domingo, 6 de mayo de 2012


               Permaneced en Mí: Expresión de la Relación entre Cristo y el Cristiano”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                          06-05-2012

Primera Lección: Hechos 8:26-24

Segunda Lección: 1 juan 4:1-11

El Evangelio: Juan 15:1-8



Antes de subir por última vez a Jerusalén, Jesús dirigió a sus discípulos varios discursos sublimes y consoladores. De uno de estos proceden las palabras recién leídas en el Evangelio. Allí Jesús exhorta y ruega a sus discípulos: “Permaneced en mí, en unión conmigo”, y añade varias razones de por qué ellos debían dar cumplimiento a ese ruego. Lo que aquí se dice, debe ser también para nosotros motivo de constante preocupación. Así como Jesús tiene puestos en nosotros sus ojos día y noche cuidando de conservarnos en unión con Él, así también nosotros debemos esforzarnos día y noche por mantener viva y estrecha nuestra relación con Él. Consideremos pues ahora, guiados por el Espíritu Santo e iluminador, y para provecho de nuestras almas: El Ruego de Jesús a los Suyos: Permaneced en Mí, como Expresión de la Relación entre Cristo y el Cristiano.

I “Permaneced en mí”, así ruega Jesús a sus discípulos, a nosotros todos. Tres breves palabras, y sin embargo, ¡cuan profundo es su significado! Si alguien me pide que permanezca en él, esto presupone que ya estoy con él. Si no fuese así, tendría que decirme: ¡Ven a mí! De modo que si Jesús nos ruega: permaneced en mí, sus palabras expresan que ya estamos en compañía de Él, que somos sus amigos y hermanos. ¿Con qué, amados míos, hemos merecido ser llamados amigos de Jesús? La Palabra de Dios afirma: “Éramos por naturaleza hijos de ira”, Efesios 2:3 y en el Tercer Artículo del Credo confesamos: “Creo que por mi propia razón o poder no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni venir a Él”. Todos sabemos y sentimos que somos pecadores. Un pecador es quien transgrede los mandamientos de Dios y no puede ser amigo de Dios; antes bien, debe sentir temor ante el santo Dios, puesto que Dios amenaza castigar a todos los que traspasan sus mandamientos.

A pesar de esto, Jesús nos ruega: Permaneced en mí. Con esto quiere decirnos: Yo sé que por naturaleza estabais alejados de mí. Yo sé que a causa de vuestros muchos pecados estabais bajo el dominio de Satanás, y con él deberíais haber sido condenados al fuego del infierno, para castigo eterno. Yo sé también que por vuestra propia iniciativa no podíais ni queríais venir a mí. Más precisamente por esto yo vine a vosotros a esta tierra. Yo, el verdadero y eterno Hijo de Dios, me hice hombre en bien vuestro y llegué a ser vuestro hermano, para arrancaros del poder del diablo y del infierno. Yo cargué con vuestros dolores, en vuestro lugar padecí la ira y el castigo de Dios, con mi muerte en la cruz pagué lo que vosotros habíais merecido. Mediante la predicación de mi Evangelio os llamé hacia mí y os di justicia; porque todo aquel que cree en mí y en mi Palabra, es tenido por justo ante el Padre celestial, al tal Dios le perdona todas sus iniquidades, le condona su deuda contando a su favor los méritos míos. Así vosotros sois ahora míos, yo mismo os doy el derecho de ser llamados amigos e hijos de Dios. Y puesto que sois míos, yo os sostuve hasta el día de hoy con amor y fidelidad, os proveí de todo lo necesario para la vida, y fui en toda dificultad y aflicción vuestro fiel socorro y dulce consuelo. Y así lo haré también en lo futuro, hasta el fin de vuestros días; y cuando termine vuestra corta vida terrenal, os daré vida, paz y gozo eternos en el cielo. Por esto os ruego: Permaneced en mí. ¿Os dais cuenta ahora, amados míos, de cómo estas pocas palabras de Jesús encierran todo el inmenso, divino amor del Salvador para con los pobres hombres?

Pero hay más aún. Si alguien me ruega: Permanece en mí, lo hace porque piensa que yo quizás pueda tener la intención de irme. Así también nos ruega Jesús: Permaneced en mí; pues a pesar de que ahora sois míos, estáis diariamente en peligro de abandonarme.

Vosotros diréis: ¡Jamás suceda esto! Para siempre permaneceremos en Jesús, en su Palabra, en su Iglesia. Sin embargo, más de uno que confiaba en sí mismo tan firmemente, luego me abandonó. No debéis desestimar la astucia del diablo; éste os tienta con seducciones que al principio parecen insignificancias, y si no estáis siempre alerta, os arrastra a la perdición cuando menos lo pensáis. Recordad el ejemplo de Adán y Eva; también ellos querían ser obedientes a Dios, y de pronto se dejaron seducir por la serpiente, quebrantaron la orden divina, comieron de la fruta prohibida, e introdujeron así el pecado al mundo. Recordad el ejemplo de Caín: primero no hizo más que airarse con su hermano, y después fue y le mató. Así el diablo aún hoy arma sus acechanzas a los hombres y trata de separarlos astutamente de mí, el Salvador. Más de uno que quería ser cristiano sincero comenzó por tener uno de esos pequeños “pecados favoritos”, nada más; quizás le gustaba jugar por dinero, o hacer de vez en cuando algún negocio fraudulento, o beber una copita demás, o usar palabras poco decentes; pero poco a poco el diablo llevó al tal hombre al extremo de que el pecado aparentemente pequeño se convirtió en vicio grande. Más de uno pensó en un principio: No será cosa tan grave si este domingo no asisto al Oficio Divino; alguna vez el hombre puede divertirse también y paulatinamente adquirió el hábito de usar el tiempo del culto para sus diversiones, y así su celo por la Palabra de Dios se enfrió y se apagó. Por esto nos ruega Jesús, cuidaos bien, no os dejéis ahogar por los afanes y placeres de esta vida, sino antes, permaneced en mí. ¿Y qué será nuestra respuesta a ese ruego del buen Señor? ¡Oh! exclamemos como el salmista: “¿A quién tengo en el cielo sino a ti? y comparado contigo nada quiero en la tierra.” Salmo 73:25.

Y algo más nos revelan las palabras de Jesús: su dolor por los que le abandonan. Si alguien me ruega: Permanece en mí, demuestra con ello que mi partida no le causa satisfacción, sino pena. Así Jesús quiere decir con su ruego: Si me abandonáis, si os volvéis indiferentes hacia mí y hacia mi Palabra, si perdéis la fe en mí, si preferís confiar en vosotros antes que en mí, si os agrada más vivir como los incrédulos que como un hijo de Dios, ¡qué pesar me causáis entonces! Pues en tal caso, todo mi afán y cuidado por vosotros fue en vano, en vano me entregué por vosotros a la muerte, en vano fue también todo el amor que os dispensé. Y si entonces ya no halláis paz para vuestras almas, si os aterra la mala conciencia, si os hundís en la desesperación a causa de vuestros pecados y finalmente os perdéis para siempre, la culpa de ello es exclusivamente vuestra, y en nada os podré ayudar ya, puesto que rechazasteis mi gracia y redención. Por esto os ruego como vuestro bondadoso Salvador que soy: ¡No me abandonéis, sino permaneced en mí!

Hemos oído así el ruego del Salvador, un ruego que nos atañe a todos nosotros, ya que todos deseamos ser amigos de Jesús y salvados por Él. Y por esto os ruego también yo, que fui puesto por Dios entre vosotros como vuestro predicador y consejero espiritual, ¡permaneced en vuestro Salvador!

Ahora bien, para respaldar su ruego, Jesús aduce aún algunas razones que le impulsan a expresar tal ruego.

II. No cabe duda, sin Jesús nada podemos hacer. Una vez que el sarmiento ha sido cortado de la vid, no puede ya producir fruto alguno. Así tampoco podrá ya hacer obra buena alguna el hombre que se separó, que apostató de Dios. El que no ama a Dios sobre todas las cosas, no podrá ni querrá guardar sus mandamientos. Bien, pero: ¿no conocemos también nosotros personas que sin ser creyentes en Cristo hacen no obstante mucho bien, y hasta lo hacen a nosotros mismos? ¿Qué diremos de éstos? Si un incrédulo hace algo que a ojos humanos parece bueno, lo hace mayormente para cosechar alabanzas, o porque espera obtener con ello alguna ventaja. Y aunque no fuera así, aunque una persona se mostrase amable con otros por cierta bondad natural, esto no quiere decir que sus obras necesariamente han de ser buenas ante los ojos de Dios, por más que lo parezcan ante la vista nuestra. “El nombre mira a los ojos, mas Jehová mira al corazón”, 1 Samuel. 16:7. Caín presentó al Señor un sacrificio, al parecer exactamente como su hermano Abel, y sin embargo, sólo el sacrificio de Abel fue del agrado de Dios. ¿Por qué? Porque Abel era hombre piadoso; Caín en cambio abrigaba pensamientos de envidia y de odio. En el reino de Dios rige esta regla: Todo lo que no es de fe, es pecado, Romanos 14:23. La fe es lo único que decide. Quien posee fe, es justo y bueno ante Dios, pues por la fe viene el perdón de pecados. Quien no posee fe, es y será siempre un pecador perdido y condenado, por más intachable que nos parezca su conducta. ¿Veis ahora cuan importante es el ruego de Jesús “Permaneced en mí”?

Jesús prosigue: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden”. v. 6. El que se aparta de Jesús, no sólo no puede ya hacer el bien, sino que tampoco quiere hacerlo. Creyente aún, vivía como hijo de Dios, pero al poco tiempo se puede constatar justamente lo contrario. Ni bien el sarmiento es cortado de la vid, comienza a secarse. Un hombre tal se hace siempre más indiferente hacia la voluntad de Dios, sus pecados y vicios alcanzan siempre mayor predominio y así ocurre a menudo que un amigo de Dios se convierte con asombrosa rapidez en su enemigo. Como es recogido el sarmiento seco y echado al fuego para ser quemado, así llegará también la hora en que el Señor en su justa ira recogerá a todos los impíos y los echará en el fuego del infierno donde les sobrará tiempo para maldecir su apostasía que los condujo a ese lugar de tormentos. Por esto el ruego de Jesús es al mismo tiempo una seria advertencia a todos nosotros: Permaneced en mí, pues sólo así vuestra alma quedará a salvo de la desdicha sin fin.

Finalmente el Señor menciona una razón más por qué hemos de permanecer en Él: porque Él cuida tan paternalmente de que podamos permanecer en Él. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”, v. 7. Si permaneciereis en mí, dice Jesús, también mis palabras permanecerán en vosotros. Si no dais las espaldas a vuestro Salvador, Él se os manifestará siempre de nuevo en su Palabra. Siempre de nuevo os hablará por boca de los que anuncian el Evangelio y siempre de nuevo os asegura cuánto os ama, cómo os quiere socorrer en toda necesidad, con cuánta longanimidad os perdona todos vuestros pecados y cuan vivamente desea reuniros a todos consigo en el cielo. Pero no sólo es Dios el que habla; también nosotros podemos hablar a Él: “pedid todo lo que queréis, y os será hecho”. Con toda franqueza podemos dirigirnos a Él en nuestras oraciones, podemos confiarle nuestras preocupaciones grandes y pequeñas, seguros de poseer en Él a un amigo que en todo momento nos escucha y que tiene también la voluntad y el poder de darnos lo que más nos conviene, y esas conversaciones mutuas, las promesas divinas dirigidas a nosotros, y nuestras súplicas dirigidas a Dios, constituyen un lazo fuerte que une a criaturas y Creador. ¿Habríamos de romper nosotros ese lazo anudado por Dios mismo, y seguir nuestro propio camino sin Dios? ¡Cuan ingrato, insensato y funesto sería tal proceder! Por tanto, tomemos siempre a pechos, en nuestro propio bien, el ruego de Jesús: ¡Permaneced en mí! Y exclamemos como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes las palabras de vida eterna: y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!” Juan 6:68-69.  Amén.

Rvdo. Érico Sexauer