domingo, 24 de junio de 2012

4º Domingo de Pentecostés.


       Dios sigue llamando a su pueblo




TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

Primera Lección: Isaías 40:1-5

Segunda Lección: Hechos 13:13-26

El Evangelio: Lucas 1:57-80



Sermón

  • Introducción

Vivimos tiempos convulsos, de una llamada crisis que hace ya un tiempo está sacudiendo los cimientos de nuestra sociedad. Existe una preocupación general en el ambiente, donde unos tratan de buscar salida a sus problemas, otros miran con recelo al futuro, y algunos han caído ya en la pérdida de confianza y pronostican lo peor para el porvenir. La economía y sus hijos predilectos: los mercados, quieren convertirse así en nuestros nuevos señores, aquellos que aparentemente determinan quien permanece de pie o quién cae. Y así día a día este entorno que nos rodea, nos aprisiona y asfixia de manera tal que, son pocos los que perciben en esta semi-oscuridad social el hecho de que Dios sigue gobernando nuestros destinos. Que no es ningún indicador económico, ningún banco ni ninguna agencia de calificación los que tienen realmente nuestras vidas en sus manos. Pues Dios sigue siendo el Señor de la Historia, y sigue hablando y llamando a Su pueblo, para que escuchen Su voz, la misma voz que proclama que sólo El puede hacer que “lo torcido se enderece y lo áspero se allane” (Is. 40: 4).

  • Escuchando la voz de Aquél que nos llama

Cuando hay mucho ruido en el ambiente, es difícil poder escuchar la voz de la persona que nos habla. Todo se funde en un rumor que embota nuestros oídos, no permitiéndonos distinguir un mensaje coherente. Si a ello añadimos el ser poco cuidadosos o poner poca atención a lo que se nos dice, entonces el fracaso en la transmisión de un mensaje está asegurado. Y así le ocurrió a Israel, en medio del ruido de las ambiciones humanas, las amenazas y los conflictos políticos, este pueblo a menudo cerró sus oídos a la voz de Dios proclamada por medio de Sus Profetas. Pero escuchaban eso sí, otros mensajes, y seguían otras voces, que a la postre complicaban sus vidas y los llevaban a sufrir penurias: amenazas de invasiones, humillación, deportación en Babilonia, etc. Es lo que ocurre cuando desplazamos del centro de nuestras vidas a Dios, y lo suplantamos por el lucro, la avaricia y la ambición a costa incluso de ser siervos del engaño y hacer de la mentira el aliado perfecto. Pero el pueblo de Dios y los creyentes en general necesitamos vivir atentos siempre a la voz de nuestro Creador; estar atentos a los tiempos que nos toca vivir, sí, pero no dejando de oir la única voz que de verdad debe importarnos. No podemos perder de vista que por encima de las crisis, los problemas y la aparente autosuficiencia del mundo presente, nuestro Dios sigue proclamando un mismo mensaje: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios” (Is. 40: 3). Puede parecernos que el mundo vive según sus propias reglas, ahora predominantemente económicas, pero no olvidemos que éste es el mismo mundo necesitado de arrepentimiento y perdón de todos los tiempos desde la caída de nuestros primeros padres. Y aunque muchos siguen cerrando sus oídos a la voz de Dios en Su Palabra, y ponen toda su atención en esta realidad aparente, otros sí han escuchado y entienden que sus vidas necesitan un sentido superior al que esta sociedad puede ofrecerles. Y que este sentido se encuentra sólo en Cristo. Y para estos, todos los días les es proclamada una Buena Noticia, una que ningún problema humano puede acallar o perturbar: “Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado que el doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados” (v2). Dios así nos tiende la mano, nos ofrece perdón, vida y salvación eternas por medio de la sangre de Su Hijo, por encima de nuestros errores y pecados. Una oferta que demanda una inversión razonable, pues sólo requiere arrepentimiento y conversión, pero con el interés más alto que ningún inversor pueda imaginar obtener: la entrada al Reino celestial. Esta es, frente a las ofertas de inseguridad y temporalidad que ofrece el mundo, la oferta de Dios para los hombres. Pero una oferta eso sí, que tiene un plazo limitado para poder acogernos y beneficiarnos de ella: nuestra vida. ¿Puede ofrecernos el mundo algo mejor y más interesante?, ¿Dejaremos pasar pues

esta oportunidad irrepetible?.

  • Escogiendo la mejor parte

El mundo siempre ha conocido problemas de todo tipo, pues siendo el hombre pecador el entorno sufre las consecuencias del pecado. Así hemos vivido cambios sociales, económicos, guerras, revoluciones, hambrunas, epidemias, etc. Situaciones que preocupan y generan confusión e incluso ansiedad. Pero no debemos olvidar que el trasfondo de nuestras preocupaciones y agobios tiene como fundamento únicamente la debilidad en la confianza en que Dios ordena su creación amorosa y misericordiosamente, y de que todo lo que sucede, aunque no lleguemos a entenderlo, está predispuesto para nuestro bien: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Rom 8:28). Y todos conocemos también la historia de Marta y María relatada en el Evangelio de Lucas, y de la advertencia de Jesús a Marta: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas, pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”(Lc 10:41-42). Aquí tenemos un ejemplo claro de que el mundo y sus problemas no deben apartarnos nunca de la escucha atenta de la voz de nuestro Creador. De nuevo, esto no significa vivir de espaldas al mundo, ignorando los acontecimientos  sino todo lo contrario. Debemos mirar y ser críticos con la realidad, tratando de interpretar la acción de Dios en la misma, pero no confundiendo eso sí, el devenir del mundo y su lógica con la de Dios: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Is 55:8). Porque este mundo tiene un único sentido, que es el de servir y alabar a Su Creador viviendo según Su Ley de Amor para con Él y el prójimo; y por eso cualquier otro sentido humano que le apliquemos, seguirá generando frustración y conflictos únicamente. Y aquí es donde los cristianos estamos llamados a seguir perseverando en nuestro testimonio del Evangelio, más allá de los acontecimientos. El Apóstol Pablo es un buen ejemplo de este espíritu, testificando sin cesar, perseguido, maltratado, expulsado, encarcelado y aún así agradecido de darlo todo por el Evangelio: “por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura para ganar a Cristo” (Fil 3:8). Vinimos a este mundo sin nada, y sin nada nos marcharemos de él, por eso, aquello que tenemos y con lo que Dios nos ha bendecido, cuidémoslo. Pero al mismo tiempo cuidemos ante todo de que aquello más importante que poseemos, nuestra fe, no se vea debilitada ante las dificultades de la vida. Que ella sea en Cristo nuestra ancla cuando las aguas desbocadas del mundo parezcan querer sacudirlo todo.

·         Las voces proféticas aún son necesarias

La llamada de Dios a su pueblo es una constante en la historia de la humanidad. Dios no cesa en su empeño de traer redención a este mundo: “Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Sal 19:4), y al igual que el padre en la parábola del hijo pródigo, Él siempre está a la puerta pacientemente esperando el momento de nuestra conversión. Es su naturaleza misericordiosa la que posibilita el que no seamos desechados y abandonados a nuestra perdición. Y por eso, en los momentos clave el Señor ha traído hombres a este mundo que proclamen su Palabra, que hablen por encima del mundanal ruido y sus problemas, y que hagan tomar conciencia de los senderos erróneos que no debemos seguir. Juan el Bautista fue uno de estos hombres escogidos, con una labor difícil y que como en su caso, con frecuencia acarreaba la muerte. Él fue llamado a ir delante del Señor: ”para preparar sus caminos” (Lc 1: 76)  y a predicar en el desierto de una sociedad donde eran pocos los que oían. Pero aún con todos estos condicionantes, Juan cumplió su misión anunciando a Jesús como el Mesías prometido, el Cristo. Y su voz continúa activa aún, por medio de la llamada que desde entonces y hasta hoy lleva a cabo la Iglesia misma y cada creyente que ejerce su responsabilidad de ser testigo del Evangelio. Estos mismos profetas, en la figura de cada uno de nosotros, son/somos llamados hoy a mantener la voz firme y a decir a nuestra sociedad que este mundo, con todas sus problemáticas, crisis y aparente vida propia, sencillamente pasará. Y que más allá de que el mundo pase, una cosa sabemos cierta: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Heb 13:8), y que la llegada del Reino está próxima. Pretendemos arreglar los asuntos mundanos, dejar atado y bien atado cualquier cuestión laboral, económica o social, pero ¿para cuándo dejaremos el arreglar el gran problema del ser humano?, ¿Qué necesita el hombre para tomar conciencia de que lo trascendente es aquello que requiere de sus máximos empeños y atención?. Una sociedad sorda a la llamada de Dios es una sociedad que navega como un barco a la deriva, expuesta a la colisión con el primer Iceberg o escollo que aparezca en su camino. Por eso la Iglesia no es sólo la comunidad de aquellos que nos congregamos alrededor de la Palabra y los Sacramentos, sino la de los que llenos de esta Palabra e insuflados de poder por medio del Espíritu Santo, salen al mundo y testifican con su vida y su palabra de aquello de: “lo que hemos visto y oído” (1 Jn 1:3). ¿Estás ejerciendo tú esta misión?, ¿permites que el mundo y sus problemas te aparten de tu vocación profética?.

  • Conclusión

Asistimos a situaciones de inestabilidad social, de crisis económica y dudas sobre el futuro de nuestro modelo social. Hay personas que están sufriendo especialmente este impacto, y como Iglesia debemos estar junto a ellos y apoyarlos,  proclamando al mismo tiempo que nuestra sociedad necesita ahora más que nunca la Palabra de Dios, para poner serenidad y esperanza donde reina la confusión. Para denunciar que este mundo tiene un Señor, que no está sometido a ninguna ley financiera, y que sigue llamando al hombre a escuchar su mensaje de perdón y amor en Cristo. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21:33). No, la Palabra de Dios no está sometida a la especulación de los mercados, ni se ve afectada por decisiones políticas. Su validez es eterna y su eficacia es absoluta (Is 55:11). Ella será nuestra mejor inversión, aquella que nos dará “tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones ni minan ni hurtan” (Mt 6: 20). Que así sea, ¡Amén!

                                                         J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla