimiente y aterrorizado ante las creaciones de su propio espíritu!

Como cristianos, tú y yo, como seres que no vivimos para el mundo presente solamente, sino a través del mundo para la eternidad dichosa que nos espera, ¿qué actitud asumimos en este mundo? Como cristianos, ¿vivimos realmente en el mundo? ¿O nos apartamos, nos aislamos del mundo escondiéndonos tras el alto muro de nuestros elevados ideales cristianos? Por cierto que hay cristianos tales. Hay cristianos que dicen diariamente el Padrenuestro, que dicen también la petición: “Venga tu reino”, y después de haberla dicho sus manos permanecen juntas, quietas, muertas. Y sus labios permanecen mudos... hasta el día siguiente, hasta la siguiente hora de las plegarias.

Para el cristiano consciente y verdadero, activo y responsable, esa petición del Padrenuestro es más, mucho más que una mera frase. Esa petición le recuerda su propio estado de gracia, pero le recuerda también su propio deber de cristiano en este mundo. Un cristiano tal siente arder en su corazón las lágrimas que Jesús derramó en un día como el de hoy sobre una ciudad y sus habitantes. Al recordar ese episodio de las Sagradas Escrituras, el verdadero creyente no puede sino exclamar agradecido y lleno de celo santo: VENGA SEÑOR TU REINO….

1.…a nosotros,

2.…Por medio de nosotros.

Tu reino viene a nosotros. Domingo de Ramos llamamos este día del Señor. Y recordamos en él un hecho singularisimo en la vida de nuestro Señor Jesucristo. El santo evangelio para este domingo nos cuenta de un Jesús que no se muestra esquivo y apático a los honores que le tributa la muchedumbre, sino de un Jesús que va al encuentro de las alabanzas jubilosas que se le tributan. Es que su hora había llegado. La ciudad de Jerusalén estaba de fiesta. Faltaban solamente unos días para la celebración de la pascua judía. La ciudad toda bullía con esa alegre nerviosidad, llena de expectativa y preparativos, que siempre precede a las grandes festividades. Además, habían venido en esos días numerosos hebreos que residían en el interior del país y aun en países vecinos. Las grandes festividades pascuales los reunían de nuevo cada año en la ciudad santa.

Pero no solamente la próxima fiesta era el comentario principal en que se ocupaba aquella multitud. De boca en boca corría y se repetía un nombre, un nombre ligado a milagros, un nombre ligado a esperanzas milenarias: ¡Jesús, Mesías, rey de Israel! Corazones anhelosos y llenos de expectativa eran los de aquella multitud que sabía que Él estaba en las proximidades.
Y de pronto Él llega, el tan comentado, el esperado. Y ¿cómo viene? Dice el santo evangelista: “Y Jesús, habiendo hallado un asnillo, se sentó en él.” Sentado sobre un humilde asnillo entra Jesús en la ciudad de Jerusalén. Imaginando aquella escena, pensando en la fastuosidad romana de aquella época, a la cual estaba acostumbrado también el pueblo de aquella ciudad, se nos avecina la idea de que la multitud debió encontrar ridícula esa entrada de Jesús de Nazaret. Pero no fue así. Pues Jesús no viene solamente con señales externas de humildad, sino que allí, en esa hora, se cumple una antigua profecía. ¡Jesús viene, Él entra en Jerusalén, así como su Padre celestial lo habla anunciado casi 500 años antes por boca del profeta Zacarías! Todo aquello sucedió “según está escrito”, dice el santo evangelista. ¿Y qué estaba escrito? Escrito estaba: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey, sentado sobre un pollino de asna.” Así decía la visión profética y así aconteció cientos de años después, cuando llegó la hora. ¡Es que Dios, el Eterno y Omnisciente, el Santo y el Misericordioso, cumple la palabra que una vez puso en boca de sus profetas y en los oídos de su pueblo! Y por eso aquella multitud también prorrumpe en las antiguas exclamaciones de júbilo con las cuales se recibía a los reyes y héroes victoriosos. Dice el evangelista: “Tomaron ramos de palmas, y salieron a su encuentro, aclamando: ¡Hosanna! ¡Bendito el rey de Israel, que viene en el nombre del Señor!” Jesús entra en la ciudad, “según estaba escrito.”

Jesús entra en la ciudad, “según estaba escrito.” La época que sirvió de marco a esos acontecimientos no era una época feliz para el pueblo judío y las páginas de su historia nacional. En el aspecto material era una nación oprimida y avergonzada bajo el yugo del conquistador romano; era una nación que clamaba por un libertador de la opresión extranjera. En el aspecto espiritual, según las propias palabras del Señor Jesucristo, las multitudes del pueblo eran verdaderamente dignas de lástima, “porque estaban acosadas de necesidad, y andaban dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mat. 9:36).

Hacia ese pueblo que estaba en la desgracia y se hallaba descarriado vino el Mesías y Rey en ese día memorable. Mansa y humilde es la actitud de ese rey hacia sus súbditos. No en vano había dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mat. 11: 29). Mansa y humilde fue sin duda también la mirada con que ese rey observaba a aquella muchedumbre. Allá lejos sus ojos divisaban una cruz solitaria y una angustia sobrehumana. Hacia allí se encaminaba decididamente, como un rey que sabe que saldrá victorioso aun antes de entrar en la lucha final. También eso “estaba escrito”; pues ese rey era aquella simiente de la mujer que le quebraría la cabeza a la serpiente... “Bendito el rey de Israel”, seguía clamando la multitud. Al oírlos, al mirar con sus ojos divinos en sus corazones entusiasmados, pero vacíos de anhelos espirituales, aquel rey lloró sobre aquella ciudad y sus habitantes, diciendo: “¡Oh si hubieras conocido, tú, siquiera en este tu día, las cosas que hacen a tu paz! ¡Más ahora están encubiertas de tus ojos!” (Lucas 19:42). Sí, ningún pueblo y ninguna ciudad han vuelto a experimentar en tal medida la gracia de Dios y su buena voluntad como lo experimentaron en aquel día Jerusalén y sus habitantes. ¡En aquel día Dios fue al encuentro de los hombres con toda magnificencia! ¡Aquel día, el Espíritu de Dios puso en los labios de los hombres el testimonio de la verdad... y los hombres estaban ciegos!
Caro amigo, en esta hora Cristo el Rey viene a ti. A ti se dirige, cuando dice: “Decid a la hija de Sión”, a ti te nombra como un miembro que eres de la Iglesia Cristiana. Hoy como entonces él viene a ti y los demás hombres con su mensaje de la reconciliación, el Evangelio de la paz, diciéndote también a ti, “según está escrito”: “No temas; porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío” (Isasías 43:1). ¡Oh, quiera Dios que conozcas, tú, en este tu día, lo que sirve a tu paz! Dondequiera que se predica el Evangelio de Cristo, allí está Cristo llamando a la puerta de los corazones y diciendo: “No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu rey.” Sí, Dios viene a nosotros porque nosotros no pudimos ir a ella. Manso y humilde viene, sin fastuosidad, sin ánimo de impresionar a los pobres y hacerlos sentirse más pobres. Por esta razón vino su Hijo al mundo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16).

Por causa del amor de Dios para con los hombres, nosotros podemos exclamar hoy llenos de gozo: “¡Tu Reino viene hacia nosotros!” Pero ese mismo amor divino que experimentamos en nosotros debe impulsarnos también a que exclamemos, llenos de amor y celo santo, en segundo lugar,

Tu Reino viene, por medio de nosotros. Entre aquella multitud que recibió con hosannas y bendiciones al Señor Jesús a las puertas de Jerusalén había presentes tres clases definidas de personas.

Una clase de aquellas personas estaba formada por ese grupo que el santo evangelista describe en los versículos 17-18, diciendo: “La gente, pues, que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le levantó de entre los muertos, daba testimonio de ello. Por esto también la multitud salió a recibirle; porque oyeron decir que él había hecho este milagro.”... Seguramente que estos últimos formaban la inmensa mayoría de aquella muchedumbre, la que con más entusiasmo y poder gritaba sus hosannas y sus: ¡bendito sea! Ese grupo numeroso se encuentra con frecuencia en aquellos lugares donde se reúnen muchedumbres. Aquí están presentes, “porque oyeron decir que él había hecho este milagro.” Días más tarde están presentes, porque quieren ver a quién Poncio Pilatos va a darle finalmente la libertad, si a Barrabás, el ladrón, o si a Jesús de Nazaret. Y solamente horas más tarde gritan de nuevo. “¡Quítale, quítale! ¡Crucifícale!”... Oh, el
Señor Jesús conocía a ese grupo. Lo conocía tan bien, que de él dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Mar. 7:6).
¿Será necesario, amigos, que le busquemos ubicación a este grupo en la sociedad de nuestra época actual? Yo creo que no.

El otro grupo que notamos entre la multitud que esperaba a Jesús en aquel día está descrito con las siguientes palabras en el versículo 19: “Por tanto los fariseos dijeron entre sí: ¡Ya veis que no aprovecháis nada! ¡He aquí que el mundo se va tras él!”... Seguramente este segundo grupo no era tan numeroso como el primero. Este era un grupo algo apartado, silencioso, hosco, suspicaz y fanático. Pocos contactos amables habían tenido ellos con Jesús de Nazaret. En los oídos de este grupo resonaban aún aquel juicio y aquella pregunta que cierto día les dirigiera ese Jesús, cuando los apostrofó: “¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo evitaréis la condenación del infierno?” (Mat. 23:33).

Estos fariseos y sus semejantes no amaban realmente al pueblo que pretendían conducir. No lo amaban, pero tenían necesidad del apoyo y la aclamación de ese pueblo. Eran gentes que no podían vivir sin las alabanzas y loas de sus prójimos. Y ahora, al ver que la muchedumbre aclamaba al odiado Jesús de Nazaret, “dijeron entre si: ¡Ya veis que no aprovecháis nada! ¡He aquí que el mundo se va tras él!”... Creo que tampoco a este segundo grupo necesitamos buscarle ubicación en la sociedad humana actual; pues los falsos profetas, tanto en el sentido material como en el sentido espiritual, forman legión en nuestros días.

Y queda, finalmente, un tercer grupo que observamos entre la muchedumbre de aquel Domingo de Ramos. Nos lo imaginamos un grupo bastante reducido. El santo evangelista lo menciona en el versículo 16, diciendo: “Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; mas cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que ellos habían hecho estas cosas con él.”... Los discípulos se mantenían cerca del Señor. Jesús estaba sentado sobre los vestidos que algunos de ellos habían puesto sobre el asnillo. Otros de los discípulos tendían sus vestidos por el camino para que Jesús cabalgase como sobre una blanda alfombra. También los discípulos aclamaban al Señor Jesús. Y la aclamación de ellos agradaba al Señor, tanto, que respondió al reproche que le hacían los fariseos al respecto, diciéndoles: “Os digo que si éstos callasen, las piedras clamarían” (Lucas 14:40). Y ellos seguían aclamando. Verdad es que ellos “no las entendieron estas cosas al principio”, no sabían cuál era la verdadera causa de aquella jubilosa recepción que la muchedumbre hacía a su querido Maestro, ni tampoco sabían por qué ellos mismos entonaban las proféticas alabanzas de los Salmos. Pero ellos eran los discípulos. Ciertamente, el uno o el otro se sintió luego escandalizado y desorientado por el episodio que días después se desarrolló en Getsemaní y en Gólgota. Pero cuando el Señor resucitado les ordenó que se reuniesen en Galilea y le esperasen, ellos obedecieron. Ellos eran los discípulos. Ellos estaban reunidos y mirando al cielo cuando el Señor ascendió allí, ellos estaban reunidos y orando, tal como les fue ordenado, aquel maravilloso día de Pentecostés... Y “cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que ellos habían hecho estas cosas con él”, dice el santo evangelista. Los discípulos se acordaron, leyendo las profecías del Antiguo Testamento, recordando los episodios de su vida en compañía con el Señor, “de que estas cosas estaban escritas de él.”

En este tercer grupo descubrimos esta particularidad: ¡eran lectores, eran estudiosos que escudriñaban las Sagradas Escrituras! Esa lectura y la bendita ayuda del Espíritu Santo los condujo finalmente a un conocimiento tan seguro y firme, feliz y constante, que aun ante la amenaza de la prisión y la muerte misma, estos discípulos declaraban: “Pues en cuanto a nosotros, no podemos dejar de hablar las cosas que hemos visto y oído” (Hechos 4:20)... Y en consecuencia, esos discípulos del Señor, sus apóstoles, hablaban, predicaban el Evangelio de la salvación sin 3emor, sino con alegría y entusiasmo, convicción y celo santo. Ellos mismos se consideraban apóstoles, enviados, mensajeros del Rey Jesús, el Salvador del mundo. Así dice al respecto el apóstol Pablo: “Nosotros pues somos embajadores de parte de Cristo, como si Dios os rogara por medio de nosotros: ¡Os rogamos, por parte de Cristo, que os reconci1 1é1s con Dios!” (2 Corintios 5:20). Así, caros amigos, llevó adelante este tercer grupo la obra de la evangelización. ¡Eran doce hombres solamente! Pero al mismo tiempo eran doce apóstoles, doce seres humanos que no podían dejar de hablar las cosas que hablan visto y oído. ¿Y qué alcanzaron esos doce hombres? Esto: ¡conquistaron el mundo! Sí, el mundo no pudo convertirlos a ellos, ¡pero ellos convirtieron al mundo! Por medio de ellos el mundo conoció el Reino de Gracia, conoció la salvación eterna del hombre por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. ¡Estos doce hombres cambiaron el curso de la historia y de la civilización humana!

Tú también conoces esa doctrina de los apóstoles. Quizás la conoces desde pequeño. ¿Has salido alguna vez, con estos tus conocimientos dichosos, por estas calles de Dios para conquistar almas inmortales para su Reino? ¿Dices también tú, como dijeron aquellos apóstoles: no puedo callarme, tengo que hablar de lo que he visto y oído? Por cierto, sería triste si tú procedieras como muchos cristianos lo hacen, que hablan de sus convicciones religiosas sólo cuando los obligan los demás, y lo hacen entonces con una falta tal de entusiasmo que se asemejan a comerciantes escrupulosos que se ven obligados a vender cierta mercadería de cuya calidad ellos mismos dudan. ¡Oh, que tú experimentaras y dijeras con el santo apóstol, que declara: “Pues no me avergüenzo del evangelio; porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree!” (Romanos 1:16). Al hacer tu plan de trabajo en el Reino de Dios, no es necesario que antes te formules un gran programa. Recuerda aquel hermoso himno, que dice:

2. como elocuente apóstol no pudieres predicar,
de Jesús decirles puedes, cuánto al hombre supo amar.
Si no logras que sus culpas reconozca el pecador,
Puedes conducir los niños al benigno Salvador.
Para cada cristiano, también para ti, hay un puesto de trabajo en el Reino de Dios, así como hay también para cada uno, también para ti, un lugar ya destinado en su Reino de Gloria, el cielo. Quiera conceder Dios, que al llegar hoy a la petición del Padrenuestro, que dice: “Venga tu reino”, tú digas: ¡Venga tu Reino también por medio de mí! ¡Heme aquí, ya voy, Señor! Amén.

Tomado de Pulpito Cristiano. Pastor David Schmidt.