domingo, 12 de enero de 2014

Primer domingo después de Epifanía.

(El Bautismo de Nuestro Señor) ”Un nuevo año lleno de la Justicia de Cristo” TEXTOS BIBLICOS Primera Lección: Isaías Segunda Lección: Romanos El Evangelio: Mateo 3: 13-17 Sermón •Introducción Sin duda serán muchos los deseos que habremos formulado para este año entrante: salud, paz, prosperidad. Podemos imaginar muchas cosas positivas que esperamos llenen nuestras vidas en los meses por venir. Sin embargo sería extraño que alguien expresase su deseo de que este nuevo año nos colmase también con algo que, la mayoría de las personas, ven desconectado de sus vidas. Con algo que aparentemente tiene más que ver con otros ámbitos y circunstancias. Hablamos de la justicia. Así, expresar el deseo que el nuevo año nos traiga más justicia, sonaría difícil de entender para la mayoría, porque este término ha sido encasillado en el contexto jurídico. Sin embargo y precisamente, el Bautismo de Nuestro Señor que conmemoramos hoy nos trae el mensaje de que la Justicia, con mayúsculas, fue cumplida en Cristo y con ello se dio inicio al Reino de Gracia de Dios aquí en la tierra. Un Reino que anticipa la llegada del Reino definitivo de Cristo, llenándonos con ello de esperanza. Deberíamos pues anhelar y desear de corazón que los beneficios de esta Justicia de Cristo, con su perdón y salvación, alcancen en este nuevo año a todos aquellos que aún no conocen el Evangelio del perdón y salvación. Pidamos pues al Padre más y más Justicia, para todos aquellos que viven sus vidas lejos de la presencia de Dios en Cristo. •El mundo necesita la Justicia de Cristo ¿Qué sentido tiene para este mundo el bautismo de Jesús?, y sobre todo, ¿cómo se relaciona su bautismo con nuestros propios bautismos?. Como hemos recordado en estas pasadas fechas navideñas, Jesús nació sin la mancha del pecado, pues fue engendrado no de carne ni sangre, sino por obra del Espíritu Santo (Mt 1:20). Esto hacía innecesario para él cualquier acción de regeneración o purificación por el pecado, pues ciertamente no lo hubo en su vida. Sin embargo e incluso ante la oposición de Juan Bautista: “mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (v14), Jesús tomó su lugar entre los pecadores, haciéndose uno con nosotros y recibiendo la carga del pecado humano. Y así: “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Cor 5:21). Ocurre muchas veces que los hombres nos empeñamos en no reconocer nuestros errores, y si es posible, en tratar de evitar las consecuencias de los mismos. Mas Jesús no sólo no eludió asumir la carga de los errores de toda la humanidad, sino que voluntariamente enfrentó las consecuencias mortales del pecado humano: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (v15). Juan era consciente de que estaba ante el mismísimo enviado de Dios, su Hijo, y Jesús sabía que no necesitaba pasar por las aguas bautismales. Pero ambos eran conscientes igualmente de estar cumpliendo la voluntad salvífica de Dios por los hombres. Y así, con su bautismo, Jesús dio inicio a su obra de salvación por nosotros, y fue este su primer gesto en favor nuestro. Como pecadores, pasamos pues de ser acusados por la justicia divina a recibir la imputación de la justicia perfecta de Cristo por nosotros. Y esta es ahora la buena noticia para la humanidad: que Cristo es ahora nuestra justicia para, como enseña el Apóstol Pablo: “todos los que creen en él” (Rom 3:22). Y por ello ahora como creyentes en Cristo, no tememos ya esta justicia de Dios, sino que la anhelamos, y deseamos que alcance igualmente a todos aquellos hombres y mujeres que aún viven, no bajo la gracia, sino en la separación del Padre y la sombra de la condenación. Pues aún son muchos, millones, los que cada día caminan en este mundo sin el conocimiento de que Cristo, con su bautismo, muerte y resurrección, ha dado inicio a un Reino de gracia aquí en la tierra, donde aquellos que acuden a él en arrepentimiento, pueden hallar descanso para sus almas y recibir el perdón de Dios. Que pueden dejar sus cargas a los pies de la Cruz y llevar gozosos el ligero yugo de Cristo (Mt 11:30), hecho de la misericordia y el Amor del Padre por ellos. Así, en este año que recién comienza, pidamos también al Padre para que siga extendiendo en este mundo por medio de su Palabra, la Justicia liberadora del Evangelio de perdón de pecados. •Viviendo las firmes promesas de Dios La vida del hombre suele estar acompañada de momentos difíciles, donde necesitamos ser animados y fortalecidos en el espíritu. Además de las propias circunstancias dolorosas que la vida acarrea, nuestro propio pecado añade más cargas a nuestros hombros. Y desesperados por este peso, son muchos los que viven angustiados y oprimidos. Para ellos especialmente y para todos en general, la Palabra tiene hoy una noticia liberadora: que gracias a que Jesús ocupó nuestro lugar entre los pecadores para ser bautizado, y a su posterior entrega en la Cruz, la Justicia de Dios fue cumplida de manera perfecta a favor nuestro. Por tanto, aquella justicia que para nosotros era imposible satisfacer ante el Padre, fue satisfecha por Jesús mismo. Y la manera de conectar con este hecho salvífico es para nosotros precisamente nuestro propio bautismo. Podemos dudar de muchas cosas en esta vida, pero no de las promesas de Dios, pues Él es un Dios siempre fiel para cumplirlas: “hablaré palabra y la cumpliré, dice Jehová el Señor” (Ez 12:25). Y así, aun cuando nosotros los hombres no mantenemos nuestras promesas en muchas ocasiones y solemos romperlas con relativa facilidad, Dios mantiene las suyas siempre, y especialmente la de aquellos que han sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Pues en nuestros bautismos, Dios estableció con nosotros un pacto de salvación por medio de la muerte de Cristo: “por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (He 9:15). Por ello, este pacto garantiza perdón y salvación a todos aquellos que en fe, se acogen a los méritos de Cristo y ponen sus cargas a los pies de la Cruz. Y la buena noticia es que este pacto está siempre activo hasta el final de nuestros días. Por tanto podemos regocijarnos en que por medio de nuestro bautismo hemos obtenido no sólo la fe que nos sostiene, sino la promesa de que por medio de ella, tenemos Vida y salvación en Cristo Jesús. ¿Vives agobiado y cargado por tu conciencia?, ¿buscas soportar una carga menor y más liviana?. Recuerda el bautismo de Cristo, y recuerda luego igualmente el milagro de tu propio bautismo. Puede que te parezca algo muy lejano, que casi has olvidado, pero no dudes sobre todo de que Dios no se ha olvidado de ti. Que para él eres ese hijo suyo que adoptó el día en que fuiste llevado a las aguas bautismales. Y que ese día al igual que nos narra la lectura del Evangelio, los cielos también fueron abiertos para ti y el Espíritu Santo proclamó: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (v17). •Llamados a testificar Probablemente compartimos con familiares, amigos y vecinos aquellas noticias o hechos que afectan significativamente a nuestras vidas. Consideramos importante el hacerlo pues para nosotros, son igualmente importantes las personas a las que nos dirigimos. Ellas son parte de nuestra vida y queremos involucrarlas en lo acontecimientos principales que nos suceden. También nuestro bautismo fue algo que igualmente compartieron muchos. Fue un día especial e importante para la familia, pero especialmente para quien fue bautizado. De hecho, fue el acontecimiento más importante de nuestra vida, pues allí fuimos recibidos como hijos de Dios, y por ello disfrutamos de la promesa de perdón y salvación del Padre. ¿No estaba pues justificado sobradamente compartir estos momentos con aquellas personas cercanas que nos acompañaron en tan importante día para nosotros?. Del mismo modo, y ahora ya con la capacidad de testimoniar de manera activa, se espera de cada cristiano que, con su testimonio de vida y de palabra, lleven al mundo este anuncio liberador que la Palabra de Dios proclama, siguiendo en ello el ejemplo del Apóstol Pablo : “Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” (2ª Cor 4:13). Pues esta Palabra de Vida tiene ahora en cada uno de nosotros, a un heraldo que puede llevarla a otros que la necesitan para ser transformados por ella en su mente y corazón. Y precisamente en estos momentos en muchos países, especialmente de Africa, Oriente medio y Asia, es donde otros cristianos hermanos nuestros, están dando testimonio de nuestra fe soportando la carga de la violencia, la persecución, la humillación, el destierro y en muchos, muchos casos, el martirio. Nosotros somos ciertamente afortunados de poder vivir en países donde se nos permite expresarnos con relativa libertad, y donde practicar nuestra fe es incluso un derecho amparado por la Ley. Por tanto, miremos a estos hermanos perseguidos como un modelo, como un ejemplo de sacrificio por aquello que hemos sido llamados a proclamar en este mundo caído. Y así, cada día a lo largo del año que comienza, tendremos multitud de oportunidades de ser instrumentos para que el Espíritu lleve a cabo su trabajo de conversión. Reuniones familiares, charlas, momentos de esparcimiento, o simplemente la vida cotidiana nos ofrecerán situaciones donde el Evangelio podrá ser expuesto de manera sencilla. Así pues, si has sido bautizado, tú también has sido llamado para ser sal en esta tierra (Mt 5:13). Para ser obrero al servicio de las promesas de Dios entre los hombres: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hech 2:39) •Conclusión Al final de su ministerio, Jesús se reunió con Pedro, Jacobo y Juan en el monte de la transfiguración (Mt 17:5), y una vez más, al igual que el día de su bautismo, la voz del Padre proclamó de nuevo que él era su Hijo amado. Pues a lo largo de su vida, Jesús cumplió de manera perfecta la voluntad de su Padre, y desde su bautismo hasta su muerte en la Cruz, culminó el plan para que la Justicia de Dios fuese satisfecha en favor nuestro. Esta justicia nos asegura ahora que, aún con la luchas diarias contra el pecado, si nos mantenemos firmes en nuestra fe bautismal hasta el fín de nuestros días, también nosotros, al igual que Jesús, seremos confirmados el día del Juicio definitivo como hijos predilectos del Padre. Y tenemos ahora por delante todo un nuevo año para dar testimonio de la gracia y la misericordia de Dios en Cristo. Para llevar esta Buena Noticia a todos aquellos que podamos alcanzar . ¡Qué gran privilegio!. ¡Que así sea, Amén!. J.C.G./ Pastor de IELE/Congregación San Pablo