domingo, 27 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés.


Domingo de Pentecostés - Ciclo B

        


       ¡espíritu santo, ven!






TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                   

Primera Lección: Ezequiel 37: 1-14

Segunda Lección: Hechos 2: 1-21

El Evangelio: Juan 15: 26-27, 16: 4b-15

Sermón

INTRODUCCIÓN

En los últimos días de Jesús sobre la tierra, el Señor anunció a los Apóstoles las tribulaciones que deberían afrontar en un futuro próximo. Ninguno de ellos tenía conciencia aún de que la misión del Maestro, pasaba irremisiblemente por su sacrificio expiatorio, el cual implicaba su muerte en la Cruz. Menos aún imaginaban que la tristeza que estaban a punto de experimentar, se convertiría en un gozo indescriptible para ellos y para el mundo entero (Jn 16: 20). Y es en este contexto inaudito y confuso para los discípulos, donde Jesús anuncia la llegada de Aquél que da claridad y luz allí donde solo existe oscuridad, duda e incredulidad: El Espíritu Santo (Paráclito). El Espíritu cuya llegada celebramos hoy, y de la cual no podemos sino seguir dando gracias al Padre, pues sin Él, la conversión y como consecuencia de ella, nuestra Fe en Cristo, serían imposibles. El Espíritu Santo hace posible que el mundo crea en Jesús crucificado y muerto por nuestros pecados, y como rocío puro caído del cielo (S. Ireneo de Lyon), da vida abundante a todos, y nos vivifica para llevar fruto que perdure al mundo.



  • Venciendo la tribulación con el auxilio de la Palabra y el Espíritu Santo

Como ya hemos mencionado, los Apóstoles aún vivían ajenos a las tribulaciones que estaban por venir. Habían caminado con Jesús, escuchado su llamado al arrepentimiento y a la conversión. Habían sido testigos de su reivindicación como el Mesías prometido por Dios y anunciado por los Profetas, y como evidencia de ello, habían presenciado los numerosos milagros que el poder de Dios llevó a cabo a través del Maestro. Sin embargo en sus mentes, toda esta experiencia se limitaba a esperar la restauración del orden conocido por ellos. A una purificación social, moral y religiosa del pueblo de Israel, donde la justicia de Dios ordenaría todo lo que era evidente que estaba trastocado. Ni por asomo eran conscientes de la envergadura del proyecto divino de restaurar y redimir no sólo a los judíos y a Israel, sino que el final de la historia era la redención de todos los pueblos conocidos, del mundo entero. Por tanto, ¿por qué iban a suponer pues o pensar que Cristo debía morir y dejar este mundo?, ¿cómo sería posible sufrir persecución si el Mesías estaba aquí junto a ellos?. Tan convencidos estaban de lo contrario que, como leemos en el Evangelio de hoy, sus corazones se entristecieron, negándose a aceptar la realidad que Jesús les anunciaba: “Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza a llenado vuestro corazón” (Jn 16: 6). Jesús sin embargo anuncia persecución, negación, expulsión, discriminación y finalmente, muerte (v2). Pues el mundo reaccionará con violencia y descrédito hacia la figura de Cristo, como tantas y tantas veces lo hizo respecto a la Palabra de Dios y sus Profetas. Es la reacción clara del pecado ante el anuncio de liberación de Dios hacia el hombre, ya que el pecado se resiste con fuerza a ser desterrado de nuestra naturaleza. Lucha, y desarrolla una fuerza extraordinaria para mantenernos en la esclavitud de la incredulidad. Sabe que la Fe es la estocada definitiva contra él, y la que en Cristo nos libera de las consecuencias nefastas del mismo: la muerte y condenación eternas. Y aquí, en esta lucha sin cuartel, es donde Jesús anuncia la llegada de una luz potente capaz de disipar las tinieblas de este mundo. La llegada de un aliado magnífico, del “Consolador, a quien yo enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre” (Jn 15: 26). Es este Espíritu el que hace posible la conversión del hombre, por medio del testimonio sobre Cristo y su obra, y es el que da Vida por medio de la Palabra de Dios: “él dará testimonio acerca de mí” (v26). Y por tanto, he aquí la clave para la conversión del mundo que aún vive en la incredulidad: la Palabra como testimonio vivo y como eficaz instrumento para la acción del Espíritu Santo. “Escudriñad las Escrituras, pues a vosotros os parece que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn 5 39). !Palabra y Espíritu Santo para la conversión del mundo¡.

·         La acción multiple y eficaz del Espíritu Santo

Jesús comunica a los Apóstoles la necesidad de su partida, de manera que el Espíritu Santo dé comienzo a su obra de conversión: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré” (v7). Con estas palabras los discípulos reciben el consuelo de saber que aún sin la presencia física de Cristo en la tierra, la acción de Dios seguirá siendo activa y eficaz. Dios no abandona nunca a su pueblo, y por medio de su Espíritu sigue y seguirá trayendo salvación a los hombres. Y el Evangelio nos aclara de qué manera actúa y qué acciones desarrolla el Espíritu Santo entre nosotros: “ y cuando él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (v8). La primera y necesaria obra es pues mostrar la realidad y gravedad del pecado, el cual es el eje alrededor del que gira la problemática de salvación del hombre. Y como exponente del empeño humano de permanecer en el mismo, Jesús nos enseña que la incredulidad en Él y su obra de redención, son la mayor muestra de ello: “por cuanto no creen en mí” (v9). En segundo lugar el Espíritu ilumina nuestro entendimiento para comprender que, tras la muerte, resurrección y ascensión de Cristo a los cielos, la justicia de Dios ha sido plenamente satisfecha: “de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más” (v10), y que Dios se manifiesta:  “con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fín de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe en Jesús” (Rom 3:26).  El Espíritu proclama pues al mundo la perfecta, gratuita y llena de gracia Justicia de Dios en Cristo, ¡Nuestra Justicia!. Y por último, su obra incluye igualmente anunciar la derrota absoluta de Satanás, proclamar que el mal y aquellos que perseveran en él, ya han sido en realidad juzgados: “por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (v11). No podemos entender plenamente el misterio de la conversión, de la obra invisible por la cual un ser humano deja de resistirse a la acción del Espíritu Santo y cree (Hech 7:51). Pero en estas palabras de Jesús, sí podemos entender y ver la secuencia de aquellas verdades que nos es necesario creer y que creemos: rechazo al pecado, justicia de Dios en Cristo y derrota del mal y sus consecuencias eternas. Y todo este conocimiento lo provee abundantemente no nuestra razón o inteligencia, sino el Espíritu de Dios, desde el mismo momento de nuestro bautismo y durante toda la vida del creyente. Él nos sostiene en Fe, y en Él tenemos: “justicia, paz y gozo” (Rom 14:17).

  • El Espíritu Santo vive ahora en nosotros

El Espíritu Santo es entre muchos cristianos, un gran desconocido aún siendo la tercera persona de nuestro Dios Trino. Su acción invisible y misteriosa hace que algunos lo vean como un ser distante y poco conectado con sus vidas. Sin embargo, ¡cuán grave error es tener esta visión!. Pues el Espíritu de Dios en realidad vive en nosotros, mora en nosotros y forma parte de nuestro ser espiritual de manera inexplicable: “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente“ (2 Cor 6:16). Pero no sólo mora en nosotros de una manera sobrenatural, sino igualmente real: “o ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros” (1 Cor 6:19). ¡Cuántos son los que ignoran que ahora habita en ellos por la Fe nuestro Dios Espíritu Santo¡. Y es importante saber esto y tenerlo siempre presente, para que nuestras mentes, acciones y nuestra vida en general, traten de honrar a Aquél que mora en nosotros y nos da Vida, aspirando siempre a vivir en consonancia con esta nueva existencia que tenemos en Cristo. De ahí la amonestación del Apóstol Pablo: “y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el dia de la redención” (Ef 4: 30). Y para ello y siguiendo el consejo de Dios en Su Palabra, apartemos de nosotros toda amargura, enojo, ira y todo aquello que ensucia el alma y entristece al Espíritu Santo, y perseveremos en el amor, la misericordia y el perdón tal como nosotros fuimos perdonados en Cristo (v31-32). Así honramos al Espíritu que llevamos en nosotros, y así hacemos de nosotros una morada digna para Él.

Jesús anuncia finalmente que este Espíritu nos guiará a la Verdad, hablando un mismo mensaje de parte de Dios, en armonía perfecta con todo aquello anunciado por Cristo: “él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que  hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Jn 16:13). Un Dios Trino, un mismo Dios que proclama un mismo testimonio para la humanidad: “que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti 1:15), y por ello ¡El Espíritu Santo glorifica a Cristo por siempre!.

CONCLUSIÓN

Los discípulos se hallaron reunidos tal dia como hoy, en el día de Pentecostés. Estaban juntos, y unánimes en su fe (Hech 2: 1), y a punto de experimentar la promesa de Cristo de enviar al Espíritu de Verdad, y de mostrar al mundo que nuestro Dios seguía junto ellos y que sigue junto a todos los creyentes. Que somos fortalecidos en fe y en testimonio gracias a la presencia viva en nosotros de este Espíritu Santo, y que ni las lenguas ni las limitaciones humanas son un obstáculo para que el nombre de Cristo sea proclamado con fuerza a todas las naciones de la Tierra. Nosotros somos hoy esos mismos discípulos, sellados en el Bautismo con el mismo Espíritu y reunidos unánimes en torno a la Santa Palabra de Dios y los Sacramentos. Y damos gracias a Dios en Cristo por enviar a nosotros al gran Espíritu divino, el cual cada día fortalece, renueva y vivifica nuestra fe, por medio de la cual invocamos el nombre del Señor (v21) para salvación. Por eso hoy clamamos con fuerza, !Espíritu Santo, ven!. Que así sea, Amén.

                                           J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla