jueves, 24 de diciembre de 2009

Navidad.

Navidad
“Un niño no es nacido”
Sermón para el Día de San Esteban, Mártir Fecha: 26 de diciembre de 1531. MARTIN LUTERO

Texto: Isaías 9:2-6. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos. Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos. Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián. Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.

Introducción: Los pastores de Belén: ejemplos de una fe incondicional, y ejemplos de cómo Dios escoge a los humildes para avergonzar a los grandes.

Se cuentan maravillas acerca del silencio que los turcos guardan en sus templos[1]. En el Evangelio que se lee el día de hoy [2] aparece el hermoso ejemplo de la fe de los santos pastores, quienes después de haber oído la predicación de los ángeles, inmediatamente se pusieron en camino para ver cuanto antes lo que había sucedido, y lo que el Señor les había manifestado (Lucas 2:15). Son, en especial, dos factores los que hacen que esta fe sea tan ejemplar. En primer lugar los pastores no se escandalizan por el aspecto en extremo humilde del niño. Y en segundo lugar, no temen a los notables de Jerusalén y de Belén, que muy fácilmente podrían acusarlos de sediciosos porque querían proclamar rey al hijo de un mendigo. Lo uno como lo otro son, por cierto, muestras elocuentes de una gran fe. Sin más ni más, los pastores van a Belén y hallan a un niñito acostado en un pesebre. ¡Cuán poco concordaba este cuadro con la imagen de un rey que, por añadidura, había de ser Redentor del mundo entero! Sin embargo, los pastores no se sienten defraudados en lo más mínimo.

Nosotros pensamos de manera distinta: aunque se nos hable en los términos más sublimes acerca de la fe y la vida eterna, apreciamos cien veces más los bienes de esta tierra. Si fuese realmente sincera nuestra fe en estas palabras: Cristo nació en Belén como Salvador nuestro, y luego padeció y murió para redimirnos del pecado y de la muerte, entonces nuestro ánimo sería otro, en nuestro corazón no habría tanta sed de riquezas, no nos afanaríamos tanto por poseer un
palacio y otras cosas que el mundo estima de alto valor, sino que lo tendríamos todo por basura[3], y por objetos de que hacemos usó sólo para la mantención de nuestra vida terrenal. Pero el hecho de que todavía permanezcamos en nuestro estado anterior de apego a las cosas de este mundo, es una señal de que aquella natividad nos tiene sin cuidado, y que de las palabras del ángel no hemos retenido más que el sonido[4]. Los pastores en cambio retienen las palabras mismas, y con tal firmeza que ven en aquel niñito a su Rey y Salvador y difunden por todas partes lo que se les había dicho acerca del niño. Dónde está, en aquel establo de Belén, lo que común-mente distingue a un rey: el brioso corcel, el séquito de nobles caballeros? No obstante, en contra de lo que les dicen sus cinco sentidos, los pastores concluyen: Éste es el Rey, el Salvador, el gran gozo para todo el pueblo. Así, en el corazón de los pastores, todo apareció pequeño, y nada fue grande sino solamente aquellas palabras del ángel. Tan grandes fueron que aparte de ellas, los pastores no vieron nada; se llenaron de ellas y quedaron como embriagados, de modo que se pusieron a propalarlas en alta voz, sin preguntar por lo que podrían decir los grandes señores en Jerusalén que mandaban en el templo y en el sinedrio. Al contrario: sin la menor señal de miedo ante las autoridades predican al Cristo mendigo. ¡En verdad, palabras de verdaderos revoltosos y herejes! ¡Decir que habían visto a un ángel, y que este ángel les había anunciado el nacimiento de un Rey y Salvador en Belén. Si esto llegaba a oídos de los principales de los sacerdotes, ¿no los increparían diciendo: “¡Vosotros, ignorantes pastores, no nos haréis creer que en un pesebre en Belén yace un nuevo gobernante! El gobierno tanto espiritual como civil está aquí en Jerusalén. ¿Y vosotros queréis persuadir a la gente de haber tenido una visión?

¿La verdad será que habéis soñado?” ¿Y no tenían que decirse los pastores mismos: “Merecemos ser crucificados o ser puestos en el cepo por habernos sublevado contra las autoridades espirituales y civiles?” Creo empero que cuando la noticia de lo ocurrido llegó a los jefes de los sacerdotes, éstos respondieron: “Ya estamos acostumbrados a que la gente ignorante diga estupideces; habrá sido Satanás el que estuvo en el campo de Belén”, desoyendo así, en su propio perjuicio, el mensaje angelical. Y aún otros habrán dicho quizás: “Si realmente se produce un hecho dé esta naturaleza, se dará noticia a nosotros, y no a unos pastores desconocidos”.

También en nuestros días hay gente que dice: “Si esa nueva doctrina que ahora se predica[5] fuese realmente el evangelio verdadero, Dios lo haría predicar por los jefes mismos de la iglesia, no por monjes y sacerdotes escapados de algún convento”. Pero ¿no te parece que Dios puede dejar plantados a Caifás y Anás y a todos los respetables sacerdotes y dar a unos “Humildes pastores -el encargo de predicar el nacimiento del Rey y Salvador?”. ¡Ojalá también nosotros siguiéramos este ejemplo de los pastores y tuviéramos por grande e importante sólo la palabra .de la fe, haciendo oídos sordos a todo lo demás! Por ejemplo, cuando se nos da la absolución, o la santa cena, o cuando se nos predica el evangelio, ¡tuviéramos por basura todo lo demás y nos aferrásemos a la palabra sola! Pero por desgracia, nuestra carne, Satanás y el mundo hacen que no despreciemos lo mundanal como debiéramos hacerlo, y así nos impiden apreciar la palabra en todo su valor.

Por hoy no quiero explayarme más sobre este Evangelio; volvamos ahora a las palabras de Isaías[6].

El mismo texto, Isaías 9:2-6 (en especial v. 6).

1. La grande diferencia entre el reino espiritual de Cristo y los reinos de este mundo.

El profeta nos dice: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado”. Ya oísteis lo que significan estas palabras. Este capítulo es en verdad un capítulo de inestimable valor, en que Isaías nos describe con palabras sumamente bellas y acertadas qué clase de niño es Cristo. Es el niño que nos lleva sobre sus hombros a ti y a mí con todos nuestros pecados, miserias y dolores. Y esto lo hizo no solamente mientras vivió aquí en la tierra, sino que lo sigue haciendo hasta el día de hoy, por medio de la palabra del evangelio. Con lo que Isaías nos dice acerca del niño Jesús, nos enseña al mismo tiempo a discernir correctamente entre el reino espiritual y el reino corporal. El reino corporal es aquel en que los súbditos somos los que tenemos que llevar al soberano o rey; porque al mundo le hace falta que se lo apriete y obligue. El reino espiritual en cambio es aquel en que el rey mismo nos lleva a nosotros. Hay pues una grandísima diferencia entre estos dos reinos: en el reino corporal, tantos miles de hombres tienen que llevar una sola cabeza, un soberano; más en el reino espiritual, una sola cabeza, Cristo, lleva un número incontable de hombres. Ciertamente, él lleva los pecados del mundo entero, como dice Isaías (cap. 53:6): “El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros”; y lo mismo afirma Juan Bautista (Juan 1:29): “He aquí el Cordero de Dios, que quita[7] el pecado del mundo.” Allá, en la cruz, él llevó nuestros pecados, y los lleva aún hoy mediante su Espíritu de bondad, y nos hace predicar que él es el Rey de la misericordia. Esto es una parte de la profecía.

2. La asombrosa imagen de la iglesia: desdeñable ante el mundo, santa ante Dios por Cristo.
Siguen ahora los nombres: “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”.

Con estos nombres, el profeta describe en detalle la índole del reino en sí. Hasta ahora había retratado la persona del soberano como un rey que lleva el reino sobre sus hombros. Con aquellos nombres nos enseña cómo está formada y qué señales particulares tiene la santa iglesia cristiana. Si quieres retratarla, retrátala como iglesia que tiene que ser llevada, y como iglesia que es llevada por Cristo. Este “llevar” empero por parte de Cristo, y este “ser llevado” por parte de la iglesia, hace que el nombre y el oficio de Cristo sea el de “Admirable, Consejero”.

“Admirable, Consejero” se llama también por la obra que él lleva a cabo en su santa iglesia cristiana, a la cual él gobierna de tal manera que ninguna razón humana puede comprender o notar que esa iglesia es verdaderamente la iglesia cristiana. No establece para ella residencia oficial, no le fija modos de proceder ni ritos, no le otorga rasgos distintivos externos algunos que permitan determinar con precisión dónde está la iglesia, cuan grande o cuan pequeña es. Si quieres hallarla, no la encontrarás en ningún otro lugar sino sobre los hombros de Cristo. Si quieres imaginártela, tienes que cerrar los ojos y prescindir de todos los demás sentidos y atender exclusivamente a la descripción que te da aquí el profeta. La iglesia es, en verdad, un reino admirable, un reino que causa asombro, es decir, un pueblo desdeñable ante los ojos del mundo, del diablo y ante sí mismo, un “oprobio de los hombres y despreciado del pueblo”, como dice el Salmo (22:6), una “piedra desechada por los edificadores” (Mateo 21:42) porque tiene un aspecto como si fuese no la esposa del Rey celestial sino del diablo. La verdadera iglesia cristiana es en opinión del mundo un conjunto de herejes. Éste es el nombre con que se la define. En cambio, los que son seguidores del diablo éstos llevan el nombre de “iglesia”. Así como los turcos consideran a los cristianos como gente en extremo insensata y como diablos en persona, así también los judíos y los papistas de hoy día no tienen más que burlas para los que constituyen la iglesia de Cristo. Tal es así que la iglesia no tiene el aspecto, nombre, imagen y semejanza de ser la iglesia de Dios, sino del diablo.

Ahora bien: que este aspecto lo tuviera la iglesia ante el mundo y ante el diablo, sería aún tolerable; lo verdaderamente grave es que a menudo lo tiene también ante nuestros propios ojos. Éste es un arte que el diablo domina a la perfección: el apartar nuestros ojos totalmente del bautismo, del sacramento y de la palabra de Cristo, de modo que uno se tortura a sí mismo con el pensamiento que expresara David (en el Salmo 31:22): “Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos”. Éste es nuestro distintivo: que la iglesia cristiana debe tener en sus propios ojos y yo ante mí mismo una apariencia como si Cristo nunca nos hubiera conocido como suyos[8].

Debo saber que ésta es la santa iglesia cristiana, y que yo soy un cristiano, y sin embargo, debo ver al mismo tiempo que tanto la iglesia como yo estamos cubiertos por una gruesa capa de oprobio del mundo que nos tilda de heréticos. Más aún: debo oír que mi propio corazón me dice: Tú eres un pecador. Estas gruesas capas, el pecado, la muerte, el diablo y el mundo, cubren de tal manera a la iglesia y al cristiano, que ya no queda nada visible de ellos; lo único que se ve es pecado y muerte, lo único que se oye son las blasfemias del mundo y del diablo. El mundo entero y cuantos en él se precian de sabios, se ponen contra mí, mi propia razón rompe las relaciones conmigo; y no obstante, debo mantener con toda firmeza: yo soy cristiano, y como tal, justo y santo.

Por lo tanto, la santidad de la iglesia y la santidad mía radican en la fe. Se basa no en algo dentro de nosotros mismos, sino exclusivamente en Cristo. Diga pues la iglesia: “Yo sé que soy pecadora”, y confiese yacer por entero en la cárcel del pecado y en el peligro de muerte. En mí no hay más que iniquidad, en Cristo no hay más que justicia; y si yo creo en Cristo, su justicia llega a ser mi justicia[9].

Esto sobrepasa toda razón y sabiduría humanas. Parece ser algo totalmente inaceptable. Pues todos los entendidos dicen: La justicia es cierta cualidad o santa manera de ser en el hombre mismo. Así como el color blanco o negro está en la pared misma o en el paño mismo, así la santidad debe estar en el alma misma del hombre justo. Pero entonces viene mi propio corazón y me dice: Yo no soy así, no soy un santo. Y lo mismo me dice Satanás y el mundo. Si tengo en contra de mí las declaraciones del mundo, de Satanás y de mi propio corazón, ¿qué puedo decir?

Precisamente lo que dice nuestro texto: que Cristo es el Admirable Consejero. Él gobierna a su iglesia y a sus cristianos en forma admirable de modo que son justos, sabios, limpios, fuertes, llenos de vida, hijos de Dios, aunque ante el mundo y ante sus propios ojos parezcan todo lo contrario. ¿A qué debo atenerme empero para vencer la fea apariencia? A lo mismo a que se atuvieron los pastores: a la palabra.

El mismo Cristo procede en forma sumamente extraña en lo que a su propia persona se refiere: quiere hacerse nuestro Rey, y se acuesta en un pesebre y nace de una pobre virgen que apenas tiene con qué envolverle. Debiera haber tenido por madre a una reina, y por cuna un deslumbrante palacio sin embargo, vive como un mendigo. ¿No es, en verdad, asombroso en su aspecto personal? Por esto nos es preciso aprender a abrir los ojos, como los pastores, y juzgar no según la apariencia exterior, sino según las palabras que fueron dichas acerca de este niñito.

Debo decir, pues: Considero santos a todos los creyentes, y me considero un verdadero santo a mí mismo, no por mi propia conducta intachable, sino a causa del bautismo, del sacramento de la santa cena, de la palabra de Dios, y de mi Señor Jesucristo en quien yo creo. Entonces habrás hallado la definición correcta. Si me observo a mí mismo, sin bautismo, santa cena y palabra, no veo más que pecado e injusticia, al diablo en persona que me atormenta sin cesar. Y si os observo a todos vosotros desprovistos de la santa cena, del bautismo y de la palabra divina, no veo en vosotros santidad alguna. Aunque estáis sentados aquí en el templo oyendo la palabra de Dios y orando, no os queda nada de santidad si descontamos la palabra y los sacramentos.

3. Las señales distintivas de la verdadera iglesia de Cristo.

La apariencia exterior no es, pues, lo decisivo; lo decisivo es esto: Mira si estás bautizado, si oyes con agrado la predicación de la palabra de Dios, si sientes el sincero deseo de recibir la santa cena. Éstas son las señales que Dios te da, a éstas debes dirigir tu mirada; así podrás decir: veo en mí las claras señales de que pertenezco a la iglesia cristiana. El aspecto exterior, en efecto, no basta para convertirte en un creyente de verdad. En cambio, donde se predica el evangelio sin falsos agregados humanos, donde se administran los sacramentos en la forma debida, y donde cada cual desempeña fielmente las tareas propias de su oficio o profesión, allí encontrarás con absoluta certeza al pueblo de Dios. Por lo tanto, no te guíes por el color que las cosas tienen por fuera, sino por la palabra divina. Si te guías por la apariencia exterior, y no por la palabra, pronto caerás en el error. ¿Por qué razón? Por la razón de que exteriormente no hallarás en un cristiano nada que lo distinga de otro hombre. Más aún: hay incrédulos y paganos que se comportan más decorosamente y que presentan un aspecto más honorable que muchos cristianos. ¡Ah, la apariencia exterior! Ahí tienen su origen los impíos e insensatos monjes y frailes que querían crear a la iglesia cristiana una imagen orientada en lo que exteriormente impresiona a la vista.

De ahí vienen también sus cogullas y tonsuras. “Aquí, en el estado monacal, están los hombres santos”, decían; “vosotros que vivís en el mundo os entregáis a vanos afanes y prácticas puramente corporales”. Cosa diabólica es que la máscara que se pone cierta gente pueda causar tanta impresión en el mundo.

Yo sé que entre todos vosotros hay apenas diez que no se dejarían embaucar por mí si yo quisiera hacer gala de aquella santidad que practiqué en mis años de monje. Evidentemente, el bautismo y la santa cena atraen las miradas mucho menos que el hábito y la austeridad de un franciscano. Éste sí tiene que ayunar, aquél en cambio es un simple sastre. Por esto es preciso que aprendas a conocer qué es y cómo es en realidad la iglesia cristiana, y que no te dejes engañar por las apariencias. Una mujer que hace lo que Dios le manda, que está bautizada, que oye el evangelio y lo guarda cual luz en su corazón, que tiene un marido, que da a luz hijos, que cumple con sus tareas como buena esposa y madre, esta mujer es una santa, aunque a los ojos de la gente no lo parezca. Pues el bautismo que recibió y la fe que tiene en su corazón, son cosas que mis ojos no ven; veo en cambio que anda por la casa, ocupada en el cuidado de sus hijos, y en mil otros quehaceres domésticos. Por esto parece que no hay nada de particular en la mujer aquella.

Y sin embargo, si permanece en el evangelio y en el trabajo que Dios le ha encomendado, es un miembro genuino de la iglesia cristiana, no por su probidad, sino por estar bautizada, por tener en su corazón el evangelio, por ser morada de Cristo[10]. ¿Quién empero tiene en cuenta que esta mujer es una cristiana y una santa? Entre tanto viene una beguina[11] con su cara de vinagre; y ¿qué ocurre? ¡A ésta la consideran una santa, a cuyo lado la mujer con el marido y los hijos y el mucho trabajo no es nada! Así es como nuestro Señor convierte al mundo en un montón de tontos, incapaces de reconocer a un cristiano. “Iglesia cristiana” esto son los que han recibido el bautismo, que tienen un corazón lleno de fe, y que por lo demás llevan la vida del hombre común. En este sentido debes considerar la iglesia, y por estas señales has de conocerla. El mundo en cambio no la juzga de esta manera, y por esto yerra en su juicio. El mundo preguntará, por ejemplo: ¿Acaso no hay también entre los gentiles matronas por lo menos tan respetables como las que hay entre los cristianos? ¿Y qué decir de los tiempos de tribulación? ¡A cuántos padecimientos, a cuánta persecución está expuesto un cristiano que ha sido bautizado y que confiesa su fe en el Señor! No parece sino que Dios le hubiera abandonado por completo, y así lo siente a veces en su corazón.

4. La iglesia, despreciada, se consuela con la palabra y los sacramentos.

De este modo, nuestro Dios y Señor hace que todos los sabios lleguen a ser necios, permitiendo que la imagen verdadera de su iglesia casi desaparezca bajo un cúmulo de escándalos. No obstante, el que es miembro de esta iglesia piensa: A pesar de que el mundo me desprecia y persigue, sin embargo creo en Cristo, estoy bautizado y tengo el evangelio; y a este evangelio, este bautismo y este Cristo les asigno en mi corazón un valor tan alto que a su lado, el mundo entero no me parece valer más que una astilla.

Y esto es bien cierto: el evangelio de Cristo que el creyente tiene en su corazón, posee ante Dios un poder justificador tan grande que, aun cuando el mundo entero estuviese repleto de pecados, todos ellos no serían más que una gota de agua en comparación con la inmensidad del mar. No es poca cosa fijarse en la palabra de Dios y atenerse a ella. Tan grande cosa es, que al que lo hiciere, todo lo que el mundo encierre le parecerá como una partícula de polvo. Así, pues, la iglesia cristiana es santa, a pesar del mal aspecto que tiene a los ojos del mundo, y a pesar de estar cubierta de tribulaciones y escándalos. Y nadie puede captar enteramente la santidad y justicia de la iglesia, ni aun el que tiene fe, y mucho menos se la puede sondar con la imperfecta razón humana. Quien quiera conocer de veras a la iglesia cristiana y a sus miembros, tiene que tomar como elementos de juicio la palabra del evangelio, los sacramentos, la fe, y los frutos de la fe y del evangelio. Y tú mismo, para comprobar si eres santo y cristiano, considera si tienes el bautismo y el evangelio, si oyes y crees la palabra de Cristo. Si luego mantienes puro tu matrimonio, si honras a tu padre y a tu madre, etc., o sea, si obedeces gustosamente al Señor, y evitas gustosamente lo que es contrario a su voluntad: estos son entonces los frutos de tu fe.

Más si alguna vez das un traspié, esto no te infligirá un daño irreparable. Piensa en tu bautismo, refúgiate en el evangelio que te ofrece perdón y absolución, di a ti mismo: “Se me han ocurrido malos pensamientos, he caído en un pecado. Pero he sido bautizado, tengo la palabra de Dios con su promesa de remisión: esto es para mí una santidad mayor que el mundo entero con todo lo que hay en él. Cristo es mi mediador lleno de misericordia, tan misericordioso que la furia de todos los diablos que pudieran aterrarme no es más que un leve destello comparado con el fuego de su amor, nada más que una gota de agua comparada con el mar de sus compasiones. Él está a mi lado y me ayuda.” Así debemos y podemos consolarnos pensando en ese inmenso tesoro que poseemos en la palabra y los sacramentos.

5. Conclusión: Cristo es en verdad el Admirable, Consejero.

Todo esto nos enseña por qué Cristo es llamado “Admirable, Consejero”: Él quita de nuestra vista y de nuestro pensamiento toda santidad y sabiduría propias. Toda la santidad, toda la sabiduría que la iglesia cristiana posee, se basa en la palabra y en los sacramentos. Si quieres juzgar a la iglesia según .su aspecto exterior, llegarás a un resultado enteramente falso, pues verás a los cristianos como gente asustada, plagada de pecados e imperfecciones. Mas si consideras a los cristianos como gente que ha sido bautizada, que cree en Cristo, y que demuestra su fe produciendo frutos de amor a Dios y al prójimo y llevando con paciencia su cruz, entonces tu juicio será acertado. Pues éste es el distintivo en que se ha de conocer a la iglesia de Cristo. Para la razón, el bautismo no es más que agua, el evangelio de Dios no es más que un sonar de palabras. Es natural, pues, que de esta manera, despreciando la palabra y los sacramentos, la razón jamás puede llegar a encontrar y conocer a la iglesia cristiana. Nosotros en cambio, los que somos miembros de la iglesia, debemos tener el bautismo y la palabra en tan alta estima que todos los bienes y tesoros del mundo nos parezcan una nada comparados con ellos.

Haciendo esto, reconocemos correctamente a la iglesia cristiana, y nos podremos consolar también a nosotros mismos diciendo: “En mi propia persona soy un pecador, pero en Cristo, en el bautismo, en la palabra, soy un santo.”

Atengámonos por lo tanto a estos nombres: “Admirable, Consejero”. Entonces podremos hacer frente a todos los falsos maestros que vendrán. Pues no cabe duda de que después de los monjes de antaño con su falsa imagen de la iglesia de Cristo, vendrán otros, no menos perniciosos. El mundo no puede contra su costumbre: insistirá en querer retratar a la iglesia cristiana según su apariencia exterior. Sin embargo, el único retrato fiel de la iglesia es el que acabo de pintarles: el retrato en que se destacan el evangelio, los sacramentos, la fe y los frutos de la fe. El bautismo es el luminoso color blanco, la palabra y la fe son el glorioso color azul del cielo, y los frutos del evangelio y de la fe son los diversos otros colores que distinguen a los cristianos, a cada cual en su estado y profesión

[1] El porqué de esta sorprendente observación lo aclara una nota que en el Códice Nuremberguense se agrega a este sermón: Lutero pide a sus oyentes que se abstengan de toser; los que no pueden dejar de toser, que se queden en casa; y como ejemplo digno de imitación, Lutero menciona la conducta respetuosa de los turcos durante sus ceremonias religiosas (WA 34 II, pág. 516).

[2] El Evangelio para el 26 de diciembre, Día después de Navidad (y Día de San Esteban) es Le. 2:15-20.

[3] Comp. FU. 3:8.

[4] En el original: más que la espuma.

[5] El evangelio tal como lo enseñaban los reformadores.

[6] El día 25 de diciembre por la tarde, Lutero había predicado sobre

[7] 7 En la versión alemana de Lutero: Trägt = lleva.

[8] 8 Comp. Mt. 7:23. Motivo de esta autocalificación es la pecaminosidad y debilidad de que padecemos aún, a pesar de ser creyentes.

[9] Comp. 2 Co. 5:21.

[10] 10 Comp. Jn. 14:23.

[11] 11 Beata que forma parte de ciertas comunidades religiosas existentes en Bélgica (de Lambert le Begue, fundador, en el siglo xn, del primer convento de estas religiosas).