sábado, 21 de enero de 2012

3º Domingo después de Epifanía.

“El tiempo se ha cumplido”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Jonás 3: 1-5, 10

Segunda Lección: 1 Coríntios 7: 29-31, (32-35)

El Evangelio: Marcos 1:14-20

Sermón

Introducción

Las tres lecturas de hoy, tienen dos aspectos comunes entre ellas: la llamada y el tiempo para responder a la misma. Dios llama a su pueblo al arrepentimiento y la conversión, pues busca su salvación y para ello no escatima medios enviando a sus Profetas y Apóstoles a proclamar Su mensaje. Toda la Biblia está llena de ejemplos de ello, y de cómo Dios, cual amoroso padre, busca atraernos hacia Él permanentemente. Pero esta llamada lleva consigo además otro mensaje: hay un tiempo para responder a Su voz, y el tiempo es un elemento de nuestra realidad implacable, pues no hay nada humanamente hablando, que pueda frenarlo o contrarrestarlo. Nuestra vida es limitada, y el arrepentimiento, la conversión y la vida de fe, deben suceder en el espacio que hay entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. Dios es el Señor del tiempo, y anuncia a los hombres de todas las épocas que ahora es el momento, y que no hay nada más importante que hacer en esta vida que responder por medio de la fe a la llamada del Señor y seguirle.

La llamada incesante a la conversión

Algunas veces, estamos tan ensimismados con alguna tarea o pensamiento, que no escuchamos la voz de alguien que nos habla o llama, incluso aunque esté justo al lado nuestro. Y cuando tomamos conciencia de esta llamada, nos parece increíble que nuestros sentidos no hayan sido capaces de oír su voz. ¡Y estando tan cerca! Pero el Señor conoce de sobra nuestra naturaleza, como Creador nuestro, y sabe igualmente que a causa del pecado los oídos espirituales del hombre están cerrados a su voz, ensimismados con las cuestiones mundanas, ajenos a su amorosa llamada. Una llamada que Él ha llevado a cabo por medio de sus Profetas continuamente, con su poderosa Palabra, en la esperanza de que alguno oiga la: “voz que clama en el desierto” (Is 40:3). El Señor nos llama en voz alta y clara, sin pausa, a cada momento, tal como hizo con los habitantes de Nínive, los cuales habitaban una gran ciudad, con su gran comercio, sus grandes fiestas, y, cómo no, sus grandes pecados. Muchos debieron ser estos para que Dios decidiera su destrucción, y sólo por pura misericordia divina, la ciudad fue llamada al arrepentimiento y la conversión por medio del profeta Jonás. Y gracias a la insistencia de nuestro Dios y en contra de la voluntad del propio Jonás, escucharon la voz que los llamaba a evitar su destrucción en cuarenta días. : “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos” (Jon. 3: 5). Nínive escuchó la voz de Dios, cambiaron su mente y corazón y evitaron su destrucción. Nuestra sociedad y nuestras ciudades, son un reflejo de aquella Nínive, y solo tenemos que mirar alrededor o ver las noticias en los medios de comunicación, para darnos cuenta de cuán ensimismados estamos en nuestros asuntos terrenales y cuán lejos de entender que, lejos de la voluntad de nuestro Creador, la perdición humana es segura. No importa lo ajenos que estemos a la Ley divina, pues a su tiempo, ella se cumplirá inexorablemente: “Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la Ley” (Lc 16: 17). Por ello Dios nos llama a la conversión, y a combatir el pecado en nuestra vida, pues sólo así podremos ser contados en su Reino. Una llamada llevada a cabo por pura gracia, aun cuando en lo profundo de nosotros, cerramos nuestros oídos y la ignoramos. Y aún así, ésta llamada eterna continúa siendo proclamada por aquél que es el Verbo, y el cual nos llama a cada uno de nosotros a escuchar y abrir nuestros corazones a Él: “si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Ap. 3: 20). Pero esta llamada, en cada ser humano, tiene un tiempo limitado de respuesta, el cual es la propia vida, y de ahí la importancia de que cada ser humano tenga la oportunidad de escucharla, pues ahora: “el tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el Evangelio” (Mc. 1: 15).

La llamada al seguimiento

Jesús anuncia el cumplimiento del tiempo, pero ¿de qué tiempo exactamente? Hasta su llegada, Israel había escuchado el anuncio de salvación de parte de Dios, proclamado por los Profetas: “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a la luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré caminos en el desierto y ríos en la soledad” (Is. 43: 19). Y este camino y este río se materializaron en la figura de Cristo, el cual dando inicio a su ministerio público, salió a los caminos a proclamar que el Reino estaba cerca, pues Él, el Mesías anunciado y prometido ya estaba entre nosotros. Y con Él se inicia un nuevo pacto entre Dios y los hombres, por medio del sacrificio de Jesús en la cruz: “Así que, por eso (Jesús) es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (Heb 9: 15). Este es el sacrificio definitivo que libera de la condenación del pecado y de la muerte, y de nuevo, para poder apropiarnos de tales beneficios necesitamos una sola cosa: fe. Esta fe es la fe que mueve al seguimiento, a abandonar nuestra vida pasada en pos de la nueva vida en Cristo. Es la misma fe que movió a los Apóstoles a dejar sus redes y barcas y seguirlo a Él: “Venid en pos de mí, y hare que seáis pescadores de hombres” (Mc. 1: 17). El Ser humano es un ser resistente al cambio, ¡y qué fácilmente se acomoda a una forma de vida! Luego ¡es tan difícil cambiarla! Y sin embargo los creyentes somos llamados a un cambio radical; en primer lugar a renovar nuestra mente y nuestro corazón: “y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4: 23-24). En segundo lugar somos llamados a ir en pos de Cristo, a seguirle por los senderos oscuros donde habita el pecado y la desesperanza, pues es allí precisamente donde se necesita escuchar la Buena Noticia del perdón y el amor de Dios, y donde hay que echar las redes. Estas son las aguas profundas y difíciles (Lc. 5:4), mar adentro, donde viven aquellos que nunca han visto la luz de Cristo. Allí es donde Él nos guía, para ser pescadores y llenar la red de Su Reino eterno. ¿Seguimos a Jesús cada día en este empeño?, ¿echamos las redes en estas aguas de la incredulidad, tan lejanas de la seguridad y la compañía de otros creyentes? Tenemos un mar enorme ante nosotros, y Jesús nos llama a seguirle. ¡Subamos pues a Su barca!, ¡Este es el tiempo!

La llamada a poner nuestra mente en el Reino

Por último, Dios nos llama a enfocar nuestra mente espiritual en una realidad evidente: “la apariencia de este mundo se pasa” (1 Cor. 7: 31). Alguna tribulación grave se cernía sobre los creyentes Corintios, y una necesidad apremiante (v26) la cual llevó al Apóstol Pablo a aconsejarles renunciar a las cuestiones mundanas, incluidas el inicio de relaciones sentimentales. El fin podía ser inminente, y ellos debían (y nosotros debemos) entender, que nuestra aspiración debe ser ampliar nuestra visión y ver más allá de esta realidad, y con ello, poner nuestra vida al servicio del Señor y la esperanza del Reino. Pablo enseña que, por encima de los compromisos personales, los cuales no son negativos en sí mismos (Gn 2:18), y todo lo que atañe a la vida terrenal, debe prevalecer siempre la entrega absoluta a Cristo: “Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor” (v35). Toda nuestra vida debe girar en torno a un eje común: acercarnos a Cristo, entregarle nuestra vida, sin impedimentos, sin amar a nada ni nadie más que a Él: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí, el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt. 10: 36). El mundo y sus preocupaciones no deben impedirnos tener cuidado “de las cosas del Señor” (v32), y olvidar que ahora somos ciudadanos del Reino celestial, y que nuestra verdadera vida aspira no “a las cosas del mundo” (v33), sino a las de Dios en Cristo Jesús. Y de nuevo, una llamada a prestar atención al tiempo: “Pero esto digo, hermanos: que el tiempo es corto” (v29), pues como ya se ha dicho, nuestro paso terrenal tiene un final y no sabemos el momento en que seremos llamados a la presencia divina. De ahí que la Palabra aliente a los creyentes a administrar sabiamente su tiempo vital, a escuchar Su voz y a ser “santos así en cuerpo como en espíritu” (v34).

CONCLUSIÓN

La llamada es una constante en la relación de Dios con los hombres, pues Él siempre ha intentado atraernos hacia sí mismo y restaurar nuestra relación, rota por el pecado. Una misma llamada que tiene distintas voces, y en diferentes contextos, como vemos en las lecturas de hoy. Ellas aportan un valioso mensaje y riqueza para nuestra vida de fe, y nos sirven para tomar conciencia además de la realidad de la limitación temporal de la vida humana. La salvación y el trabajo por el Reino se desarrollan aquí, en la Tierra, y es aquí donde libramos las batallas espirituales que abren el terreno hacia la eternidad. No se trata de vivir angustiados con el concepto del tiempo, pero sí de tener presente esta realidad y usarla no como una amenaza, sino como un estímulo para no detenernos ni caer en la dejadez respecto a las “cosas del Señor”. ¿Qué cosa hay más importante que su llamada?, o ¿qué será más duradero que su Reino? Visto así debemos reorientar nuestra vida, ayudando a otros al conocimiento de Cristo, siendo testigos y siervos al servicio del Evangelio. Pero también refinando nuestra propia vida espiritual, por medio de la oración, la Palabra y los Sacramentos. “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado”, ¡Vayamos pues en pos del Señor! Que así sea, Amén.

J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla