miércoles, 2 de marzo de 2011

8º Domingo después de Epifanía.

“Cristo, el Dios a quien servimos”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Isaías 49: 13:18

Segunda Lección: 1ª Corintios 4:1-13

El Evangelio: San Mateo 6:24-34

Sermón

Las crisis, necesidades y aflicciones parecen acentuarse en esta época. Da la sensación que nuestro gran y único problema en este mundo se llama dinero. Si lo tenemos somos felices y estamos en paz, si no lo tenemos, mal asunto. Por él luchamos día a día, porque la vida sin dinero no se concibe. Nuestra dependencia a él es tal que podemos amarle desmedidamente ¿Qué no hacemos los humanos por poder y riqueza? Podemos envidiar, odiar, robar, estafar, sacrificar nuestros hijos y familia, e incluso matar. Desde un gobernante hasta el menor de los empleados tiene en su interior un afán por rendirse ante las promesas de felicidad que nos dan las riquezas.

Pero ahora estamos en época de crisis y eso nos sacude. Y me pregunto ¿Cuál es nuestra verdadera crisis? Quizás, el “dios y señor” en quien depositamos nuestra confianza haya demostrado ser un timador de almas. Quizás nuestra crisis no radique tanto en que tenemos menos poder adquisitivo, sino en que confiamos nuestra vida en el dios “mamón” y su promesa efímera de paraíso terrenal y ahora estemas desilusionados, amargados, perdidos como ovejas sin pastor. Porque quizás, y eso espero, nos hayamos dado cuenta que por servir a las riquezas hemos dejado de servir a Dios, porque algo hay claro: no se puede servir a los dos.

Pero quien ha seguido fiel a Dios a pesar de los buenos momentos económicos vividos, ahora también pasará en paz las malas rachas, con resignación cristiana, pero sobre todo con confianza y esperanza, no en los sistemas económicos, que son endebles, sino en Cristo Jesús, Señor nuestro. Y no es que sirviendo a Cristo tengamos más dinero, no, sino que en Él tenemos vida, perdón y paz para vivir en este mundo con mucho o sin nada, ya que en Él aprendemos como el Apóstol Pablo a vivir en la abundancia o en la escaseces “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Filipenses 4:11-13

Porque puede incluso que Dios considere que una época de “vacas flacas” no nos vengan mal para fortalecer nuestra fe, para templar nuestro espíritu, para reafirmar el amor a Dios sobre todas las cosas y a pesar de todas las cosas. Para quedar sólo pendientes y prendidos de las promesas de nuestro Señor y Salvador. Para reenfocar nuestra vida, y replantearnos las prioridades. La biblia nos enseña que en muchas épocas el pueblo de Dios atravesó momentos de dificultad económica, incluso de necesidad extrema, pero Dios nunca los abandonó, y como oímos hoy en Isaías 49:14, el Señor nos reafirma contundentemente: “Yo nunca me olvidaré de ti”.

Cristo pone las cosas claras

Fidelidad, esa es la palabra oportuna. O confías en la fidelidad de Dios todopoderoso que está por encima de todo, que es dueño de las riquezas de este mundo y que te ha prometido que nunca te faltará nada de lo que él crea necesario y pertinente para ti en el momento oportuno, o confías en el poder temporal y cíclico de las riquezas y buscas tu seguridad y bienestar en ellas. No hay medias tintas: o Dios o las riquezas. Esta claridad con que Jesús presenta este tema transversal de vida cristiana puede producir resquemor. Parece demasiado categórico, cosa que hoy no se ve con agrado. En los tiempos que corren preferimos ser más flexibles, navegar a dos aguas, “surfear las olas” como se dice, estar por encima del bien y del mal. Hemos perdido como sociedad aquella costumbre de amar lo claro y atenernos a las reglas de juego: “Todo es negociable, todo es relativo”.

Pero el primer mandamiento nos dice: “no tendrás otros dioses delante de mí”, y esto implica que Dios es el primero en mi escala de valores. Nada, incluso ni yo mismo, está por encima de Dios. Debemos huir de creernos más de lo que somos, porque como dice Pablo: “¿Quién te distingue? ¿o qué tienes que nos hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿Por qué te glorias como si no lo hubieras recibido?” 1ª Co. 4:7. El Señor pone las cosas claras, y marca las prioridades de esta vida. Primero el Señor, Él es quien cuida de nosotros: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien… si Dios es por nosotros ¿Quién en contra?” Ro 8:28 y 31

¿Servir a las riquezas?

Nuestro afán de acumular bienes donde la polilla corrompe y los ladrones roban, hace que sirvamos, sin a veces percatarnos de ello, a las riquezas. Ellas pueden poseer nuestro corazón, anhelos, proyectos, pensamientos, generando ambiciones desmedidas y trabajos infatigables. Pueden esclavizarnos a su servicio, haciéndonos postergar cosas de fundamental importancia como el propio Dios, la familia o la vida congregacional y ¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? Mt. 16:26.

Y sé que no siempre es fácil distinguen entre velar responsablemente por nuestras necesidades ganándonos el pan con el sudor de nuestra frente y el afanarnos por acumular riquezas para tener el granero a reventar y sentirnos seguros, en paz y relazados por ellas y en ellas. Un buen principio a valorar es el que nos ofrece el apóstol Pablo: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. 1ª Ti. 6:6-10

Cristo quiere que confiemos en él y le sirvamos

No solo de pan el hombre vivirá sino de toda palabra de Dios”, “Busca primeo el reino de Dios y lo demás será añadido”, “donde esté tu tesoro estará tu corazón”, “No os afanéis por vuestras vidas, qué habéis de comer o beber”, son frases que resuenan en nuestra mente, pero no siempre encuentran un espacio para alojarse en nuestro corazón y desde allí dirigir nuestra vida. La ansiedad puede asaltarnos y tomar el control de nuestra vida. La desesperación resultante es consecuencia de no poder controlar las cosas y situaciones. Queremos tener todo bajo control y no siempre nos basta saber que Dios es el “piloto”. A menudo decimos creer en Dios pero no nos creemos realmente quien es éste Dios ni las promesas que nos hizo. Somos débiles y desconfiamos. No cerramos los ojos del todo sino que dejamos uno entreabierto por las dudas. Dios es el Señor del universo. ¿Creemos realmente que en su mano está “el poder y el dar poder a todos”? ¿Creemos que servimos al Rey de reyes y Señor de Señores”.

Cristo prefiere que le sirvamos a Él y no a la riquezas, porque afanarnos y angustiarnos por los tesoros de este mundo es vano y sutil porque ¿Quién podrá añadir un codo a su estatura? ¿Quién podrá estirar un día más su vida? Si todo cuanto tenemos es prestado porque estamos de paso y somos ciudadanos del cielo, porque invertir nuestra vida afanosamente y llenarnos de ansiedades por lo que Dios se encarga de velar y cuidar.

No hablamos de apostar por la patética “teología de la prosperidad”, la cual pide que demuestres el nivel de tu fe a través de tu cuenta bancaria. Eso no es Palabra de Dios. Tampoco hablamos de fomentar la desidia, apatía o abandono, ni es un llamado a la pobreza. Es un llamado a priorizar la confianza en Dios sobre todo. Hablamos de confiar nuestras vidas, venga como venga la cosa, en Dios y por lo tanto descansar en paz aún en medio de la tormenta. ¡No desesperemos! Nuestro Dios es el que abre el mar en dos si hace falta para que pasemos por medio, el que hace salir agua de una roca, el que multiplica los panes, el que hace que nunca se acabe el aceite de la tinaja. No es que con Dios vamos a tener mucho, sino que con él nunca nos faltará nada.

¿Cuánto vale tu vida? ¿Cuánto vale tu alma?

“Mirad las aves en el cielo”. Cristo reafirma que tu vida vale mucho más que la ropa o el alimento que puedas comprar o almacenar. Porque por tu vida Cristo vino a derramar su sangre. Vales tanto para Dios que el pagó el precio de tu rescate a un alto precio. No malvendas tu vida por baratijas superfluas, por afanes pasajeros. Cristo nos ha hecho ricos, nos ha saciado, nos ha vestido con ropas de justicia en nuestro bautismo, nos lava constantemente de nuestros pecados y culpas, y nos alimenta con su palabra y sacramento. Él nos colma de vida en el sentido más profundo ¿Qué no nos dará si no nos negó ni a su propio hijo? No te aflijas, tu vida vale mucho para Dios. Él está contigo. Él conoce tus necesidades y te dará todo lo que realmente necesites.

CONCLUSIÓN

Las crisis son una oportunidad para detenernos y restablecer o fortalecer nuestras prioridades como individuos y familia ¿a quién queremos servir? ¿En quién confiamos? Hoy puedes reafirmar y confesar como lo hizo Josué diciendo: “Yo y mi casa serviremos al Señor” Josué 24:15 Hoy puedes revisar tu vida y decir junto al salmista: “Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila”. Salmo 103:2-5. Hoy es un nuevo día que Dios te permite vivir y en él puedes confesar con David “El Señor es mi pastor, nada me faltará” Salmo 23:1. Hoy es un nuevo día de gracia donde Cristo te ofrece su perdón. Créele y vive por fe.

Pastor Walter Daniel Ralli