lunes, 28 de marzo de 2011

3º Domingo de Cuaresma.

La luz de Cristo resplandece en la oscuridad

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Isaías 42: 14:21

Segunda Lección: Efesios 5:8-14

El Evangelio: San Juan 9:1-41

Sermón

INTRODUCCIÓN

Vivir a oscuras y a tientas no es una sensación que la mayoría de nosotros experimentemos ya que tenemos vista e incluso si estamos en la oscuridad le damos a un interruptor y se enciende la luz. Pero hoy Jesús no sólo nos muestra como curó a un ciego de nacimiento, sino que también nos habla de cómo cura la ceguera espiritual con la que todo ser humano nace. Cristo es quien te convierte de tinieblas a luz 1ª P. 2:9

La culpabilidad: Jesús va al encuentro de un ciego de nacimiento y sus discípulos, como tantas veces nosotros hacemos, buscan un culpable para responder a la pregunta: ¿Por qué Dios ha castigado a ese hombre? Las dos opciones que contemplan son: El pecado de sus padres fue castigado con la ceguera de su hijo, cosa descartada en 2 R. 14:6 y Ez. 18:20, o lo que aún suena peor, dado que el ciego lo era de nacimiento y su pecado antes de nacer era improbable, es que en sus mentes se cruzase alguna doctrina como la de la reencarnación (karma) y que el ciego estuviese purgando pecados de vidas pasadas. Esto es probable ya que en el mediterráneo había afluencia de infinidades de ideas. Sea como sea, lo cierto es que estas doctrinas ajenas al Evangelio se cuelan en nuestra mente y sirven de coartada para justificar nuestro estatismo, inoperancia y falta de compromiso para con los demás: “si las cosas son así, por algo será”. En este sentido la doctrina calvinista de la doble predestinación, que por una bendita contradicción no es anunciada en toda su pureza, es muy perniciosa, ya que un predestinado a condenación no tiene opción y a un predestinado a salvación nada hará cambiar su destino.

Los discípulos buscaban un culpable, ya que lo justo era que se pagase la pena. Es muy humano buscar culpables, deslindarnos de responsabilidades y desentendernos del asunto, pero Cristo rompe con ello y nos dice que las cosas son así para que la obra de Dios se manifieste. Ya no es un destino fatalista intocable, sino una posibilidad abierta de cambio. Muchas veces los discípulos confundimos el hecho de tener que llevar nuestra cruz, y de aceptar las cosas como vienen de Dios, con desidia malsana, dejando al pobre en su pobreza, al afligido en su angustia y al incrédulo en su incredulidad. Pero Cristo vino a buscar lo perdido, a dar luz en la oscuridad, a perdonar los pecados y a amar en medio del odio. Él se manifiesta como el Dios de lo posible, el Dios que utiliza la ceguera y la oscuridad como plataforma para obrar. La ceguera ya no es un fin sino un medio. Tú debes plantearte la vida como una posibilidad. No te amedrentes ni te dejes envolver por la pasividad y la indiferencia. Cristo convierte un tortuoso ¿Por qué sucede esto? O ¿Quién es el culpable? En un glorioso ¿para qué? Y la evangélica respuesta nos llena de esperanza y paz: ¡para que las obras de Dios se manifiesten en él! Esto cambia todo, ya que desde la perspectiva de Cristo hay un propósito evangélico: “todo sucede para bien de los que aman a Dios”. Un cambio es posible, si el cambio lo genera la palabra de Cristo.

De esta manera enseñó Jesús a sus discípulos a nos descartar a nadie ni a ninguna situación, ya que son oportunidad para que “la obra de Dios se manifieste”. Y con esta idea en mente Cristo nos llama a aprovechar el tiempo, a trabajar por la causa del evangelio mientras hay luz, a predicar el evangelio que da vista a los ciegos mientras tengamos oportunidad ya que cuando venga la noche, nadie podrá trabajar más. En esto se ocupó Cristo hasta su muerte y así lo aprendieron y lo hicieron también sus discípulos.

Un ciego de Nacimiento: Cuando uno nace ya con ceguera es porque hubo algo en el proceso de formación que no anduvo bien. Cristo tenía poder para cambiar realidades físicas y aún lo tiene. Pero Él no ha venido específicamente a solucionar problemas físicos sino más bien a resolver un problema mucho más grave que a través de milagros como el del Evangelio de hoy quiere traernos a nuestra mente. Y esto es que todos somos ciegos de nacimiento y, si bien es por el pecado de nuestros primeros padres que se nos trasmite esta ceguera, esta realidad Cristo la quiere y puede cambiar. La humanidad nace ciega, y Cristo vino a darnos vista.

La ceguera La ceguera nos priva de ver la realidad tal cual es. La ceguera de este judío le impedía tener una vida plena y adecuada a los estándares normales de su época. Incluso no podía entrar en el atrio de templo. Estaba marginado y condenado a la mendicidad. Era así y todos lo asumían sin ningún problema. De vez en cuando le daban alguna limosna para cumplir con sus obligaciones, pero nada más. Sin embargo Cristo viene a él, se interesa por su situación y la cambia. Así también la ceguera espiritual te margina de una vida plena de perdón, paz y amor en el reino de Dios. Pero debes dar gracias a Dios porque Cristo también se acercó a tu vida con su palabra vivificante para darte la fe que te hace ver las realidades celestiales aún si tus ojos físicos fallan.

La fe en Cristo nos hace ver. Jesús ve al ciego de nacimiento y sin mediar palabra alguna, escupe en el suelo, hace barro y se lo unta en sus ojos. Irineo, padre de la iglesia, vio en este acto una manifestación de Cristo como el Dios Creador de Gn. 2:7. Pero más allá de este peculiar método, sabemos que fue la Palabra de Jesús la que envió a este hombre a lavarse en el estanque de Siloé, que significa “enviado”, y allí, al tomar contacto con las aguas del “enviado”, y por su mandato, recobró la vista. Así hace Cristo con nosotros, también ciegos de nacimientos e incapacitados de ver a Dios, cuando a través de su Palabra nos envía a las aguas bautismales a curar nuestra ceguera. Es Dios quién une su palabra al agua dotando a este sacramento de poder para abrimos los ojos a la fe. Ese fue el milagro de tu vida. Las aguas de tu bautismo dónde Cristo te envió a lavarte son fuente de fe y vida ¡ayuda y anima a otros a ir a esas aguas! Esa es nuestra misión, ese es nuestro trabajo. Enviar a los ciegos a dónde Cristo nos envió: Palabra y Sacramentos, ya que allí hay luz, perdón y vida.

La confesión Las preguntas o “interrogatorios” son inevitables y forman parte del método que Dios usa para dar a conocer sus obras. Tus vecinos, familiares, colegas y amigos comienzan a ver algo raro y a preguntarse ¿Qué le ha pasado a este? ¿Por qué ve todo con los ojos de la fe? ¿Es el mismo que conocíamos? El ex ciego es interpelado por los fariseos y él no huye sino que confianza “yo soy aquel ciego de nacimiento”, “yo soy aquel mendigo” como le gustaba decir a Lutero, y con eso señala a Cristo como aquel que cura la ceguera. Confesar al Salvador significa confesar mi incapacidad de salvarme, sólo ahí damos toda gloria a Dios que hizo lo que tu ni nadie podía remediar. El que era ciego ahora ve y es un “nuevo hombre”, tanto que los fariseos dudaban de quien era. Puede que estar en boca de los demás por tu fe te incomode, pero también debes ver esto como ocasión para dar a conocer a aquel que hace al ciego ver la hermosa vida que nos fue dada por la fe: a Cristo.

Los problemas que acarrean ver a través de la fe en Cristo. Nunca antes hubiese pensado el ciego que lograr la vista le traería tantos problemas en su entorno. Se vio inmerso en un ambiente hostil de luchas vanas, cuestionamientos e incredulidad, y puede que se preguntase ¿valió la pena ver? Lo mismo les pasa a muchos que llegan a conocer la paz verdadera en las doctrinas de Cristo pero la presión social los asusta. El acoso anticristiano, anti bíblico y quizás, según en qué ambientes también, anti luterano infunde miedo y algunos prefieren desistir. Al ex ciego lo expulsaron de la sinagoga por confesar a Cristo y eso significó ser excluido del sistema socio religioso, pero para él valió la pena. Los que buscan popularidad a través de Cristo confunden el camino. La gloria y el honor no es algo que el cristiano tiene que esperar de este mundo. Ni siquiera Cristo logró que el mundo le glorificase, menos aún lo conseguirán sus discípulos. Sin embargo para el ciego no hubo nada en este mundo que igualase el ver a Cristo y experimentar su misericordia, ya que como luego diría Pablo “cuantas cosas eran para mi ganancia las he estimado perdida por amor de Cristo” Fil. 3:7 El ciego pudo ver a Dios, su verdad, su amor y perdón, puedo ver a Cristo como su único Señor y Salvador, y adorarle. Su vida se lleno de sentido y propósito, y si bien no todo fue color de rosas, ahora podía ver y seguir a Cristo, su Salvador.

Cristo es la Luz aún cuando no sea reconocido: ¿Cómo es que un ciego puede ver por la Palabra de Cristo? Eso es increíble a nuestra razón. Ahí ocurre un milagro y se requiere fe para reconocer a quien puede hacerlo posible. Los fariseos ante la evidencia deciden desechar al ciego y con él a Cristo. Los que pretendían tener la concesión del uso de Dios no sabían de Jesús, eran ciegos y no podían ver al Hijo de Dios. Y el hombre ciego los confronta con ello: “eso es maravilloso, que vosotros no sepáis de donde sea, y a mí me abrió los ojos”.

El juicio de Cristo a quienes se arrogan el derecho de juzgar por encima del mismo Dios es fuerte. Y es doblemente grave ya que presumen ver y hablar en nombre de Dios cuando lo que hacen es justamente oponerse a Él, porque son ciegos que pretender guiar a otros ciegos. El texto del evangelio termina con esa condena: “Si fuerais ciegos no tendrías pecado; más ahora decís: Vemos, vuestro pecado permanece”. Demos gracias a Dios que nos ha hecho ver nuestra ceguera y nos ha dado la vista de la fe a través de Cristo.

CONCLUSIÓN

La luz nos muestra las cosas y su ausencia las oculta. Ver o no ver marca la diferencia en nuestra vida. Cristo es la luz y es quien da vista a los ciegos. En su Palabra y Sacramentos está el poder que el Espíritu Santo usa para obrar el milagro de la conversión. No temamos y confesemos abiertamente a quien ha abierto nuestros ojos. Veamos las posibilidades, porque Dios quiere seguir dando vista a través del anuncio de su Evangelio. Amén.

Pastor Walter Daniel Ralli