domingo, 7 de abril de 2013

1º Domingo después de Pascua.



TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                               
Primera Lección: Hechos 5:12-20
Segunda Lección: Apocalipsis 1:14-18
El Evangelio: Juan 20:19-31

 

“El Señor es con nosotros”

 

El Problema con Tomás siempre ha sido su incredulidad. He oído mensajes en los cuales se lo criticaba mucho. Pero me pregunto ¿es necesario ser tan duro con él? Por mucho tiempo ha sido llamado “el escéptico” o incluso “el incrédulo” por no creer inmediatamente en la resurrección y pedir pruebas al respecto.
Junto con los otros diez discípulos, Tomas ha oído las noticias del ángel dada a las mujeres de que Jesús ha sido levantado de entre los muertos. Por supuesto, ninguno de ellos lo cree al principio. Esa noche, sin embargo, Jesús se aparece ante sus discípulos. Están en un cuarto bien cerrado a fin de que nadie pueda entrar, pero repentinamente, Jesús está en medio de ellos. Él les declara su paz, sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo y pide que prediquen su Palabra, perdonando o reteniendo los pecados a las personas. Los discípulos saben que Jesús ha resucitado porque lo han visto en persona. Han estado en su presencia. Lo han visto a él y le han oído. Desafortunadamente Tomas no estaba allí.
Cuando los demás le dicen lo que ha ocurrido, Tomás sigue escéptico y renuente a creer: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. El problema con Tomás es que él es un hombre muy pragmático: Ver para creer.
Después de ocho días, Jesús se presenta nuevamente a sus discípulos, y esta vez Tomás está con ellos. Jesús otra vez declara la paz a los suyos y luego habla directamente con Tomás: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”
Eso es suficiente para Tomás: Él ha visto al Salvador resucitado. La Palabra de Dios no queda vacía, produce su fruto en Tomás y le otorga la fe, así que este declara: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Pero Jesús no ha terminado con Tomás y una ahora sigue una reprensión: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”.
Es fácil de criticar a Tomás, el escéptico: Él solo creería al ver y tocar a Jesús y el Señor le dio el lujo de ver y de tocarlo. Nosotros no tenemos ese privilegio, pero está bien, porque en definitiva La Palabra de Dios es lo que otorga la fe.
Confesamos que la fe llega por oír la Palabra (Romanos 10:17) y andamos por fe, no por vista (2 Corintios 5:7). Tomás ha recibido la Palabra, antes de la crucifixión, ya que Jesús en varias oportunidades declaró que él moriría y resucitaría. Después de la resurrección, las mujeres y los discípulos le anunciaron la Palabra de Dios que Jesús ha resucitado. Tomás tuvo la Palabra de Dios constantemente, así como la tenemos tu y yo. Cuando él dudó, consiguió ver a Jesús y su Palabra fue la que afirmó su fe en el resucitado. Cuando nuestra fe flaquea o duda todo lo que tenemos que hacer es ir a la Palabra, allí se nos presenta el resucitado para animarnos y fortalecernos.
Creerás cuando oigas. Muchas personas hoy día utilizan el lema de Tomás: “creeré cuándo lo vea”. ¿Esta tan mal este lema? Después de todo, tú y yo lo practicamos constantemente, nos movemos mucho en “creeré en mis percepciones”. No se compra una propiedad sin primero verla. No creemos al vendedor de un coche cuando dice “confíe en mí, llévelo con los ojos cerrados” o cuando nos llaman ofreciendo los mejores negocios por teléfono, en dónde nos ahorraremos una pasta si hacemos lo que se nos pide. Ni qué decir si hablamos de las promesas de muchos políticos antes de las elecciones. Sin embargo, vivimos nuestras vidas diciendo, “lo creeré cuándo lo vea”. De hecho, en este mundo, éste es un principio sano con el que vivir.
Pero ¿Por qué vivimos diciendo “creeré cuando lo vea”? La respuesta es simple: Somos pecadores. Muchas personas son engañosas, deshonestas y negligentes. Pero también a los que tienen buenas intenciones se les olvida estar a la altura de sus promesas. Éste ya no es un mundo dónde los negocios se cierran con un apretón de manos o donde se toma en cuenta la palabra de la persona, porque las personas no están a la altura de sus palabras y promesas. Hay que tomar recaudos para no ser defraudados. Por eso es que se tiene contrato y seguros para casi todo, así los derechos de las personas quedan amparadas por la ley.
De manera simple, si fuésemos siempre honestos y fieles a nuestros compromisos, no tendríamos que exigir primero las pruebas o avales correspondientes. Podríamos confiar solo en la palabra dada. Pero estamos muy afectados por el pecado, así es que dudamos de la palabra del otro. Necesitamos ver para creer. Desde esta perspectiva hemos sido un poco duro con Tomás por actuar naturalmente como cualquiera de nosotros.
El problema de Tomás y el nuestro es que este dicho de “creeré cuándo lo vea” tiene sentido en lo que se refiere a personas. Pero cuando Tomás duda en el texto del evangelio de hoy, no está cuestionando la honradez de otra persona influida por el pecado. Él está cuestiona la honradez de Dios y su Palabra.
Éste es el verdadero pecado que encontramos aquí. Exigir pruebas a las promesas de Dios es dudar de la honradez de Dios. Es como decir que el Señor es deshonesto, que no es confiable cien por ciento o que algunas veces se le olvida cumplir su Palabra. Dudar de la Palabra de Dios es cuestionar la integridad de Dios.
Pero la integridad de Dios no está sobre la mesa, porque él siempre dice verdad y siempre cumple sus promesas. Al respecto dice el apóstol Pablo: “De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). Mentimos cuando decimos “creo” y recitamos el Credo, pero luego exigimos signos y señales para tener una comprobación de que Dios existe.
Como cristianos, estamos llamados a alegrarnos en que la Palabra de Dios es segura, de que Él cumple sus promesas. No necesitamos más pruebas, porque allí se nos manifiesta sobre el Señor que nos ha redimido a un alto precio y El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? Es verdad que los pecadores, tu y yo incluidos, siempre queremos ver antes de que creer. Hoy día no son pocos lo que demandan de Dios una prueba de su existencia para creer y su amor por medio de milagros y señales: “¿Si existe Dios por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, o tanto hambre?” “Si hace que el ciego vea o al sordo oír, o al enfermo curarse, entonces creeré”. O quizá más comúnmente son quienes en los momentos de angustia oran diciendo: “Señor, sácame de este grave problema, tu tienes poder para ello, así podré creer con más firmeza. Cuando vea tu intervención, creeré más”. Pero no necesitas tales señales y milagros para creer. ¿Por qué? Porque tienes la Palabra de Dios y en su Palabra, oyes de los milagros que Jesús ha hecho, el ciego pudo ver, los sordos oír y los enfermos ser restaurados. Tienes el fiel testimonio de que los ha hecho y puede volver a hacer cosas así. Allí tienes su promesa que te dará todo a su tiempo. Más importante aún, tienes su Palabra de que ya te ha salvado de la muerte, del diablo y del pecado. ¿Qué necesidad tienes de más pruebas de la que el Señor te ha dado? ¿Después de pagar el precio de tu rescate con su sangre derramada en la cruz, piensas que ahora será desleal o se olvidará de ti? El Señor ciertamente puede realizar tales milagros hoy, y cuando da vista a los ciegos o audición a los sordos y por ello le damos gracias. Pero no basamos nuestra fe en los milagros ocasionales que se pueden ver. Creemos porque hemos oído la Palabra de Jesús, quien fue crucificado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación eterna, creemos porque nos ha llamado a la fe y nos la ha otorgado, así como llama a todo el mundo y desea otorgarle la fe a todos.
Queda claro que ya no es necesario probar a Dios y su interés por nosotros, ya nos ha demostrado su amor de sobrada manera en Cristo y su obra en nuestro favor. Es por esto que para nosotros los testimonios personales del obrar de Dios son eso, testimonio personales, pero no pueden estar a la altura de la Palabra de Dios y nunca una persona llegará a creer por algo que no sea la Palabra. Le damos gracias a Dios por todas las buenas cosas, por supuesto, pero no creemos en él por los milagros que vemos u oímos. Creemos en él por el gran hecho que ha realizado para todos nosotros: la redención del mundo en la cruz. No necesitamos más pruebas. No necesitamos que nada más nos convenza, porque él dice en su Palabra que ya nos ha salvado del pecado, muerte y el diablo.
En lugar de exigirle ver milagros, nos alegramos de que tenemos la Palabra de Dios. Su Verbo Santo nos trae la fe ya sea por la proclamación, en la Absolución, añadida a en el agua del Bautismo, o pronunciada sobre el pan y el vino en la Santa Comunión. Es por estos medios que el Señor nos trae a la fe. Una y otra vez, afrontamos el problema de que a menudo somos tentados a dejar estos medios de gracia a un lado para aferrarnos a otro camino dónde parece que Dios realmente está obrando. Somos tentados a creer que deberíamos confiar en Dios por lo que vemos, sentimos o por lo que experimentamos. ¿Pero esto nos trae de nuevo al pecado de Tomás? ¿O es que acaso Dios no ha hecho lo suficiente como para ganar tu confianza? Porque sino para ti tendrá que seguir haciendo más cosas espectaculares. Por eso es bueno oír al Salvador decirnos “Porque me has visto creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
En este mundo, “ver para creer” es una filosofía muy buena porque las personas no dan la vida por lo que dicen. Sin embargo, el Señor si dio su vida por lo que dijo. Él ha muerto para cumplir con su Palabra. Esta Palabra concede fe y perdón. Por consiguiente, oírla es necesario para creer.
Así es que oye este Palabra del Señor: El Señor Jesucristo ha muerto por ti y por cada alma, muerta en pecado, vacilante, desilusionada y descarriada. Como escuchamos el relato de su Pasión semanas pasadas, quienes le crucificaron fueron guiados por sus pecados. Por estos pecados, y por todos los pecados, Jesús murió en la cruz: El mismo ha sido llamado “El testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14) padeciendo por todos los pecados, la infidelidad y mentiras, del género humano. Él ha pagado el precio de todos tus pecados allí. Esto es cierto, porque Dios así lo dice.
Además, el Señor Jesús fue levantado de entre los muertos a fin de que pueda compartir su vida eterna contigo.
En esta lección del Evangelio Jesús sopla sobre los discípulos, los envía como sus embajadores y les dice que deben perdonar los pecados por medio de su Palabra. Es por esto que cuando oyes al pastor u otro cristiano declararte la Absolución, el perdón de los pecados, puedes tener la seguridad de que eres perdonado como si el si Dios mismo te dirigiera tales palabras. Esto es cierto porque es obra de la Palabra del Señor.
También Dios promete que está presente con su perdón en las aguas del Bautismo. Tu sólo ves agua en la fuente bautismal. Pero el Señor declara que allí comparte su muerte y resurrección contigo, a fin de que tengas perdón y vida eterna. También creemos que el Señor está presente en, con y bajo el pan y el vino en la Santa Cena, “para la remisión de los pecados” y “fortalecernos y le conservarnos en la única y verdadera fe hasta el día en que venga”. El Señor viene a perdonar, tan presente como lo estuvo con los discípulos en el cuarto cerrado. Así, como declaró “Paz a vosotros” a los discípulos, el pastor anuncia que su Señor te dice “la paz del Señor esté a contigo siempre”. Esto es muy cierto porque es Palabra de Dios.
Hay personas que aún así quieren más pruebas. A veces cuando se oye la Absolución, no se siente nada especial, no se percibe que se haya sido perdonado y muchos concluyen que no lo fue. En otras palabras, afirman que “la promesa de Dios no es buena, porque no ha sentido nada”. Otras veces, algunos se reirán de la idea de que el Señor puede estar presente en el pan y el vino para tu salvación.
Pero esto es simplemente una tonta discusión: Hablamos del mismo Señor que estuvo presente en la tierra, con y bajo un cuerpo humano por 33 años más o menos. Hablamos del mismo Jesús que murió y resucitó. Hablamos del mismo Señor Jesucristo que repentinamente apareció en medio de los discípulos con la puerta cerrada. El Señor puede estar presente en el pan y el vino porque así lo dice. Ésta es la Palabra del Señor.
Además, Jesús te declara que el reino de los cielos y la vida eterna son tuyos porque él ha hecho todo para que sea así. Tu no ves el cielo aún, pero tienes su Palabra de que es así. Sin embargo, el diablo aplicará toda clase de tribulaciones en tu camino y luego susurrará: “Ves, no se puede confiar en Jesús”. Por lo cual si ves con tus ojos, la propuesta del diablo puede parecer razonable. Pero dónde el diablo expresa que “en Jesús no se puede confiar” debes responder “Claro que se puede confiar en él. El Señor nunca se le olvida cumplir su Palabra”.
Todo esto es cierto, porque el Señor dice que lo es. Ha muerto para redimirte y ha resucitado para darte vida. Él viene a ti en sus medios de gracia para darte perdón, fe y salvación. Él te promete que eres su hijo amado y que el cielo es tuyo. ¿Lo ves con tus ojos? No. Pero ¿Es cierto eso? Sí, porque el Señor lo dice.
¿Aún habrá dudas y querremos ver pruebas? Seguro que si, nuestro viejo Adam se batirá en nosotros hasta el fin de los días. Pero esto no quiere decir que pierdas la fe y la salvación. No, oye otra vez la Palabra del Señor: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”(1 Juan 1:9). El Señor ha muerto por estos pecados de duda, así que no nos desalentamos por ellos.
En lugar de eso los confesamos con palabras como estas: “Padre, confieso que dudo de tu Palabra y tu fidelidad y busco otras pruebas de tu amor. Pero sé por tu Palabra que tu Hijo ha muerto por mi pecado. Te suplico que me perdones este pecado, en el nombre de Jesús”. No dejes que tales dudas te convenzan de que estas perdido o ya no te guía la Palabra. Confiésalo y se perdonado, el Señor promete perdonar.
Tenemos Palabra del Señor que declara continuamente el perdón y vida eterna. Por ahora, sólo escucha y lee acerca de estas cosas, camina por la fe, no por vista. Seguramente tendrás que esperar pero verá como el Señor cumple con todas sus promesas, ya verás. Dios te declara “Bendito” porque no has visto y aún así crees. Ve en la certeza de que por la Palabra de Dios, eres perdonado de todos tus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén
Atte. Pastor Gustavo Lavia