lunes, 21 de septiembre de 2009

16º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Jesús nos enseña a ser importantes”

Textos del Día:

Primera lección:
Jeremías 11:18-20
La Epístola: Santiago 3:13-4:3

El Evangelio: Marcos 9:30-37

30 Habiendo salido de allí, caminaban por Galilea. Él no quería que nadie lo supiese, 31 porque iba enseñando a sus discípulos, y les decía: "El Hijo del Hombre ha de ser entregado en manos de hombres, y le matarán. Y una vez muerto, resucitará después de tres días." 32 Pero ellos no entendían esta palabra y tenían miedo de preguntarle. 33 Llegó a Capernaúm. Y cuando estuvo en casa, Jesús les preguntó: --¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? 34 Pero ellos callaron, porque lo que habían disputado los unos con los otros en el camino era sobre quién era el más importante. 35 Entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo: --Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos. 36 Y tomó a un niño y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: 37 --El que en mi nombre recibe a alguien como este niño, a mí me recibe; y el que a mí me recibe no me recibe a mí, sino al que me envió.


Sermón

Santiago 4.4 dice una de las lecturas para hoy que “cualquiera que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios”. Sin duda, se ha transformado en una costumbre que está muy de moda ser los primeros, ser el número uno, ser el más grande,, estar en la cima o en la cumbre. Ya desde niño se nos marca esta tendencia con “todo es mío”, la actitud de servirme primero a mi porque si no vean la que monto. Así como los niños los adultos nos empujamos muchas veces en a la salida del tren o metro para adelantar al otro en la subida de la escalera mecánica, así sea que lo tenga que apartar de un empujón para estar delante de él. Ni hablar al conducir. Pero creo que dónde se manifiesta de manera más palpable es con el amor que tenernos hacia los deportes.

Queremos que nuestro equipo sea el número uno en todo. Pero muchas no decimos “son los primero o los número uno”. Decimos “somos los número uno o vamos primeros”. Como si en realidad nosotros tuviésemos algo que ver con que nuestro equipo esté primero o sea el campeón. Nos gusta ser el blanco de las miradas, requerimos atención, queremos reconocimiento, como dijo una vez dijo un director de cine: “En el futuro todo el mundo será famoso por 15 minutos”. Programas como los reality shows hacen de su comentario una realidad. Por supuesto, casi a todo el mundo le gusta ser popular, una parte ser una parte sobresaliente de la multitud.

Esto es justamente una parte de nuestra naturaleza humana. Por esto es que no deberíamos sorprendernos cuando en la lección del evangelio de hoy se nos dice que los discípulos discutían acerca de ¿Quién era el número uno? ¿Quién era el más importante? Así es que, como un padre con su hijo pequeño, Jesús tiene que educarlos, sentarse ellos y mostrarle que esa no es la forma en que se manejan las cosas en el reino de Dios. Nuestro Señor Jesús también nos habla esta mañana cuando él dice: Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos.

Así es que si quisiéramos ser los primeros en el reino de Dios debemos ser un criado humilde. ¿Un humilde siervo? ¿No suena muy encantador este tipo de vida y aspiración? Sin duda que no tendremos muchos adeptos a esta manera de vivir, pero sin duda que si el Señor lo dice es por algo.

Y así es que primero debemos comenzar con nuestra actitud. Pero si nuestro pensar no es correcto luego nuestras obras tampoco pueden ser correctas. Como en los días de Jesús, y en todas las sociedades, había una jerarquía de mandos, unas personas de mayor categoría que miraban desde lo alto al resto de la humanidad. Esta jerarquía de mandos era determinada por el dinero, el oficio y el estatus social. Arriba estaban los ricos y poderosos. En el fondo estaban los débiles y los pobres. Pero Jesús estaba más preocupado sobre qué hay en el corazón de las personas y la relación que tienen con Dios. A Él le interesaba más la actitud del orgullo que dice: “soy mejor que tu”. Esta actitud se da en todos los ámbitos sociales. En nuestros días a menudo oímos de políticos abusando de su jerarquía para promocionarse o beneficiarse económicamente y socialmente, en lugar de servir a las personas que los eligieron. No citaré casos específicos pero es cuestión de leer los periódicos para recabar algunos ejemplos. Los directivos de grandes empresas o bancos de envergadura que están muy preocupados sobre la caída de sus millonarias ganancias y beneficios pero no les interesa en lo más mínimo el trabajador común o los clientes a quienes les cobran comisiones usureras. Los niños y los adolescentes no quedan ajenos a esta tendencia, ya que en sus niveles sociales también se hayan muy preocupados sobre su estatus, ver quien es estupendo y quién no lo es, quien se viste de determinada manera o tiene lo último en móviles y demás.

Jesús no quiere esas clases de actitudes en su iglesia. Pero sin duda que muchas veces las podemos encontrar en las personas de la iglesia. Cuantos hombres desean convertirse en pastores por razones equivocadas: El poder, el control, el prestigio o por algunas otras razones que servirían para satisfacer sus propias necesidades y elevarían su propia autoestima. Asimismo los miembros cristianos de las congregaciones, pueden realizar muchas actividades solo para mostrar que su fe es más grande que la de los demás. Nada de esto es nuevo, ha estado en la iglesia desde el principio. En nuestra segunda lectura que correspondía al libro de Santiago habla del orgullo y la arrogancia en una congregación cristiana, cuando él dice: ¿De dónde vienen las guerras y de dónde los pleitos entre vosotros? ¿No surgen de vuestras mismas pasiones que combaten en vuestros miembros? Se supone que la iglesia debe obrar de una manera opuesta a la del mundo como Santiago dice: Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.

Así es que Jesús dice: “Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos”. Para asegurarse de que los discípulos entendieron el mensaje, él trajo a un niño y lo puso en el centro. Los niños no tienen poder. Dependen de otros para su supervivencia. Además servir a los niños habitualmente no trae honor, prestigio o poder. Más aun, en nuestra sociedad el ser madre o padre y dedicarse exclusivamente a cuidar de niños no es algo muy impresionante como tener una carrera, ser ejecutiva o tener su propio negocio. Da más prestigio y suena más atractivo realizar cualquier oficio que decir que se afronta diariamente con los retos de cada día de criar a los hijos. Pero aun así si una madre o padre tiene otro trabajo, es necesario que recalquemos que en el reino de Dios el trabajo más importante es el de encargarse de los niños. El punto de Jesús es que los niños deben ser servidos no por los beneficios que nosotros recibimos de eso, sino simplemente por amor y devoción. Esto debe ser así no sólo de parte de una madre o padre sino de todos los cristianos. Pues Jesús puso el ejemplo de un niño para todos sus seguidores. Él nos dice que todos sirvientes en el reino de Dios y que nadie está fuera de nuestro oficio de sirvientes.

Así Jesús dice que cuándo servimos a los débiles y despreciados, si son niños o no, en realidad recibimos a Jesús y al Padre que le envió. Pues Jesús fue también débil y despreciado. El fue verdadero Dios, y verdadero hombre. Pero él no se aprovechó de su estatus y poder. Jesús dice: “El Hijo del Hombre ha de ser entregado en manos de hombres, y le matarán. Y una vez muerto, resucitará después de tres días”. Esto es el por qué Jesús es el más grande en el reino de Dios.

Así es que cuando Jesús nos pide a nosotros que seamos humildes sirvientes, él no nos pide a nosotros que hagamos algo que él mismo no haya hecho.

Y así es que según nuestro Señor está bien que deseemos ser los primeros, pero para ello debemos seguir los estándares del reino de Dios que nos dice que si queremos ser grandes debemos ser humildes sirvientes. Al tomar esta actitud debemos estar preparados para sufrir dolor y ser incomprendidos. Necesitamos prepararnos para vivir con la falta del aprecio de muchos e incluso sin el honor o la gloria que creemos que recibiremos por nuestra manera de vivir. Pues cosas así a menudo resultan cuando ponemos las necesidades de otros delante de nuestras necesidades. No siempre somos apreciados. No siempre estamos seremos reconocidos por aquellos a quienes ayudamos y servimos. No siempre obtendremos reconocimiento y gloria. Ésta es una lección muy ardua de aprender. Es una lección que debemos aprender nuestra vida entera.

Esto se hizo realidad en los discípulos. Al principio de la lección del evangelio no es relatado que Jesús desea apartar a sus discípulos para enseñarle, deseaba evitar las distracciones de todo el mundo y enseñar sobre su humildad y su muerte, así como también de su resurrección. Pero ellos no captaron el mensaje. No lo entendieron. Todavía pensaban en poder y estatus. Pues todavía pensaban de Jesús en términos de políticas y ejércitos terrenales, pensaban en términos humanos. Muchos cristianos siempre han intentado mezclar la iglesia y política, aun en nuestros días. Pero los resultados siempre son malos para la iglesia. Pues la iglesia se debe dedicar a vivir en un humilde servicio. La política se trata de poder. La iglesia y el evangelio siempre son dañados cuando la política se convierte en una parte de la iglesia. Así es que Jesús tuvo que llevar a los apóstoles a un lado y explicar estas cosas otra vez.

Por esto es que Jesús también nos llama aparte, para estar con nosotros y para enseñarnos. Él hace esto cada domingo. Le llamamos culto, sea familiar o congregacional. Jesús está con nosotros esta mañana. En este santuario que estamos separados por estas paredes de las actividades y rutinas diarias. Aquí nuestro Señor Jesús se hace presente y nos habla a través de su Palabra.

Cada domingo él nos recuerda que él fue crucificado y muerto por nuestro bien y que en el tercer día resucitó de entre los muertos. Además en su cena humildemente viene a nosotros en el pan con su cuerpo crucificado y en el vino con su sangre derramada. Allí, en ese encuentro con él nos da la voluntad y la habilidad para tomar nuestra cruz y seguirle como humildes sirvientes de los demás.

En cada servicio recibimos su bendición, su bendición a fin de que podamos regresar al mundo que es hostil a este tipo de vida y allí ser sus humildes sirvientes. En medio de este mundo Dios nos da muchas oportunidades. En nuestra familia: Los maridos y las esposas pueden ser humildes sirvientes el uno del otro, padres que pueden mostrar a sus niños lo que los humildes sirvientes hacen y dicen. Los niños también pueden aprender a servir a sus padres, con amor y respeto. En escuela: Los estudiantes pueden ver a esos compañeros que necesitan ayuda, aquellos que no son populares y acercarse a ellos para hacerlos conocer del amor de Dios por medio de su compañía. En el trabajo podemos ser humildes sirvientes, haciendo esas cosas que no tenemos que hacer, pero las hacemos porque sabemos que hacen una diferencia, no porque esperamos ser recompensados por nuestros jefes. Con nuestros amigos y nuestros vecinos podemos ser humildes sirvientes haciendo más de la cuenta para ayudarlos. Y aquí en la Iglesia tenemos oportunidades para ser humildes sirvientes buscando formas de ayudar a nuestros hermanos en la fe y cuidar unos de los otros.

Varios años atrás leí la historia acerca de una mujer rica que dio grandes sumas de dinero para ayudar a sostener a una colonia de leprosos. En una oportunidad, ella pudo realizar un viaje para hacer una visita al sitio. Mientras estaba allí ella vio a una enfermera cristiana que tiernamente trataba la piel de uno de los leprosos. La mujer rica fue impactada por la escena que presenciaba.

Se acercó a la enfermera y le dijo que ni por todo el dinero del mundo ella podría hacer lo que la enfermera estaba haciendo. La enfermera muy tranquila le contestó que: “Tampoco yo podría. Lo que yo hago lo hago por amor”. Pues el amor no está relacionado con nuestro ego, sino con el servicio hacia los otros. Por esto recuerda que Jesús fue a la cruz y allí te otorgó el perdón de todos tus pecados. Y éste es el amor que nos hará sirvientes y grandes en su reino. Ve en la seguridad de su perdón, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Pastor Gustavo Lavia.