domingo, 10 de junio de 2012

2º Domingo de Pentecostés.



       “El pecado que no será perdonado


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

Primera Lección: Génesis 3:8-15

Segunda Lección: 2ª Coríntios 4:13-5:1

El Evangelio: Marcos 3:20-35

Sermón

INTRODUCCIÓN

Ser cristiano significa, fundamentalmente, vivir confiados en que nuestra relación con Dios, por encima de nuestras ofensas, transgresiones y en definitiva, de nuestros pecados diarios, ha sido restaurada por medio de la obra de Cristo. Esto es de gran consuelo y ciertamente una buena noticia (Evangelio) para todos nosotros. Ya el profeta Isaías anunció de manera muy gráfica el hecho de que Dios, en su infinita misericordia, es un Dios perdonador y misericordioso:  “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como lana blanca” (Is 1:18). Cualquier persona no podrá sino regocijarse con este anuncio de perdón y restauración de parte de nuestro Creador. Mas nos encontramos hoy en el Evangelio con una situación nueva y desconcertante, donde la acción salvífica de Dios entre los hombres es conscientemente rechazada, atacada y acusada de ser obra del maligno, ni más ni menos. Desconcierta pensar que alguien pueda  deliberadamente, oponerse al amor de Dios que restaura, consuela y trae vida y salvación. Pero por muy desconcertante que sea, ello es también posible. Y ciertamente esto es un pecado, pero no un pecado cualquiera, sino en palabras del propio Jesús, un pecado que no será jamás perdonado.

  • La misericordia y el amor de Dios llama a las multitudes

El Evangelio de Marcos nos muestra desde sus primeros versículos a Jesús enfrentándose al mal y la enfermedad,  y liberando a los hombres de la esclavitud de la misma. Así, lo vemos echando espíritus inmundos, sanando a leprosos, paralíticos y realizando otros milagros por medio del poder de Dios: “ Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios” (Mc 1: 34). Esto equivalía a mostrar a los judíos que, siendo el Mesías prometido y el Hijo de Dios, tenía poder también para luchar contra el pecado mismo y sus consecuencias. Y así, Jesús dió inicio a su ministerio mostrando la misericordia divina entre su pueblo, llevando un anuncio fresco y poderoso de perdón y de liberación. Y las multitudes lo seguían, desde Galilea, desde Judea y desde otros muchos lugares, atraídas por esta enseñanza nueva, donde no solo se proclamaba la Palabra, sino que ésta se hacía viva, evidente y sanadora por medio de su presencia. Muchos reconocían en Jesús a aquél que acercaba el Reino de Dios a los hombres, e incluso los mismos espíritus que expulsaba se postraban ante Él y lo reconocían como Hijo de Dios: “Y los espíritus inmundos al verle, se postraban delante de él, y daban voces diciendo. Tú eres el Hijo de Dios” (Mc 3: 11). Pero aún con todo este testimonio, otros no creían en Él, e incluso sus mismos familiares estaban confusos y dudaban, tratando de apartarle de su ministerio público (Mc 3: 21). La acción de Jesús y el anuncio del Evangelio, provocan como vemos reacciones dispares entre los hombres: o bien su aceptación por medio de la acción de conversión del Espíritu Santo, o el rechazo al puro Evangelio de perdón y salvación. Podríamos pensar quizás en una tercera reacción: la indiferencia, pero en realidad esta no sería sino una manifestación más del rechazo mismo. Pues el hombre en su estado natural vive continuamente rechazando la llamada amorosa de Dios, a causa del pecado, y solo misteriosa y milagrosamente es llevado a la fe salvadora por la misma obra del Espíritu. Y una vez convencido de su condición de perdición ante Dios y de su necesidad de restauración por medio de la Obra de Cristo en la Cruz, el ser humano no puede sino dar infinitas gracias a su Creador por esta gracia inmerecida, fruto del amor de Dios hacia los hombres. Sin embargo cabe mencionar aún otra posible reacción ante el anuncio del Evangelio, una que simplemente nos cuesta imaginar que sea siquiera posible. Pues ¿Acaso no hemos dicho que la Obra del Dios entre los hombres no debería ser sino motivo de enorme alegría?. ¿Cómo sería posible pues que alguien, plenamente convencido de su necesidad de perdón y del amor perdonador de Dios en Cristo, aún así rechazara conscientemente esta oferta de restauración de parte de Dios?. ¿Qué diremos pues si además se acusase a esta acción amorosa de Dios de ser obra del maligno?.

·         Un pecado que no tiene perdón

La Palabra de Dios es poderosa, y en boca de Jesús esta Palabra hacía milagros y prodigios asombrosos. Y esta manifestación del poder de Dios y de su misericordia era tan evidente que, como hemos dicho, hasta los demonios se retorcían proclamando a Jesús como el Hijo de Dios. Sin embargo los escribas, aquellos que era considerados y se consideraban maestros de la Ley de Dios, mostraron una actitud ante Jesús peor incluso que la de los mismos demonios. Pues si estos, aún a su pesar, reconocían a Jesús como el Mesías divino prometido, los escribas lo acusaron de ser él mismo un servidor de los demonios: “Pero los escribas que habían venido a Jerusalén decían que tenía a Belzeebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera a los demonios” (Mc 3, 22). Pero ¿cómo es posible que alguien luche contra sí mismo?, respondió Jesús, ¿cómo un reino se rebelará contra él mismo?, pues: “si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer” (v24). Con esta parábola Jesús indica que no hablamos aquí de un servidor de demonios, sino del verdadero Hijo de Dios, que destruye con su Palabra la realidad maligna en la que viven los hombres. Que lucha y somete a las fuerzas del mal con el poder de Dios: “Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa” (v27). Los escribas sabían y eran conscientes sin duda de que Cristo era el Hijo de Dios, y que sólo por medio del poder de Dios eran posibles todos los milagros que presenciaban. Pero aún así, y con todas estas abrumadoras pruebas, estos hombres en su desprecio absoluto por Cristo y su obra entre los enfermos y desechados de la sociedad de su tiempo, cometieron el mayor de los pecados: blasfemaron contra el Espíritu Santo. Porque toda esta acción de conversión y restauración es precisamente llevada a cabo por medio de la obra del Espíritu Santo. Él es quien convence al mundo de pecado (Jn 16: 8), y el que disemina en el mundo la gracia y el amor de Dios. Así los escribas, al tachar la obra de Dios como obra de los demonios, atacaron y blasfemaron contra el Espíritu divino. Y este pecado nos dice Jesús: “no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (v29). Son palabras duras, terribles incluso, pero que señalan que aquel que, una vez consciente de su situación pecaminosa, rechaza y ataca la oferta de salvación y perdón en Cristo Jesús (Evangelio), ya ha sido condenado. Pues la salvación es siempre la obra propia de Dios por medio de su gracia; pero la condenación es responsabilidad exclusiva del hombre llegado el caso, por su incredulidad, su rechazo y su dureza de corazón: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3: 19).

  • Familiares de Jesús por medio de la Fe

Con todo y por encima de los ataques contra Cristo y su obra, los escribas y otras autoridades religiosas de Israel, no pudieron detener al pueblo en su deseo de escuchar a aquél que traía esperanza y una palabra nueva. Y era tal la fuerza de su mensaje, que era frecuente que las casas fuesen desbordadas por el número de personas en ella para escucharle, y que muchos tuviesen que permanecer incluso fuera. Así es como el hombre tocado por el Evangelio, acude a su llamada, sin reparos para sortear dificultades o superar sus propias limitaciones (Lc 19: 3-4), con tal de recibir un rayo de esa luz divina para sus vidas. Y así lo encontraron sus familiares, y mandaron a buscarle al interior de una casa, donde probablemente eran incapaces siquiera de entrar. Pero Jesús contestó ante esta llamada: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” (v33). Puede parecernos una respuesta despectiva hacia sus propios familiares, los cuales como hemos dicho, querían seguramente por temor, protegerlo y apartarlo de su vida pública. Pero Jesús aquí quiere en realidad hacernos reflexionar sobre aquellas cosas que anteponemos a la voluntad de Dios, y que muchas veces nos apartan de una entrega sin reservas a favor del Evangelio. “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquél que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (V34-35).  Ni siquiera los lazos familiares, quizás los más fuertes que tenemos en este mundo, son pues excusa para no cumplir la voluntad del Padre, y esto Jesús lo mostrará más claramente aún en el Evangelio de Mateo. “el que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí, y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mi” (Mt 10: 37).Pues ésta es en palabras de Jesús la voluntad de Dios, a lo que Él nos llama. A seguir no nuestras propias ambiciones, no nuestros deseos humanos, no aquellas cosas mundanas que dan una felicidad efímera, sino a Cristo mismo en fe. Un Cristo que nos ofrece, no una vida de éxito, no el cumplimiento de nuestras ambiciosas metas, no la abundancia de bienes, sino una Cruz. Pues la vida del cristiano es caminar cada día cargando con las cruces que encontraremos en ella, pero sobre todo vivir con la alegría y el gozo de saber que Cristo nos lleva a una vida de perdón y salvación por medio de la Fe. Que Él pagó nuestra deuda ante el Padre, y que ahora somos contados entre aquellos a los que aguarda una morada celestial en el Reino.

CONCLUSIÓN

¿Qué antepones tú, y qué anteponemos todos a la causa del Evangelio?, es algo que cada día debemos meditar, para que ninguna de estas cosas sea un obstáculo que nos impida ver, como le ocurrió a aquellos  escribas, el gran milagro que cada día Dios lleva a cabo en cada uno de nosotros. El milagro de la vida eterna sellado en nuestro Bautismo, el milagro del perdón llevado a cabo por la Santa presencia de Cristo en el pan y el vino, y el milagro en definitiva de la gracia y el amor de Dios, el cual:”aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo, por gracias sois salvos” (Ef. 2: 5). Que así sea. ¡Amén!.

                                                         J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla