miércoles, 28 de julio de 2010

6º Domingo después de Trinidad.

“Muertos, pero al pecado”


Textos del Día:

Primera Lección: Rut 1:1-18

Segunda Lección: Romanos 6:1-11

El Evangelio: Mateo 5:20-26

Sermón

Ha llegado el verano, tiempo de relax y distención, de descanso y desconectarnos de muchas cosas que nos han agobiado a lo largo de este año. Somos buenos en buscar actividades para lograr estas cosas. Pero hay algo en lo cual muchas veces no somos muy buenos. No somos muy buenos en “ser buenos”. Como luteranos muchas veces nos aferramos y mantenemos fuertes y firmes en la enseñanza de que somos salvos por la gracia a través de la fe en Cristo y no por las obras. Pero somos tentados, y en muchas oportunidades caemos en ella, en hacer un énfasis sobrenatural en la parte que decimos y afirmamos el “no por obras”, y así nos desligamos u olvidamos hacer las buenas obras para las cuales fuimos creados. En ocasiones podríamos recibir el mote de “los escogidos inmóviles” olvidándosenos de tratar a otros con bondad, compasión y amor con el cual fuimos tratados. A menudo nos enredamos en divisiones, discusiones, rencores y cotilleos, en vez de buscar la unión en el amor construyendo relaciones y trabajando para ser reconciliadores. Demasiadas veces hablamos, confesamos y vivimos nuestro cristianismo los domingos por la mañana. Abundan nuestros pensamientos e intenciones piadosas cuando estamos sentados en la iglesia. Pero durante la semana emprendemos nuestros negocios como siempre, con poco o ningún pensamiento acerca de Dios o del tipo de vida que deberíamos vivir.

Pablo dice, “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” En otras palabras, usaremos el perdón gratuito de nuestros pecados como una licencia para pecar libremente. Acaso es nuestra inmunidad diplomática, a fin de que cada vez que seamos atrapados por el pecado sacamos nuestra tarjeta “de gracia” y decir: “¡No Importa! ¡Estoy recubierto de Cristo! ¡Puedo hacer cualquier cosa que quiera y aún así seré perdonado!”

Podemos arrepentirnos de esa clase de actitud en esta mañana de domingo. Pero algunas veces, no pocas, actuamos de ese modo. Cuando nos damos cuenta de que pecamos, podemos encogernos de hombros como quien dice “y bueno de cualquier manera voy a pecar”. Decimos una pequeña oración pidiendo perdón y luego vamos por la vida como si nada ocurriese. Pero podemos hacer lo mismo nuevamente en cuestión de días, horas o aun en minutos, sin el menor remordimiento.

En lugar de relajarnos y distendernos, deberíamos trabajar duro para evitar pecado. Deberíamos poner nuestra mente, cuerpo y alma en contra cometer cualquier pecado. En lugar de indiferencia, deberíamos oponernos con nuestras fuerzas al pecar.

Pablo dice, “consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Como Cristo murió una vez al pecado, nunca morirá otra vez, lo mismo pasa contigo y conmigo. Ya hemos muerto al pecado y nunca más sucederá otra vez.

Tu y yo hemos sido unidos muy estrechamente con Cristo, de tal manera que Su muerte es nuestra muerte. Su vida es nuestra vida. Así que tu y yo vivimos una vida prestada.

La fecha de tu muerte hacia el pecado fue la fecha de tu bautismo. Esa es también la fecha de tu nuevo nacimiento a una nueva vida. En el mismo momento en que el agua y la Palabra te tocaron, el Espíritu Santo te unió a la muerte de Jesús, 2.000 años atrás, cuando Él murió sobre la cruz en el monte Calvario. Allí tu pecado fue crucificado en los clavos de esa cruz. Tú has muerto con Cristo y nunca tendrás que morir otra vez.

El Espíritu también te levantó a la vida en el bautismo. Así como has sido ligado con su muerte, también has sido relacionado con la Resurrección de Cristo en día de Pascua. Allí has sido vuelto a la vida para Dios, vida resucitada y otorgada que nadie puede quitar, no puede el diablo y todo su poder, ni todas sus estrategias.

Así es que Pablo dice: “vosotros consideraos muertos al pecado”, piensa acerca de ti mismo como una nueva criatura que fue creada y pertenece a Dios.

Qué sucede cuando en nuestra vida aparece la tentación. Imagina una gran tentación, una en la cual has caído antes y que probablemente caerás otra vez tarde o temprano. Recuerda que no eres esclavo del pecado y que ya has muerto al pecar por medio de Cristo en el bautismo, recordarás que el pecado no tiene verdadero poder sobre ti. Eres libre del poder del pecado. La tentación no es un poderoso y horrible monstruo que nadie puede vencer. No, la tentación ha sido derrotada y debilitada, porque tu vida está en Cristo. Acordarse de que en Cristo has sido hecho una nueva criatura ayuda a oponerse a la tentación.

Si vemos las tentaciones a las cuales somos sometidos podemos decir que “la tentación se ve muy bien y apetecible”. Es así, por supuesto que esto es un engaño. Si no se viese bien, no sería tentación.

Pensemos acerca de un esclavo que ha sido liberado de su amo. El antiguo amo le dice: “¿Porqué no regresas conmigo y haces todo el trabajo que te ordene que hagas? Vive como un esclavo otra vez”. ¿Qué esclavo en su sano juicio regresaría a la situación de servidumbre? Tendría menos sentido si el amo le siguiera ofreciendo la misma comida de esclavo y una fosa dónde dormir solo para seducirle, sólo un esclavo loco regresaría.

Cuánto deberíamos evitar volver a nuestro viejo amo, el pecado, un amo ofensivo que promete buenas cosas, pero que al fin solo da sólo dolor y muerte. La tentación te promete que las cosas irán bien y tendrás placer y felicidad. Esto lo hace por la razón de que el pecado intenta introducir en ti la muerte. Para alimentar a alguien con una píldora tan amarga, es necesario cubrirlo con una capa de azúcar. Así es que las tentaciones se presentan para ser saboreadas de manera dulce, hasta que se muestra la realidad de su amargura que conduce a la muerte.

La buena noticia es que has sido liberado de la muerte. Ya no tiene sentido seguir alimentándose y entregándose a una muerte azucarada, de tentaciones que se conocen las consecuencias y de pecados que no nos ayudan en nuestra relación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.

Debemos recordar que hemos sido bautizados en Cristo y que por esto hemos muerto al pecado. Si recuerdas que Cristo te ha hecho suyo y que perteneces a él en su muerte y resurrección, entonces esto te ayudará a oponerte a la tentación.

Una cuestión a tener presente es que el poder a hacer las cosas de mejor manera en tu vida no viene de tus energías. No proviene de tus fuerzas. No viene de ti en absoluto. Viene del Espíritu Santo trabajando en ti a través de la Palabra de Dios. Si quieres hacer las cosas de una mejor manera en tu vida (todos los cristianos deberíamos desearlo), necesitamos mantenernos oyendo o leyendo la Palabra a fin de que al Espíritu le sobren oportunidades para trabajar en nosotros, en nuestro carácter, en nuestra manera de pensar, de ver las cosas.

Lutero escribió en el Catecismo Menor que es bueno cada mañana hacer la señal de la cruz para recordarnos a nosotros mismos que somos hijos de Dios porque Dios así lo prometió en nuestro bautismo. Esta es una buena práctica, porque somos humanos pecaminosos y en materia espiritual nos pasa lo que hace referencia una publicidad de coches, “tenemos memoria de pez”.

Nos olvidamos con facilidad las Palabras y promesas del Señor, distorsionamos la imagen del Dios verdadero y nos construimos un dios a nuestra imagen, semejanza y caprichos. También escribió Lutero que cada vez que lavemos nuestro rostro hagamos memoria de nuestro bautismo, recordando de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos.

Esto no quiere decir que necesites probar cuán duro eres y cuánto te protege Dios de caer en las tentaciones. Pablo dijo que él todavía no hacia todas las cosas buenas que quería hacer. Todos los cristianos mientras estemos en este mundo somos todavía pecadores y quedaremos así hasta el día de nuestra muerte física.

Necesitamos estar atentos y prestar atención en nuestras vidas el no permitirnos tomar como excusa el perdón para permitirnos vivir en pecado. Necesitamos estar atentos y despabilarnos contra las acostumbres de nuestros propios errores y comodidades de los pecados que nos son cotidianos y continuos, porque una vez que el pecado se vuelve común en nuestras vidas el siguiente paso es el de olvidar qué tan valioso es nuestro Salvador. Si piensas que no tiene importancia si pecas aunque sea con un pecado pequeño e insignificante, entonces la Cruz es nada, ya no tiene sentido en tu vida. Que Dios nos prevenga de esto.

Por esto es necesario en todo tiempo y lugar recordar lo qué Cristo ha hecho por ti y por mi. Su muerte por tus pecados, hace que estés muerto al pecado. ¿Qué puede hacer un muerto? ¡Nada! En un tiempo, estabas muerto en el pecado. No podías hacer nada para agradar a Dios. Ahora también estás muerto, pero muerto hacia el pecado. Un cadáver no puede pecar, no puede hacer nada, está muerto. Solo yace en algún sitio inmóvil. Estás muerto hacia el pecado. Los pecados que cometes están completamente cubiertos por la sangre de Cristo. Cada transgresión es quitada de ti y remitida a la cruz. En Cristo, eres perfecto, puesto que su sangre te limpia de tu condición de pecador. El pecado no tiene fuerza para acusarte y condenarte ante Dios. No te puede destruir. No te puede arrastrar a la ruina del infierno. Porque en Cristo eres limpiado de todos ellos.

En tu bautismo has muerto al pecado y has sido vivificado. La paga de pecado es la muerte y Cristo te ha liberado del pecado. Así es que la muerte no te puede reclamar. Perteneces a Alguien que es más fuerte que la muerte. Has sido comprado no con oro o plata, sino con la santa y preciosa sangre de nuestro Señor Jesucristo, para que seas suyo y le sirvas en su reino.

Cuando nos encontramos haciendo exactamente las cosas que sabemos que los cristianos no hacen, vemos nuestra debilidad, vemos nuestra necesidad de mantenernos mirando hacia nuestro Señor y depender de su misericordia. Pero también vemos por qué vino Jesús, por qué fue tratado así por los escribas y los fariseos. Por qué fue colgado en una cruz, por qué fue abandonado por Su Padre, el por qué tuvo que morir y finalmente por qué tuvo que resucitar de entre los muertos. También es el por qué nos da la Santa Cena como un Sacramento a ser celebrado en todas las oportunidades posibles, a fin de darnos la seguridad y vincularnos una y otra vez con su muerte y resurrección de entre los muertos, para el perdón de nuestros pecados y seguridad de nuestra vida eterna.

Ésta es nuestra esperanza, nuestra confianza. La descripción que Jesús da en la lectura del Evangelio no siempre nos describe. De hecho, realmente nunca lo hace. Pero esta descripción describe a Jesús y por su gracia y su misericordia, otorgadas en nuestro bautismo, allí se ve como

Si nos describe. Así es, como según nuestra fe, no entramos al reino de los cielos, sino que somos introducidos por la obra de Cristo en la cruz.

Ese mismo Jesús se presenta en la Santa Cena, para darte su cuerpo y su sangre para el perdón de pecados. Así que podemos regocijarnos y celebrar que la justicia superior nos es otorgada por medio de Cristo. Estimados vivamos en los caminos del Señor sabiendo que hemos sido perdonados de todos nuestros pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo.


Romanos 6:1-11¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.