domingo, 22 de abril de 2012

3º Domingo de Pascua.

“Comprender las escrituras”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección:

Hechos 3:11-21

Segunda Lección: 1ª Juan 3:1-7

El Evangelio: Lucas 24:36-49

Sermón

INTRODUCCIÓN

No diremos nada nuevo, si recalcamos la importancia para el creyente del conocimiento de las Escrituras para su vida de fe. Al fin y al cabo, pensarán algunos, este enfoque es uno de los presupuestos de la Reforma, y es lógico que desde nuestras congregaciones proclamemos el “Sola Scriptura” como una de las reivindicaciones propias de la Iglesia Luterana. Sin embargo, como veremos en el Evangelio de hoy, esta defensa acérrima de la Palabra como fuente suprema de la revelación de Dios, no es una mera postura denominacional, sino un enfoque necesario que afirma que Dios se revela en las Escrituras anunciando el cumplimiento de sus promesas de salvación en la figura de Cristo. Y que Cristo es proclamado en Ellas desde el Génesis hasta el Apocalipsis para testificar de la obra de redención llevada a cabo por Él. Pero necesitamos escuchar esta Verdad con un entendimiento abierto, por obra del Espíritu Santo, pues de otra
manera, la Biblia será para nosotros un libro cerrado. Un texto lleno de historias que no sabremos ni cómo interpretar, ni cómo conectar con nuestras vidas. Cristo es el Rey de la Escritura (Rex Scripturae), en palabras del propio Lutero, y sólo con esta visión cristocéntrica, la Biblia ser revela como lo que realmente es: La Palabra de Dios que lleva a la salvación a los
hombres proclamando a Cristo, y el medio que Dios usa para afianzar y dar consistencia a nuestra fe por encima de nuestras dudas y temores.

Jesús resucitado trae la Paz a los hombres.

Tras la muerte de Jesús en la Cruz, parecía como si toda la fuerza y el testimonio existente en los Apóstoles se hubiese esfumado. Los temores y miedos a la persecución por parte de los judíos
afloraron súbitamente entre ellos, y el desconcierto sobre lo sucedido con su maestro fue en aumento. Ni siquiera las noticias sobre su resurrección sirvieron de mucho, pues aún habiendo escuchado los anuncios sobre lo que sucedería con el Cristo, tanto por parte de las Escrituras como por la boca del mismo Jesús, sus mentes estaban en total oscuridad al respecto. ¿Ha resucitado el Señor en verdad?, ¿es posible esto realmente?. Y así, confundidos y desorientados los encontró Jesús en el camino. Y en primer lugar Jesús aplaca esta confusión con sus hermosas palabras: “Paz a vosotros” (v36). Porque Jesús sabe de la lucha interior que sufren estos hombres, la misma lucha que se lleva a cabo en todo creyente, entre su fe y el peso de su carne pecadora.

Entre creer en las promesas divinas y aquello que su razón y sentidos le muestran de la realidad aparente en que viven. Es Jesús una vez más quien sale en búsqueda del hombre, para sacarlo del pozo de su falta de fe: “¿Por qué estais turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?” (v38).

Esta pregunta bien podemos aplicarla a cada uno de nosotros, cuando en nuestra vida diaria permitimos a menudo que los problemas de la vida y la carne, nos hagan olvidar que Jesús resucitado ha roto por nosotros las cadenas del pecado y la muerte. ¿Qué son entonces, ante esta gloriosa realidad nuestros problemas y tribulaciones?, ¿cómo afianzarnos pues en una fe que resista todo atisbo de duda y temor?. Los mismos discípulos necesitaron no sólo ver a Jesús
corporalmente, pues aún así: “pensaban que veían espíritu” (v37).

Cristo tuvo que demostrarles la realidad gloriosa de su resurrección corporal por medio de las huellas de su pasión, e incluso ¡comiendo con ellos! (v38-41).
Pero entonces, si aquellos hombres santos necesitaron tales pruebas, ¿qué necesitaremos nosotros para alimentar y fortalecer nuestra fe, aquella que no necesita ver para creer (2 Cor.5:7). Necesitamos tal como leemos en el Evangelio de hoy, acudir a la fuente de donde mana esta misma fe, que no es otra que aquella que ofrece aguas de pureza cristalina: las Escrituras, la
Palabra de Dios. En ellas todo se aquieta, adquiere claridad y sentido, y en ellas hallamos consuelo y la Paz de Cristo.

Era necesario que el Cristo padeciese y resucitase al tercer día

La muerte de Jesús ha sido interpretada en algunos ámbitos teológicos como una serie de meras consecuencias históricas. Según este enfoque, Jesús se rebeló contra el status quo social y político de su tiempo, y murió así como consecuencia de ello y de su coherencia personal. Difícil es reconocer aquí al Hijo de Dios que entrega su vida voluntariamente por la salvación del mundo (Jn 6: 51). Y sin embargo en el Evangelio de hoy, Cristo afirma precisamente: “que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mi en la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos” (v44). Es decir, las Escrituras anuncian que Cristo muere históricamente, pero no como consecuencia de hechos meramente humanos, sino cumpliendo el plan redentor de Dios para los
hombres, pues “fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día” (v46). Este es el verdadero sentido de la muerte de Cristo: cumplir con la Justicia divina (Is 42:1), y pagar la deuda que cada uno de nosotros tiene contraída con Dios a causa del pecado,
para luego resucitar y destruir el peso mismo de la muerte. Cualquier otra interpretación por nuestra parte, no será sino el intento de imponer a Dios nuestros propios razonamientos y nuestro concepto de la justicia. Y por ello es por lo que no debemos filtrar el contenido de la Palabra desde nuestros propios criterios, ya que entonces tal y como ocurrió con los discípulos, nos invadirán las dudas, el temor y hasta el espanto llegado el caso (v37). Debemos dejar que las Escrituras hablen con su propia voz, pues solo así ellas revelarán a los creyentes la verdadera profundidad de estos misterios, y a Cristo como el cumplimiento de todas las promesas de restauración. Necesitamos entonces entender los acontecimientos de la Pasión y Resurrección de Jesús a la luz de la Palabra; pero para ello es necesario a su vez algo más, sin lo cual nuestra mente y corazón seguirán cerrados, incapaces de percibir la Verdad: abrir el entendimiento, “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (v45). Esto significa que, desde una escucha atenta y confiada a Dios en Su Palabra, con humildad y sencillez, la acción del Espíritu Santo, línea a línea y letra a letra, nos revelará en ella el puro
Evangelio de Cristo para perdón de pecados.

Testigos del cumplimiento de las promesas divinas

Tras hacerse presente a los discípulos, y mostrarse a ellos como prueba de su resurrección física, Jesús los dirige a apuntalar su fe en la Palabra de Dios.

Pues la fe no se sustenta en aquello que nuestro propios ojos pueden ver.

Requiere por encima de todo una entrega confiada que sólo puede venir de algo más profundo: el convencimiento de la fidelidad y la misericordia de Dios para con nosotros. Y esta fidelidad y misericordia se hallan proclamadas explícita y continuamente en las Escrituras (1 Jn 1:9). Pero Cristo no sólo los ilumina con el recuerdo de los anuncios y promesas del pasado, sino que redirige sus mentes también al futuro: “y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (v47). Con su Pasión
y resurrección Jesús ha llevado a cabo el cumplimiento de las promesas divinas, y ahora emplaza a los discípulos a continuar con la tarea de este anuncio de liberación para el mundo. Y de manera intencionada expone la secuencia precisa en que debe ser hecho: arrepentimiento en primer lugar, y perdón de pecados seguidamente. Proclamamos el gozo de la Buena Noticia del amor de Dios en Cristo, pero en primer lugar la Ley debe hacer su efecto en el hombre. Debe mostrarle la seriedad del pecado en su vida, y de las funestas consecuencias de ignorarlo o, como habitualmente sucede en nuestra sociedad actual, negarlo. Como explicó el teólogo alemán Bonhoeffer: “la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de Su Hijo, -Habéis sido adquiridos a gran precio-, y porque lo que le ha costado caro a Dios, no puede resultarnos barato a nosotros”. Podemos usar esta reflexión, expresada en un contexto muy diferente, también para indicar que no puede haber perdón de pecados sin arrepentimiento previo, pues esto no sería más que malbaratar esta gracia que hemos recibido. Y así pues, a los
discípulos ahora sólo les falta, una vez abierto su entendimiento por medio de las Escrituras, el ser investidos de poder: “la promesa de mi Padre” (v49), y ser “testigos de todas estas cosas” (v48). ¡Seamos nosotros también testigos con ellos por medio de ése mismo poder que recibimos en nuestro Bautismo!; el poder del Espíritu Santo que nos asiste cada día de nuestra vida.

CONCLUSIÓN

Tras su resurrección el Señor se mostró a los discípulos y despejó sus temores y dudas abriendo sus mentes para que comprendiesen el plan de Dios. Y lo hizo dirigiéndolos a las Escrituras, como voz confiable y luz para los hombres (Sal 119:105). Tras esto el Espíritu Santo los invistió de poder para ser testigos del Evangelio a todas las naciones. Del mismo modo nosotros los
creyentes contamos con la asistencia del Espíritu Santo, como promesa recibida en nuestro Bautismo. Contamos igualmente con la Palabra de Dios, la cual proclamamos para que sea ella la que convenza a los hombres con Su Verdad, para que ella proclame. “Paz a vosotros” (v36), la verdadera Paz: “la Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Flp. 4:7). ¡Que así sea,
Amén!.

J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo,
Sevilla