lunes, 31 de mayo de 2010

Domingo de Trinidad.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Domingo de Trinidad

“Dar gracias al Dios Trino”

Textos del Día:

Primera Lección: 1 Samuel 7:1-12

Segunda Lección: 1 PEDRO 1:3-9

El Evangelio: Juan 3:1-15

Sermón

Dios el Padre se acerca a nosotros por medio de su Hijo. Esta verdad se expresa hermosamente en la Segunda Epístola de San Pablo a los Corintios, capítulo 5: “Todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió a sí por Cristo: y nos dio el ministerio de la reconciliación. Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación” (vs. 18 -19).

Por medio de Cristo todas las cosas son nuestras. Todas las bendiciones que proceden del cielo son nuestras porque Dios en su amor paternal “nos reconcilió a sí por Cristo, no imputándonos nuestros pecados”. Todos nuestros pecados debieron haber sido anotados bajo nuestros nombres como deudas en el libro en que Dios lleva nuestras cuentas; pero a los que aceptan la reconciliación Dios no imputa los pecados, sino que los anota bajo el nombre de Jesucristo, que ha hecho satisfacción por ellos. Así se cancela nuestra deuda.

También es por medio del Hijo que nosotros nos acercamos al Padre. Dijo Cristo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí” San Juan 14:6. Jesús es la escalera por la cual se sube de la tierra al cielo, el único Mediador entre nosotros pobres mortales y el Dios eterno (1 Tim. 2:5; Heb. 12:24.). Es el Mediador porque es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. Si no hubiera sido hombre, no habría podido ser nuestro Substituto para cumplir la Ley.

No habría podido sufrir y morir. Si no hubiera sido el Hijo de Dios, Dios no habría aceptado su sacrificio. Pero como es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, puede ser nuestro Intercesor perfecto con el Padre.

Ahora bien, toda la obra de Dios el Padre y de Dios el Hijo no nos valdría nada si no fuera por el Espíritu Santo, la tercera persona de la Santa Trinidad. Nadie conocería al Hijo, el Camino al cielo, si no fuera por la ayuda del Espíritu. “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” 1 Cor. 12:3. En el versículo anterior a nuestro texto se nos dice que es por medio de la santificación del Espíritu Santo que llegamos a la obediencia de la fe. Mediante su obra se aplican a nosotros los beneficios de la muerte de Cristo y de esta manera somos “rociados con la sangre de Jesucristo”, es decir, lavados de todos nuestros pecados. Con la obra del Espíritu Santo se completa el círculo de nuestra salvación.

Así hemos visto, hermanos, que las tres personas de la Santa Trinidad son necesarias para nuestra salvación. Hoy, en esta Fiesta de la Santa Trinidad, al meditar sobre nuestro texto sagrado, recalcaremos

Dos Razones Especiales por las Cuales Debemos Dar Gracias al Dios Trino

1. Porque nos ha engendrado de nuevo para una esperanza viva;

2. Porque somos guardados en el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación.

1. Cuando el hombre nace, entra en un estado de ceguedad y de muerte espiritual. “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” declara la Sagrada Escritura. “Os es necesario nacer otra vez” dice Jesús a Nicodemo y a todos en el Evangelio para este domingo. “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” S. Juan 3:3.

Pero el hombre por sí mismo no puede efectuar la obra de la regeneración. Es imposible, es una contradicción, que alguien se engendre a sí mismo. De igual modo es imposible que se dé a sí mismo la vida espiritual. Por su propio poder no puede causar un cambio en su naturaleza corrupta y perversa. “¿Mudará el negro su pellejo, y el leopardo sus manchas?” Jer. 13:23. Mil veces más imposible es que el hombre se quite las manchas del pecado y se vista de la santidad.

Pero, “bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado.. .” Según su amor y compasión, y no según nuestros méritos, nos ha regenerado. Así como el profeta Ezequiel vio la resurrección de huesos secos en el campo, así el hombre, muerto en pecados, es vivificado por medio del mismo Espíritu de Dios (cap. 37). Nos hizo ver la luz de Dios. Ha dado a los creyentes una vida que no existía antes, nuevo corazón, nueva fuerza, nueva voluntad, nuevas emociones, nuevas facultades; pues “nos ha regenerado en esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”

Observad cuidadosamente: “¡Esperanza viva!”

La esperanza del incrédulo o del pagano no merece el nombre de esperanza. Su esperanza no es viva sino muerta, porque él en su persona está muerto espiritualmente. Por eso San Pablo dice que estar sin Cristo equivale a una vida “sin esperanza y sin Dios en el mundo” Efes. 2:12. Aun cuando el hombre se engaña sobre la vida venidera pensando en conceptos mitológicos como monte Olimpo, los Campos Elíseos, el Valhala, las Islas de los Dichosos, estos y otros conceptos paganos de felicidad futura se desvanecen en el momento de la muerte y se trocan en desesperación eterna. El mundo no puede decir más que: “Mientras respiramos, esperamos”; pero los cristianos pueden añadir: “Mientras expiramos, esperamos.”

Solamente a la esperanza cristiana se la puede llamar una esperanza viva, porque se basa en el Señor, que resucitó y vive. El cuerpo del Salvador había sido puesto en el sepulcro; el Autor de la vida, muerto. Pero fue imposible que fuera detenido por la muerte. Hechos 2:24. Y resucitó. Y por medio de esta resurrección somos regenerados. La resurrección de Cristo no sólo es un símbolo de nuestra resurrección espiritual, sino que es también el origen, la fuente, el poder regenerador de nuestra resurrección espiritual.

La esperanza del cristiano es una esperanza viva también porque su objeto es “una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos” v. 4. Esta herencia es lo mismo que la salvación eterna en la gloria.

En su substancia nuestra herencia es incorruptible. A dondequiera que extendemos la vista no podemos menos que observar que todas las cosas son corruptibles. Terminantemente Cristo dijo: “El cielo y la tierra pasarán” S. Lucas 21:33. Eso incluye todas las cosas materiales. Cuando el hombre muere aquí, su herencia y todas sus posesiones tienen fin con respecto a él. En cambio, la herencia celestial no está sujeta a la corrupción. Jamás se deteriora. Es indestructible, eterna, así como es eterno el Dios Trino, de quien se nos dice: “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” Salmo 90:2.

Nuestra herencia es pura y por lo tanto “no puede contaminarse”. Todo en este mundo lleva la contaminación del pecado. Todos los bienes se manchan, ya sea en la manera como se adquieren o en la manera como se emplean. La herencia en el cielo está libre y exenta de toda impureza e imperfección.

Nuestra herencia es bella y por lo tanto “no puede marchitarse”. El gozo de este mundo no es permanente. ¡Qué pronto nos cansamos de los placeres terrenales y buscamos otros! Todos los gozos aquí son como la flor del campo que nace, crece, pero pronto pierde su frescura, se seca y muere. Los gozos de la gloria jamás perderán su excelencia porque no están sujetos a la influencia mutable de este tiempo.

Nuestra herencia es segura y por lo tanto “está reservada en los cielos”. En el mundo los tesoros, aunque se guarden en la caja más fuerte, no están seguros. Advierte Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan” S. Mateo 6:19-20. De estas palabras de Jesús podemos concluir que en el cielo hay absoluta seguridad. Nadie puede cruzar la sima que hay entre el mundo y el cielo para apoderarse de nuestra herencia. Nadie puede arrebatarnos nuestra gloriosa salvación.

2. Además, el apóstol afirma en nuestro texto que nosotros mismos “somos guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud”. Es la segunda razón por la cual en esta ocasión debemos dar gracias al Dios trino.

“Guardados” es un término militar. Somos guardados de todos nuestros enemigos, tales como el diablo, el mundo y nuestra propia carne. ¿Quién podría resistir los ataques de estos tres enemigos mortales si no fuera por el poder de Dios? No hay duda de que nuestros hermanos pueden orar por nosotros, fortalecernos, amonestarnos; y los ángeles de Dios pueden protegernos en nuestros caminos. Pero hay necesidad de un poder mucho mayor que el del hombre o de ángel, a saber, la omnipotencia de Dios. Y esa omnipotencia jamás nos abandona.

Eso es cierto especialmente en tiempo de pruebas. “Estando al presente un poco afligidos en diversas tentaciones, si es necesario.” “Tentaciones” significa pruebas. El hecho de que somos cristianos no indica que estamos libres de toda forma de tribulación. El texto nos advierte que las tribulaciones son “diversas”, así como es diversa o diferente la individualidad de cada cristiano.

Por supuesto, las tribulaciones nos causan aflicción, pero realmente duran poco tiempo. ¿Qué son unos pocos años en comparación con la eternidad? Testifica San Pablo: “Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” Romanos 8:18.

Según el texto, sufrimos solamente “si es necesario”, es decir, solamente si Dios en su sabiduría lo considera provechoso. Estas pruebas son para nuestro bien. En realidad no son causa de tristeza, porque redundan en nuestro beneficio. Consideremos el ejemplo de Abraham. ¡Qué intensas fueron sus pruebas! No fue fácil obedecer a aquel mandato de Dios: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” Gen. 12:1. Por largos años esperaba la promesa de un hijo, simplemente porque Dios le había dicho: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” Gen. 12:3. Y qué prueba cuando Dios le dijo: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moría, y ofrécele allí en holocausto” Gen. 22:2.

San Pablo resume la fe ejemplar de Abraham en las siguientes palabras: “Él creyó en esperanza contra esperanza, para venir a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que le había sido dicho: Así será tu simiente. Y no se enflaqueció en la fe, ni consideró su cuerpo ya muerto (siendo ya de casi cien años), ni la matriz muerta de Sara. Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza; antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo” Rom. 4:18- 21. Y en Hebreos 11, el capítulo que habla de la excelencia de la fe, leemos: “Por fe ofreció Abraham a Isaac cuando fue probado, y ofrecía al unigénito el que había recibido las promesas, habiéndole sido dicho: En Isaac te será llamada simiente; pensando que aun de los muertos es Dios poderoso para levantar; de donde también le volvió a recibir por figura”17-19.

Igual debe ser la salida de nuestras pruebas. Así Dios a veces pone nuestra fe en el crisol de la aflicción con el propósito de ayudarnos. El resultado es mucho más satisfactorio que la prueba a que es sometido el oro para ser refinado. El oro no permanece. Siempre queda corruptible. Está expuesto a gastarse. Pero una fe probada es mucho más preciosa, más durable, de mejor calidad y será “hallada en alabanza, gloria y honra” v. 7 a la segunda venida de Jesucristo. Dios mismo, en presencia de todos los incrédulos y calumniadores que se burlaron de nuestra fe, reconocerá nuestra fe pública y abiertamente.

Por lo tanto, hermanos, permanezcamos fieles a Jesús. Es cierto que nadie de nosotros ha visto al Salvador con sus ojos físicos; sin embargo, le amamos. “Al cual, no habiendo visto, le amáis”.

Estamos ligados a Él por un amor constante y durable que no se basa en simple emoción, sino en el conocimiento y la experiencia diaria. Y lo alcanzamos por medio de la fe. “En el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis” v. 8. La fe es la mano que recibe lo que Cristo nos ha conseguido por medio de su sacrificio.

Desde luego, no debemos menospreciar los medios que Dios nos ha dado, los cuales son su Evangelio y los Sacramentos. Al afiliarnos como miembros a nuestra querida Iglesia, solemnemente aceptamos como Palabra revelada de Dios todos los libros de la Santa Biblia y confesamos por verdadera la doctrina de la Iglesia Evangélica Luterana, tomada de estos libros sagrados. Prometimos, con la ayuda de Dios, continuar constantes en la confesión de esta Iglesia y sufrir todo, aun la muerte misma, antes que apostatar de ella. Prometimos por la gracia de Dios conformar toda nuestra vida con la norma de la Palabra divina y andar como es digno del Evangelio de Cristo y permanecer fieles al Dios Trino hasta la muerte. Luego sellamos nuestra promesa delante del altar del Señor dando la mano al pastor y, arrodillados, recibimos la bendición de nuestro Salvador.

A vosotros, que leéis estas líneas hoy afirmáis vuestro voto. Solamente el todopoderoso Dios pudo guardaros hasta esta fecha. Con San Pablo debe decir cada uno: “Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo, por vuestra comunión en el Evangelio, desde el primer día hasta ahora; estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filip. 1:3-6). Es casi lo mismo que San Pablo expresa en el versículo 9 de nuestro texto: “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de vuestras almas”. Aquí tenemos la promesa de la Palabra infalible. Dios nos guardará fieles hasta que obtengamos el objeto y la meta de nuestra fe, o sea, la salvación de nuestras almas. Y no queda excluido nuestro cuerpo.

En el día postrero el mismo Jesucristo que resucitó de entre los muertos se manifestará también como el Salvador de nuestro cuerpo, y lo reunirá con el alma por toda la eternidad.

Una vez que hayamos pasado a la gloria eterna ya no habrá necesidad de fe y de esperanza, porque la salvación es el fin, el objeto final de nuestra fe. Veremos a Cristo como Él es. 1 S. Juan 3:2. Entonces nos alegraremos con “gozo inefable y glorificado” v. 8. El lenguaje humano no puede describir la gloria eterna y los gozos perpetuos de la vida venidera. Éstos sobrepasan todas las expresiones humanas. Nuestro gozo hallará expresión en jubilosos cantos de aleluya.

Aun ahora podemos en cierta medida regocijarnos, porque anticipadamente, por la fe, experimentamos un inmenso júbilo espiritual.

Por lo tanto, durante toda nuestra vida demos gracias al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia Incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos para nosotros que somos guardados en la Virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo.” Amén.

Bernardo J. Pankow. Pulpito Cristiano.
Adaptado por Gustavo Lavia.