miércoles, 15 de julio de 2009

6º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17


“Confiemos en el poder de Cristo”

Textos del Día:

Primera lección: Lamentaciones 3:22-33

La Epístola: 2ª Corintios 8: 1-9, 13-14

El Evangelio: Mateo 9:18-26 (Marcos 5:21-43

EVANGELIO DEL DIA

Mateo 9:18-26

18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. 19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos. 20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; 21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. 22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora. 23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, 24 les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. 25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró, y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. 26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.

LEER la misma narración ampliada en Marcos 5:21-43

21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. 22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, 23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.
24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. 28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. 30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.
35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. 38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 40 Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

Sermón

La flor, hermosa en la mañana, Marchita por la tarde está; El hombre de apariencia sana, Su fin muy pronto encontrará. Mi Dios: de Cristo por la cruz Dame al morir tu eterna luz.

Nuestro Salvador, pensando en Galilea, y en Capernaum en particular, dijo una vez: "No hay profeta deshonrado sino en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa" (Mr 6:4). A raíz de esta observación de parte de Jesús, se cree generalmente que un pastor no debería servir en una congregación donde él se crió, donde todos lo conocen y donde abundan sus parientes. En tal caso se citan por lo regular las palabras del Salvador: ''El profeta en su tierra no tiene honra" (Jn 4:44). Debido al poco honor y la mucha oposición que encontraba Jesús en “su tierra", observa San Mateo en su Evangelio: “No hizo (Jesús) allí muchas maravillas, a causa de la credulidad de ellos" (Mt. 13:58).

Pero no obstante la actitud hostil e indiferente de tantos en Galilea, halló Jesús fe ahí. En este mismo capítulo vio Jesús la fe de los cuatro, quienes desde el techo bajaron al paralítico, quien, creyendo, recibió el perdón de sus pecados y su salud (Mt. 9:1-8). Poco después el Salvador se ve sentado a la mesa de Mateo, y rodeado de muchos publícanos y pecadores (Mt. 9:10). Y llegados ahora a nuestro texto, conocemos en Galilea a dos creyentes más. ¡En nuestro entorno cercano también Dios obra fe! Que el Espíritu Santo nos ilumine mientras que contemplamos cómo:

JESUS SANA A UNA MUJER Y RESUCITA A UNA NIÑA.

Principia nuestro texto con estas palabras: ''Mientras él (Jesús) les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir” Los evangelistas San Marcos y Lucas nos cuentan que este "principal" era "uno de los principales de la sinagoga" y que se llamaba Jairo (Mr 5: 22). Estos jefes religiosos de Israel por lo regular no estaban dispuestos a trabar amistades con Jesús. Raras veces se ve uno de ellos al lado de Jesús, y mucho menos postrándose humildemente a los pies del Salvador. Pero este señor desde hace más de un año habrá oído y visto lo que Jesús decía y hacía ahí en Capernaum, y al igual que Nicodemo en Jerusalén, habrá llegado a la fe en Jesús, y habrá instruido también a su hija, de la cual dijo el Salvador después, que "duerme”. ¡La Palabra de Cristo obra fe, y esta fe se manifiesta incluso en quienes no imaginamos!

Ahora Jairo tiene un problema, y es un problema muy grave. Su hija, "su hija única, como de doce años" (Lc 8:42), está enferma. Y Jairo hace lo que todo cristiano debe hacer: lleva su problema Jesús. Según San Marcos dijo Jairo a Jesús: 'Mi hija está agonizando" (Mr 5:23), o sea, ya esta apunto de morirse. Según San Lucas informa Jairo que su hija "se estaba muriendo" (Lc 8:42), o que ya estaba en las últimas horas. Según nuestro texto Jairo resume o combina los informes y dice: "Mi hija acaba de morir" Cierto intérprete, tratando de reconciliar los distintos informes de Jairo, explica las cosas en la siguiente forma: Jairo en nuestro texto quiere decir: "Señor, mi hija estaba tan enferma, que para estos momentos ya estará muerta."

Habiendo llevado su problema al Salvador, Jairo presenta su petición: "Mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. " En Capernaum residía también el centurión, otro con fe en Cristo. Tanta fe tenía éste, que no creía necesario que Jesús viniera a su casa para sanar a su mozo. Oró sencillamente: "No soy digno de que entres debajo de mi techado; mas solamente, di la palabra y mi criado sanará" (Mt 8:8). Jesús en todo Israel no había hallado 'tanta fe" (Mt 8: 10). Al criterio, pues, del Salvador, Jairo tenía menos fe, y Jesús, rumbo a la casa de Jairo, tenía que animarlo, diciéndole: "No temas, cree solamente” (Mr 5:36). Jairo habrá residido cerca de donde se encontraba Jesús, y habrá visto cómo Jesús ponía las manos sobre los enfermos para sanarlos. O es posible que sencillamente no se le haya ocurrido pedir que Jesús a la distancia pueda restaurar a su hija, y por tanto lo invito a su casa. De todos modos la fe débil también es fe. Hasta una chispa de fe, "el Pabilo que humeare'', es fe (Is 42:3). Y con esa fe volvió Jairo a casa, "y se levantó Jesús, y le siguió, y sus discípulos. "

Ahora nos olvidamos un rato de Jairo, pues ha entrado súbitamente en la escena otra persona que nos llama la atención. Nos relata el texto: "y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacia doce años había." Esta mujer se encontraba en medio de la multitud que se apretaba contra Jesús y Jairo. Mientras que todos pensaban en el problema de Jairo, la mujer tuvo su propio problema en qué pensar. Sufría de un "flujo de sangre ", un trastorno sumamente agobiante y humillante. Los que sabían de su estado preferían evitarla, pues la consideraban inmunda o sucia, porque levíticamente lo era. Y no sufría la mujer todo esto por conformista.

Había tratado de hallar alivio, gastando con los médicos todo lo que poseía. Pero fue en vano: no obstante sus gastos, su estado de salud iba de mal en peor, y ahora, para colmo, ya no tenía de qué vivir.

Viendo tan cerca a Jesús, la enferma elaboró un plan; dijo dentro de sí: "Si tocare solamente su manto, seré salva”. Lutero se asombra de la fe que se muestra aquel día en Capernaum: Jairo cree que Jesús, con sólo poner las manos sobre su hija, la ayudará. La mujer cree que ella, con sólo tocar la ropa del Salvador, recibirá de El la ayuda apetecida. Y tú: ¿Crees realmente que Jesús puede ayudarte en tus necesidades? ¿Confías en él y a él tu situación? Recuerda que en Cristo tienes al poderoso Salvador.

La mujer, teniendo en cuenta su condición humillante en medio de la gente más digna, que se había amontonado alrededor del santo Hijo de Dios, no se atrevió a detener a Jesús, ni a ponerse delante de El. Se abrió paso por la multitud y, "llegándose por detrás" logró tocar su manto.

Y los Evangelios nos relatan lo que sucedió. "Luego la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote” (Mr 5:29). Y en ese instante Jesús, “conociendo en si mismo el poder que había salido de él”, se detuvo, se volteo y preguntó: "¿Quién me ha tocado?" (Marcos 5:30.31). Tal parece que por unos momentos nadie respondía. La mujer, tal vez por vergüenza al verse expuesta, o creyendo que Jesús juzgaría indiscreción lo que ella había hecho y que por tanto la regañaría, tenía miedo y temblaba. Pero en un arrebato de coraje salió y presentándose abiertamente, se postró delante de Jesús “Y le dijo toda la verdad" (Mr 5:33).

¡Qué historia más conmovedora! El Salvador no estaba enojado con la mujer, no la regaño. Al contrario elogió la fe de ella y la consuela, diciendo: "Hija tu fe te ha hecho salva: ve en paz, y queda sana de tu azote" (Marcos 5:34). Y afirma nuestro texto: "y la mujer fue salva desde aquella hora”. Las palabras del Salvador, "Queda sana: de tu azote," nos revelan que Jesús, sin que nadie se lo dijera, sabía del azote que durante doce largos años había afligido a esa mujer.

Una vez mas nos manifiesta Jesús su omnisciencia divina, nos demuestra que El es verdadero Dios, que sabe todas las cosas. ¡Podemos confiar y estar seguros en nuestro Salvador! Además, cuando se nos dice que un "poder", una potencia, había salido de Jesús, es de notarse que esa virtud no salió meramente de DIOS Padre. Esa virtud salió de Jesucristo. Él hizo ese milagro. Y como la curación del paralítico al principio de este capítulo demostraba que Jesús tiene poder de perdonar pecados, así la curación de la mujer en el camino a la casa de Jairo, demuestra que Jesús es Dios, verdadero DIOS.

La lucha inútil de esta mujer contra su horrible enfermedad es un cuadro de nuestra lucha contra el mal más horrible de todos, o sea, el pecado. Ningún hombre, ni con su dinero, ni con sus obras, puede limpiarse del pecado. Dice la Escritura: "¿Quién hará limpio de inmundo? Nadie" (Job 14:4). A la mujer que durante doce años había luchado contra su enfermedad, dijo Jesús: "Tu fe te ha salvado”. A nosotros que en toda la vida luchamos contra el pecado, nos dice el mismo Salvador mediante su Palabra: "El hombre no es justificad por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo" (Gálatas 2: 16). ¿Cómo, pues, somos salvos? Los dos presos en la cárcel de Filipos nos contestan: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo" (Hechos 16:31).

II

Después de esta interrupción de parte de la mujer, podemos volver a Jairo, quien ciertamente estaba esperando con ansias a que Jesús volviera y continuara con él el camino a su casa.

Al llegar los dos a la casa del principal, les saluda un espectáculo que a muchos en la actualidad parecerá extraño, pero que en aquel entonces estaba de moda: Vio Jesús "a los que tocaban las flautas, y la gente que hacía bullicio". Los flautistas hacían su aguda música. Las mujeres gemían y sollozaban mucho. Toda la gente lloraba y gritaba en alta voz. Las familias ricas incluso solían en semejantes ocasione contratar a grupos de personas que lloraran y lamentaran e hicieran ese alboroto. Además Jairo, siendo hombre de influencia, habrá contado también con sus propios familiares y amistades para agregar a ese llanto.

Jesús, no viendo motivo alguno para este espectáculo, preguntó, a esa gente: "¿Por qué alborotáis y lloráis?" Y agregó: "La muchacha no es muerta, mas duerme”. ¡Nosotros no vemos las cosas como las ve Dios! Al oír esta aserción, todos, a pesar del ambiente tan solemne y triste, se rieron abiertamente. Dice el texto: "Y se burlaban de él”. ¡Es duro oír que las palabras, promesas y hermosas afirmaciones de Cristo pueden ser causa de burla por parte de los seres humanos! ¡Pide a nuestro Salvador que sostenga y aumente tu fe para creer y confiar siempre en su Palabra!

La fe de Jairo sí que fue puesta a prueba en ese día. Antes de que el Salvador pudiera llegar a la casa de Jairo, la hija amada tuvo que morir. Cuando Jesús todavía hablaba a la mujer, vinieron a Jairo mensajeros de su casa con las malas noticias: "Tu hija es muerta; ¿para qué fatigas más al Maestro?" y ahora en la mismísima casa de Jairo, sus amigos se ríen de Jesús. Así como Jairo puso su confianza en Cristo y quedó expuesto a la burla de muchos, también nosotros estamos expuestos a que nuestra plena confianza en las promesas de Cristo sean objeto de burla. Pero recuerda que Cristo es fiel a sus promesas. ¡Que la burla o la indiferencia de otros no te hagan retroceder! Pide y confía en Cristo en todas tus necesidades.

Nos cuenta el texto que "como la gente fue echada fuera, entró (Jesús)." y añade San Lucas: "Y entrado en casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, y a Jacobo, y a Juan, y al padre y a la madre de la moza" (Lucas 8:51), cinco personas en total. Estos cinco serían testigos de lo que Jesús estaba a punto de hacer. Pero en cuanto a los demás en esa casa, tenían que aprender que los milagros no eran espectáculos del teatro. Jesús no los hacía con el fin de divertir a la gente, ni para gratificar la curiosidad de las masas. No buscaba fama de milagrero. Él es el Salvador.

El Salvador no puso las manos sobre la niña, como el padre había pensado, sino que la tomó de la mano y clamó, en la lengua aramea que hablaba Jesús: "Talitha cumi" (Marcos 5:40), lo cual significa en español: "Muchacha, levántate." Y, pronunciadas estas palabras, "su espíritu volvió" (Lc 8:55). Volvió el alma al cuerpo de la niña. La niña vivía nuevamente. No leemos que abrió los ojos, ni tampoco que se incorporo, sino que se levantó luego" (Lc 8:55). La niña que antes yacía muerta e inmóvil en la cama, se pone en pie, anda y come. ¿Quién hubiera creído posible esto? Los padres no obstante la carcajada desdeñosa de sus amigos y familiares, no habían perdido la confianza en Jesús, y resultó, como siempre, que su confianza valía la pena.

Ahora los padres de la niña están atónitos; "se espantaron de grande espanto" (Marcos 5:42).
Como esa difunta niña sólo dormía, así la muerte de todo creyente en Cristo es un sueño, un incesante dormir hasta el día del juicio. Esto nos lo enseña el último libro de la Biblia, que dice: "Bienaventurados los muertos que de aquí adelante mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansarán de sus trabajos; porque sus obras con ellos siguen" (Ap 14:13). Así nos enseña también el apóstol cuando nos habla de "los que durmieron en Jesús" (1 Ts 4: 14). "Los que durmieron en Jesús" son los que murieron creyendo en Cristo Salvador. Según esto los apóstoles ya han dormido algún tiempo. Adán y Eva han dormido mucho tiempo más.
Además, como Jesús resucitó a la hija de Jairo, así resucitará Jesús el cuerpo de todo creyente. Esto nos lo enseña Jesús mismo, al decir: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente" (Jn 11:25.26). Esto nos lo enseña el apóstol repetidas veces: ''Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que durmieron es hecho" (1 Co 15:20). "Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús" (1 Tes 4: 13.14). Marta sabía que todo esto se llevaría a cabo "en la resurrección en el día postrero" (Jn 11:24).

Y como el espíritu volvió al cuerpo de la niña, y el espíritu que Jesús había dado en la cruz volvió a su cuerpo glorificado aquel día de Pascua florida, así, en el último día, volverá nuestra alma de la gloria para ligarse nuevamente a nuestro cuerpo; y esta vez será un cuerpo glorificado, pues "(Cristo) transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria" (Filipenses 3:21).

Y, finalmente, si aquellos padres se espantaron al presenciar la resurrección de su hija, ¿quién se imaginará jamás el grande espanto que experimentarán en el aire todos los redimidos de toda generación, cuando a la final trompeta "los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados" (1 Co 15:52)?
Con razón, pues, cantamos: ¡Dormir en Cristo, dulce bien Del que en solaz está con El! ¡Dulce reposo que jamás Postrera muerte turbará! ¡Dormir en Cristo! Mi Señor Con su poder transformador Mi vil bajeza cambiará, Mi cuerpo glorificará. Amén.

Sermón basado en el escrito del Pastor V. H. Winter y adaptado por el Pastor Walter Daniel Ralli

ORACIÓN: Señor Jesucristo, quédate con nosotros, para que, frente a la muerte, no nos entristezcamos como quienes no tienen esperanza. Ayúdanos a confiar fielmente en Ti hasta el fin, pues nosotros también anhelamos resucitar con el cuerpo glorificado y reunido ya con el alma, para vivir contigo eternamente, por los méritos de tu inocente muerte y gloriosa resurrección.

Amén.