domingo, 26 de febrero de 2012

1º Domingo de Cuaresma.

“La tentación nos fortalece en cristo”


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección:

Génesis 22:1-18

Segunda Lección: Santiago 1:12-18

El Evangelio: Marcos 1:9-15


Sermón

INTRODUCCIÓN

Cada vez que rezamos el Padre Nuestro, pedimos ser librados de las pruebas que acarrea la tentación, pues aunque Dios permite que seamos tentados para robustecer nuestra fe, Satanás tiene sin embargo otros fines muy distintos por medio de ella. Hacemos bien pues en no exponernos abiertamente a la misma, pero cuando la padecemos, nuestra fe sin embargo se
fortalece poniendo en funcionamiento todos sus recursos de defensa. En su vida terrenal Cristo también fue tentado, y su victoria sobre la tentación es nuestra mejor garantía de que en Él, nosotros también podemos salir victoriosos de ella. Pues ¡Sólo en Cristo hay victoria sobre la tentación!.

La tentación es vencida sólo por la Palabra de Dios

La lectura de hoy en el Evangelio de Marcos sobre la tentación de Jesús en el desierto es, de las tres existentes junto al Evangelio de Mateo (4:1-11) y Lucas (4:1-13), la más escueta de todas.

Pero contiene los elementos necesarios para evidenciar que, una vez que Jesús fue bautizado y lleno del poder de Dios por medio del Espíritu Santo: “Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él” (v10), debía afrontar su primer combate frente al maligno sin más defensa que ser el Hijo amado del Padre. Podemos pensar que era un combate fácil, entre el Hijo de Dios y el maligno, pero no olvidemos que Jesús era igualmente hombre y podía ser tentado por todo aquello que puede minar la voluntad de un ser humano.

Para hacer más patente que Jesús solo tendría como recurso su confianza en el Padre, la lectura nos dice que el Espíritu mismo “le impulsó al desierto” (v12). Este lugar desértico, era temido en la época de Jesús por la creencia de ser morada de demonios y espíritus malignos, y por ello pocos hombres se adentraban en él solos. Era el lugar perfecto para afrontar pruebas espirituales; y para complicar aún más las cosas, la única compañía que tuvo Jesús durante su prueba fueron las fieras (v13). No tuvo pues ventaja alguna respecto al campo de batalla asignado. Pero tampoco pudo Jesús apoyarse en la determinación de la voluntad humana, pues si
leemos en el Evangelio de Mateo y Lucas, se nos dice que Jesús “no comió nada durante aquellos días, pasados los cuales tuvo hambre” (Lc 4:2). Es decir, Jesús fue llevado a los límites de la resistencia humana, ya que a partir de los treinta días sin comer (y Él aguantó cuarenta) un ser humano queda en un estado de debilidad extrema. Jesús debía pues vencer esta batalla
con la sola fuerza de su espíritu y de la Palabra de Dios.

Y allí en el desierto, en este primer cara a cara frontal con Satanás, Cristo resistió la tentación carnal, al rechazar usar su poder para satisfacer los deseos de la carne (Mt 4:4). También
resistió la tentación de usar su poder para tentar a Dios mismo (Mt 4:7), y por último rechazó igualmente postrarse ante el maligno por la promesa del poder y la gloria terrenales (Mt 4:10). Y todo ello lo hizo como se ha dicho, con la sola fuerza de su espíritu apoyado en la poderosa Palabra de Dios. Pues sólo Ella es: “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y
penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifestada en su presencia.” (Heb 4:12-13). Y esta victoria de Jesús, de aquel que fue concebido sin pecado pero que sufrió las tentaciones de un pecador por nosotros, es una auténtica Buena Noticia, pues en ella se cumple la primera victoria de Cristo sobre el pecado, la cual será completada en el
monte Calvario cuando Jesús pronuncie las palabras que indican que el plan de salvación, de nuestra salvación, ha quedado cumplido: “Consumado es.” (Jn 19:30).

Quien no es tentado, nada sabe de la fe

Jesús estuvo en el desierto durante cuarenta días, pero en su astucia, Satanás no lo tentó hasta que vió que sus fuerza humanas quedaban sumamente debilitadas. Pues tal es su inteligencia, al
buscar en primer lugar las debilidades propias del hombre, para al fín, tratar de destruir nuestra fe: “Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped.5:8). Pues es precisamente esta fe, aquella por medio de la cual
podemos aprehender los méritos de Cristo para nuestra salvación, la que él busca arrebatarnos.

Como explicaba Lutero, las pruebas de las tentaciones son una autentica escuela de Teología cristiana, y quien no es tentado nada sabe de la fe. Pero no por ello debemos exponernos a la misma, pues hacerlo sería pecar quizás sobrevalorando nuestra capacidad de manera peligrosa: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es
débil” (Mt 26:41). Por tanto, se hace necesario tratar de estar preparados y sobre aviso sobre las distintas maneras en que podemos ser tentados y probados. Comentaremos en esta ocasión tres situaciones especialmente peligrosas:

1.- La tentación de la autosuficiencia en la fe: Los cristianos sabemos de la importancia de nuestra fe, pues sin ella estamos muertos espiritualmente hablando. Por eso la fe necesita ser alimentada y nutrida con aquellos medios que Dios ha dispuesto para ello: los medios de gracia.

Por tanto necesitamos acudir a la Palabra de Dios con regularidad para que, al igual que Jesús en el desierto, Ella sea nuestro sostén cuando nuestra voluntad flaquee. Igualmente la Santa Cena y su anuncio de perdón por medio del Cuerpo y Sangre de Cristo, es sustento seguro para resistir los ataques del maligno.

Creer que no necesitamos fortalecer nuestra fe es un grave error.

2.- La tentación de cuestionar la Palabra de Dios: Si Cristo hubiese dudado de la Palabra de Dios, si su confianza en Ella no hubiese sido absoluta, ¿qué poder hubiese tenido para resistir en el desierto?. Quizás sea esta la forma más peligrosa de exponernos a la tentación, pues al minar y
finalmente destruir la confianza en la Palabra, al creyente no le queda nada a qué aferrase en las pruebas de la vida. Y tengámoslo claro, cuando la duda, la flaqueza humana, o cualquier otra debilidad hagan acto de presencia en nuestras vidas, no habrá otra cosa que la Palabra de Dios y sus promesas para sostenernos. Por tanto aquello que nuestra razón no entienda o acepte, debemos llevarlo en oración a Dios, pero nunca a costa de dudar de la veracidad de Su
Palabra, pues: “tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro.” (2ª Ped 1:19).

3.- La tentación de la tristeza: Puede parecer, en comparación con las tentaciones anteriores, que la tristeza es algo banal en este asunto. Pero no nos engañemos, Dios nos ha mandado estar alegres, con un corazón gozoso, pues la tristeza y el abatimiento del mundo llevan a la muerte (2 Cor 7:10), pero la alegría y el gozo del creyente son signos vivos del Evangelio. Permitir a la tristeza o la angustia anidar en nuestro corazón, es permitir al maligno alegrarse de que Jesús no es la fuente de toda nuestra alegría. Con ello no estamos diciendo que no tengamos momentos peores o problemas que atenúen nuestra felicidad, sino que Cristo debería ser aquello que da todo el sentido pleno a nuestra vida. A Cristo lo tendremos siempre con nosotros, y por medio
de la fe: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom 8:35).

La Cuaresma, un tiempo de meditación y renovación en Cristo

Preguntó un discípulo a un Padre de la Iglesia, ¿cómo poder evitar la tentación?. El Padre respondió: “Hijo mío, no puedes evitar que los pájaros vuelen por encima de tu cabeza, pero sí
puedes evitar que hagan un nido en ella”. Con estas sabias palabras se nos dice que la tentación es inevitable, pero también que precisamente por ello, debemos estar vigilantes, atentos, despiertos en nuestra vida de fe, pues: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Stg 1:12).

Este periodo de Cuaresma es un tiempo eclesial idóneo para reflexionar sobre ello, sobre nuestras debilidades, y sobre la fortaleza de nuestro espíritu.

Tiempo propicio para atravesar nuestro desierto particular que es nuestra vida, donde al igual que a Jesús, nos esperan pruebas, tentaciones y peligros. Y no siempre es fácil resistir las muchas maneras en que Satanás nos pondrá a prueba, pero no hay que desesperar si alguna vez somos derrotados en la batalla de la tentación. Pues en Cristo hay perdón y renovación seguros para el
creyente arrepentido. ¡Aférrate pues a la Palabra de Dios que proclama a Cristo, tu Redentor del pecado!.

CONCLUSIÓN

Resistir la tentación forma parte de la lucha diaria del creyente, pues a los ataques del
maligno, se suma el impulso de nuestra propia naturaleza pecadora. Cada día enfrentamos nuevas pruebas, y aunque Dios ciertamente no nos tienta (Stg 1:13), sí permite la tentación para que nuestra fe se purifique y crezca.

Sabemos además que Él no nos hará pasar pruebas mayores de las que podamos resistir (1ª Cor 10:13). Por tanto en este tiempo litúrgico tan señalado, meditemos en los sufrimientos, pruebas y tentaciones de Cristo, para al fín, enfocar la mirada en las nuestras y ver cómo en ellas, Dios nos
perfecciona y moldea a imagen de Nuestro Salvador. Y no desfallezcamos, pues la victoria de Cristo sobre la tentación, ¡es también nuestra victoria!.

Que así sea, Amén.

J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla