domingo, 6 de diciembre de 2009

2º Domingo de Adviento.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Adviento es el primer periodo del año litúrgico cristiano, que consiste en un tiempo de preparación para el nacimiento del Salvador. Se celebran durante los cuatro anteriores a la fiesta de Navidad. Marca el inicio del año litúrgico en casi todas las confesiones cristianas. Durante este periodo los feligreses se preparan para celebrar la conmemoración del nacimiento de Jesucristo y para renovar la esperanza en su segunda Venida, al final de los tiempos.

“El Señor viene en la actualidad”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Nehemías. 8:1-10

La Epístola: 1 Corintios 12:12- 31

El Evangelio del día:

Lucas 4:16-21 16 Fue a Nazaret, donde se había criado, y conforme a su costumbre, el día sábado entró en la sinagoga, y se levantó para leer. 17 Se le entregó el rollo del profeta Isaías; y cuando abrió el rollo, encontró el lugar donde estaba escrito: 18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos 19 y para proclamar el año agradable del Señor. 20 Después de enrollar el libro y devolverlo al ayudante, se sentó. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. 21 Entonces comenzó a decirles: -Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.

Ante la inminente celebración del nacimiento del Jesús, una vez más El Señor se hace presente en nuestra actualidad, en nuestra vida para proclamar que su presencia tiene un sentido y propósito para nosotros. En el sermón de hoy veremos:

1. El medio por el cual viene y…

2. El fin con que viene.

En tanto que Jesús estaba en el pulpito de la sinagoga y los que allí habían concurrido le miraban atentamente, le fue dado el Libro del profeta Isaías. De él extrajo el mensaje del día. No era un libro de sabiduría humana. Era la Palabra de Dios.

Un gran artista ha pintado un cuadro de una anciana leyendo la Biblia. El rostro de ella está iluminado, como si de las páginas del Libro se desprendiera luz. El cuadro se intitula: “La Luz”.

Hay por cierto luz en las páginas del Libro Sagrado. En tanto que leemos con reverencia la verdad de la Palabra y pedimos a Dios que nos guíe en la lectura, podemos decir con el salmista: “En tu luz veremos la luz”.

“Y abrió el Libro”. Por preciosa que sea la cubierta, una Biblia cerrada es un libro mudo. Un viajero que en cierta ocasión se detuvo en Tíbet, observó que los nativos se postraban de rodillas ante un altar sobre el cual había un libro viejo. Era una Biblia. Años antes un misionero cristiano había estado allí y había dejado aquel libro. Los nativos creían que era un objeto sagrado, y lo adoraban. Pero el libro no les proporcionaba mensaje alguno para sus almas.

En la actualidad hay muchas personas que reverencian y elogian la Biblia, pero la Biblia no les habla. Aunque a ella se le conceda un lugar prominente en la casa y de vez en cuando se le quite el polvo que se acumula en la cubierta, sus dueños no reciben beneficio alguno de ella porque no la usan. En sus últimos años, mientras escribía su Apocalipsis, San Juan, el discípulo amado, escribió la siguiente promesa por inspiración del Espíritu Santo: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas”.Apocalipsís 1:3
“Y como abrió el Libro, halló él lugar”. Cristo sabía usar las Escrituras.

En cierta ocasión un hombre fue a un famoso evangelista y le dijo que no podía creer en la Biblia a causa de las muchas contradicciones que ella contiene. El evangelista dio una Biblia al hombre y le pidió que le enseñara el lugar donde se hallaban las contradicciones. El hombre tomó la Biblia en su mano y empezó a hojearla desatinadamente. No podía hallar el lugar. No conocía la Biblia y mucho menos su mensaje.

Viene para “anunciar buenas nuevas a los pobres”. ¿Quién se ocupa en los pobres? Los escribas y los fariseos no lo hacían. Los arrogantes filósofos de Grecia y Roma no lo hacían. ¿Quién se interesa en ir a ver una procesión de hombres y mujeres en harapos? ¡Jesús se interesa! Tras los rostros demacrados y vestidos remendados, Jesús reconoce a un huésped real que ha sido convidado a sentarse en la cena del Hijo del Rey en los cielos. El Evangelio de la gracia de Dios es para todos los seres humanos en este tiempo y en la eternidad. Dondequiera que el Evangelio de Jesucristo se ha establecido, los pobres han mejorado su situación, el feudalismo ha desaparecido y el obrero ha recibido lo que su trabajo merece.

Pero Cristo habla ante todo a “los pobres en espíritu”. A los humildes de corazón Él trae nueva vida y esperanza. Cada vez que un hijo o una hija de Dios se ha extraviado a la región del pecado, para experimentar desgracia en vez de gloria, un corazón desilusionado en vez de la vida abundante, y por fin el temor a la muerte y al juicio, Cristo el Redentor se acerca para anunciarle que el amoroso Padre le espera con brazos abiertos, dispuesto a restablecer el alma perdida a una nueva vida mediante la gracia divina. A esa invitación el pecador debe responder con palabras similares a las que cantamos en el himno:

Tal como soy de pecador, sin otra fianza que tu amor. A tu llamada vengo a Ti: Cordero de Dios, heme aquí.

Cristo viene “para pregonar a los cautivos libertad”. Hay muchos presos en los calabozos y cárceles de este mundo. ¿Abriremos esos calabozos y cárceles y dejaremos que salgan los presos: los criminales, los asesinos, los rufianes, los depravados y los viciosos? ¿Los soltaremos, como se suelta un ruin, para que hagan estragos en nuestras comunidades? Ninguna persona desearía tener su casa en las comunidades dónde estas personas vivan a sus anchas. La libertad que Jesús trae es a los cautivos y esclavos del pecado y sus consecuencias. Por ellos es necesario que cada persona que vive en una prisión, sea física o espiritual, oiga lo que Dios puede hacer por ella:

“Mediante el poder y la gracia de Dios, Él os librará de vuestros violentos deseos y de vuestros pecados; quitará de vuestros corazones las semillas de la envidia y el odio, y en su lugar pondrá un espíritu de bondad y perdón; quitará de vuestra alma la concupiscencia y sembrará en su lugar el blanco lirio de la pureza; inclinará vuestra voluntad de lo malo hacia las palabras del salmista: “Jehová es mi luz y mi salvación.”

Cristo viene “para poner en libertad a los quebrantados”. Cristo es el gran Restaurador. Quizás te sientes desamparado y olvidado, como un extraño en este mundo de extrañezas; pero hay
Uno que tiene cuidado de ti, no importa quién seas o en qué condición te haya dejado el pecado. Este Uno se llama Amigo de los pecadores. Su gracia es tan grande que puede purificarte y sanarte. A Él también se le llama el gran Consolador. Acude a Él con todo tu pesar. Él te otorga consuelo ¡luz en medio de tu más profundo dolor! No hay herida terrena que Él no pueda sanar. Pues “Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz fue sobre Él; y por su llaga fuimos nosotros curados”.

Cristo viene “para predicar el año agradable del Señor”. Cada cincuenta años los judíos celebraban el Año de Jubileo Se tocaba la trompeta; se cancelaban todas las deudas y eran puestos en libertad todos los esclavos. Al venir Cristo, sonó 1a melodiosa trompeta del Evangelio.

Promulgó el tiempo que Dios había prometido para extender su misericordia a los pecadores arrepentidos. Y en la actualidad, mediante la gracia sola, el pecado humano puede ser cancelado y el alma puesta en libertad para andar en novedad de vida. El mensaje de Cristo constituye la promulgación de la emancipación más grande que el mundo ha conocido. ¿Será posible que alguien pueda oír este gran mensaje y no lo acepte con el mayor gozo y humildad y acción de gracias? Lamentablemente sí, hay personas que rechazan este regalo.

Cuando Cristo promulgó las buenas nuevas de la salvación a los que estaban en la sinagoga de Nazaret aquel día, ¿se levantaron ellos acaso para recibirle y coronarle como al Señor de los señores? De pronto se quedaron admirados, como incapaces de resistir el atractivo de su divina personalidad o el agradable mensaje de su discurso. Y creemos que muchos de los que le oyeron aceptaron con gusto su mensaje. Es posible que María, su querida madre, estuviera allí, y que también estuvieran allí algunos de sus discípulos. Sabemos que éstos le amaban con amor profundo e inquebrantable y que le servían de boca y corazón.

En cuanto a los demás, se enfurecieron al oír sus palabras, con falsa arrogancia dedujeron que no podían aceptar al Hijo de José como al Ungido de Dios, como al Mesías prometido Quizás se preguntaban: “¿Dónde están sus poderosos milagros? ¿Dónde están sus credenciales reales?”

Salieron de la sinagoga, y como plebe desenfrenada, le llevaron a un lugar escarpado del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. “Mas Él” como nos dice San Lucas, “pasó por en medio de ellos, y siguió su camino.” Y al seguir su camino, una gloria invisible se apartó de la sinagoga de Nazaret.

Siempre ha habido en el mundo personas que menosprecien la figura de Cristo, algunos por vana indiferencia, otros por franco escepticismo, y aún otros a causa de la violencia. Con frecuencia hombres arrogantes se han sentado en la silla de los escarnecedores y han luchado por destruir a Cristo y su obra, pero, según dijo un gran estadista cristiano, al referirse a gobernantes tales: “La Palabra de Dios es poderosa. La religión tiene su manera de sobrevivir a esos escarnecedores y las persecuciones.” Con el tiempo los que procuran destruir al Ungido de Dios desaparecerán como el tamo que arrebata el viento. Dios no puede ser burlado.

A Dios gracias porque hay quienes han aceptado a ese Ungido de Dios. Una noble compañía, entonando los cánticos de salvación, ha seguido al estandarte de la cruz y, mediante su testimonio, ha llevado a muchos a los pies de la cruz. El camino no siempre ha sido fácil. Pero

Aquel que declaró: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os difamaren y persiguieren”, ha estado siempre presente espiritualmente para sostener y fortalecer a los que depositan toda su confianza en Él. Podemos ver esto en el valor del gran Policarpo que, antes que negar a su Salvador, hizo frente a la hoguera en tanto que alababa a Dios por haberle considerado digno de “ser contado entre los mártires y poder beber el cáliz de los sufrimientos de Cristo para la resurrección eterna del alma y del cuerpo.”

¿Y qué hay de la actualidad? ¿Nos habla aún el Profeta de Nazaret con autoridad? ¿Y responden muchos a su llamamiento? Hay que responder que Él es la mayor autoridad que existe y que muchos responden a su llamamiento. Cristo promulga en la actualidad el mismo mensaje que promulgó en los días de su jornada terrenal. Él se nos acerca dondequiera que estemos: en el campo o en la ciudad o en el mar o en la montaña, pero de un modo especial está con nosotros donde se predica su Palabra en toda su pureza y se administran los Sacramentos de acuerdo con su institución.

Nos alegramos en ver a tantos que gozosamente le oyen y le siguen. Niños, jóvenes, mujeres y hombres le llaman Señor y Maestro. Damos gracias a Dios porque también hay obreros que dicen al Señor:

De los montes en la cima En los valles y en el mar, Por doquier el Evangelio Hoy queremos proclamar.

En este Segundo Domingo de Adviento Cristo viene nuevamente con la sonora trompeta del Evangelio, y nos abre otra vez e Libro de las Buenas Nuevas. No es el libro de la ira del juicio de Dios contra el hombre pecador, sino el Libro de la Vida, cuyas “hojas son para la sanidad de las naciones.” Es el Libro que ofrece el perdón de los pecados y salvación a todo pecador que tiene hambre y sed de justicia. Con gozo aceptamos su mensaje y dedicamos nuestra vida a Aquel que dio su vida por nosotros. Y esto lo hacemos en tanto que con reverencia nos acercamos a Él con una breve súplica para que nos purifique y nos guíe, es la consoladora súplica con que el salmista se dirigió al Señor: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón: pruébame y reconoce mis pensamientos: y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” Y entonces, entregados a su amor, con fe firme y sin el menor temor, nos apresuramos a llevar esa luz con que hemos sido enviados a un mundo que yace en tinieblas. Y en tanto que vamos, también llevamos con nosotros, como rayos de luz matutina, la gloria de la bendición de Cristo, acompañada de la siguiente promesa: “Bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios, y la guardan.” Amén.

Andrés A. Meléndez, Pulpito Cristiano.

Modificado y adaptado por Gustavo Lavia.