sábado, 2 de junio de 2012

1º Domingo de Pentecostés.

  “En Jesús nacemos cada día “

Textos del Día:

Primera lección: Isaías 6:1-8

La Epístola: Hechos 2:4ª, 22-36

El Evangelio: Juan 3:1-17

Sermón

Gracia, misericordia y paz de Dios Padre, de nuestro Señor y Salvador, Jesús y del Espíritu Santo. Amén.

Hoy es el primer domingo después de Pentecostés, tradicionalmente domingo de la Trinidad. Generalmente hoy se usa el Credo de Atanasio, credo que esta siempre vigente.

Martín Lutero en 1522, dijo en su sermón para este domingo: “Es cierto que 'Trinidad' es un nombre que no se encuentra en ninguna parte de las Sagradas Escrituras, sino que ha sido concebido e inventado por el hombre. Por esta razón, suena un tanto frío y sería mejor hablar de “Dios” en lugar de la “Trinidad”.

Esta palabra significa que hay tres personas en Dios. Es un misterio celestial que el mundo no puede entender. La fe no debe basarse en la razón o las comparaciones, sino que debe ser entendida y establecida por medio de pasajes de las Escrituras, porque Dios es el único que tiene el conocimiento perfecto y sabe cómo hablar acerca de sí mismo. Aunque las palabras “Trinidad” o “Dios Trino y Uno” no se utilizan nunca en la Escritura, en efecto, la Escritura nos muestra un Dios Uno y Trino. Nuestra lección del Evangelio de hoy nos señala a las tres personas de la Divinidad... El Hijo, quien está hablando con Nicodemo. El Padre, el Dios que envió a su Hijo y al Espíritu Santo, sin cuya acción de dar vida, nadie puede ser salvo. Las tres personas de la Trinidad estaban presentes en el bautismo de Jesús. Jesús emerge de las aguas, el Padre hablando: “Tú eres mi Hijo, en quien tengo complacencia”  y el Espíritu Santo descendiendo del cielo en forma de una paloma.

Hay algunos que afirman que los cristianos no adoran a un solo Dios, sino que adoramos a tres dioses distintos. Ellos ven y oyen, nos hablan de las tres personas separadas de la Trinidad y no pueden entender cómo podemos afirmar que adoramos a un solo Dios. Estas personas, por lo general, simplemente están buscando una razón para rechazar el cristianismo y muchas veces rechazan la existencia misma de Dios. Simplemente buscan cualquier motivo para negar la verdad de la Escritura. Nosotros creemos que la creencia de la Trinidad no esta en oposición a lo que dice Dios: “Oye, Israel: El Señor, nuestro Dios, el Señor uno es” (Deuteronomio 6:4)

Nuestros dos credos más comunes, el Niceno y el Apostólico, simplemente asumen que entendemos y aceptamos la Trinidad como un hecho. Estos dos credos suelen ser transcriptos con un párrafo por persona de la Trinidad. El Credo de Atanasio se dirige específicamente a aquellos que rechazan la Trinidad.

Nuestra fe nos afirma en la verdad bíblica de la Trinidad y acepta la verdad de la Trinidad, a pesar de que nuestra lógica humana, simplemente no puede entender cómo esto es cierto. El Credo de Atanasio es también el único de los credos antiguos que contiene una amenaza de condenación sobre la herejía, por no creer.

La fe es un don de Dios, dada a nosotros por el Espíritu Santo. La fe que cada uno mantenga íntegra y pura, sin duda permanecerá eternamente. Muchos creen que la fe es una decisión racional humana para aceptar estas cosas. Pero no es así, porque la humanidad esta muerta en pecado, nosotros confesamos que “no podemos por nuestra propia razón o fuerza creer en Jesucristo, nuestro Señor, ni venir a Él, sino que el Espíritu Santo nos llama por el Evangelio, nos ilumina con sus dones, santifica y guarda en la verdadera fe; así como Él llama, congrega, ilumina y santifica a toda la Iglesia cristiana en la tierra, y la conserva en Jesucristo en la única y verdadera fe” (Catecismo Menor, Explicación del Credo Apostólico).

Nicodemo parece haber entendido los inicios de este conocimiento. Las declaraciones que hizo a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo” y “¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer” (v. 4) están redactadas de tal manera que parecen casi retóricas. Nicodemo sabe estas cosas, pero ¿cuál es la verdadera respuesta? Jesús tiene la verdadera respuesta: “De cierto, de cierto te, que el que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (v. 5). Nacido de nuevo a través del agua y el Espíritu, son las condiciones del bautismo, en el que Dios viene a nosotros a través de la palabra de Dios junto con el agua, y la fe que confía en dicha palabra de Dios. Porque sin la palabra de Dios el agua es simple agua y el bautismo no existiría. Pero con la palabra de Dios es un bautismo, es decir, un agua de gracia de vida, un lavamiento de la regeneración en el Espíritu Santo.

Jesús prometió el Espíritu Santo a los discípulos: “Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré de junto al Padre”. El Padre envía al consejero, el Espíritu Santo. El Padre, la persona de la Trinidad, que tiene la más corta declaración en el Credo de los Apóstoles: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y la tierra”. Pero, que gran afirmación general en sólo 11 palabras. Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra, omnisciente y omnipresente. Esto es lo que confesamos en el Credo de los Apóstoles.

Sin embargo, más allá de estas cosas, Él es nuestro Padre, con todo lo que está implícito en esa palabra. Nos reprende, disciplina, si esas cosas están presentes. Sin embargo, un padre, sobre todo este padre, es mucho más que eso. Sí, Él es estricto en sus juicios, nos dice que estamos equivocados. Nos disciplina. Pero lo más importante es la declaración de Jesús a Nicodemo en la lección de hoy: “Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. El Padre, el Todopoderoso, el Creador del Cielo y la Tierra, ha dado a su Hijo unigénito, en sacrificio por nosotros, para lograr el perdón de nuestros pecados.

Nuestra naturaleza humana se rebela a creer esto, exactamente igual que la naturaleza de Nicodemo. Simplemente no quiere creer en el Dios de la Biblia. Queremos construir nuestro propio Dios. Es mucho más fácil de esa manera. Entonces podemos tener un dios que no sea estricto en exigir obediencia a la ley. Podemos tener un dios que simplemente nos dice que todos somos sus hijos y por lo tanto dignos de todos sus dones, incluyendo el don de la vida eterna. Podemos tener un dios que sólo perdona y no corrige a sus hijos por sus pecados. Así podríamos tener un dios que creó el mundo y luego dio un paso atrás y nos dejó evolucionar a nuestro antojo.

Pero este no es el Dios que está en la Biblia. El Dios de la Biblia es severo, es muy exigente y es partidario de la disciplina. El verdadero Dios demanda de nosotros... y no podemos lograr lo que Él exige. Él exige que guardemos su ley y no con regularidad, sino siempre. Él exige que “le amemos con todo el corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente” (Mateo 22:37) y tendemos a amar a las cosas más que a Dios. Él exige que “amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos” y no podemos hacer esto, ya que somos demasiado egoístas y orgullosos. Sin embargo, este es un Padre verdadero, que perdona cuando se lo pedimos. Este es un Padre que ama de verdad a todos sus hijos, incluso a los que van por mal camino.

Este es el Padre que dio a su verdadero Hijo, para ser el sacrificio por nuestros pecados. Pero exactamente ¿qué y por qué, se produjo ese sacrificio? “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree tenga vida eterna” (v. 14-15). Esto es el “qué” del sacrificio. El Hijo del Hombre, Jesús, tiene que ser levantado como Moisés levantó la serpiente en el desierto. Este Jesús, que instruye a Nicodemo, un miembro del Sanedrín, el consejo de gobierno de Israel, que a su tiempo lo condenarán a morir en la cruz.

El paralelismo entre la serpiente de Moisés y Jesús en la cruz es notable. Moisés pidió la liberación para el pueblo de Israel en el desierto cuando Dios envió serpientes venenosas para castigarlos por su incredulidad. Cuando Moisés hizo lo que Dios instruyó y colocó una serpiente de bronce en un palo, cualquier persona que había sido mordida mortalmente podía mirar esta serpiente de bronce en el poste y ser salvo. Ni la serpiente de bronce, ni el poste donde ella estaba, tenían poder para salvarlos, solo la fe de que Dios los iba a perdonar y salvar como lo había prometido.

Nuestra liberación pasa por la misma fe. Jesús fue colocado sobre un poste, una cruz, y colgó en ella hasta la muerte. En su crucifixión y muerte, Él lleva sobre sí todos los pecados del mundo. Todos y cada pecado que tenemos: los pecados que recuerdas, los que has confesado y los que no nos acordamos, también. Todos y cada uno de esos pecados nos llevan al mismo final: la muerte eterna y la condenación. Sin embargo, en su muerte, Jesús pagó la pena que el Padre había pedido por nuestra desobediencia. Así que el Espíritu Santo nos ha traído la fe de la salvación ganada por Jesús en la cruz en el Calvario.

El “por qué” del sacrificio es “para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino que el mundo sea salvo por Él”.

El Dios Uno y Trino decidió crear al hombre a su imagen. Él no quiere destruir su creación. Así que el Padre envió al Hijo al mundo para ser un sacrificio por nuestros pecados y el Espíritu Santo crea la fe en que el Hijo, y en su obra redentora, nos garantizan la vida eterna.

Tenemos esa fe, que nos es dada por el Espíritu Santo, por lo tanto sabiendo que Jesús nos ha “rescatado y ganado de todos los pecados, de la muerte, y del poder del diablo, no con oro o plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y muerte, para que seamos suyos, y vivamos bajo Él en su reino, y le sirvamos en eterna justicia, inocencia y bienaventuranza, así como Él ha resucitado de entre los muertos, vive y reina en la eternidad” (Catecismo Menor. Explicación del el Credo, 2º artículo).  Esta es la fe que nos fue dada por el Espíritu Santo, fe que no podemos guardar ni callar.

En Cristo. Pastor Gustavo Lavia.