domingo, 13 de marzo de 2011

1º Domingo de Cuaresma.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a

La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17


1º Domingo de Cuaresma - Ciclo A

“Con Cristo hay victoria sobre la tentación”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 13-03-2011
Primera Lección: Génesis 2:7-9, 15-17; 3:1-7
Segunda Lección: Romanos 5:12 (13-16) 17-19
El Evangelio: San Mateo 4:1-11
Sermón
INTRODUCCIÓN
Entre las experiencias difíciles que los cristianos vivimos en esta vida, hay una que siempre experimentaremos de forma reiterada: la tentación. Ser tentados en el sentido cristiano, es ser inducidos a violar la Ley de Dios, a incumplirla. En este proceso de ser tentados, se dan dos elementos necesarios: por un lado nuestra naturaleza caída, débil y tendente al pecado, y por el otro la acción de un inductor, en la figura de Satanás. Vencer la tentación o caer en ella es el resultado de nuestro afianzamiento en la Palabra de Dios. Cristo se aferró a ella y venció llegado el momento. ¿Estamos nosotros preparados para esta lucha?
En el principio, la tentación
La tentación implica un proceso sutil, psicológico, y que conlleva un profundo conocimiento de la naturaleza humana y sus debilidades. Y nadie mejor que Satanás para conocer nuestros puntos débiles, y para saber explotarlos. Todo empieza muchas veces de forma simple e inocente, con un simple pensamiento aparentemente sin importancia, o quizás con una duda o una pregunta. Al igual que un espía en territorio enemigo se camufla para pasar inadvertido, la tentación llega bien equipada para confundirse con nuestros miedos o deseos.
Aquél día Eva fue un blanco fácil, y no tuvo conciencia de que con la pregunta que Satanás le planteaba se iniciaba la caída de toda la humanidad, de toda su descendencia: “¿Conque Dios os ha dicho...?” (Gen.3:1). Así, sutilmente, se iniciaba una conversación catastrófica para nosotros. La duda sobre la veracidad de la Palabra de Dios fue sembrada en nuestro corazón, e inmediatamente otros elementos anidaron en él. Lo que Dios había prohibido para nuestro bien, pasó a ser algo apetecible y sobre todo codiciable:
“Y vió la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar sabiduría” (v6). Después de esto, el alargar la mano y comer del fruto prohibido era una fácil decisión. Puesta en duda la Palabra de Dios, el hombre se dejará guiar por su propio criterio, por sus propios intereses, aunque la cuestión aquí es, ¿de verdad es nuestro propio criterio el que prevalece?
Un inductor nunca trata de imponer su voluntad, pues su fín no es ser reconocido como el autor de una idea o acción. Normalmente su fín es mucho más importante, y por eso permite que aparentemente tengamos la sensación de que somos nosotros los que controlamos la situación, los que decidimos nuestro destino. Pero Eva y todos nosotros después de ella, experimentamos la amarga realidad: fuera de la voluntad de Dios, no hay más voluntad que la de Satanás. En sus manos somos como marionetas, y sin el escudo de la fe y “la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Efes.6:17), la derrota está asegurada. El fín de Satanás es pura y simplemente arrebatar a Dios nuestras almas, y si para ello tiene que permitir que ni siquiera lo reconozcamos como una realidad en nuestras vidas, sin duda lo hará. El anonimato es su mejor arma, su camuflaje casi perfecto. Desenmascararlo no es tarea fácil a veces, y sólo sabiendo cómo actúa podemos estar alerta ante sus ataques.
Cristo resiste la tentación por nosotros
Jesús pasó la prueba de la tentación de manera notable. El Espíritu lo llevó al desierto (Mat.4:1), y allí Satanás se cebó con Él de muy diversas maneras. Aún así, Cristo no sucumbió, y aunque su victoria estaba asegurada, las tentaciones a que fue sometido fueron reales. Tan reales como sus padecimientos en la Pasión. Si Jesús hubiese cedido ante la tentación, todo se habría acabado para nosotros.
Usando la definición que Lutero hizo respecto a las formas en que Satanás nos tienta, podemos ver claramente en el Evangelio, cuáles son las técnicas que el maligno usa y cómo las usa. En primer lugar se nos presenta como un tentador “tenebroso”, es decir, explota nuestras carencias, temores, debilidades, miedos, necesidades. En estos elementos, es fácil conseguir la victoria incluso en la almas más fuertes, pues ante situaciones límite, el hombre puede ser llevado con facilidad a romper la voluntad de Dios, a pasarla por alto, e incluso a renunciar a su propia fe. Jesús llevaba cuarenta días y cuarenta noches sin tomar alimento, y en su humanidad padecía el ataque terrible del hambre ¿Qué cosa sería más fácil para Jesús que convertir las piedras en pan? (v3). Sin embargo la respuesta de Cristo reivindica la Palabra como alimento principal del hombre, pues “¿De qué le sirve al hombre salvar su vida si pierde su alma?” (Mat.16:25).
En segundo lugar llega el ataque del tentador “luminoso”, es decir, aquel que explota nuestras seguridades, nuestras fortalezas, aquello por lo que creemos estar firmes. ¿Estás seguro de estar justificado ante Dios?, bien, entonces este pequeño pecado no puede dañarte ¿Crees tener una fe inquebrantable?, perfecto, quizás entonces puedes prescindir de leer con frecuencia la Palabra de Dios o participar de los Sacramentos. Al fín y al cabo ¡estás tan ocupado y tienes tantas obligaciones! Bueno nos sería recordar las palabras del Apóstol Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1ª Cor.10:12). En el caso de Jesús, Satanás trató de tentarlo en la seguridad de que era el Hijo de Dios, y de que Dios nunca lo abandonaría (v6). Es más, ¡para ello no dudó siquiera en usar la mismísima Palabra de Dios para confundir a Jesús! Vemos pues que este enemigo es todo un maestro del engaño. Aún así de nuevo la Palabra (Escrito está), fue la mejor defensa contra este ataque (v7).
Finalmente, cuando todo lo anterior falla, Satanás ataca a la desesperada, como tentador “divino”. Aquí se muestra con su verdadera cara, ofreciendo aquello que más podemos anhelar o desear. Hay tantas cosas en este mundo material que atraen al ser humano, que el repertorio de tentaciones es enorme: fama, poder, riquezas, influencia, y un larguísimo etcétera. Y nos induce a creer que está en su mano dárnoslas, atribuyéndose a sí mismo las características de un dios, de alguien con poder de darnos o quitarnos lo que se le antoje. Ahora sí busca ser adorado (v9), pero en realidad busca algo peor: que retiremos nuestra adoración al único Dios verdadero, dueño de la vida y la muerte, y de todo lo que poseemos. “Vete Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y al él solo servirás” (v10). Aquí Jesús llama a Satanás por su nombre, pues como tentador “divino”, es como lo reconocemos plenamente y sin dudas. Es así como muestra su verdadero e inequívoco rostro.
Adán y Cristo, el pecado y la victoria para la justificación del hombre
Desde la caída de Adán y Eva hasta la victoria de Cristo en la cruz, hay toda una historia de salvación. Un plan de Dios para rescatar al hombre de las tinieblas, y sacarlo de la perdición. “Por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Rom.5:18). Estas palabras deben servirnos de gran consuelo en nuestra vida, y afianzarnos en la seguridad de que en la Cruz fuimos constituidos justos por la sangre de Cristo. Pero sabemos que la lucha no ha terminado, pues aunque la batalla ya está ganada, aún nos queda resistir los últimos coletazos del maligno, en su intento desesperado de llevar de nuevo a la oscuridad de la desconfianza a los hombres y mujeres de fe. Este es el león rugiente del que nos advierte el Apóstol Pedro (1 Pe 5:8), que anda buscando nuestras debilidades, seguridades o deseos para, por medio del engaño y la manipulación, hacernos tropezar. Nuestra mejor defensa es una que ha sido probada con éxito, que no tiene defecto, que no puede ser vencida: la Palabra de Dios. Jesús la usó y venció, y nosotros la tenemos disponible en los medios de gracia: Palabra y Sacramentos. No hacer uso de ella es para el creyente, ser un blanco fácil, como lo fue Eva, y arriesgarse a ser el objetivo indefenso de un enemigo que es el maestro por excelencia en el arte de la tentación. Y sabiendo que el fín de la misma es la perdición de nuestra alma, ni más ni menos, ¿por qué correr este riesgo?
CONCLUSIÓN
Hemos iniciado en esta semana la Cuaresma, con el ritual de la imposición de las cenizas en nuestra frente. Caminamos pues hacia la Cruz de Cristo, tomando conciencia de nuestra debilidad, de nuestra dependencia de Dios en nuestras vidas, y de que peregrinamos hacia el reencuentro junto a Él en la vida eterna. Mientras tanto, en este caminar, la tentación será una constante que padeceremos, pero siguiendo el ejemplo de Jesús y afianzados en la poderosa Palabra de Dios, podremos vencerla con el auxilio del Espíritu Santo. Invoquemos pues con el salmista, el auxilio de Dios en esta tarea de resistir la tentación: “De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor oye mi voz; Estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica” (Salmo 130: 1-2). Que así sea, Amén.

    J. C. G.      
Pastor de IELE