martes, 14 de abril de 2009

Domingo de Resurrección.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Cree en Cristo”

El Antiguo Testamento: Nahúm 21:4-9

La Epístola: Efesios 2:1-10

El Evangelio del Día: Juan 3:14-21

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.

Martín Lutero

Sermón para la Fiesta de la Pascua

Fecha: 28 de marzo de 1535

Texto:
Juan 20:11-18.

Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

INTRODUCCIÓN:

Sin duda habéis oído ya más de un sermón acerca del artículo de nuestro Credo que reza: "Al tercer día resucitó de entre los muertos". Y creo que os he enseñado con suficiente claridad y frecuencia cuál debe ser vuestra actitud ante este artículo, ya que hace más de 20 años que vengo predicando en vuestro medio, sin haber faltado por enfermedad en una sola fiesta de Pascua. No obstante, quiero volver una vez más sobre el mismo tema; quizás sea ésta la última vez.

PRIMERA PARTE

Las palabras de amable ironía de los ángeles a la afligida María
1. Si creemos en la resurrección de Cristo, somos compañeros de los ángeles. Me propuse hablaros hoy acerca de María Magdalena y la conversación que tuvo, primero con el ángel y luego con el Señor mismo. ¿Por qué será que estos detalles quedaron grabados con tanta nitidez en la memoria de los discípulos? Seguramente para que os pudieran hacer saber qué es la resurrección de Cristo, y quiénes son sus beneficiarios. En lo tocante a su propia persona, Cristo no tenía ninguna necesidad de manifestarse en público, tampoco había motivo para hacerlo en interés de los ángeles, pues éstos ya le conocían de antemano. Antes bien, todo aquello sucedió y fue escrito para que nosotros aprendiésemos a creerlo y a aferramos a ello. Fijaos, pues, al oír la historia de la resurrección, en la manera amistosa en que los santos ángeles hablan con María Magdalena y las demás mujeres, como si quisieran bromear con Magdalena. Casi parece que, estando ellos mismos tan seguros y tan llenos de gozo, se burlaran un poco de la pobre mujer y su triste llanto, diciéndole: "¡Buena tontita eres con tus lágrimas en momentos en que reina una tan grande alegría!" Hablan con ella como con una compañera de juegos, como una persona amiga con otra, y como si desde chicos se hubiesen criado juntos. María Magdalena es para los ángeles como una querida hermana; virtual-mente ya la ven reunida con ellos en el reino de los cielos. Con esto nos instan a acostumbrarnos al modo de pensar de ellos mismos, como si ya estuviésemos sentados con ellos en el cielo y los tuviéramos por hermanos y hermanas, y como si pudiéramos tratarlos como compañeros de juego a quienes conocíamos desde los días de la infancia. Esto sucede para consuelo y fortalecimiento nuestro, a fin de que nos familiaricemos con ese artículo de la resurrección, sabiendo que ella es un hecho real y concreto, no ya sólo una mera promesa. En efecto: Cristo, la Cabeza, ya subió a los cielos; ya no es, como lo había sido anteriormente, aquel cuya resurrección se esperaba según la letra y las palabras de la Escritura, sino que fue resucitado en persona, fue hecho dueño y señor de la muerte., y venció a la muerte en su propio cuerpo. De ahí que ese artículo esté cumplido en más de la mitad también en lo que concierne a nosotros. De ahí también el trato tan amistoso de los ángeles con la gente, en particular con estas mujeres junto al sepulcro vacío, de modo que en su rebosante alegría bromean' con María y se burlan un poco de ella, como diciéndole: "Éa, María, ¿no eres acaso nuestra compañera en el cielo? Tu llanto está completamente fuera de lugar. Pues no sólo no has perdido a tu Señor, sino que puedes alegrarte con nosotros por toda la eternidad; porque Cristo ya resucitó."

2. Si no nos sentimos alegres como los ángeles, nos gobierna el "viejo Adán".

A esto apunta nuestra fe. Quien no cree que Cristo resucitó, quien no tiene a la resurrección por un hecho cierto, está perdido. Muchos cantan de ella, y mayor aún es el número de los que creen entenderla; pero cuando vamos al grano, vemos que en todos ellos reina más el Adán viejo y muerto que el Cristo viviente. Lo único que saben es gastar bellas palabras, bellas, pero inútiles.

Y sin embargo, quieren saber más de estas cosas que el mismo Espíritu Santo y los ángeles; pero cuando tienen que dar una prueba de su saber, se descubre en ellos el viejo Adán, muerto y pecaminoso. Todavía no le han tomado el gusto a: este artículo, no han penetrado hasta su médula, sino que siguen metidos dentro de su viejo Adán; él es quien les dicta sus
pensamientos y acciones, como lo vemos en los espíritus fanáticos y también en nosotros
mismos, en nuestra avaricia, nuestra altanería, etcétera. Donde es Adán el que manda, junto con
el pecado y la muerte, no hay lugar para Cristo. El gozo inherente en la resurrección de Cristo es
predicado a causa de María y los demás compañeros de los ángeles. Quien no quiere compartirlo,
quédese a un lado. Nosotros empero vimos y oímos este artículo, y sentimos su efecto, de modo
que no tenemos excusa si permanecemos en la indiferencia.

Notemos, pues, en primer lugar, que los ángeles fortalecen nuestra fe y se muestran con
nosotros tan amables como con Magdalena y las demás mujeres. Se comportan con nosotros, los
cristianos, como si ya estuviéramos en el cielo, se acercan a nosotros, toman forma visible,
aparecen en vestiduras resplandecientes, y hacen como si nuestra resurrección para vida eterna ya fuese un hecho consumado. Tampoco hacen diferencia alguna entre nosotros y ellos, y nuestras lágrimas, cuitas y lamentaciones casi las toman a risa. Evidentemente, María Magdalena es imagen y ejemplo nuestro, y en cierto modo nuestra precursora: el comportamiento de ella nos muestra cuan débilmente creemos nosotros en el artículo de la resurrección. María Magdalena está aún envuelta en la vieja piel de Eva; le resulta imposible adaptarse a la vida venidera y a la compañía de los ángeles. Y no obstante, la buena noticia que recibe le despierta el ánimo, y finalmente también ella cree que el Señor resucitó. Quien, al igual que los ángeles, pudiera creer y tomar en serio el mensaje de que Cristo ha resucitado, quien pudiera creer que Cristo el Resucitado está aquí con nosotros de modo que ya no tenemos que "buscar entre los muertos al que vive" (Lucas 24:5), el tal sin duda sentiría también el mismo gozo que sintieron los ángeles.

Cuanto más viva sea la fe en este artículo, tanto más vigor cobrará el ánimo y el espíritu. Ya no
temerá ni al diablo ni a Pilatos ni a Heredes. En cambio, si no experimentamos ese gozo que
experimentaron los ángeles, ello es señal de que no tenemos fe, o no la tenemos en medida
suficiente. ¡Cuídese pues cada cual y examínese, no sea que nos engañemos a nosotros mismos
teniéndonos por buenos cristianos, cuando lo que menos hacemos es creer! En tal case, el que
vive en nosotros es Adán, y Cristo está muerto. Esto significa entonces estar en compañía del
diablo, caer del Cristo viviente en el Adán muerto. Ejemplos para ello no faltan; los podemos ver
a diario.

SEGUNDA PARTE

El consuelo fraternal de Cristo para María y los discípulos

1. Bondadosamente, Cristo llama "hermanos" a sus discípulos.

Aunque el mensaje angelical no es aceptado por la totalidad de quienes lo oímos, algunos
sí lo aceptan. Y éstos disfrutan no sólo de la presencia de los santos ángeles, quienes en la certeza
de que también nosotros resucitaremos de la muerte, se burlan un poco de nuestras
preocupaciones, sino que disfrutan también de la presencia de Cristo mismo quien nos trata de un modo enteramente familiar, aún más de lo que pudieran hacerlo los ángeles, y con quien nos une un Tazo aún más estrecho que con éstos. Pues los ángeles no tienen carne y sangre humanas, y no obstante se portaron como alegres camaradas con Magdalena, es decir, con todos nosotros. Cristo empero, el que adoptó nuestra naturaleza humana, se nos acerca aún más; porque él vino no por causa de sí mismo, sino por causa de Magdalena, y por amor a nosotros. Por eso le dice: "Vé a mis hermanos, y cuéntaselo". Esto va mucho más allá de lo que dijeron los ángeles. Las palabras de Cristo son incomparablemente más bondadosas y amistosas que las palabras de los ángeles quienes en su propia alegría se sienten movidos a risa ante el innecesario dolor ajeno. Si Dios le abriera a uno el corazón para captar esto, el tal nunca más se podría sentir triste, porque siempre tendría presente la bondad con que el Señor trató a María, que había tenido siete demonios (Lucas 8:2) y que era una mujer como cualquier otra, y un ser humano como todos los demás. Asimismo, Pedro y aquellos otros a quienes Cristo llama "hermanos", tampoco eran mejores que nosotros, porque ellos y nosotros hemos sido formados de la misma pasta. Si ellos se destacan sobre otros, no es porque les sea innato, sino que se lo deben a aquel que aquí los llama hermanos, confiriéndoles así un rango especial. Quizás hayan dicho después: "¡Y sin embargo se fue de nosotros y ya no está en esta vida! ¿Por qué nos llama entonces hermanos? Antes sí esto podía haber tenido visos de verosimilitud, cuando Cristo vivía todavía sobre esta tierra, cuando todavía no estaba clarificado ni había entrado en la gloria. En aquel entonces habría sido apropiado, y habría sonado muy bien, que él nos dijera: 'Vosotros sois mis hermanos, y yo el vuestro; mi Padre es vuestro Padre, y vuestro Padre es mi Padre'. Ahora en cambio que se ha producido entre nosotros un distanciamiento tan grande que nosotros estamos aún aquí en el extranjero mientras que él ya se halla en su reino celestial, arrebatado de los lazos de la muerte — ahora nos parece extraño que él nos llame hermanos, y que nos llame así sólo ahora, en especial a Pedro que le había negado, y a los otros que le habían abandonado. Ésta es una gloria que sobrepasa toda otra gloria".

2. También nosotros somos hermanos del que es Señor sobre pecado y muerte.

De esta palabra "hermano" los cristianos podemos asirnos, y fortalecer con ella nuestro
corazón contra el diablo vil y contra la muerte, pues por boca de Cristo mismo se te anuncia: "¡Tú
eres su hermano!" ¿Quién puede expresar con palabras y comprender cabalmente qué gloria se
adjudica con esto al cristiano que es de veras un creyente? Muchos hay, sin duda, que se
consuelan con lo del "hermano"; pero pocos son los que lo aceptan seria y sinceramente, y que
dicen en lo profundo de su corazón: "Esta palabra de que Cristo me llama hermano es incuestionablemente cierta. ¡Qué hombre admirable! ¡Decirme que puedo ir mano a mano con
Pedro y Pablo, que puedo llamarme santo, sabio, puro, justo y grande al igual que ellos!"

Considera pues qué mensaje es el que Cristo encarga a Magdalena: "Vé a mis hermanos". Sin
duda la llamó también a ella "hermana". Pues si los discípulos son llamados por él hermanos, sus
palabras dichas a Magdalena tienen este significado: "Vé, querida hermana, y di a los siervos de
mi Padre y criados de mi Dios que ellos son mis co-hermanos y consiervos y co-señores." ¡Qué
hermanos y hermanas más ricos han de ser aquellos que pueden decir de sí mismos con legitimo
orgullo: "Nosotros somos hermanos de aquel que ya no yace en el sepulcro, y ya no está sujeto a
la muerte y al pecado, sino que es el Señor en persona que arrojó a la muerte a sus pies y condenó el pecado"! ¡Oh, ruegue, quien pueda, que Dios le conceda esta fe!
Pero esto no es todo: esta admirable predicación sale de la boca del propio Cristo, no de la
de los ángeles. Los ángeles no dicen: "Vé y diles a los hermanos del Señor" ni tampoco "a
nuestros hermanos". Antes bien, dejan para él el honor de llamar hermanos a los que le
abandonaron, a los que le negaron, a los que son débiles en la fe. Y en verdad les era muy
necesario que Cristo les hablara en un tono tan amistoso. A pesar de que ya anteriormente les
había dicho: "Vosotros sois mis amigos, a quienes el Padre les ha dado a conocer todas las
cosas", y a pesar de que esto ya había sido honor suficiente: ahora ya no podían esperar tales
palabras. Pedro ya habría estado más que contento con que el Señor le dijera: "No te voy a
rechazar". Pero ¿qué ocurre? No sólo no los rechaza, no sólo les perdona sus pecados y los
vuelve a aceptar como amigos, sino que le dice a Magdalena: "Diles que son mis hermanos". Esto
sí que se llama hablar cariñosamente al corazón, al corazón de un hombre desesperado y afligido,
de modo que éste puede decir ahora: "Cristo es la Boca de la Verdad, la Palabra de la Verdad,
¿no es cierto? Entonces aceptaré como verdad lo que él me dice."

TERCERA PARTE

El mensaje de lo, resurrección exige fe

1. Sobre los que reciben este mensaje con ingratitud, caerá un terrible castigo.

5
En cambio, la plaga más grande que uno puede imaginarse es si no queremos aceptar esta
relación de compañeros y hermanos, más aún, si hasta perseguimos a los hermanos de Cristo y
derramamos su sangre, mostrándonos así desagradecidos y mezquinos. Mas los que quieran
aceptarla, guarden este texto en su corazón perpetuamente, para que obtengan la vida eterna.

¿Quién, sin embargo, lo hace? A una predicación tan consoladora y sublime se la trata como si
fueran palabras habladas al aire, o un cuento mentiroso de turcos y tártaros; no las aceptamos
como dichas a nosotros, no nos mueven a la alegría ni a canciones de júbilo, y sin embargo
pregonan una alegría tan grande que incluso los ángeles se llenan de gozo, a pesar dé que las
palabras no fueron dirigidas a ellos. San Pedro escribe a este respecto: "A vosotros se os anuncian
cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles" (1ª Pedro 1:12). ¿Y nosotros, que somos los
destinatarios de esta predicación, habríamos de permanecer indiferentes? No nos engañemos: el
Señor caerá sobre nosotros y castigará nuestra ingratitud de tal manera que se podrán aplicar a
nosotros las palabras aire fueran dichos con respecto a Judas: "Mejor le fuera a este horrible no
haber nacido" (Mateo 26:24).

Nada puede ser más claro que estas palabras: "Yo soy vuestro hermano, y vosotros sois
mis hermanos". ¿O acaso se esconde en ellas una doctrina herética, diabólica? ¡Efectivamente, el
mundo es del diablo, no sólo diez veces, sino cien mil veces! Pues no sólo condena esta doctrina,
sino que ni siquiera le presta atención.

2. Creyendo en el Cristo resucitado, ya, estamos por la mitad en el cielo.

Por esto, ¡alégrese todo aquel que alegrarse pueda! Ríes Cristo no resucitó de entre los
muertos para ser nuestro juez; antes bien: él que va anteriormente había sido nuestro armero
(Juan 15:14), es ahora nuestro hermano: el que ya anteriormente nos había amado (Juan 13:1),
nos ama ahora mucho más aún. Ahora rige lo que dicen las Escrituran: "El que os toca a vosotros,
me tocó a mí, vuestro hermano primogénito". ¿Con quiénes habla Cristo de este modo? Con
cristianos que han sido bautizados, que oyen y creen su palabra para dar intrepidez y vigor a su
fe. María es llamada su hermana, los apóstoles y nosotros somos llamados sus hermanos, a despecho de que también nosotros somos pecadores que, como Pedro, sufrimos más de una caída.

Ahora puede decirse, por lo tanto: el reino de los cielos ya ha entrado en vigencia, pues laresurrección de Cristo ya se consumó; la Cabeza ya está fuera de la muerte, y nosotros, los
miembros, mediante la fe estamos fuera de ella al menos en cuanto al alma; sólo el cuerpo está
sujeto todavía a esta vida perecedera. Todos los cristianos ya han resucitado por más de la mitad;
pues Cristo ya ha sido trasladado a la vida celestial, y con él las almas de los creyentes; sólo el
saco, es decir, el cuerpo en que está metido el alma, se halla todavía aquí. Pero también el cuerpo
resucitará una vez que la Cabeza, Cristo, ha sido llevado de aquí. El alma —podríamos llamarla
también el grano— ya goza de la bienaventuranza, la meta de su fe; la cáscara, o sea el cuerpo,
tampoco quedará atrás. Aprendamos por lo tanto a creer con entera firmeza que resucitaremos
con Cristo y seremos llevados con él al cielo, y que ya por más de la mitad estamos en aquella
vida. Y no dudemos de ello en lo más mínimo, puesto que él es nuestro hermano, y nosotros,
hermanos suyos. ¡El Dios de la misericordia nos ayude a ello, para que podamos creerlo y
gozarnos en tal fe!