domingo, 20 de junio de 2010

4º Domingo después de Trinidad.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Capacitados para Juzgar en Jesús”

Textos del Día:

Primera Lección: Números 6:22-27

Segunda Lección: Romanos 8:18-23

El Evangelio: Mateo 7:1-6

Mateo 7:1-67:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.

Sermón

Nuestro texto dice: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

Nuestro Señor está refiriéndose a ese pecado tan común que cometemos contra el mandamiento que reza: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo”. Todos sabemos por experiencia personal que nuestra naturaleza humana es muy pecaminosa en este sentido; pues siempre que pensamos en nuestro prójimo, lo juzgamos de acuerdo con nuestros pensamientos pecaminosos.

Nuestros juicios son siempre malos al juzgar a otros. Lo peor de esta situación es que al juzgar nosotros a otros, siempre pensamos en nuestro yo, en mí, en mi yo y en mi persona. Nos ponemos nosotros mismos como el centro de nuestros juicios, como la persona “perfecta” y “capacitada” para juzgar a los demás. Al hacer esta clase de juicios que menciona el Señor Jesús en nuestro texto, nos olvidamos que lo más difícil para el hombre es conocerse a sí mismo. La opinión que tenemos de nosotros es que somos mejores que los demás. Por supuesto, nuestra conciencia nos acusa de pecado; pero a pesar de eso, siempre pensamos que nosotros somos mejores que los demás. Para conocernos a nosotros mismos, es necesario vernos en el espejo de la Ley divina. La Ley de Dios nos dice qué somos, quiénes somos y cómo somos; pero lo que es más, nos dice cómo quiere Dios que seamos. Con la ayuda de Dios, veamos en nuestro texto qué nos enseña Dios cuando nos dice: “NO JUZGUÉIS”

1. Sobre el juzgar mismo;

2. Sobre la paja en el ojo;

3. Sobre lo Santo y las Perlas.

I. SOBRE EL JUZGAR MISMO

A. “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” Dios nos ha dado el pensamiento para entender; también nos ha dado la facultad de poder distinguir el bien del mal, el error de la verdad, aunque sea en una forma natural y relativa; también nos permite que formemos nuestros juicios sobre todas las cosas y también sobre las demás personas. Por medio de nuestros juicios naturales podemos distinguir a unas personas de otras y de esta manera podemos ver el carácter de nuestros niños y sus inclinaciones naturales, para distinguirlos de los demás. Así que si Dios nos da esta virtud de nuestros pensamientos, de hacer nuestros juicios sobre las personas y las cosas, para distinguirlas debidamente, no es posible que Él nos prohíba tales juicios, tal juzgar. No; Dios no prohíbe el juzgar y el juicio natural sobre las personas, sino más bien, Él nos enseña en este texto que no juzguemos injustamente, que no juzguemos de mal corazón. Quiere decir que no dejemos que nuestro corazón pecaminoso nos incline a juzgar siempre mal a los demás.

B. Dios nos conoce a perfección. En su Palabra nos presenta como a los más grandes pecadores:
“No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (Romanos 3:10 -12).

Por esta misma causa, Dios sabe que la tendencia de nuestros juicios siempre es mala, siempre es exagerada, precisamente, por la raíz del mal que está en nuestro corazón.

El corazón humano es malo y engañoso, y de él emanan todos los malos juicios que hacemos contra nuestro prójimo: “Del corazón salen los malos pensamientos”. (Mateo 15:19).

C. Por este mismo motivo Dios dio al hombre el mandamiento que dice: “No hablarás falso testimonio contra tu prójimo.” Éste es el mismo sentido de las palabras de nuestro Señor Jesucristo en nuestro texto. Nuestro Catecismo Menor lo explica muy correctamente, en la parte prohibitiva del mandamiento, y dice: “¿Qué nos prohíbe Dios en el Octavo Mandamiento? Dios nos prohíbe no sólo todo falso testimonio ante un tribunal, sino todos los conceptos y palabras contra nuestro prójimo que procedan de un corazón engañoso.” Sí, todos nuestros juicios malos y sin amor cristiano, que salgan de nuestro corazón engañoso, es lo que Cristo nos prohíbe, porque al hacerlo, nosotros mismos nos estamos condenando. Mayor juicio recibiremos los que juzgamos sin piedad.

Nuestro Juzgar Sano

A. Dios nuestro Señor Jesucristo aprueba nuestros juicios sanos y justos, como Él nos lo ordena en el Cuarto Mandamiento.

En el Cuarto Mandamiento Dios nuestro Señor ha ordenado autoridades sobre nosotros, para que juzguen, con juicio justo y sano, que a Él le agrada: “Juzga justicia y el juicio del menesteroso” (Levítico 19:35-36; Romanos 13:1).

B. Los cristianos debemos juzgar a los que cometen escándalo en la congregación cristiana y no lo quieren quitar. Así nos lo enseña nuestro Señor Jesucristo en San Mateo 18:15 -17, y en 1º Corintios 5:13.

C. Resumiendo. Hemos estudiado estas palabras de Jesús, y vemos que Él nos enseña que no juzguemos de mal corazón; sin embargo, Él autoriza en el Cuarto Mandamiento y en otras partes de su Palabra el juzgar justa y correctamente, de acuerdo con el espíritu de su Palabra.

II. SOBRE LA PAJA EN EL OJO

“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”

A. Después que nuestro Señor Jesucristo habla sobre el juicio sin amor cristiano, pasa inmediatamente a referirte al pecado que cometemos con frecuencia.

Así como somos dados a juzgar sin piedad a nuestro prójimo, y esto lo podemos hacer en nuestro corazón sin proferir palabra, también tenemos el hábito innato, propio de nuestra naturaleza pecaminosa, de pecar con nuestros ojos. Los ojos miran con la codicia que está en nuestro corazón; porque ya hemos dicho que del corazón proceden todos nuestros pecados, ya sean los pecados de nuestro juicio maligno, como los pecados de nuestra mirada codiciosa y sensual.

B. El ejemplo que usa nuestro Señor Jesucristo es muy claro y vivo; pues dice que por qué miramos “la paja”, o sea cualquier cuerpo insignificante que penetra en el ojo de nuestro prójimo.

Se refiere a la prontitud con que miramos las pequeñas faltas de nuestro prójimo.
Siempre estamos dispuestos a notar los defectos de otros. Y muchas veces no solamente vemos lo que es la realidad en nuestro prójimo, sino que vemos más de lo que es, o vemos diferente de lo que es la realidad; pero al ver y mirar las faltas del prójimo, lo aumentamos de tal manera une vemos con la mirada y las ojos del pecado que está en nuestro corazón. En efecto, el hecho de ver los pecados más pequeños de nuestro prójimo, para censurar a éste, no es otra cosa que el misino puesto de juzgar siempre mal a los demás. Nuestro Señor Jesucristo por medio de este ejemplo: “ver la paja que está en el ojo de tu hermano”, nos enseña con la mayor claridad nuestra naturaleza pecaminosa y siempre pervertida, que está pronta a ver y descubrir el mal en otros.

Pero esta misma tendencia y debilidad humana, de ver la “paja” en el ojo ajeno, es prueba evidente de la corrupción de nuestra naturaleza. Si, el mal está en el corazón humano y este mal es profundo, innato, y propio de toda la naturaleza humana, desde la raída de Adán. Todo lo que hacemos los humanos es expresarlo por medio de nuestros sentidos, el pensamiento, el juicio, la voluntad, el ojo, el oído, etc. El apóstol San Pablo, pensando en esto mismo, es decir, el mal que hay en nosotros, exclama: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”

C. Éste es el pecado que Cristo critica en la gente de su tiempo, con esta enseñanza de ver la paja en el ojo del hermano. Éste era el pecado de los escribas y fariseos de hace dos mil años. Pero éste es el pecado de hoy día; éste es también nuestro pecado; ésta es también la condición de nuestra gente de nuestro siglo, y será también el pecado de toda la gente futura de nuestro mundo.

D. “¿... y no echas de ver la viga que está en tu ojo?” Cristo presenta en seguida el ejemplo de “la viga que está en tu ojo”... en relación con la “paja” que vemos en el ojo del hermano. De esta manera nos enseña lo poco que pensamos en nuestras propias faltas, lo poco que nos ocupamos en nuestros propios pecados; somos ciegos para ocuparnos en nosotros mismos; muy poco, o casi nunca, máxime en tratándose de inconrversos, se preocupa el hombre de su propio corazón, de su conciencia, de su relación con Dios.

Y, ¿por qué? Cristo dice que a causa de la “viga” que está en tu ojo.
Esta “viga” que está en mi ojo es tan grande que no me deja verme a mí mismo; y sin embargo, tiene la propiedad de convertirse en un lente de gran aumento, cuando se trata de ver la “paja” en el ojo del hermano.

E. Esta “viga” es lo contrario de la “paja”. La viga es un cuerpo mil veces más grande que la paja.

Todos debemos pensar en la viga que está en nuestro ojo, y esta viga, nuestra naturaleza pecaminosa, solamente el Señor Jesucristo puede quitarla o extirparla de nuestro ojo. Pidamos a Dios que, por su Hijo Jesucristo, nos saque tal viga. Que Jesucristo nos perdone todos nuestros pecados, que son tal viga, y tenga piedad de nosotros, para no llevar la maldición de nuestro Señor, que dice: “¡Hipócrita! echa primero la viga de tu ojo, y entonces mirarás en echar la paja del ojo de tu hermano.”

F. Recordemos que solamente Cristo, el verdadero Dios y hombre, padeció y murió en la cruz del Calvario para cumplir la Ley por nosotros y para expiar nuestros pecados. Dios envió a Cristo para salvar al pecador, y por lo tanto, Él es el único que purifica nuestros juicios, echa la paja y también echa la viga de nuestros ojos. Dios nos muestra el pecado por medio de su santa Ley, “porque por la Ley viene el conocimiento del pecado”, Romanos 7:7. Así que tanto la “viga” de mi ojo, como la “paja” del ojo do mi hermano, es decir, nuestra naturaleza pecaminosa, fue perdonada por Cristo mediante su muerte. Él es tu Redentor y el mío y el de toda la humanidad.

III. SOBRE LO SANTO Y LAS PERLAS

A. “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos.”
Pasando al tercer pensamiento de nuestro texto, podemos ver que Jesús se dirige aquí especialmente a sus discípulos, a los convertidos; es decir, a los que ya reconocen su doctrina como la verdad de Dios; a los que ya creen que Cristo es el verdadero Hijo de Dios, el Mesías prometido al mundo y que vendría a aplastar la cabeza de la Serpiente. “Lo santo” y “las perlas” se refiere precisamente al santo conocimiento del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; es todo el conocimiento que nos da la Biblia acerca de la santa Ley de Dios y del precioso Evangelio de la gracia salvadora de nuestro Señor Jesucristo, por medio de su humillación, en todos sus padecimientos, sus torturas indecibles, o expresado en otras palabras: su sacrificio expiatorio para la salvación de los pecadores. Todo este amor de Dios comunicado al pecador por medio de su santa revelación, es lo que nuestro Señor da a entender por “lo santo”, “vuestras perlas.”

B. En realidad, las cosas divinas son santas, sagradas y más valiosas que todas las joyas de este mundo. Las cosas de este mundo, como las perlas y los diamantes y todas las demás joyas, son perecederas; pero las enseñanzas de la Ley de Dios y de su santo Evangelio, son eternas, jamás perecen, jamás terminan. Todas las enseñanzas divinas y los santos Medios de Gracia que Dios nuestro Señor Jesucristo nos ha dejado en su Iglesia, son cosas santas y perlas celestiales, para la salvación eterna de nuestras almas inmortales.

C. Notemos que nuestro Señor habla de los “perros” y los “cerdos.” La palabra “perros” se refiere a los que han oído la Palabra de Dios, que se les ha predicado el mensaje de salvación para el perdón do los pecados mediante la fe, por la gracia de Dios en nuestro Señor Jesucristo; que se les ha llamado a creer el mensaje de la salvación para que sean librados del infierno, que es la muerte eterna y la maldición de Dios sobre todos los pecadores. Pero a pesar de todo esto, permanecen endurecidos, duros de cerviz e incircuncisos de corazón; rechazan intencionalmente el llamamiento de Dios, y hasta se burlan del Salvador. Estos son “perros” y “cerdos” que, hundidos en el lodo de su maldad y de su condenación, desprecian el mensaje de Dios nuestro Señor, y el amor de Dios nuestro Padre celestial, que por amor ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Sí, ésos son los perros y los cerdos que ya no merecen que se les siga predicando la Palabra de vida, porque ya están completamente muertos en sus “delitos y pecados.” Es por esta razón que nuestro Señor dice: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos; porque no las rehuellen con sus pies, y vuelvan y os despedacen.”

D. Muchas personas creen que nuestro Señor Jesucristo se refiere a los gentiles cuando habla de los “perros”, porque así solían los judíos apodar a los gentiles. Y que cuando habla de los “cerdos” se refería a los judíos endurecidos que rechazaron su Evangelio salvador; porque el judío consideraba el puerco como animal inmundo, y hasta se prohibía a los judíos la cría de cerdos.

Por lo que se cree que nuestro Salvador consideró como “cerdos” a los judíos que no aceptaron su mensaje de salvación, y que lo despreciaron hasta el extremo de considerarlo como diabólico. El Señor llamó, pues, “cerdos” a tales judíos porque a ellos el Evangelio salvador de la gracia de Dios (perlas celestiales de gran valor) ya no se les debía presentar o predicar.

E. Nuestro Señor trata severamente a todos los pecadores que desprecian el Evangelio y endurecen su corazón al mensaje de su divina gracia en Cristo Jesús Señor nuestro. Éstos son los “perros” y los “cerdos.”

CONCLUSIÓN

I. El Juzgar:

A. Hemos hablado de lo que enseña nuestro Señor Jesucristo sobre el “juzgar” a los demás, y ya
hemos entendido que Él no nos prohíbe el juzgar de acuerdo con el Cuarto Mandamiento; sino que lo que prohíbe es el juicio malicioso y sin amor cristiano. Porque el que, desprovisto del amor de Dios, juzga a su prójimo, se hace merecedor también del justo juicio de Dios; aún más, porque al no considerar que él también es pecador, se convierte en juez de los demás.

B. También hemos visto que es una de las flaquezas de la naturaleza humana el juzgar a los demás; que toda persona y aun el cristiano ya maduro en las cosas del reino de Dios, tiene que estar en vela, porque su viejo Adán esta pronto a juzgar a los demás, olvidándose de su propios pecados.

El viejo Adán que está en el hombre le aconseja de continuo a que juzgue a los demás y que piense que él, el hombre mismo, es mejor que todos los demás.

C. Solamente con la ayuda del Espíritu Santo podemos vencer la inclinación pecaminosa de juzgar a los demás. Solamente el Cristo que mora en nuestro corazón nos puede hacer entender que debemos abandonar ese pecado, y vernos a nosotros mismos; juzgarnos a nosotros mismos, de acuerdo con la Ley de Dios que es nuestro freno, espejo y regla, por cuyos medios podemos descubrir cuan pecaminosos somos, y pedir perdón a Dios nuestro Señor y humillarnos para andar con Él. Dejemos a Dios que juzgue todas las cosas, porque Él es el Juez de los vivos y de los muertos y Él dará a cada cual su pago.

II. La Paja

A. En esta forma ilustra nuestro Señor el pecado que cometemos con nuestros ojos, al mirar, al ver; porque siempre estamos viendo los defectos de los demás, pero nos olvidamos de ver los nuestros. Nuestros ojos están prestos para ver los defectos de los demás, para ver las faltas más pequeñas, o inventar con la propia imaginación de nuestra vista los pecados de los hermanos.

Éstas son las “pajas” que siempre estamos contemplando en los ojos de los hermanos y de todo nuestro prójimo. “Hipócrita”, dice el Señor, “echa primero la viga que está en tu ojo, para que después puedas decir a tu hermano: Deja echar la paja que está en tu ojo.”

B. De esta manera ilustra nuestro Señor, repetimos, este pecado para que todo el mundo lo vea claramente y lo corrija. Este pecado es consecuencia de la codicia que está en nuestro propio corazón. Todos, absolutamente todos, tenemos esta tendencia de ver la “paja” y pasar por alto la viga de nuestro propio ojo, o sea el hecho común de pasar por alto nuestros propios pecados para ver los ajenos.

C. Pidamos a Dios que nos dé su Espíritu Santo para poder deshacernos del pecado de ver las faltas de los demás y pasar por alto las nuestras. Que Dios nos permita examinarnos a nosotros mismos y ocuparnos en nuestra propia salvación, para ver en nuestro prójimo sus virtudes y buenos hábitos y ver todo con amor fraternal, como Dios nos lo manda.

III. Lo Santo y las Perlas

A. También hemos estudiado que nuestro Señor, al mencionar “lo santo” y “vuestras perlas”, se refiere a su santa Palabra, su Ley y su Evangelio. Su Palabra es verdaderamente “santa” y sus dichos son más valiosos que el oro, por muy puro que sea. Así, pues, debemos considerar siempre las cosas de Dios, y especialmente su Palabra que se nos enseña y predica, como cosas “santas” que nos dan la salvación eterna de nuestras almas inmortales. La Palabra de Dios es las “perlas” que deben adornar nuestra vida. No debemos despreciarla nunca, para no convertirnos en “perros”, o en “cerdos.” Que Dios nos haga sabios en su Palabra. Amén.

F. S. F.

Mateo 7:1-6
7:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.
7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.