lunes, 24 de mayo de 2010

Domingo después de Ascensión.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Domingo después de Ascensión

“Cristo promete enviar al Espíritu Santo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 101º

Lección: Isaías 32:14-29

2ª Lección: 1ª Pedro 4:7-11

EVANGELIO DEL DÍA
Juan 15:26-16:4

26 Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. 27 Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio. 1 Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. 2 Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. 3 Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí. 4 Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

Sermón

Se oye decir a veces que nosotros no hablamos bastante del Espíritu Santo. Cierto día un muchacho que había terminado su orientación en las partes principales de la doctrina cristiana y estaba próximo a confirmarse, hizo esta observación:

"Me parece que nosotros no ponemos énfasis suficiente en la obra del Espíritu Santo, pues, a pesar de la crucifixión del Hijo de Dios, si no fuera por e1 Espíritu Santo, yo aún no sería salvo."

Nosotros sí hablamos del Espíritu Santo en nuestros cultos y en nuestras clases. Hablábamos del Espíritu Santo en el mensaje del domingo pasado. Hablamos del Espíritu Santo en la meditación de hoy, y hablaremos del Espíritu Santo en los siguientes tres sermones. Claro que no promulgamos a aquel espíritu que no nos viene a través de los medios de gracia, el espíritu que hace que el auditorio, altamente emocionado, pierda todo dominio sobre sí mismo y se deshaga en incontenibles gritos de aleluyas. Mas hablamos del Espíritu Santo cómo la Biblia nos lo presenta.

Falta hoy una semana para Pentecostés, la fiesta que se llama también la fiesta del Espíritu Santo. Es obvio que nuestro texto nos está preparando para Pentecostés, pues claramente nos habla del Espíritu Santo y su obra. Hablemos, pues, en esta meditación sobre el Espíritu Santo, y, usando las primeras palabras de nuestro texto, hagamos como tema de este mensaje,

CUANDO VINIERE EL CONSOLADOR.

A base de este texto, quisiéramos aprender hoy que, cuando viniere el Consolador, el Consolador dará testimonio de Cristo y, segundo, cuando viniere el Consolador, los discípulos darán testimonio de Cristo.

I

Pero ¿quién es el Consolador? La palabra griega que ha sido traducida con Consolador, significa uno que ha sido llamado al lado de uno, que ha sido llamado como ayudante o representante en una obra. Nuestro texto nos manifiesta que el ayudante en este caso es "el Espíritu de verdad".

En el siguiente capítulo leemos una vez más que el Consolador se llama "el Espíritu de verdad" (Juan 16:7.13). Se trata del Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. "El Consolador" es "el Espíritu Santo" (Juan 14:26). "El Señor es el Espíritu" (2 Corintios 3: 17).
El Espíritu Santo ha sido llamado para ser ayudante o representante de Jesús, pues Jesús lo envía a sus discípulos. En uno de nuestros sermones anteriores decíamos: "Como Jesús se va, el Espíritu viene." El Espíritu se llama "el Consolador" porque ha sido llamado para continuar la obra que Jesús había comenzado. Como Jesús ha instruido a sus discípulos, así les enseñaría el Espíritu. Como Jesús los había consolado durante tres años, así el Espíritu lo haría. Dice Jesús: "Si yo fuere, os lo enviaré" (Juan 16:7).

Nos enseña Jesús más acerca del Espíritu Santo. Nos revela que Dios Padre también lo envía, y que Jesús no lo envía independientemente del Padre, sino que lo envía en colaboración con el Padre. Nos declara Jesús en nuestro texto: "Cuando viniere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, - él dará testimonio. " Y al principio de su largo sermón declara el Salvador: "y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre" (Juan 14:16). Y repite Jesús en nuestro texto: "El Espíritu de verdad - procede del Padre. "Aquí tenemos la base escritural para nuestra confesión en el Credo Niceno: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado."

Una vez más aprendemos por qué el Padre y el Hijo envían el Consolador a los discípulos y a la Iglesia. El Espíritu se llama en la Biblia "el Espíritu de verdad". En otro texto habíamos aprendido lo mismo: "Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad" (Juan 16:13). La verdad que enseña el Espíritu es el Evangelio de nuestra salvación (Efesios 1: 13). El Espíritu Santo se llama "el Espíritu de verdad", porque nos viene por la verdad, opera mediante la verdad, dirige a la gente a la verdad y se interesa sobre todas las cosas en la verdad del Evangelio.

¿Y por qué se interesa el Espíritu sobre todo n la verdad? Es porque en la verdad, en el santo Evangelio, se encuentra Jesús, el Salvador. Dijo Jesús de sí mismo respecto al Antiguo Testamento: ''Ellas (las Escrituras) son las que dan testimonio de mí" (Juan 5:39). Asimismo todo el Nuevo Testamento se concentra en Jesús. Por tanto escribió San Pablo: "No me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1ª Corintios 2: 2). Toda la Escritura, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, habla de Cristo Salvador.

Al principio de su sermón nos decía el Salvador: "El Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho" (Juan 14: 26). En otro texto nos dijo el Señor: "El (el Espíritu) me glorificará" (Juan 16: 14). Y en nuestro texto repite el Señor: "El dará testimonio de mí. " Así vemos que el Espíritu, guiándonos a toda verdad, nos dirige a Jesucristo, apunta al Salvador. Esta es la obra, la misión, del Espíritu Santo.

Aquí en nuestro texto encontramos nuevamente la doctrina de la Santísima Trinidad. Está Dios Padre, y, colaborando con El, está su Hijo Jesucristo, y, enviado por el Padre y el Hijo para conducir al mundo a Cristo Salvador, se encuentra el Espíritu Santo. Hay, pues, las tres personas de la Trinidad, ninguna de las tres inferior a las otras, todas en el mismo nivel, todas obrando en completa armonía, todas ocupadas en una misma empresa, o sea, la salvación de nosotros, los pobres pecadores, muertos en nuestros "delitos y pecados" (Efesios 2: 1).

¿Cuándo vino el Espíritu Santo a los discípulos? Pues, vino en forma especial el día de Pentecostés (Hechos 2). Pero el Espíritu viene también en cada predicación del Evangelio, así como vino por el sermón de San Pedro el día de Pentecostés, cuando el Espíritu dio la fe a tres mil oyentes. A nosotros dice la Palabra: "(Dios) por la santificación del Espíritu y fe de la verdad, os llamó por nuestro Evangelio" (2 Tesalonicenses 2: 13. 14). Además, nos viene el Espíritu mediante el Sacramento debidamente administrado. Esto nos enseña San Pedro también en ese mismo domingo de Pentecostés: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2: 38). Así se cumplirá hasta el último día lo que nos enseña nuestro texto: "Cuando viniere el Consolador, él dará testimonio de mí (del Salvador)."

II

Ahora nos informa Jesús que, cuando viniere el Consolador, los discípulos también darán testimonio. Nos da a entender el Salvador que el Espíritu Santo inspirará a los discípulos a predicar la verdad del Evangelio, hablando en esa forma de Cristo y glorificando en su predicación a nuestro Salvador. Aquí están las palabras de Jesús: "y vosotros daréis testimonio."

Realmente estos informes no fueron nada nuevo para los discípulos, pues por mucho tiempo Jesús ya les había instruido al respecto; durante tres años los había preparado para su labor misional. Por tanto les puede recordar en nuestro texto: "y vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. "

Lo que les decía Jesús de antemano en su sermón del jueves Santo, les ordena formalmente antes de subir al cielo: "Id, y predicad el evangelio a toda criatura" (Mateo 16:15). Ahí les mandó que se hicieran heraldos del Evangelio, proclamando la venida del Salvador del mundo. En nuestro texto les dice que serán testigos de Cristo.

Diez días después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos comenzaron a dar testimonio del Salvador y a hacerse heraldos de Jesucristo. Ese día predicaba San Pedro: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36).

Así nos relata todo el libro de los Hechos que los apóstoles, "con demostración del Espíritu y de poder daban testimonio de Jesús (l Corintios 2:4). Con razón se intitula ese libro: “los Hechos de los Apóstoles”. Mejor aun hubiera sido el título “los Hechos del Espíritu Santo mediante los Apóstoles.”

Además leemos en todas las epístolas del Nuevo Testamento, cómo los apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, anunciaban la verdad del Salvador del mundo. Así leemos, por ejemplo: Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Timoteo 1: 15).

Y después, muertos todos los apóstoles y los feligreses de la iglesia primitiva, se levantaron en todas partes otros heraldos del Evangelio, y se cumplió la profecía que citaba el apóstol Pablo: Por toda la tierra ha salido la fama de ellos" (Romanos 10: 18). Y por el celo del Espíritu, el Evangelio ha llegado a nosotros radicados a miles de kilómetros de donde obraba Jesucristo, y viviendo dos mil años después de la ascensión del Señor.

Y recordando cómo Jesús honraba a sus discípulos, diciéndoles, "Como me envía el Padre, así también yo os envío" (Juan 20:21), así nos honra el Señor a nosotros en el día de hoy. Nos deja salir, aún en este mismísimo sermón, con el testimonio del Evangelio, que "es potencia de Dios a todo aquel que cree" (Romanos 1: 16).

Es un honor el poder dar testimonio de Cristo, pero ahora nos previene Jesús que en esta labor no faltarán sinsabores. Dijo el Salvador: ''Estas cosas os he hablado, para que no os escandalicéis."

En otras palabras, les comunica que van a topar con cosas que no les caerán en gracia. Les dice Jesús esto de antemano para que ellos no se ofendan ni se desanimen, ni lo abandonen. Jesús no quiere que se caigan de la fe.

En cuanto a las adversidades que les esperaban, les habla Jesús ahora con más claridad: "Os echarán de las sinagogas. " Ningún judío quería ser expulsado de la sinagoga. Los padres del ciego, al cual Jesús había sanado en el templo, temían tal desgracia: "Tenían miedo de los Judíos, porque ya los Judíos habían resuelto que si alguno confesase ser él el Mesías, fuese fuera de la sinagoga" (luan 9:22). Los expulsados de la sinagoga se desterraban de la sociedad religiosa de los judíos, y se les consideraba renegados, y aun traidores de su nación. Así es que Jesús presagia a los suyos una persecución muy penosa y humillante, al decirles: “Os echarán de las sinagogas.”

Además, la persecución que esperaba a los apóstoles en su tierra no fue instigada por los paganos, sino por los jefes religiosos de su propia raza; gentes que tenían la Biblia y la habían estudiado detenidamente, persiguieron a los que habían hallado en la Biblia a Jesús, el Salvador.

Y lo que es más aun, los fanáticos religiosos que persiguieron a los cristianos, creían hacerle un favor a Dios. Dijo el Salvador en nuestro texto: "Cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios. " Así es que el sinedrio, deshaciéndose del Salvador y crucificándolo, creía haberle dado una ofrenda al Dios de Israel.

San Pedro disculpa a los que condenaron a Cristo y dice: "Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros príncipes" (Hechos 3: 17). Así hablaba también el apóstol Pablo sobre la persecución de la cual él mismo había sido culpable: "Lo hice con ignorancia en incredulidad (1 Timoteo 1: 13). Jesús no quería, pues, que sus mensajeros odiaran a sus perseguidores, ni les guardaran rencor, sino que tomaran en cuenta: “Estas cosas os harán, porque no conocen al Padre, ni a mí.”

Los romanos también persiguieron a los cristianos, porque los consideraban traidores y enemigos de la república. Además, el celo religioso, es decir, el celo por sus propios dioses, les incitaba a atacar a los mensajeros de Cristo. Recordamos bien ese alboroto en el teatro de Éfeso y los gritos del populacho: '¡Grande es Diana de los Efesios!" (Hechos 19:28).

La persecución de los luteranos en la época de la Reforma tampoco fue provocada por los paganos, sino por el alto clero de una religión, en este caso una religión calificada de cristiana. Y la persecución de los evangélicos no terminó con la Reforma, sino que continuó por los siglos siguientes, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo Mundo. Sólo Dios sabe el número de los cristianos evangélicos que murieron por su fe en los dos hemisferios.

Y a veces hasta predicadores del Evangelio han perseguido a predicadores del Evangelio. Tal persecución tuvo que sufrir el señor Roger Williams con otros protestantes que se habían radicado en la puritana Nueva Inglaterra de Norteamérica. Así se cumplió al pie de la letra lo que Jesús profetiza la noche del Jueves Santo: ''Aún viene la hora, cuando cualquiera que os matare, pensará que hace servicio a Dios. "

Nuestro Salvador termina nuestro texto, diciendo: "Mas os he dicho esto, para que cuando aquella hora viniere, os acordéis que yo os lo había dicho, Esto empero no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros." Mientras que Jesús estaba en persona con los discípulos, no fue necesario hablar de persecuciones, pues Jesús estaba con ellos. Pero ahora los deja y vuelve a su Padre, y ellos necesitan su consuelo. Pero siempre será para ellos un gran consuelo saber: "El omnisciente Señor ya sabía de esto; nos lo ha dicho hace mucho; nada nos sorprenderá ahora, ni aterrorizará. El que nos ha dicho esto estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20). En todo esto se cumplió lo que Jesús había predicho la noche del Jueves Santo: "Cuando viniere el Consolador, vosotros daréis testimonio. "
Jesús concluye el sermón del Jueves Santo, deseando a sus discípulos la paz: ''Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz, En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). Que el Espíritu de Dios nos conceda abundantemente esta paz, en toda nuestra empresa misionera, y que Dios nunca quite de nosotros su santo Espíritu (Salmo 51:11). Amén.

Señor Dios, te damos gracias, porque nos has regalado el don de tu Espíritu Santo, el cual nos ha concedido la fe en nuestro Redentor. Santo Espíritu, mantennos firmes en esta fe hasta el fin, y concede que en la compañía de todos los santos alabemos a Dios, el Padre, Dios, el Hijo, y Dios, el Espíritu Santo, en toda la eternidad. Amén.

Sermón extraído del libro “Sermones sobre los evangelios históricos”