lunes, 16 de febrero de 2009

6º domingo después de Epifanía.

Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8

Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

La palabra griega epifanía, en su uso religioso, significa "manifestación". Se refiere a una manifestación visible del Dios invisible, ora en forma de una aparición personal, ora por medio de alguna demostración de poder que da a entender que está presente. En esta temporada de Epifanía tendrá usted oportunidad de leer y oir acerca de varias ocasiones en que Jesucristo, cuyo Nacimiento hemos ya celebrado hace poco, se manifestó como el mismo Hijo de Dios,
nuestro Señor y Salvador divino. Es importante que lo hagamos, ya que es fácil creer por su nacimiento que era sencillamente un ser humano que nos enseñó acerca del amor, sin entender que era Dios mismo, muriendo en nuestro lugar para que seamos unidos a Él en su vida divina por toda la eternidad.
“El Señor está dispuesto a restaurarnos”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Deuteronomio 18:15-20

La Epístola: 1 Corintios 8:1-13

El Evangelio: Marcos 1:40-45

40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. 41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. 42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio. 43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, 44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al
sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos. 45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes.


Sermón

Mientras Jesús está viajando y enseñando de un pueblo a otro, en Galilea, es que se le acerca un leproso. Él es un hombre muerto en vida: La lepra era una enfermedad tan incurable como fatal y contagiosa.
De hecho, la ley exigía que tal persona sea excluida y viva lejos de todo el mundo. Sin embargo aquí lo tenemos, viniendo a Jesús.
¿Cuál sería la reacción de aquellos que están alrededor del Señor? ¿Quién es este chiflado?
¿Quién se pensará que es? ¡Qué valor que posee para acercarse al resto de las personas! ¿Por qué este hombre nos hace desaprovechar el tiempo de Jesús? El Señor ciertamente tiene mejores cosas para hacer, brindar ayuda a lo que se pueden ayudar. ¿Además, qué tiene este leproso para ofrecer?
Sabemos cómo nos manejamos en el mundo, para conseguir algo generalmente debemos tener algo que dar. No existe tal cosa como “la asistencia médica libre y gratuita” y alguien con tantos dones como Jesús debería poner un precio elevado para sus curaciones. ¿Quién se piensa que es?
Él no tiene riquezas o posesiones con las que pueda pagar. Su salud y sus fuerzas son tan débiles, así es que no se sabe como podrá hacer algo para agradar o complacer a Jesús.
A los ojos del mundo, este hombre no tiene nada. Este hombre no es nada. Él justamente debía mantenerse alejado de todos y todo. A los ojos de Dios, sin embargo, este hombre es alguien por quien Jesús nace y muere para salvarlo. Él no desaprovecha el tiempo de Jesús, porque El Salvador está allí para algo semejante como esto. Contempla lo que ocurre después. Oye lo que el leproso dice, y maravíllate de la gracia de Dios, asómbrate de la confesión de fe.
“Si quieres, puedes limpiarme.” Es cierto que al oír esto, en un principio, no se ve como a una asombrosa confesión de fe. Así es que meditemos un momento para ver qué es lo que dice este texto acerca del leproso y acerca de Jesús.
¿Qué dice el leproso acerca de él? Creo que es mejor preguntarse qué es lo que NO dice o qué es lo que NO hace este hombre. Él no negocia. No cuenta su pasado o dice: “Señor, he obrado muy bien en mi vida, así que pienso que merezco una buena retribución por soportar esta enfermedad.” Él no hace promesas acerca del futuro como “Si usted me sana ahora, dedicaré mi vida a tu servicio.” Él no intenta comprar la ayuda o regatear el precio de ella. Él no dice “Jesús, tienes que sanarme por quién soy, por lo que tengo o por lo que puedo hacer.” De hecho, todo lo que el leproso dice acerca de sí mismo es que él está sucio que está enfermo y necesita ser curado. El leproso dice “Si me sanas, no es por mérito o cualidad de mi parte.”
¿Y qué dice acerca de Jesús? Pienso que es natural enfocarnos en “puedes limpiarme.”
Naturalmente que somos atraídos a ver la parte sobre la sanación milagrosa de la lepra. Esto es absolutamente cierto. Como parte de su gracia hacia la maldición del pecado, Jesús viene a curarnos y limpiarnos. Él puede realizar milagros. En esto nos regocijamos, esto es correcto y necesario que confiemos y esperemos, pues Jesús es capaz de ello. Pero no perdamos de vista la primera parte de la frase: “Si quieres”.
Del mismo modo que el leproso declara que no hay nada en él que pudiera intercambiar para ser curado, también da fe de que Jesús lo puede sanar de esa terrible enfermedad: No por lo que el leproso es, sino por quién Jesús es: “Señor, yo no soy nada” dice el leproso, “y no tengo nada que darte, solo mi enfermedad. A pesar de esto tu me puedes sanar si así lo deseas, porque tú eres El Salvador que tiene el poder y la victoria sobre la lepra, una enfermedad de muerte en vida y sobre muerte, la muerte física y la eterna.” Esa es la confesión del leproso: “Estoy enfermo y no tengo nada que dar. Pero aún así me puedes sanar de cualquier manera, porque tú eres Jesús, e Hijo de Dios. Hágase tu voluntad.”
¿Por qué esto es tan asombroso? Simplemente porque es verdad, la verdad que el leproso no puede hacer nada a excepción de esperar la gracia de Dios. En su interior siempre oirá una voz que le incitará a creer que tiene algo que negociar para obtener la ayuda de Dios. Pero por la gracia de Dios, el leproso dice la verdad: “No merezco tu ayuda. Pero tienes el poder para ayudarme, hágase tu voluntad.” Y así es que El Salvador responde: “Quiero, Sé limpo.” Él está dispuesto y es capaz. Él pronuncia su Palabra poderosa y el hombre es curado.
¿Qué tiene que ver esto contigo y conmigo? Por lo menos no tengo conocimiento de contar con algún leproso entre la gente con la cual me rodeo habitualmente. Pero me gustaría que veamos un versículo de la Biblia que constantemente repetimos en la iglesia. Se trata del Salmo 32:5: “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.”
Para alguien que afirma tal cosa, el mundo tiene sólo una respuesta: “¿Estás chiflado? Se te ha ido la olla. Eso era en otros tiempos. Ya es arcaico seguir en esa creencia”. Después de todo, así no es cómo trabaja el mundo. Si quieres la ayuda de alguien, tienes que poner manos a la obra para ello. Necesitas tener algo con que comerciar. Podrían ser bienes o servicios, una buena reputación, pertenecer da determinado grupo. No entras en la oficina de tu jefe y le dices: “me gustaría un aumento, pero primero déjeme decirle cuántas veces he perdido el tiempo y los recursos de esta empresa.” Si quieres que el oficial de policía te de solo una advertencia en lugar de una multa, no le digas: “ésta no es la primera vez que he cometido esta infracción, aquí hay una larga lista de todas mis infracciones.” Así es cómo trabaja el mundo: Es casi necesario ganarse la aprobación de las autoridades y superiores, o de quienes nos rodean. Y donde hay desorden, hay que aparentar orden y taparlo, barriendo los problemas debajo de la alfombra. No es aconsejable poner los peores errores y muestras de incompetencia en tu curriculum vitae, ni siquiera se pueden presentar los sitios de dónde te han despedido.
Ahora, en estos ejemplos, sólo hablamos de un jefe o un oficial de policía. El ser honesto con ellos tiene consecuencias que son lo suficientemente grandes como para pensar en qué hacer. ¿Qué pasa cuando se nos presenta la idea del día en que debamos compadecer ante el Señor del cielo y la tierra y decir: “te he desobedecido diariamente y mucho, he desaprovechado todos tus regalos y me he esmerado en anteponer mis deseos a tu voluntad”? Tendríamos que estar más que chalados. Pero esa voz interior trabajará para hacerte creer que no debes presentarte así, sino que debes ocultar la realidad, trabajará para persuadirte de que tal confesión es una pérdida de tiempo alocada y que te traerá más complicaciones.
Pero ante Dios debemos asumir esa realidad y en todo caso ser chiflados como el leproso. En otras palabras, decir la verdad, “confesar” es decir la misma cosa con otro. Y cuando confiesas tus pecados, dices lo mismo que dice Dios acerca de ti. Por su gracia, haces la confesión del leproso: “Válgame Dios, no hay nada en mí para merecer tu ayuda. Estoy sucio, impuro, malvado, soy pecaminoso. No hay nada que yo puedo hacer para ganar tu ayuda, pero necesito de manera urgente tu ayuda”. Esa es una confesión honesta de quién eres. Y por la gracia de Dios, está de acuerdo con la confesión de quién verdaderamente es Dios: “Así que Señor, no
has dicho que me ayudarás por mi bondad o mis obras. No has dicho que me ayudarás porque siempre obro limpiamente en mi vida o hago grandes cosas para ti. No, tú declaras en tu Palabra que has hecho todo para perdonarme, no por quién soy, sino por quién Tú eres. Como si esto fuera poco, declaras que me has perdonado, no por lo que he hecho, sino por medio de Jesucristo, quien ha muerto en la cruz por mí. De ningún modo merezco tu gracia. Pero estás dispuesto y eres capaz de limpiarme y perdonarme.” Esa es la confesión de un cristiano. Esa es una confesión fe asombrosa.
¿Por qué esto es tan asombroso? Porque nuestro interior pelea en contra de esto y no hay forma en que puedas creer esta verdad a no ser por la fe dada por Dios. Sólo por su gracia es que puedes decir: “soy pecador, pero Dios siempre está dispuesto y es capaz de limpiarme y perdonarme.” De hecho, las otras religiones en el mundo enseñan que debes probar tu valor hacia Dios antes de que él te salve. Las otras religiones piensan de la misma manera que el mundo obra, no según la voluntad de Dios.
Sin duda alguna que a parte de tu interior no le gusta esta confesión ni un poquito. Buscará trabajar duro para hacer que niegues esta verdad de que Dios tiene el poder y lo ha hecho real en Cristo para perdonarte. Una parte de ti no negará que no merezca la gracia de Dios, o que Dios te la otorgue y que sea capaz de perdonarte solo por medio de Jesús. Aun dentro de la iglesia visible hoy día, es enseñado que Jesús ofrece el perdón PERO tú te lo tienes que ganar por medio de tus obras. Este ganar el perdón, que puede sonar insignificante, niega que seas un pecador y afirma que puedes hacer algo para salvarse.
Aun dentro de la iglesia visible hoy día, se enseña que Jesús te perdona a condición de que busques enmendar tu vida pecaminosa, que renovará su gracia a cambio de que hagas cosas en el futuro. Y aun hoy, los predicadores impetuosamente declaran que “no eres pobre, que no eres miserable y que no eres un pecador.”
Nuestras Confesiones Luteranas, han tomado de la Palabra y tienen mucho cuidado en conservar esta doctrina. ¿Por qué insistir en esto? Creemos que hay consecuencias funestas para las personas cuando se entiende mal esta situación del hombre ante Dios. Por ejemplo, si entendemos mal y creemos que hay algo en nosotros que gana el favor de Dios, nos oponemos a las sagradas Escrituras y afirmamos que Dios no puede declarar a alguien justo por su Gracia, hacemos que esta dependa de las personas. Además, si una parte de nosotros necesita ser digna para ganar el favor de Dios, nunca podremos estar seguros si somos lo suficientemente dignos y nuestra salvación ya no es segura. Por otra parte, si entendemos mal y declaramos que Dios necesita que nosotros deseemos y seamos capaces de ayudar en nuestra salvación, entonces despojamos a Jesús de su gloria. Erróneamente afirmamos que su sufrimiento y muerte no fueron suficientes para ganar nuestra salvación y que necesita de nuestra ayuda para que nos salve. Esto es como un paciente con un paro cardíaco diciendo “El doctor no me hubiese salvado la vida si yo no hubiese estado allí colaborando.”
Es decir, después de todo, en el área espiritual somos muertos vivientes, perdidos en el pecado y completamente incapaces de salvarnos.
Ten cuidado con creer que tu lepra no es tan mala, que no necesitas ser curado. Si bien podemos usar nuestro criterio, sabiendo desde nuestra fe que la salvación es toda una obra del Señor, podemos ser tentados de otra manera. En tiempos de pruebas, es fácil intentar negociar con Dios por medio de la oración: “Ayúdame Dios, si me salvas de esta situación, luego haré esto otro.” O “Si sólo tuviese más fe, seguro que él me ayudaría.” Esto es como decir: “Señor, creo que debo hacer algo por ti antes de que hagas esto por mí.” Ante tales oraciones, arrepiéntase y alégrese de que el Señor ya promete asistirte, por medio de Jesús, según su voluntad.
Asimismo, cuando nos invade la preocupación es fácil de pensar: “¿Qué he hecho para merecer el castigo de Dios? Todavía debe estar furioso conmigo por mis pecados.” Esta manera de pensar se debe porque creemos que Jesús no ha muerto por todos nuestros pecados. Creemos que Dios nos querrá más si sólo obramos mejor. Pero el Evangelio es la buena noticia y dista de esta manera de creer: ¡Dios ya te ama, no te puede amar más! Lo ha mostrado por medio de Cristo. Otra vez, arrepiéntete de tales oraciones y regocíjate de que el Señor afirma que te ama y promete asistirte en tus necesidades.
Por esto es que nos congrega aquí. Infectados por la lepra del pecado, es humanamente imposible que podamos acercarnos a Dios. Así es que el Señor se acerca a nosotros en su camino de gracia para darnos perdón, vida y salvación. Puedes llegar aquí contrito, con la lepra de la culpabilidad carcomiendo tu alma.
Pero el Señor te dice: “tu conciencia te muestra tu enfermedad y que no puedes salvarte. Yo puedo salvarte y estoy dispuesto: Se limpio. Eres perdonado. Ve en paz”
Puedes llegar agobiado por una enfermedad atemorizante, angustiado por el deterioro que ves en tu cuerpo. El Señor declara, “Mira al leproso en el texto. Fui capaz y dispuesto a limpiarlo, soy capaz y estoy dispuesto a limpiarte, en mis tiempos, según mi voluntad. Y mientras esperas a sanarte de esa enfermedad, puedes tener la seguridad de que es mi voluntad en este mismo día es perdonar todos tus pecados, declararte puro, santo y justo. Estoy dispuesto: Se limpio.”
Puedes arribar lleno de abatimiento, una vida de desesperación con voces interiores dándote azotes en tu espalda, tratando de persuadirte que la lectura de la Palabra es un desperdicio, algo sin valor y que lo has hecho muchas veces y no ha pasado nada, pero esto es porque la gracia de Dios mata a esos malos pensamientos, y ese viejo hombre se resiste y lucha contra la Palabra. Aquí el Señor declara “Si no fuera por mí, estarías enfermo y sucio con el pecado acarreando la muerte. Pero soy capaz y deseo liberarte y para eso es que estoy aquí: Se limpio.” Ésta es la solución para el descontento con Oficio Divino, con la lectura de la Palabra y la participación de la Santa Cena. Cuando comprendemos la profundidad de nuestro pecado y la enormidad de gracia de Dios en Cristo, vamos corriendo a su Palabra y al Sacramento del Altar como un paciente moribundo va a toda prisa buscando la cura milagrosa, porque esto es precisamente lo que somos y su medio de gracia es.
En su Palabra y medios de Gracia vemos la gracia de nuestro Señor Jesucristo y lo que verdaderamente es: Gratuitamente, la purificación, completamente por la obra del Señor y su mérito. Él nació y fue crucificado y murió por ti. Por esto es que puedes estar completamente seguro de tu salvación: El Señor ya te ha limpiado de tus impurezas, así es que eres perdonado de todo tus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén