domingo, 29 de noviembre de 2009

1º Domingo de Adviento.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Adviento es el primer periodo del año litúrgico cristiano, que consiste en un tiempo de preparación para el nacimiento del Salvador. Se celebran durante los cuatro anteriores a la fiesta de Navidad. Marca el inicio del año litúrgico en casi todas las confesiones cristianas. Durante este periodo los feligreses se preparan para celebrar la conmemoración del nacimiento de Jesucristo y para renovar la esperanza en su segunda Venida, al final de los tiempos.

“Preparad el camino al Señor”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Jeremías 33:14-16

La Epístola: 1 Tesalonicenses 3:9-13

El Evangelio del día: Lucas 19:28-40

Sermón Basado en Marcos 1:2-8

En tiempos antiguos la visita de un rey o un emperador a alguna ciudad o aldea de su dominio era un acontecimiento inolvidable, y para conmemorarlo, hasta se acuñaba una placa. Un heraldo real precedía al soberano y anunciaba su llegada. Y el pueblo de aquella comunidad se ocupaba con el mayor esmero en preparar el camino por donde había de pasar Su Majestad, en decorar la ciudad y en hacer toda clase de preparativos para extender al soberano una bienvenida real.

Tampoco iba con manos vacías el soberano, sino que extendía dádivas y privilegios especiales a la comunidad que él honraba con su presencia. En esto precisamente pensaban los profetas Malaquías e Isaías cuando escribieron las palabras que San Marcos cita en los versículos 2 y 3 de nuestro texto. Por fin empezaría su ministerio terrenal el Mesías que por tanto tiempo y con tantas ansias se había esperado. Juan el Bautista fue el escogido por Dios para anunciar la venida de Su Majestad Divina, el Redentor prometido. Su anuncio al mundo rezaba poco más o menos así: “He aquí, vuestro Rey viene, un rey mayor que vuestro emperador Tiberio. Él es el Mesías, el Hijo de David, el Rey de reyes y el Señor de los señores. Es Dios manifestado en la carne. Por lo tanto, preparadle el camino. Dadle la bienvenida y recibidle en vuestros corazones.”.

Mucho tiempo ha pasado desde que Jesús completó victoriosamente su gran obra de la redención y volvió al Padre celestial. Sin embargo, hasta que vuelva otra vez en gloria, sigue viniendo a nosotros espiritualmente en su Palabra y sus Sacramentos. Es un gozo inefable saber que Él viene a nosotros al principio de un nuevo año eclesiástico como nuestro precioso Salvador y Rey de Gracia.

¿No es natural, pues, que en todo tiempo le otorguemos la mayor recepción real que podamos? Ésta es precisamente la invitación que se nos hace en nuestro texto: ¿Cómo preparamos el Camino del Señor que viene? En Primer lugar Confesando nuestros pecados y luego depositando toda nuestra fe en Jesús.

I. Confesando vuestros pecados:

El Señor no puede extender su gracia a los que rehúsan reconocer sus pecados, pues es claro que no desean su gracia y su perdón. No viene a ellos, porque ellos rehúsan recibirle, aún más, le menosprecian, le cierran el corazón. Si algo bueno dicen acerca de Él, todo es vana palabrería y pretensión. Por consiguiente, la obra de Juan el Bautista, como el heraldo de Jesús, consistía mayormente en predicar la Ley, lo que hacía con persistencia y sin temor. Sin la menor vacilación dijo al rey Herodes en su cara: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano.” No iba con medias tintas a nadie. Dijo, por ejemplo, a los fariseos impenitentes, altaneros, orgullosos, vanidosos y que se creían justos en sí mismos: “Generación de víboras, ¿cómo evitaréis el juicio del infierno?” Advirtió a los judíos que no se consideraran hijos de Dios por el hecho de que eran descendientes de Abraham, sino que produjeran frutos dignos de arrepentimiento. También les dijo que ya el hacha del juicio divino estaba puesta a la raíz de los árboles que no producían buenos frutos. El Señor limpiará por completo el lagar, separará la paja del trigo y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará. Y Juan el Bautista aplicó la Ley según el estado que ocupaba cada persona en la vida: si era padre o madre, hijo o hija, amo o esclavo, soldado o civil, recaudador o pagador, etc. Con el martillo de la Ley dio golpes en los lugares sensitivos y delicados. Con su predicación de la Ley sus oyentes aprendieron a darse cuenta de sus pecados y a mirar con sobresalto y terror hacia el Día del Juicio, hacia ese día cuando el Juez justo bautizará con el fuego del tormento eterno a aquellos que persisten en seguir pecando y rehúsan abandonar sus malos caminos.

En todo tiempo los ministros del Evangelio de Jesucristo deben preparar camino al Salvador mediante la promulgación de las exigencias de la Ley en toda su inexorable severidad y todo cristiano debe aprovechar cualquiera oportunidad que se le presente para demostrar al pecador cuan grandes son sus pecados y cuan terrible es su condición pecaminosa. Todos nosotros debemos escuchar esa clase de predicación e invitar a otros a escucharla. Es verdad que muchos pecadores poseen oídos que no quieren tolerar ninguna clase de predicación que se refiera al pecado. No permita Dios empero que los ministros en particular y la iglesia en general se dejen intimidar de esa generación de víboras. A emulación de Juan el Bautista, los predicadores y la iglesia, sin el menor rodeo, deben seguir mostrando a los oyentes cuan terrible es el pecado.

Siguiendo el ejemplo del reformador, el Dr. Martín Lutero, debemos rechazar y condenar como impiedad todas aquellas cosas en que el mundo pecador se gloría. Debemos declarar a los que se creen justos en sí mismos y a los que no se han convertido y a los incrédulos que lo que ellos consideran buenas obras los hundirá en el abismo del infierno, porque las hacen para tratar de reconciliar y aplacar a Dios, o para lograr su propia salvación, y por ende son insultos contra Dios, el cual declara que salvar del pecado es prerrogativa única de su santo Hijo, Jesucristo. Por esta razón, todas las obras, no importa cuán buenas sean, que se hacen en la incredulidad y mediante las cuales muchos procuran conseguir la salvación, son horrible abominación y deben ser desechadas como se desecha el veneno infernal.

No basta que de un modo general confesemos que somos pecadores. Cualquiera persona puede hacer esto. ¿Quién no confiesa que tiene pecados, faltas y defectos? Es menester empero que el pecador se dé cuenta de que sus pecados son tan graves y tan enormes, al ser pesados en la balanza de la justicia divina, que merecen la ira de Dios y el castigo del fuego del infierno. Fue a causa del pecado que el Hijo de Dios murió en el maldito madero de la cruz. Piensa en esto si te inclinas a mirar el pecado con indiferencia. Hay, además, quienes no admiten que son pecados ciertas transgresiones favoritas. Aunque esos pecados son serpientes venenosas, no los desprenden de su seno, sino que tratan de disculparlos con un sinnúmero de excusas. Tampoco quieren los pecadores admitir que por naturaleza son completamente pecaminosos e impuros.

Convienen en que hay algo pecaminoso en ellos, quizás mucho más de lo que se imaginan; pero admitir que son por completo pecadores, totalmente formados en pecado, según la declaración clara y expresa de la Palabra de Dios, y por ende de Dios mismo, eso sí que no están dispuestos a admitir y confesar. Con frecuencia se les oye decir: “No, no todo en nosotros es corrupto e impío.

Poseemos algo bueno, quizás una pequeña llama, que sólo necesita ser abanicada y estimulada.”

A la postre, acusan a Dios de ser mentiroso, y ellos se ensalzan como promulgadores de la verdad. Debemos recordar que, para acatar la verdad de Dios y su Palabra, es menester que cada persona confiese lo siguiente: “Señor, Tú tienes razón; Tú solo eres justo y santo; yo soy por completo pecaminoso e impuro.”

Nuestro texto nos hace recordar ciertos pecados específicos. Por ejemplo, observamos con sorpresa que, aunque la escena de actividad de Juan el Bautista estaba distante de los centros populosos (bien allá en un lugar desértico), eran grandes las multitudes que iban a escucharle. San Marcos nos dice, por inspiración divina, que “todos” salían a él, que “toda” la región de Judea salía a escuchar la predicación sobre el bautismo del arrepentimiento para remisión de pecados, y que eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Y es de notarse que no sólo los habitantes rurales salían a él, sino también “todos los de Jerusalén.” ¿Qué hay de nuestra asistencia a la iglesia, máxime cuando en la actualidad hay mayores facilidades para asistir? ¿Asistes fielmente a la iglesia, y asistes porque te das cuenta de tu debilidad espiritual y de lo mucho que necesitas el poder divino que se te otorga en los medios de gracia? ¿Asistes a la iglesia a fin de que mediante la Ley te mires como pobre pecador y mediante el Evangelio halles el consuelo en la gracia de tu Salvador? ¿Te ocupas en meditaciones cristianas particulares, pasando momentos a solas con tu Dios y su santa Palabra? ¿Y qué hay de tu bautismo? ¿Qué valor tiene para ti tu bautismo? ¿Lo venderás por un plato de lentejas? Recuerda que recibiste el bautismo para que él te otorgue el perdón de tus pecados, el perdón que Cristo te consiguió al derramar su santa sangre en la cruz, y que el beneficio de ese bautismo es imperecedero. ¿Lo atesoras, pues, como preciosísima herencia en tu vida?

Juan el Bautista, por la manera como vestía y por lo que comía, predicaba otra clase de sermón a las multitudes. Iba vestido de pelo de camello, y llevaba ceñidor de cuero alrededor de sus lomos.

Comparemos esta manera de vestir con la manera como visten las generaciones modernas, especialmente ciertos jóvenes y niños de ambos sexos, y con las exigencias que éstos ponen.

¡Grandes son las cantidades de dinero que se gastan en ropas! Y a veces se oye la siguiente queja: “No tengo qué ponerme.” O la impaciente pregunta: “¿Qué me pondré en estas fiestas?” Y lo peor de todo es el menosprecio con que son mirados los pobres y los desamparados que carecen de medios económicos. ... También se observa la escasa dieta de langostas y miel silvestre con que se sostenía Juan el Bautista. Hay un contraste notable entre esta dieta y las tres buenas comidas a la que muchos están acostumbrados, sin contar los diversos refrigerios entre comidas y los costosos banquetes de que participan muchos. Y ya que hablamos de todo esto, no podemos pasar por alto las grandes cantidades de dinero que se gastan en bebidas, mayormente en bebidas intoxicantes. Todos estos excesos e inmoderaciones no serian tan notables y censurables si no hubiera tantos Lázaros que padecen de hambre y necesidad, y si no fueran tan miserables las ofrendas que se llevan a los lugares de donde se recibe el Pan de la Vida, el pan espiritual, a saber: a las congregaciones cristianas.

No hay duda, pues, de que tenemos pecados que confesar, muchos pecados, pecados innumerables como la arena del mar; pecados que, como el peso de esa misma arena, pueden aplastarnos eternamente. Por consiguiente, confesemos nuestros pecados. Es el primer requisito para preparar el camino por el cual puede entrar el Señor en nuestros corazones. Existe empero otro requisito, que es aún más importante. Es el requisito de que depositemos toda nuestra confianza en nuestro Salvador.

II Depositemos toda nuestra confianza en nuestro Salvador.

Tanto el profeta Isaías como el profeta Malaquías describen la obra de Juan el Bautista. Además, Zacarías, el padre de Juan el Bautista, recibió revelaciones respecto a la obra de su hijo, y por medio del Espíritu Santo, declaró a su hijo la gran obra que éste realizaría como profeta del Altísimo. Todo esto muestra la importancia de Juan el Bautista. Jesús mismo declara que entre los nacidos de mujer, no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista. Pero Juan el Bautista extrae su importancia y su grandeza de nuestro Señor Jesucristo. Y lo mismo puede decirse respecto a su obra. Él es el heraldo, el precursor, el que preparó el camino para el Mesías, el Salvador divino y humano que habría de venir. Pues bien, ¿quién era Aquel para quien Juan el Bautista preparó el camino? ¿A quién promulgó él como al Mesías? ¿A quién señaló él como al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo? No fue otro, sino el Hijo de María virgen, no fue otro, sino Jesús de Nazaret. Por consiguiente, no puede haber la menor duda respecto a la identidad del Mesías. El Espíritu Santo, al bajar del cielo durante el bautismo de Jesús, reposó sobre Jesús y lo identificó como el Mesías prometido, el Señor. Jesús también fue identificado como el Mesías por la voz resonante del Padre que decía: “Éste es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento; a Él oíd.” ¿Acaso no sabía Juan lo que estaba diciendo cuando dio testimonio de Jesús y dijo que Él era el Redentor y Señor?

Por lo tanto, es insensatez, aún más, impiedad de parte de los judíos rechazar al Salvador prometido y pretender que todavía están esperando al Mesías. ¿Y por qué limitarnos a los judíos únicamente? ¿No es acaso insensato e impío el que, a pesar de toda la evidencia, persevera en su incredulidad y sigue desechando a Jesús, su único Señor y Salvador? ¡Ay de aquel que rechaza a Cristo o le trata con indiferencia! Pues al hacerlo, rechaza su propia salvación, y por medio de la incredulidad se destina a la perdición eterna. Respecto a Cristo es menester confesar y declarar con el apóstol San Pedro: “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

Cuando en tu corazón mora esta convicción, cuando sinceramente crees en Jesús como en tu Salvador personal, entonces le has preparado el camino por el cual puede entrar en tu corazón, un camino liso, sin impedimentos. Y si en realidad has llegado al conocimiento de tus pecados, no debes desesperarte por ellos, como hizo Caín, y declarar que tus pecados son demasiado grandes como para ser perdonados. No te lamentes, diciendo: “Para mí no hay esperanza, mi destino está sellado y el cielo se me ha cerrado.” ¡De ningún modo! Pues, ¿qué quiere decir que Jesús es tu Salvador? ¿Con qué fin vino a este mundo tu Redentor? ¿Por qué vivió aquí en la tierra, padeció y murió y resucitó? ¿No fue acaso para salvar a todos los pecadores, y por cierto a ti, no importa cuán grandes y numerosos sean tus pecados? Por lo tanto, deposita toda tu fe en É1. Exclama con el apóstol San Pablo: “Palabra fiel es ésta, y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” Dios quiere, aún más, te pide que deposites toda tu confianza en el Salvador de los pecadores y creas que por causa de É1 Dios todopoderoso es tu Padre y tu Amigo.

Y también nuestro bautismo debe servirnos para confirmarnos en nuestra fe. Al oír que Juan el Bautista, que predicó sobre el bautismo, y en efecto bautizó para la remisión de los pecados a todos los que sinceramente confesaron su iniquidad y culpabilidad, no podemos menos que recordar nuestro propio bautismo; pues también nosotros fuimos bautizados para la remisión de los pecados. ¿Perdona Dios tus pecados? ¡Bienaventurado eres si puedes contestar: “¡Sí, los perdona, porque así me lo ha prometido en mi bautismo! Mi bautismo es la señal y garantía divina de que por virtud de los méritos de Cristo todos mis pecados han sido lavados. Mi bautismo lleva consigo la prometa y la seguridad divina del perdón completo de todos mis pecados, de la gracia de Dios y de la vida eterna.” ¡Cuánto necesitamos esta seguridad! En medio de los sinsabores y las tribulaciones de esta vida quizás parezca que no somos hijos de Dios, sino que sobre nosotros reposa la maldición divina y que nuestro destino es la perdición eterna. En esos momentos debemos asirnos a nuestra fe y exclamar: “¡De ningún modo! Mi bautismo me dice lo contrario.” ¡Qué hermoso tesoro tenemos, pues, en nuestro bautismo! además, conserva abierta la puerta de nuestro corazón para que Jesús entre en él.

Juan aclara en nuestro texto lo poderoso que es Jesús como nuestro Salvador. Dice Juan: “Viene tras mí el que es más poderoso que yo.” Y más tarde dijo Juan acerca de Jesús: “Todas las cosas dio (el Padre) en su mano”, lo que Jesús mismo confirmó en otra ocasión, cuando dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.” Tan poderoso es Jesús, declara Juan, que “no soy digno de desatar encorvado la correa de sus zapatos”, una tarea verdaderamente humilde. Juan el Bautista se inclinó hasta donde pudo ante Cristo, el Señor; pues, al fin y al cabo, Jesús era el verdadero Dios y el Creador, y Juan era una mera criatura. También nosotros nos damos cuenta de que somos tierra y cenizas y nos inclinamos ante Cristo para adorarle como a nuestro Salvador y Rey. Su omnipotencia nos sirve de gran consuelo, pues Él puede ayudarnos y socorrernos en toda situación.

De observación especial es el siguiente testimonio de Juan: “Yo os he bautizado con agua; mas Él os bautizará con el Espíritu Santo.” Ésta es una gran obra que Jesús realiza en nosotros. Sin el Espíritu Santo de ninguna manera podemos creer. Mediante el Espíritu podemos llamar a Jesús Señor. Por el Espíritu Santo nacemos de nuevo y tenemos vida espiritual. ¡Qué bendito es nuestro Salvador, que nos da este poderoso don, el cual glorifica a Cristo en nuestros corazones, y por medio del cual la santa y bendita Trinidad viene a nosotros y mora en nosotros como en su templo!

Reconozcamos, pues, que verdaderamente somos pecadores; pero también depositemos toda nuestra confianza en Jesús, nuestro precioso Salvador, en tanto que obedecemos al mandato:

“Preparad el camino del Señor.” Siguiendo el ejemplo de Juan el Bautista, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para preparar el camino de otros corazones a fin de que Cristo entre en ellos, dando testimonio de nuestra fe, sosteniendo el ministerio de la Palabra, contribuyendo a la gran obra misional y llevando una vida que ponga de manifiesto nuestra fe en Cristo, para su gloria, aquí en este mundo y allá en la eternidad. Amén.

Pablo G. Birkmann