sábado, 13 de abril de 2013

Tercer Domingo de Pascua.




”¡Sigue a Cristo y su Justicia!”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      14-04-2013

Primera Lección: Hechos 9:1-22
Segunda Lección: Apocalipsis 5: (1-7) 8-14
El Evangelio: Juan 21: 1-14 (15-19)
Sermón
         Introducción
Todos los que confesamos a Cristo por medio de la fe, nos consideramos seguidores suyos, y en los momentos fuertes de nuestra vida, nos parece que nada podrá hacernos flaquear en el testimonio. Pero no todos vivimos la misma vida, ni afrontamos en ella los mismos desafíos ni circunstancias adversas. Por eso no debemos nunca juzgar la aparente debilidad en la fe de otros, pues no conocemos sus circunstancias ni mucho menos el valor de cada persona en el plan de Dios. La vida de fe es una vida interior, que se proyecta al exterior en nuestros actos, cierto. Pero precisamente por ser interior tiene una dimensión que sólo es visible para Dios y que sólo Él es capaz de evaluar y, llegado el caso, moldear. El ejemplo más claro lo tenemos en los discípulos, y concretamente hoy en el propio Apóstol Pedro, un hombre de enormes luchas interiores, y que llegó a negar a Cristo hasta tres veces. ¿Qué podríamos esperar después de esto sino su exclusión del grupo de los discípulos?, ¿qué pensar de él sino que no era digno de su Maestro?. Sin embargo, Dios escribe recto en renglones torcidos, y esta será la lección de hoy para nuestra vida.
         ¡Echa las redes!
Encontramos en la lectura del Evangelio a los discípulos enfrascados en aquello que había sido el medio de sustento para algunos de ellos: la pesca. Habían salido de Jerusalén, probablemente para escapar de la presión a la que estarían sometidos por las autoridades judías y el propio pueblo. Todos eran seguidores conocidos de Jesús, y todos eran sospechosos de apoyar a un blasfemo al que acababan de ajusticiar. Era pues cuestión de tiempo que fuesen capturados ellos también. Y así, volvieron a echar las redes al mar de Tiberias en busca de peces, y de nuevo se conforma una escena donde los esfuerzos del hombre por alcanzar su recompensa son inútiles y donde la frustración hace mella: “Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada” (v3).Y es en este contexto ya conocido (Lc 5:4) donde los encuentra de nuevo Jesús, en una especie de nuevo comienzo que repite una experiencia similar con los discípulos: “Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer?. Le respondieron No” (v4-5). Inicialmente los discípulos no reconocieron a Jesús, y también desconocían que estaban ante un nuevo comienzo. Sí, estaban ahora ante un nuevo comienzo donde ya no habría sin embargo más anuncios de muerte y sacrificio, sino de vida, esperanza y alegría. El Resucitado había vuelto como prometió, y de nuevo la Palabra de Cristo les abre aquí el camino: “El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces” (v6). La pesca está dispuesta, pero no será sin embargo el esfuerzo del hombre la que la alcanzará, sino la Palabra de Dios que es capaz de abrir los mares para que Su pueblo pase por caminos de salvación (Ex.14:22). No fue pues por su apariencia visible por lo que Jesús fue reconocido por los discípulos, sino por la autoridad de su Palabra que ellos fueron capaces de percibir. Y esto es igualmente aplicable a nosotros, cuando gracias a la acción del Espíritu Santo, podemos reconocerlo y encontrarnos con Cristo en la voz de esta Palabra, desde donde Él nos habla y anima a echar las redes en el mar embravecido de nuestra vida. Aquí, en cada jornada que afrontamos, Cristo está junto a nosotros como estuvo con los discípulos, y es por esto que debemos combatir el desánimo, la frustración y los peligros y dificultades poniendo nuestra atención sólo en Su Palabra, que en los momentos de duda nos inquiere: “¿Dónde está vuestra fe?” (Lc 8:25). Pues el mundo aparece en ocasiones con aspecto de sequedad y muerte, pero sin embargo es precisamente la Palabra la que desciende a la oscuridad de las aguas y descubre los lugares profundos donde se hallan esas almas necesitadas de la reconciliación con su Creador. Almas que esperan las redes de la gracia, el perdón y la salvación para dejar atrás las tempestades que las mantienen en sombras de muerte . Preparad pues discípulos, vuestra barca y aparejos, pues el Señor os llama cada día a la sagrada Obra de la pesca divina: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4:19).
         Hay restauración segura en Cristo
Parece que Jesús tenía previsto un encuentro especial con Pedro, cuando lo llevó aparte y, hasta en tres ocasiones, le preguntó por su amor a Él: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?” (v15,16,17). Estas tres preguntas eran como tres oportunidades de resarcir las tres negaciones que Pedro, la noche en que Jesús fue entregado (Jn 18:25-27), había realizado al ser identificado como seguidor suyo. ¿Qué podía ser peor para un discípulo que negar a su maestro?, ¿Y qué podía esperar alguien así sino el repudio y la acusación por su cobardía y falta de fe?. Así ocurre también en muchas ocasiones con nosotros, cuando ante las dificultades de la vida nuestra fe flaquea y pierde su valor. Pedro no era inmune a ello, ni lo somos nosotros. Pero lo importante es recordar que mientras nos mantengamos en la lucha hay esperanza. Que mientras no entreguemos y rindamos la bandera de la fe, Cristo está cerca nuestra repitiendo la pregunta que le hizo a Pedro: “¿Me amas?”. Y esta pregunta no es una acusación o plantea una duda, sino que es una oportunidad de reafirmarnos en aquello que es el fundamento de nuestra vida: nuestra fe en Cristo. Jesús no dudó ni por un momento del amor de Pedro hacia Él, pero haciéndole la pregunta le daba a su vez la oportunidad de reafirmarse en aquello que anteriormente había negado, y que seguro, le carcomía la mente y el corazón. Esta era la oportunidad de su restitución como seguidor de Cristo, y como siervo con una misión: “Apacienta mis ovejas” (v17). Igualmente nosotros, cuando miramos una Cruz vemos a Cristo preguntándonos: “¿Me amas?”, ¿Lo amamos con un amor mayor que el que tenemos por el mundo y nuestra vida?. Miremos sus manos, sus pies, su costado y veremos que si nuestro amor es grande, el suyo es infinito. Y en este amor infinito no hay pecado que Su sangre no pueda lavar. Esto es el puro Evangelio del perdón de los pecados, y algo precioso que debemos tener siempre presente. Para que en los días malos y los valles oscuros, cuando reneguemos de Dios, o peor aún, cuando pensemos que Él nos ha repudiado por nuestras faltas, no olvidemos que hay una Cruz bajo cuya sombra aún podemos cobijarnos y ser restaurados. No vivamos pues en el pasado de la culpa, sino en el presente del perdón seguro de Cristo. Y así, miremos igualmente al futuro de nuestra vida eterna junto al Padre. ¿Crees que tus pecados pasados o presentes son una barrera insalvable entre tú y Dios?. Recuerda entonces que la única barrera que te separa de Él es la propia dureza de tu corazón y tu falta de fe, pues el Suyo siempre está dispuesto a recibirte. Pide pues al Espíritu Santo que ancle en ti una fe tal que haga que ningún pecado te haga dudar del Amor de Dios. Pues si graves pueden ser los pecados del hombre, infinitamente mayor es el Amor de Dios para perdonarlos en arrepentimiento.
         ¡Sígueme!
Después de haber dado a Pedro la oportunidad de reafirmar su amor y fe en Él, el Señor le anunció la oportunidad que tendría de llevar este amor hasta sus últimas consecuencias: “De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras” (v18). Se suele atribuir al Apóstol el haber sufrido martirio en Roma en los últimos días de su vida, y con esta declaración le es anunciada su muerte dando testimonio de su Maestro. Y tras esta declaración, Jesús hace al Apóstol su llamado definitivo: “Sígueme” (v19). Este es en realidad el llamado para nosotros, los creyentes de todas las épocas, a seguir al Maestro y caminar en pos de sus pasos, convirtiéndonos en un testimonio vivo de que la Verdad y la Vida (Jn 14:6), están entre nosotros en Cristo. Y en este seguimiento encontramos dos partes que están intrínsecamente ligadas, como son mantener viva nuestra fe en el Resucitado, y en llevar esta misma fe al mundo. Pues no es posible ser cristiano sin ser testigo al mismo tiempo. Y es esta faceta del testimonio precisamente, la esencia del seguimiento. Pues Cristo y su Palabra, al igual que en los tiempos de Jesús, no permanecen estáticos, sino que transitan los caminos y las vidas de los hombres y mujeres. Y en este transitar proclaman y dan vida a las maravillas del Reino que Cristo ha inaugurado con su presencia en la Tierra. No, no es posible creer y callar al mismo tiempo: “Creí, por  tanto hablé” (Sal 116:10). Este seguimiento se puede llevar a cabo sin embargo de muchas maneras, pues muchas son las circunstancias de nuestras vidas, como ya se ha dicho y diversos los dones de cada uno. Quizás la acción de la Iglesia en su proclamación del Evangelio, o en su acción Diacónica de ayuda al prójimo, sean los ejemplos más clásicos y evidentes del seguimiento, pero no agotan ni por asomo las oportunidades para el creyente. Pues nuestra fe se manifiesta igualmente en el amor y comprensión con el que Cristo se hace presente a través nuestra diariamente. En nuestra capacidad de perdonar y dejar atrás el pasado, o estando junto a los que sufren, muchas veces con el calor reparador de nuestra simple presencia solidaria en el dolor. Sí, el seguimiento implica cubrir de Amor divino todas las dimensiones y facetas de nuestra existencia y alcanzar con ella la del prójimo. Es ser los ojos, manos y presencia sanadora de Cristo allí donde estemos, y aceptar al fin su yugo en mansedumbre y humildad: “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt 11:30).
         Conclusión
Son muchos los momentos en que parece que nuestra fe se vuelve tibia, débil y  cobarde. La vida puede ser muy dura, como bien sabemos, y habrá momentos donde parecerá que nuestros pecados se levantan como una barrera entre nosotros y el amor de Dios. En estos momentos de abatimiento, recuerda la pregunta que Cristo te hace cada nuevo día: ¿Me amas?. Y con esta pregunta que te anuncia el perdón y la restauración por medio del arrepentimiento y de tu fe, Jesús te exhorta a levantarte y a mirar con determinación el camino de tu vida. Pues Él va junto a tí, mostrándote el sendero. ¡Sígueme!, es su llamamiento para tí al igual que lo fue para Pedro y para tantos y tantos antes que tú. Pues seguirlo a Él es caminar hacia la Vida: “la justicia, la justicia seguirás, para que vivas y heredes la tierra que Jehová tu Dios te da” (Dt 16:20). Y ¡Cristo es tu Justicia perfecta ante Dios !¡Que así sea, Amén!.                                                                                                                    J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo