sábado, 17 de mayo de 2008

Domingo de Trinidad 18-05-08

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

DOMINGO DE TRINIDAD

“La Fe en el Dios Trino”

Textos del Día:

Primera Lección: Génesis 1:1-23

Segunda Lección: 2 Corintios 13:11-14

El Evangelio:
Mateo 28:16-20

“16Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. 17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. 18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. 19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén


Sermón

Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su unigénito Hijo, nuestro Señor. Y creo en el Espíritu Santo.

La fiesta de hoy se llama “el Domingo de la Santísima Trinidad”. Fueron razones de mucho peso, y una necesidad muy grande, las que impulsaron a la iglesia a disponer que esta fiesta fuese celebrada, cada año, a fin de que mediante dicha celebración se reconociera y conservara este artículo de nuestra fe. Pues los cristianos creemos que hay un solo Dios, y este único Dios es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y este artículo es lo básico y principal de nuestra fe, como lo ponemos de manifiesto al orar: “Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, su Hijo unigénito, nuestro Señor; y en el Espíritu Santo”. Si falta uno solo de estos artículos, está perdido todo.

En tiempos antiguos, en los días de Arrio[1], se suscitó a este respecto una violenta controversia. Todos los considerados santos y poderosos, emperadores, reyes y obispos, se dejaron arrastrar por la herejía. Apenas dos obispos[2] se mantuvieron fieles a la doctrina sana, todos los demás adhirieron a la herejía de Arrio. Pues parece tan natural, y concuerda tan bien con lo que nos dice la razón humana, que haya un Dios único y además, es la pura verdad. Pero lo que la razón no puede concebir es cuando tú dices que hay un solo Dios, y luego añades que este único Dios tiene consigo al Hijo y al Espíritu Santo. Esto -objetan- es hacer de un solo Dios, tres dioses. Y se vienen con pasajes bíblicos como Deuteronomio 6 (v. 4): “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”, y recalcan que en las Escrituras se lee por doquier que los profetas advirtieron al pueblo que no levantaran otros dioses sino que se quedaran con el Dios único. Esto le entra a la razón sin ninguna dificultad. Aquel otro artículo empero del Dios Trino no lo puede admitir. Por eso los turcos[3] y los judíos se obstinan contra nosotros y dicen que no hay en la tierra gente más execrable que los cristianos, que predican que hay un solo Dios, y en realidad adoran tres dioses. Ellos en cambio se jactan de ser el verdadero pueblo de Dios, y dicen que lo que nosotros enseñamos acerca de Dios, es tan disparatado como el sostener que en un mismo bogar pueda haber tres jefes. Así se burlan de nosotros los judíos. Algunos hay, si, que se convirtieron, y que se dieron la apariencia de que querían hacerse cristianos, pero al fin siguieron en sus creencias anteriores.

Es por esto que la iglesia ha dispuesto que se celebre esta fiesta para que en el día de hoy se trate este artículo, a fin de que permanezca en vigencia entre los cristianos. En caso contrario, si no se lo trata siempre de nuevo, bien pronto podría ocurrir que los falsos profetas nos seduzcan a abrazar la fe de los turcos. Y ya veréis que algún día, esto volverá a suceder. Si el diablo no logra sofocarnos mediante el papa y por la fuerza de las armas, tratará de introducir en nuestras filas predicadores deshonestos y malvados que atacarán este artículo, como ya lo están haciendo algunos. Antes, cuando la palabra del evangelio estaba proscripta, el diablo no obstaculizó mayormente la predicación de este articulo. Pero ahora, al ver cuánto daño le estamos causando, buscará una forma de incomodarnos de nuevo, si bien la doctrina acerca del Dios Trino ya no será lacerada con tanta saña como en tiempos de Arrio, a la inversa de lo que ocurre con los sacramentos, que también sufrieron ataques ya en el pasado, pero no tan furiosos como los que tiene que sufrir ahora[4]. Sin embargo, en el Apocalipsis se nos asegura que “el Cordero los vencerá” (cap. 17:14).

1. La fe en el Dios Trino se funda exclusivamente en la palabra divina. Las cavilaciones de la razón nos inducirán a la incredulidad.

En primer lugar, lo que urge ante todo es que se excluya a la razón humana, y que se evite tratar de dilucidar con ayuda de ella este artículo. Ahí tenemos a los herejes: ellos quisieron comprender a toda costa cómo es posible que en una sola deidad haya tres personas -y cayeron en el error. Esa es la manera como Satanás le presenta a uno la palabra de Dios, y pregunta: ¿Cómo concuerda aquí lo uno con lo otro? Así lo hizo con Eva al preguntarle: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1). Y Eva, nuestra madre, en este momento no dio mayor importancia a la palabra de Dios. Entonces, Satanás le abrió los ojos con su pregunta insidiosa: ¿Por qué Dios habría de prohibir que se coma de este árbol? Ahora, Eva se puso a reflexionar acerca de esta cuestión y quiso discutirla con Satanás, y ahí mismo, él logró seducirla. Por consiguiente, no nos creamos tan sabios, y cuidémonos de querer investigar lo divino con la razón humana. En cuanto al artículo del Dios Trino, lo único que debe oírse y decirse es la palabra de Dios, lo que él mismo dice con respecto a la Trinidad. En este sentido observa Hilario: “¿Quién puede hablar con más propiedad acerca de Dios que él mismo?”[5].Qué es Dios, y qué no es, nadie lo sabe mejor que él mismo. El que intente presentar definiciones mejores, obscurecerá las cosas o las empeorará, o hará que los demás las entiendan menos aún que antes. Por cierto, no hay hombre en la tierra que sepa decirnos qué quiere Dios, y qué es Dios en su verdadera esencia. Por consiguiente debemos oírlo de él mismo, y expresarlo con sus propias palabras. Mas si queremos saber cómo concuerdan las cosas en Dios, estamos perdidos junto con Eva y todos los herejes. Por eso, cállese la razón, y abra los oídos, y escuche lo que Dios nos dice.
También los eruditos deben sujetarse a las Escrituras.

Los eruditos por su parte, los que tienen que disputar con los herejes, tienen que leer el Evangelio según San Juan y las cartas de Pablo. Allí oirán que hay un solo Dios, y no obstante, un ser divino tal que como Padre, tiene consigo al Hijo y al Espíritu Santo. El Hijo, así como también el Espíritu Santo, es una persona con él, vale decir, en él. No están separados uno del otro como están separados Dios y las criaturas, sino que Padre, Hijo y Espíritu son Dios en sí mismo. Este Dios es el que se dirige a nosotros mediante la palabra[6]; de lo contrario, nadie podría haber tenido noticia acerca de lo que hay en el interior del ser divino. Ahora empero oímos que su esencia es tal que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es el solo y único Dios, y que no hay otro Dios sino este Uno. Y este Uno tiene tres personas, y no obstante, indivisas en una misma esencia divina[7], sólo que son tres personas distintas, las que, sin embargo, llevan uno y el mismo nombre y hacen una y la misma obra. En Juan 5 (v. 21) leemos: “Como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida”. Estas palabras son una prueba irrefutable de que el Hijo es Dios; pues realiza la obra divina de dar vida a los muertos. Los judíos entendieron correctamente que con esto, Cristo se hacía igual a Dios, razón por la cual procuraban apedrearle (Juan 5:18). Sin duda, el tener vida en sí mismo (Juan 5:26) es una obra que por su naturaleza puede atribuirse exclusivamente a Dios. De la misma manera, también el Espíritu Santo da vida; así lo afirma Pablo (en Romanos 8:11): “El Espíritu que mora en vosotros vivificará vuestros cuerpos mortales”. Satanás puede matar; pero vivificar y crear -esto no lo puede hacer ningún ángel, ni otro ser creado alguno. Muchos otros pasajes semejantes a éstos hallarán los eruditos en las Sagradas Escrituras, pasajes que evidencian que los nombres y las obras de las tres personas de la Santísima Trinidad no admiten división ni separación.

El laico aténgase a lo que dice el Credo.

Pues bien: en lugar de querer penetrar con nuestra mirada en el interior de la Majestad divina, debemos prestar oídos a lo que Dios mismo nos dice. ¡No atendáis a lo que sostienen los que se jactan de iluminaciones directas del Espíritu, al margen de las Escrituras[8]. Esto lo recomiendo encarecidamente a los eruditos a quienes les incumbe defender nuestra fe. También los laicos hacen bien en participar de esta defensa; sin embargo, al común de los cristianos sencillos les basta con decir: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Con la misma fe con que crees en el Padre, cree también en el Hijo; y con la misma fe con que crees en el Hijo, cree en el Espíritu Santo. Esto será tu armadura, la más sencilla y a la vez la más fuerte. Contra ella, nadie puede argumentar nada; porque las palabras del Credo expresan con inequívoca claridad que tú crees en el Hijo igualmente como en el Padre. Ningún otro empero puede ser el objeto de nuestra fe sino el Dios único. Toda la Escritura es un elocuente testimonio de que no se debe creer en hombres; ante todo, no debes confiar en ninguno como que pudiera ayudarte a alcanzar la vida eterna. A los hombres hay que amarlos, sobrellevar con paciencia sus debilidades, aunque fueren muchas. Pero la vida eterna y el perdón de los pecados los obtendrás sólo por el hecho de creer en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta fe te da todo lo que se nos promete en el Credo. Pues si el Hijo no fuera Dios ni lo fuera el Espíritu Santo, no tendrías perdón de los pecados ni vida eterna. Mas como el dar perdón y vida eterna es una obra que se atribuye a cada una de las personas de la Trinidad, consecuentemente cada una de ellas es Dios. Y como con la misma fe adoras al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, consecuentemente hay “una fe, una vida eterna, un bautismo” (Efesios 4:4-6). Y por eso mismo hay un solo y único Dios; porque este honor de ser el que perdona los pecados y resucita a los muertos, no lo puedes tributar sino al verdadero Dios, puesto que ni un ángel ni tampoco Satanás pueden darte tales cosas. Ni tampoco está escrito que puedas esperar de los hombres lo que el Credo atribuye a Dios.

II. La fe en el Dios Trino está profundamente arraigada en la iglesia. Su perduración en la iglesia es testimonio de su invariable vigencia.
Esto ha sido la confesión unánime de toda la Iglesia por más de 1.500 años; y aunque el papa obscureció el significado del Credo, no obstante Dios hizo que quedaran intactas las palabras del mismo, por amor de los que permanecieron fieles en la fe. Siendo pues que esta confesión perduró en la iglesia por tanto tiempo, y sin que nadie haya podido desacreditarla, ella constituye para ti el fundamento en que puedes basarte sin temor alguno. Arrio se levantó contra ella; todos los reyes, emperadores y príncipes la hicieron objeto de sus ataques. Todos ellos yacen postrados en tierra; pero este artículo de la fe, tan ajado y desprestigiado, permanece aún en pie, y permanecerá para siempre. Sea pues tu fundamento el que puedas decir: “La fe que yo confieso reza así: Creo en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a causa de la vida eterna y del perdón de los pecados. Todo esto lo espero del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, pues así es como Dios habla de sí mismo.” De esta manera permaneces en Dios y puedes tratar con él, y además puedes decirte: “Lo que yo confieso ahora, lo viene confesando la cristiandad entera ya durante siglos y siglos, a despecho de la oposición de tanta gente -casi cinco docenas de herejes- y de todos los poderosos y sabios de esta tierra. Por lo tanto, lo que la iglesia cristiana ha conservado con tanto celo, también yo quiero creerlo”[9]

También la fórmula bautismal da testimonio del Dios Trino.

La segunda confirmación para tu fe en el Dios Trino puedes derivarla del bautismo. En este sacramento recibimos de parte de Dios, que se llama Padre, Hijo, Espíritu, el perdón de los pecados. Así lo observáis en el acto del bautismo; todos los niños son bautizados de la siguiente manera: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, y esta práctica, común en toda la cristiandad, se ha conservado en forma invariable; aun hoy, todos son bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Por lo tanto, di: “Mi bautismo se basa en que me fue aplicado no sólo en el nombre del Padre, ni sólo en el nombre del Padre y del Hijo, sino en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, porque así reza la fórmula bautismal. Y este Padre, Hijo y Espíritu Santo es un solo Dios, un solo Creador, un solo Señor y Rey, y sin embargo, hay tres personas distintas en ese único Ser y Nombre. Si el Hijo y el Espíritu Santo no fuesen Dios, se estaría blasfemando de Dios y se le estaría deshonrando, porque se estaría atribuyendo el nombre .y la obra de Dios a uno que no es Dios. Pues así leemos en el libro de Isaías (42:8): ‘Dios no quiere dejar a otro su gloria y su nombre’; y no obstante, ambos los deja al Hijo y al Espíritu Santo. De esto concluyo: o tiene que haberse equivocado la cristiandad entera, o aquellas tres personas son el Dios único y verdadero, puesto que así como el Padre da vida en el bautismo, la da también el Hijo y el Espíritu Santo.”
Con esto tienes, por lo tanto, dos fuertes armas contra Satanás. Dile sin más ni más: “Primero: no entro en discusión contigo; porque al hacerlo, me inducirías a querer defender el evangelio y la palabra con raciocinios humanos. Antes bien, he sido bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y me quedaré con lo que ha perdurado ya tanto tiempo. En segundo lugar: Mi fe que confieso tiene una base firme: Creo en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Mediante esta fe obtengo el perdón de los pecados y la resurrección de entre los muertos; porque esto, perdón y resurrección, no lo puede efectuar nadie sino el solo Dios. Y si bien lo efectúa en mí por los medios del bautismo y de la predicación, no obstante es él, Dios, el que lo efectúa.” Vencer a Satanás y dar la vida eterna son por lo tanto obras divinas. Quien da tales cosas, es Dios. Y ¿quién nos las da? ¡Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo!

No disputes, pues, sino aférrate a la palabra. Y no olvides que tienes dos buenos testigos: primero, el Credo, y segundo, el bautismo. Con esto defiéndete, persevera en ello, y así podrás resistir a Satanás. Y así terminemos la meditación sobre este tema.

Sermón para el Domingo de la Santísima Trinidad. Fecha: 4 de junio de 1531.

Martín Lutero





[1] Arrio, presbítero de Alejandría (m. en 336) sostuvo que Cristo es un ser que fue creado de la nada y elevado por Dios al rango de Hijo a causa de sus sobresalientes cualidades morales. Arrio y los arrianos negaban por lo tanto la divinidad de Cristo. Su doctrina, tras haber causado estragos en la iglesia durante largos años, fue condenada como herética en el Concilio Ecuménico de Nicea, año 325, convocado por Constantino el Grande,
[2] Uno de ellos era Pafnucio, a quien Lutero menciona repetidas veces como modelo del hombre que defiende la verdad aun contra los personajes más poderosos y sabios de esta tierra.
[3] En el uso idiomático de Lutero, turco es sinónimo de mahometano.
[4] Respecto de la doctrina acerca de los sacramentos del bautismo y la santa cena, Latero estaba en oposición no sólo a la teología católica, sino también a lo que enseñaban Zuinglio, los iluminados y los anabaptistas. (Véanse también los datos bibliográficos de la Nota 3 del Sermón 5, página 67).
[5] Hilario, De Trinitate, y 21 (Migne II 117): “A deo discendum est, quid de Deo lntelligendum sit” = lo que se ha de entender en cuanto a Dios, debe aprenderse de Dios mismo.
[6] Juan 1:14
[7] Comp, el Credo Atanasiano: “Y la verdadera fe cristiana es ésta, que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y la Trinidad en la unidad; no confundiendo las personas, ni dividiendo la substancia.”
[8] El término empleado en el original es Schwermeri, latinización del alemár Schwarmer = “fanáticos”, como se traduce a menudo, o mejor: “iluminados”
[9] Esta última oración se encuentra sólo en el Códice Nuremberguense.