martes, 5 de abril de 2011

4º Domingo de Cuaresma.

Dios rompe las leyes de nuestra naturaleza

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Oseas 5.14-6.2

Segunda Lección: Romanos 8.1-10

El Evangelio: Mateo 20.17-28

Sermón

INTRODUCCIÓN

Hay leyes que se pueden romper y otras que no puedes infringir. Por ejemplo, no debe, pero puede romper el nuevo límite de velocidad. Puede no cumplir la ley del cinturón de seguridad, incluso, si se lo propone, puede estacionar donde no está permitido, pero no puede romper las leyes de la naturaleza, y no importa cuánto se esfuerce en ello. No puede caminar sobre el agua. Se ha logrado extender la longevidad de las personas, pero todavía no se ha descubierto la manera de derrotar a la “ley de la muerte”. El hombre todavía no ha encontrado la manera de romper con la ley de la gravedad.

Dios, por supuesto, no tiene ningún tipo de problemas con estas leyes. En la Biblia se nos relata como Dios rompió algunas leyes de la naturaleza cuando hizo que el sol se detuviera (Josué 10:12-14). Jesús también rompió una serie de leyes de la naturaleza, como por ejemplo cuando caminó sobre el mar de Galilea. En su resurrección de entre los muertos, fue contra la ley de la vida y la muerte y seguramente se rompió la ley de gravedad cuando ascendió al cielo.

En la lectura de la carta a los Romanos, Dios rompe con algunas “leyes de la naturaleza”. Rompe dos leyes que parecen inmutables, inalterables e inquebrantables. Leyes que para nosotros son imposibles de romper pero para Dios no.

La ley natural del pecado y la muerte:

Si hay algo que nos une a los humanos, es que tanto los sabios como a necios, ricos y pobres, del norte o del sur, tenemos el 100% de probabilidades de morir. No creo que podamos vencer estas probabilidades. De hecho, nadie cree que no va a morir. Todo el mundo entiende que es una parte natural de la vida. La muerte es sólo una ley de la naturaleza. Aunque en realidad la muerte no estaba contemplada en el plan original de Dios. La idea de Dios fue que la tasa de mortalidad fuera del 0%. Pero el pecado entró en el mundo y con él la muerte. Es por eso que Pablo menciona la “ley del pecado y la muerte”. El pecado y la muerte son inseparables. Pablo describe exactamente la forma en que están vinculados al escribir a principios de Romanos, “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). El pecado es la causa, y la muerte es el efecto. En otra parte de Romanos pone “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).Así como hay una ley natural, que hace que al soltar una patata se caiga al suelo, también hay una ley de Dios que dice que aquellos que han pecado deben recibir la muerte. Pero no sólo estamos hablando de la muerte física sino que aquí también estamos hablando de la ley que declara la muerte del alma, de la muerte eterna.

Estamos sujetos a la ley del pecado y la muerte. Porque el pecado está en tu vida y en la mía somos culpables ante Dios. Estamos vinculados al pecado y también a la muerte. Esto se ha convertido en una ley de la naturaleza para nosotros, que simplemente no podemos romper. No podemos quitar nuestros pecados y por lo tanto no podemos quitar la muerte, física o eterna de nuestras vidas. No podemos escapar de la condena que nos espera.

De acuerdo con la ley del pecado y la muerte, nos espera una condena por cumplir. Sin embargo, Pablo comienza la lectura, “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. ¿Qué condena nos espera? Pablo dice: “No hay condena...” Eso suena como si Dios hubiese roto una de las leyes de la naturaleza del pecado y la muerte. Dios nos exige la perfección. Es evidente que no hemos sido perfectos. Él dice que la paga del pecado es la muerte y la condena eterna. Sin embargo, nos asegura que no hay condenación para nosotros. ¿Cómo puede ser eso?

A pesar de romper una ley natural, Dios no ha comprometido su santidad o su justicia. Pablo escribe: “lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”. La paga del pecado sigue siendo la muerte. Pero, como se nos recuerda en esta Cuaresma, Dios pagó el precio del rescate con la vida de Jesús. Pablo dice que mediante el envío de su Hijo como sacrificio por el pecado, Dios condenó al pecado en el hombre pecador. Dios no cambió su justicia. La condena no cayó sobre nosotros, sino en Jesús.

La ley de la condena no ha cambiado. Tampoco lo hicieron las demandas de Dios a la santidad. La ley fue impotente para lograr nuestra santidad debido a la debilidad de nuestra naturaleza pecaminosa. Jesús nos da su santidad, Él guardó la ley perfectamente y fue castigado en nuestro lugar.

La ley del pecado y la muerte dicen que debemos ser condenados, pero Pablo escribe: “No estamos bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). La antigua ley era una ley de pecado y muerte, pero la gracia, del Espíritu da vida, la fe en Jesús, obrada por el Espíritu Santo, dice que para aquellos que están en Cristo Jesús, para los que creen en él, no hay condenación.

Dios rompe la ley de la mente pecadora. Seguramente sabes lo difícil que es cambiar la forma de pensar de algunas personas ¿no? Algunas personas creen que sus ideas son prácticamente leyes inamovibles, que no hay manera de cambiarlas. De hecho, es como si fueran incapaces de pensar de otra manera. Tú y yo somos así.

Nuestra mente no quiere sujetarse a la manera de pensar de Dios, sino que quiere inventar su propio camino, sus propias ideas al respecto de Dios y de cómo establecer una buena relación con Él. Por naturaleza somos incapaces de hacer otra cosa que no sea contradecir a Dios.

Pablo nos describe cuando escribe “los que son de la carne piensan en las cosas de la carne… Porque el ocuparse de la carne es muerte…”. Allí nos damos cuenta de que ha habido momentos en los que nuestra naturaleza pecaminosa nos gobernó, cuando fue una “ley” para nosotros que nos llevó a querer agradar a Dios con nuestras propia ideas corruptas. Sin embargo, Pablo escribe: “Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”

La buena noticia es que no estamos gobernados por nuestra naturaleza pecaminosa. Esa ley natural, que siempre nos trae pensamientos pecaminosos y nos hace vivir en pecado, la ha roto la presencia del Espíritu Santo. Tan cierto como Dios el Padre envió a su Hijo a romper la ley del pecado y la muerte, es que el Espíritu Santo obra en nuestros corazones y mentes y rompe la ley de la naturaleza pecaminosa. Es como si Dios hubiese realizado un trasplante de cerebro o personalidad en nosotros o un trasplante de actitud.

Después de ver lo que Dios ha hecho por nosotros, después de ver cómo ha roto la ley del pecado y la muerte y la sustituyó por la santidad, la justicia y la vida de Cristo, después de escuchar ese mensaje, después que Dios genera la fe, nuestra mente cambia.

¿Qué tan completa es la transformación que ha tenido lugar? Se puede ver en la palabra “ocuparse” que implica “poner el corazón en algo”. Esto indica un cambio completo, no sólo en las acciones, sino también en voluntad y en mente.

Ahora puedes ver las cosas de otra manera y vivir según “el Espíritu de Dios”. Vemos la riqueza de la vida no como algo con que alimentar los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa, sino como algo con que alimentar los deseos del Espíritu de Dios que vive en nosotros. Nuestros deseos seguirán siendo hostiles a Dios, incluso negándose a someterse a Dios. Pero debido a que confiamos en que Dios ha roto la ley del pecado y la muerte, nuestro deleite está en servir a Dios y a nuestro prójimo.

Ahora vemos de manera diferente la Palabra de Dios. Considerando que la intención de nuestra carne es la de evitar en lo posible obedecer a Dios, ahora a medida que “somos controlados por el Espíritu” queremos más y más que el Espíritu trabaje en nosotros a través de su Palabra e invertimos más y más tiempo con la Palabra, ya sea en la iglesia o en nuestras casas. Al vivir nuestra fe nuestras vidas parecen estar violando las leyes de la naturaleza.

Conclusión. Existen algunas leyes que simplemente no podemos romper, como la ley de la gravedad. Tampoco podemos romper la ley del pecado y la muerte. Pero Dios en su amor por todos y cada uno de nosotros la ha roto medio del sacrificio de Cristo. Este Sacrificio nos llega por medio del Bautismo, la Palabra y la Cena del Señor. Allí Dios nos dice “no temas tus pecados te son perdonados por la pasión, muerte y resurrección de Jesús”. Dios nos concede su Espíritu Santo, para que podamos alabarlo por romper la ley del pecado y la muerte. En Dios vivimos con una mente “controlada por el Espíritu”, una mente de “vida y la paz”.

Atte. Pastor Gustavo Lavia