domingo, 22 de febrero de 2009

Domingo de Transfiguración.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Oigamos a Cristo”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: 2ª Reyes 2:1-12

La Epístola: 2ª Corintios 3:12-13

El Evangelio: Marcos 9:2-9

2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos. 3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. 4 Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús. 5 Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. 6 Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados. 7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd. 8 Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo.
9 Y descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos.

Sermón
AGUDICEMOS LOS OIDOS.
¡Hay tanto para oír a nuestro alrededor! Desde una variada gama de sonidos de la naturaleza como puede ser el cantar de un pajarillo hasta los molestos ruidos de alguna obra cercana. Oímos el móvil sonar, oímos el despertador, la radio, el sonido de un coche. Oímos mensaje en la publicidad o distintas versiones de un mismo tema en las tertulias. Oímos propuestas decentes pero también indecentes. Incluso oímos la voz de la conciencia. En ocasiones oímos lo que queremos y en otras solo lo que nos conviene. Podemos oír con atención o solo por compromiso.
Puede que en ocasiones oigamos lo que nos interesa y hagamos “oído sordo” a lo que no nos significa nada. Hay momento donde nuestra mente está en otro sitio cuando alguien habla pues “desconectamos”
Nos asombraríamos al saber la cantidad de mensajes que oímos al día de personas que conocemos e incluso de personas que entran a nuestra vida a través de medios que no nos permiten conocerlas personalmente ni mantener un diálogo con ellas cara a cara. Me refiero a la televisión, radio, Internet, teléfono, literatura, etc.
Dios sabe que estamos bombardeados diariamente por sonidos e incluso multitud de ruidos. Sabe de la cantidad de mensajes que recibimos a diario para llamar nuestra atención y captar nuestro interés. Sabe que en ocasiones nos hartamos de oír a las personas. Sabe que podemos acostumbrarnos al sonido de las palabras y quedar indiferentes e inmunes a su contenido. Pero por sobre todo esto sabe cuál es el bien mayor para nuestra vida y por eso hoy nos dice: “este es mi hijo amado, al él oíd”. Y de él habla toda la Escritura. Toda la Biblia es Palabra de Cristo.
Porque ella da testimonio de él. “Mi conciencia está cautiva por la Palabra de Dios” (Lutero).
¿OYES TÚ A CRISTO?
Podrían surgir preguntas como: ¿Y porque tiene Dios interés en que oigamos a su Hijo? ¿Qué mensaje relevante tiene Cristo para mi vida que Dios se empeña en que le oiga? ¿Por qué Dios en un momento tan “mágico” para los discípulos (monte de la transfiguración) no sigue con la buena idea de ellos de hacer tres tiendas para continuar ahí, sino que les dice que hay que oír a Cristo y los hace bajar? Dios quiere que centremos la atención en, y solo en, Cristo y su Palabra, pues solo ahí hay Perdón, Paz, Vida y Salvación ¿Deseas tú oírlo?
Nuestros ensuciamos:
Los tres discípulos estaban extasiados en el monte de la transfiguración, o como dicen los chavales hoy en día “flipaban en colores”. Cristo se manifestó, se mostro ante sus ojos de forma gloriosa y vieron a Moisés y a Elías hablar con él sobre la obra que llevaría a cabo: muerte y resurrección por el pecado del mundo. Sin duda fue una experiencia fantástica. Cristo, irradiando una blancura inigualable, se muestra como el Dios hecho hombre, el Dios de Isaac y de Jacob, el Dios del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. El Dios que caminaba con ellos. El Dios que asumió nuestro lugar en la cruz. El Dios que también hoy se presenta en tu vida y camina a tu lado: Cristo, la Palabra hecha carne, el Dios hecho hombre. Tu Señor y salvador.
¿Quién de nosotros no hubiese querido detener ese instante glorioso y quedarse para siempre en él? Los discípulos lo intentaron. Pedro propuso hacer tiendas y quedarse ahí. La idea de vivir constantemente en ese glorioso momento lo entusiasmo a tal punto que deseaba retenerlo y no le faltaron ideas para ello.
Todos experimentamos en esta vida momentos gloriosos, estupendos, fascinantes, de esplendor y plenitud. Son momentos que no deseamos que pasen jamás. Desearíamos perpetuarlos, y una vez pasados los recordamos con nostalgia o quizás algunos hasta anhelen volver atrás en el tiempo para experimentarlos nuevamente.
Por ejemplo, los comienzos del noviazgo suelen trasmitir sensaciones hermosas e irrepetibles. Vivimos momentos “mágicos” y no queremos que se acaben. Quisiéramos establecer nuestro campamento ahí. A menudo recordamos con Paola (mi esposa) aquellos momentos del noviazgo en los cuales parecíamos caminar por el aire. Aquella inexplicable ebullición del enamoramiento nos envolvía y atrapaba. No había momento ni horario malo para desear oír la voz amada y estar juntos. Son esos momentos de cosquilleo que uno luego descubre que pasan para asentarse de una forma distinta, aunque no por ella menos verdadera, firme y magnífica.
A propósito de esto Lutero decía respecto al matrimonio: “La mejor gracia de Dios es que en el matrimonio los casados se quieran de todo corazón y con amor firme y perdurable. El amor de primera hora es fecundo y fuerte; nos ciega y lanza como borrachos. Pero cuando hemos dormido la borrachera es cuando en los temerosos de Dios queda el amor honrado y en los impíos el pesar”.
Pero como los discípulos, todos necesitamos, por nuestro bien, bajar de la montaña o “despertar de la borrachera” ¿y con qué nos quedaremos al bajar? Algunos se empecinan en querer permanecer o regresar a aquel momento, pero ya pasó, ya no está. Ahora hay otra cosa. Dios nos dice “bajad y oíd a Cristo”.
Momentos efervescentes en la vida de fe.
En la vida de fe cristiana también atravesamos momentos magníficos, idílicos que desearíamos que nunca acabasen. Parece que podemos tocar el cielo con las manos. Es un “enamoramiento efervescente” que tenemos de Cristo y su palabra. Pero estas sensaciones pasan. Y es bueno que pasen, de lo contrario viviríamos en una burbuja. Nuestra vida de fe se va asentando, creciendo y madurando. Necesitamos bajar a la ciudad. Hay personas que por no sentir ese “cosquilleo” permanentemente se desilusionan, se frustran y creen que ya no tienen fe o que Cristo ya no está más con ellos. Y por eso se pasan su vida intentando recuperar esas sensaciones.
En ocasiones nos entusiasmamos fácilmente. Cristo y su figura pueden llamarnos la atención. Vemos cosas maravillosas de Él. Quedamos prendidos a una vivencia puntual de fe y deseamos perpetuarla. Son sensaciones que nos hacen vibrar. Momentos estupendos que a todos nos gusta vivir. Puede que nos quedemos prendidos a la figura de Cristo, y que en su nombre queramos hacer cosas. La imagen de Cristo puede conmovernos hasta las lágrimas, pero sin embargo Dios espera otra cosa en la relación con Cristo. ¡Quiere que le oigamos!
Es interesante observar que la semana santa predispone un ambiente especial y algunos reviven “la pasión” y recuperan esa sensibilidad emocional, mística-religiosa, que llena de vida muchas calles de España. Vivir ciertas sensaciones espirituales no está mal, pero basar nuestra fe en esas sensaciones es un grave error. Pues él único lugar seguro para afirmar nuestra fe es la Palabra.
La fe salvadora vive y se alimenta de la Palabra de Dios.
He visto en las procesiones de semana santa personas realmente conmovidas y entregadas por completo a ese momento. Nadie puede juzgar ni poner en entre dicho la sinceridad de esos sentimientos. Puede que sea su momento de éxtasis. Pero la pregunta que nos cabe es ¿y qué cuando eso acaba? ¿Oyen a Cristo? Habrá los que sí, y habrá los que no, como en todo. Pero la confrontación de Dios sigue siendo directa a ti ¿oyes tú a Cristo?
Dios sabe que podemos caer en la trampa de querer permanecer en un ensueño y aferrarnos a una idea idílica que hemos guardado en nuestra mente, pero también sabe que eso no nos llevará a ningún sitio ni nos aportará nada significativo. Dios quiere que oigamos a Cristo y que atendamos a lo que él tiene para decirnos.
Los cristianos en ocasiones experimentamos momentos gloriosos y parece que estamos en lo alto de un monte viendo cara a cara la gloria de Cristo. Algunos llaman erróneamente a este momento “la conversión”. Pero no necesariamente tiene que ser. Estos tres discípulos de Cristo tenían fe en él antes de subir al monte y sin embargo vivieron una experiencia especial, de la cual lo más importante fue la voz de Dios Padre diciendo “Este es mi Hijo amado, a él oíd”. Esto de estar en el monte y disfrutar de este momento está muy bien, pero lo verdaderamente importante y trascendental para nuestra vida de fe es lo que Dios nos dice al bajar: “a él oíd”
¿OIR A CRISTO?
No siempre dedicamos tiempo a sentarnos y oír al Señor. Estamos atareados como Marta y nos perdemos la mejor porción. Puede que hayas perdido la motivación para leer la biblia. Algunos no le encuentran el “gustito” y se aburren, y otros la encuentran muy compleja para comprenderla.
También podemos ser tentados a seguir a Cristo pero no oírlo. Lo que dice Cristo a veces incomoda y supone un conflicto, por lo tanto hacemos caso omiso a su palabra. Incluso están los que caen en la tentación de alterar la palabra de Cristo para adecuarla a sus propios ideales y conveniencias según las demandas sociales.
Podemos caer en la trampa de usar el nombre de Cristo para seguir ambiciones y afanes egoístas de gloria personal, y así buscar un renombre utilizando a Cristo como trampolín.
Puede que sigamos a Cristo por tradición o costumbre. Se participa en los ritos y ceremonias de alguna iglesia pero no se conoce lo que Cristo dice para la salvación.
También están los que con buena voluntad desean enterarse de lo que Cristo dice pero no saben cómo hacerlo o dónde oír, o puede que tampoco comprendan al principio lo que Cristo dice.
Hay de todo. Las situaciones en las que te encuentres pueden ser variadas, pero hoy Dios te confronta a su declaración “a él oíd” y te da una nueva oportunidad para comenzar otra vez. Te brinda su perdón y motivación.
¿Por qué? ¿Por qué Dios hace tanto hincapié en que oigas a Cristo? Pues porque te ama y quiere lo mejor para ti. Pues él sabe que todo a nuestro alrededor es pasajero. Todo puede acabar de un momento a otros. La crisis financiera ha evidenciado que incluso empresas sólidas y seguras pueden encontrar su fin. Pero en medio de lo efímero y pasajero Dios viene y nos dice “oye a mi Hijo”. Dios quiere darnos algo sólido, estable, seguro y permanente dónde poder construir nuestra vida y familia. Porque dice Cristo: “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mr. 13:31). Su Palabra es la roca inamovible donde podemos estar seguros (Mt. 7: 24-27)
¿Pero qué pasa cuando bajamos de la montaña?
La fe no se vasa en un sentimiento momentáneo. La fe se sustenta en la palabra de Dios. Las situaciones especiales que experimentamos pueden animarnos, pero la fe se afirma y aferra a las declaraciones del Señor. Dios se ocupa de dejar claro qué es a lo que realmente los discípulos tienen que prestarle atención. Pues los momentos idílicos pasan, pero lo que queda es la Palabra de Dios.
Lo mismo para cuando tenemos momentos difíciles. Lo único fiable y perdurable es la palabra de Dios y su promesa. El rey David lo dice claramente en el Salmo 23 al explicar que aún en los valles de sombra y de muerte no temerá mal alguno porque Dios estará con su vara y cayado haciendo clara referencia a su Palabra.
En definitiva, Dios quiere que bajemos a nuestra vida diaria, a nuestra familia, trabajo, estudios, vecindario y que oigamos a Cristo y seamos fieles a su Palabra. Aquí abajo es dónde necesitamos andar con la Palabra de Cristo. Aquí necesitamos alumbrar: “Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino”. Sal. 119:105
¡OYE A CRISTO!
Pedro entendió el mensaje y dijo: “Señor ¿A quién iremos?, tú tienes palabras de vida eterna”. Jn. 6:68
Oír a Cristo implica saber dejar de lado y abandonar nuestras “buenas ideas y ocurrencias”. Esto es una cosa complicada, pues ¿qué puede haber mejor que una idea que se me haya ocurrido a nosotros? Debemos aprender que por más que la idea de montar tres tiendas sea buena para nuestros intereses inmediatos, Dios ve a largo plazo y nos hace bajar de ahí a la realidad cotidiana y nos dice “a oíd a mi hijo, pues en él hay salvación”.
Oír a Cristo significa dejarle a él que nos diga quién es, para que vino al mundo, por qué murió en una cruz. Que sea él quien nos explique en qué nos beneficia su muerte y resurrección y cómo podemos ser salvo. Que nos diga si podemos estar seguros que tenemos un lugar en el cielo para vivir eternamente a su lado.
Oír a Cristo significa ir a la Biblia y disponernos a oír lo que Dios tiene para decirnos. Pedirle a él que nos de su Espíritu Santo para que nos haga entender lo que nos quiere decir. Oír a Cristo significa créele a Cristo, pues solo así su palabra será una autoridad en tu vida que resuene profunda en tu ser. Oír a Cristo es implica buscar su consejo constante. Buscar su voluntad y no la nuestra.
Dios quiere que oigas a Cristo, pues él tiene palabra de vida eterna, pues su palabra te hace libre. Te perdona pecados, te alienta en tus luchas, te fortalece y te da la alegría y el gozo de saberse amado por Dios.
Ya sea que estés mal o sea que estés bien, oye a Cristo que te dice ven a mí. Te amo. Te perdono. Te doy fe y vida eterna. Te doy sentido. Te cuido. Te envío a anunciar esta misma palabra que oyes.
Oye a Cristo que te llama a nutrirte con su palabra y a participar de los sacramentos dónde él se hace presente de forma tangible. Disfruta de su compañía. Amén.
Pastor Walter Daniel Ralli