domingo, 13 de mayo de 2012

Sexto Domingo de Pascua.


Sexto Domingo de Pascua -

        


       la fe que vence al mundo






TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     
Primera Lección: Hechos 10:34-48

Segunda Lección: 1º Juan 5:1-8

El Evangelio: Juan 15:0-17

Sermón

INTRODUCCIÓN

El concepto de “victoria” tiene para los hombres, y más en nuestros tiempos, un sentido fuertemente competitivo, de ser capaz de imponernos a un rival, de alcanzar metas y objetivos. A nadie en circunstancias normales se le ocurriría pensar sin embargo que vencer en el sentido espiritual, pueda estar relacionado con ideas tales como acatar mandamientos, amar el enemigo, sacrificarse por el otro etc. Pero para el cristiano precisamente, todas estas ideas conforman tal y como nos enseña la Palabra, el núcleo de la aplicación práctica de su fe cada día. Jesús nos llama a una nueva relación con Él y con el mundo, basada en la obediencia a Dios, el amor y la amistad con Cristo y como máxima expresión de ése amor, la fe en el Hijo de Dios por cuya sangre obtenemos perdón y salvación.



  • Los Mandamientos como expresión del amor entre Dios y los hombres.

¡Cuán difícil nos resulta a los seres humanos someternos a una norma!. El hombre en su estado natural, quiere ser libre y le molesta que se le asignen límites o que se le exija adecuarse a un comportamiento determinado. La voluntad carnal prefiere imponer sus propios criterios y no someterse a nada. Esto ya lo experimentaron nuestros primeros padres en el Edén, cuando estimaron que la única norma que Dios les aplicó, debía ser transgredida para su beneficio personal (Gn 3:6). Sin embargo Jesús hoy nos llama a cumplir los mandamientos de Dios, y nos muestra el ejemplo de su propia persona, donde él mismo los ha guardado todos. Lo más sorprendente para el hombre es que este llamado se hace en nombre ni más ni menos que del amor: “Si guardáreis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre,  permanezco en su amor” (v10). Es decir, los cristianos ya no estamos sometidos a un concepto de la Ley legalista, donde prevalece la letra desprovista de su espíritu (2 Cor 3:6), sino que debemos ser capaces de ver tras los mandamientos de Dios la razón de los mismos, el por qué de su existencia para nuestras vidas. Y Jesús nos enseña que el trasfondo, la razón y la intención de Dios para el hombre en su Ley no es otra que el Amor. Somos llamados a permanecer junto a Él, pues de hecho gracias a la fe ya lo estamos, pero en una relación basada no en la imposición, ni en el mero temor a infringir una norma, sino en la confianza familiar de un hijo con su padre y de un padre con su hijo:  “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor” (v9). Sabemos que la Ley de Dios fue dada a los hombres para su bien, para que la vida pudiese desarrollarse en armonía en relación a nuestro Creador y también en relación al prójimo. Pues en la visión de Dios las relaciones se basan en un fundamento íntimo, donde el amor lo impregna todo; y por eso para Jesús amar a Dios y cumplir sus mandamientos son una misma cosa: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos” (1 Jn 5: 3). Aquí descubrimos el error de muchos que se llaman a sí mismos cristianos y afirman que la Ley de Dios no se les aplica a ellos; pues la Ley es Santa ya que es ley de Dios, “sus mandamientos no son gravosos” (v3), y además, tal como nos enseña el Apóstol Pablo en la Carta a los Gálatas: “la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gal 3:24). Por tanto el cristiano trata de cumplir la Ley en tanto que es voluntad amorosa de Dios para los hombres, y como aquella en la que tomamos conciencia del pecado en nuestras vidas al igual que un espejo refleja nuestra verdadera imagen (Rom 3:20), pero sobre todo como el maestro infalible que, ante la desesperación por las cargas que el pecado trae cada día, nos dirige a las manos amorosas de Jesús. En estas manos en fe descansamos de todo dolor y carga, pues Cristo toma nuestro yugo y lo transforma en una Cruz, donde el decreto contra nuestros pecados queda anulado por medio de Su sangre. ¿Podemos imaginar un acto de Amor más grande que éste?.

·         Viviendo en Cristo por medio del Amor

Tras hablarles a los discípulos de la necesidad de mantener una conciencia clara respecto al cumplimiento de los mandamientos, Jesús condensa la Ley de Dios en un único mandamiento, el cual magistralmente, resume la intención de Dios para los hombres: “Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (v12). ¡Qué maravilloso es el amor de Dios, que no se limita a una relación egoísta sino que se proyecta hacia el prójimo!. Pues el amor divino no pretende limitarse a una relación estrecha entre Dios y el hombre, sino que nos muestra que éste debe fluir hacia otros e impregnarlo todo. Dios no pretende un amor en exclusiva, sino que quiere que Su amor por nosotros nos sirva y nos abra el camino para un mundo más Sano, menos preocupado del yo y más enfocado en el otro. Pues: “todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”(1 Jn 3:10). Y es que no podemos amar a Dios y no amar al prójimo al mismo tiempo. Tal cosa es imposible para el creyente, como nos enseña Jesús: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt 25: 40). De nuevo, amar a Dios y al prójimo están tan íntimamente conectados que son acciones inseparables. Y como ejemplo definitivo de la fuerza de este Amor que proviene de nuestro Padre, el Señor lo ejemplifica con su propia acción redentora, su sacrificio vicario por todos nosotros, sus hermanos espirituales y en palabras suyas, sus amigos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (v13). Hablamos aquí de una amistad que hunde sus raíces en el deseo inquebrantable de Dios para con la humanidad, de dar vida y salvación a todos por medio de la fe. Una amistad que recibimos por pura gracia, y que en contrapartida sólo pide una cosa: obedecer a Cristo, “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (v14). Y este obedecer no será para nosotros una carga pesada (Mt 11: 30), sino alegre y reconfortante, pues consiste en resumidas cuentas en poner en práctica la misericordia y el amor con el hermano y el prójimo en general. Poca cosa parece esta petición en contrapartida por las bendiciones que recibimos cada día de nuestro Padre. ¡Y qué decir si la comparamos con la vida eterna que Jesús nos asegura por medio de su muerte y resurrección!. Y sin embargo, ¡cuánto nos cuesta muchas veces amar y todas las acciones que se derivan de ello, como la caridad (Cáritas) y el perdón!. Pero cuando esto suceda, cuando no estemos dispuestos a satisfacer esta sencilla petición de Jesús, miremos a la Cruz. Dejemos que sea ella la que nos muestre lo asequible que es para nosotros, en comparación con el precio pagado por Dios en su Hijo , el cumplir con aquello que se nos pide .

·         Liberados de la servidumbre del pecado ahora somos llamados a la amistad con Dios

La amistad, cuando es verdadera, es una de las experiencias más reconfortantes que hay en la vida. Saber que alguien se preocupa por tí, sentirse apreciado, querido, apoyado. Se suele decir que, quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Y no podemos dejar de maravillarnos de que Cristo, no sólo nos ha revelado el conocimiento de Dios mismo en su persona: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14: 9), sino que también nos ha revelado Su voluntad redentora para con el hombre: “todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (v15). Y es en esta entrega total de Jesús para con nosotros, donde ahora somos llamados “amigos”, un título inmerecido para nosotros, pero que restaura nuestra relación con Dios, rota por el pecado. Dios ya no nos ve como sus enemigos, como aquellos que rechazamos con obstinación su Ley, sino como aquellos que por medio de la Fe, hemos vencido al mundo, pues: “Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios” (1Jn 5: 5). Y para nosotros, no hay verdad más cierta que esta filiación divina de Cristo, y ahora también de nuestra amistad con Él. Pero Jesús, que conoce perfectamente la mente del hombre, y sabe de su facilidad para reinterpretar la verdad a su conveniencia, nos deja claro algo que es importante recordar, para que la Gracia sea el vehículo exclusivo de la misericordia de Dios, y no la atribuyamos a otras cosas : “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (v16). Es decir, no ha sido nuestra supuesta bondad, razón o decisión personal la que nos ha llevado a los pies de la Cruz, sino que la llama misma de la Fe que llevamos en nuestros corazones se debe ni más ni menos que al Amor de Dios cuando, “estando muertos en pecados, y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Col 2: 13). Por tanto, si alguien quiere enorgullecerse de algo a causa de su Fe, no piense ni por un momento que esta se debe a otra cosa que al Amor de Dios y su misericordia. Siendo así pues, ¡proclamemos nuestra fe!, ¡llevemos fruto que permanezca! (v16), pero no olvidemos nunca que, si alguno quiere gloriarse de algo: “gloríese en el Señor” (1 Cor 1: 31).



CONCLUSIÓN

Nos acercamos a las puertas de Pentecostés, donde el Dios que “en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hech 10: 35), se revelará a los discípulos por medio de la llama de Vida del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que mora en nosotros y que nos sostiene a diario, dándonos el testimonio de la Verdad. Y a nosotros sólo se nos pide una cosa: Amar. Amar a Dios en su Palabra y en su Ley, amar al prójimo como fruto de nuestro amor por el Creador, amar a Cristo y permanecer en su amor, amar al Espíritu Santo como “Señor y dador de vida”, y amar al mundo “anunciando el evangelio de paz por medio de Jesucristo” (Hech. 10: 36). Este es el gran mandamiento que Cristo nos llama a cumplir, y nuestra gran comisión en esta vida. ¡Que así sea, Amén!                                                           

 J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla