sábado, 31 de mayo de 2008

3º Domingo de Pentecostés. 01/06/08

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

3º Domingo de Pentecostés

“Jesús escoge a sus discípulos”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Oseas 5:15-6:6

La Epístola: Romanos 4:18-25

El Evangelio: Mateo 9:9:

9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. 10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. 11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? 12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. 13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.

Sermón

El Señor escoge a aquellos que le siguen, doce son los electos, le acompañarán por tres años donde tendrán un entrenamiento intensivo y aprenderán directamente de él. Luego, once de ellos irán al mundo para hacer discípulos a todas las naciones, sufrirán adversidades y aun la muerte.
No hay necesidad de ponerse como candidato, Él hará la elección. Tu no te propones, Él te llama.
En el evangelio de hoy, el Hijo de Dios tiene opciones de llamar a discípulos entre dos grupos muy diferentes. Por un lado, está Mateo, un funcionario del gobierno opresor, cobrador de impuestos. En su tiempo libre, Mateo solo puede reunirse con otros recaudadores de impuestos y “otros pecadores notorios”, ya que es rechazado por gran parte de la sociedad. Si escoge a Mateo o a uno de los suyos, tendrá a una persona aborrecida, rechazada por el pueblo y pecadora, que no puede ganarse el favor de Dios. Por otra parte están los fariseos, estos son personas serias, estrictas, pasaron años estudiando de la Palabra de Dios. Constantemente están hablando de Dios y van por la vida mostrando como se puede ganar el favor de Dios. Si Jesús selecciona a un fariseo, él tiene a un hombre que ya es disciplinado, culto y religioso. Pero aquí vemos que Jesús escoge a Mateo.

1. La gracia de Dios y Mateo: El Señor elige a Mateo y no sólo lo elige sino que además va y come con Mateo y con sus amigos “pecaminosos”. Los fariseos se escandalizan y se sienten indignados: ¿Si éste es el Salvador, cómo puedo hacer tal cosa? Ellos piensan así porque creían que:

a. Las personas ganamos el favor de Dios cumpliendo su voluntad.

b. Por consiguiente, Dios ama a aquellos que hacen su voluntad, y los ama más que a aquellos no la hacen. O para ponerlo de otro modo, aquellos que cumplen la Ley de Dios son “más salvos” que aquellos que no lo intentan. Los fariseos son expertos en intentar guardar la ley, de hecho, la han incrementado. Por ejemplo, el Señor había ordenado que se descanse en el día sábado. Los fariseos llegaron a decir cuántos pasos se podían dar antes de que la persona esté cansada.

c. Naturalmente, un fariseo era una mejor elección que un recaudador de impuestos. De todos modos, Jesús escoge a Mateo.

Ante esta elección, los fariseos reaccionan. En primer lugar, desprecian a Mateo, por su oficio y su reputación. Pero luego de esta elección desprecian más a Jesús. Esta reacción no es porque no escogió a uno de ellos. No, el problema, según ellos lo ven, es que él obra en contra de sus creencias. Ellos tienen su propio plan de salvación y su plan es que ellos ofrecen sus buenas obras a Dios como un sacrificio agradable para ganar su favor. Pero si Jesús come con pecadores en lugar de comer con ellos es porque es un salvador que no está de acuerdo con su plan. Él tiene piedad de aquellos a quienes aborrecen, ofrece auxilio y reconforta a sus enemigos. Él es una amenaza porque cuestiona su confesión de fe, sus creencias y doctrinas. ¿Cómo puede hacer tal cosa? Se preguntaban.

Jesús le explica a los fariseos: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Imagine que un doctor declara que sólo atenderá a personas en perfecto estado de salud: “Entre en mi oficina, recuéstese y déjeme hacerle algunas pruebas y tal vez le lleve a cabo alguna cirugía. ¡Usted está perfectamente saludable y voy a curarle!”. Es una idea ridícula, ¿no cree? Las personas saludables no tienen que estar curadas: ya están libres de enfermedades.
Si bien esta situación es algo poco usual, hay otra que no lo es y que se repite muchas vece. Uno que está enfermo y que se rehúsa a admitir su enfermedad. En vez de recurrir a un doctor que le puede ayudar, persiste en que “no necesito a un doctor, porque no estoy enfermo. Los doctores no son para personas saludables y estoy saludable”. Parece absurdo, pero algunos no admiten que están enfermos, aún cuando es claro que están enfermos de gravedad. Aquí vemos un punto importante: Por más positivo que se pueda ser o por más que se niegue la enfermedad, esto no se quita, aún existe. Los doctores, en realidad, no ayudan a las personas saludables que no los necesitan. Así como no pueden ayudar a las personas que no admiten que están enfermas, ayudan a quienes reconocen que necesitan su atención médica. Es por esto que tenemos al Salvador. Él ha venido a salvar a las personas pecadoras que están desahuciadas por sus pecados. Él no vino para morir por las personas santas, inmaculadas, justas. En primer lugar, esas personas no existen. Por otro lado, si existiesen dichas personas no necesitarían que Él muriese para limpiarlos de sus pecados.

Jesús murió por los pecadores. Él fue la cruz para morir por los pecados de mundo. Pero mientras él muere por todos, no todos se salvan. ¿Por qué? Por que muchos dirán: “Está bien y es bueno que Jesús muera por los pecadores: Ellos lo necesitan. Pero yo no soy pecador, al menos no tan pecador como para que él necesite morir para relacionarme con Dios. No estoy enfermo, así es que no necesito que me sanen".
Pero que opines así, no quiere decir que así sea. Muchos insisten en que no están enfermos con el pecado. Muchos mantienen que son buenos porque mantienen una actitud positiva. Pero uno no puede deshacerse del pecado solo con desearlo. Uno necesita ser curado de esa enfermedad.
Es por esto que Jesús dice “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Muchos tratan de llegar al cielo ofreciendo un sacrificio de buenas obras, buenos pensamientos, porque creen que no son tan pecaminosos. Creen que pueden presentarse ante Dios y decirle: “Mira Señor lo que he hecho, ¡He hecho cosas buenas! ¡Por eso no soy tan pecador! ¡Por eso no necesito que alguien me salve! Puedo salvarme por mí mismo”.

El Señor no desea tales sacrificios. De hecho, le ofenden. Cuando alguien declara ante Dios que es bastante bueno para hacerlo por sí mismo, le está diciendo que el sacrificó de su Hijo fue hecho sin causa justificada, porque puede salvarse por si solo. Despojando al Hijo de Dios de su gloria y ofendiendo al Padre.

Dios tiene piedad de los hombres. Es por eso que él sacrificó a su Hijo, juzgándolo en la cruz en nuestro lugar. Él ha dado a su Hijo el castigo que merecíamos a fin de que nos pueda dar lo que no merecemos: La Gracia Salvadora. Por la bondad de Jesús, el Padre Eterno declara: “Sus propias obras no le salvan, no pueden. Mi Hijo le ha salvado. Él ha vivido y ha muerto por ti. Lo he levantado de los muertos para darle vida. No le salvé por sus propios esfuerzos sino por los de mi Hijo”. Esto es lo que él quiere decir cuando declara, “Misericordia quiero, y no sacrificio”.

Todo esto es el porqué Jesús llama a Mateo y no a uno de los fariseos. Los fariseos no lo quieren a él y ni a su misericordia, si bien es verdad que le necesitan. Pero siempre y cuando ellos confíen en sus propios esfuerzos y sacrificios, no tienen la necesidad del sacrificio de Cristo, siguen perdidos en sus pecados.

Por consiguiente Jesús come con los pecadores. Él no come con ellos para hacer que sus estilos de vida pecaminosos sean aceptables. Él reprenderá los pecados como cosa abominable a los ojos de Dios. Pero estos pecadores no hacen el intento de ganar la salvación por sus propias obras. Algunos no hacen intento porque se pierden en sus pecado y no tienen ganas de arrepentirse. Pero algunos no hacen el intento porque saben que no pueden compensar sus pecados. No confían en ellos mismos ni en sus sacrificios. Por lo cual están listos a confiar en Jesús como el sacrificio por los pecados de mundo.

Así es que Mateo pasa de recaudador de impuestos a discípulo, luego a apóstol. Él humildemente registra la llamada del Evangelio que luego publica por la inspiración del Espíritu Santo a fin de que pudiésemos gozarnos de la misericordia de Señor. Los recaudadores de impuestos comprenden de números y cómo tienen que ser pagadas las deudas. Por la gracia de Dios, Mateo cree que él no puede pagar la deuda de sus pecados y por la gracia de Dios, confía que Jesús le perdonará todos ellos.

Eso por esto que los cristianos llegan a serlo. En vez de señalar sus sacrificios, sus intentos para complacer a Dios, confiesan sus pecados y se gozan de su misericordia. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” Salmo 51:17.

El deseo de confiar en nuestros sacrificios es fuerte. Nuestra vieja naturaleza pecaminosa no quiere que confesemos nuestros pecados y mucho menos prefiere que creamos en la gracia de Dios. El mundo está bastante de acuerdo con esto, tratando de convencernos que nos salvamos solamente siendo buenos sin necesitar de Cristo. Dentro de la cristiandad, se vuelve un poco menos obvio, pero no quiere decir que no exista.
Algunas iglesias le dirán que junto con el perdón de Cristo se ganará el favor de Dios y la salvación por las obras que hace y el número de oraciones que realice. Fácilmente comprendemos este error. Pero hay una versión mucho más sutil dentro de la Iglesia hoy día, uno que entra poco a poco y con demasiada frecuencia: Es la idea de que tienes que creer en él para salvarse. Eso suena muy inocente y nadie lo discutirá. Pero lo que realmente se quiere decir con esto es que Jesús ha muerto por ti y ha hecho su parte. Pero ahora queda por hacer vuestra parte: Tiene que elegir creer en él. Cuando haya hecho esa decisión será salvo.

Pero ¿esta diferencia es importante? Claro que sí. Si debes tomar una decisión para creer en Jesús, quiere decir que debes ser lo suficientemente conciente para entender. Debes aprender una cierta cantidad de conocimientos a fin de que sea una decisión informada. Debes ser lo suficientemente responsable para querer entender lo que dices. En otras palabras, para salvarse, debe ofrecer un sacrificio, aprender y confesar.
Jesús declara “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Él nos salva porque es compasivo, no porque vivamos, aprendamos y sepamos qué quiere decir. Esto es para nuestro bien y certeza de salvación. Para que apreciemos esta sutil diferencia : ¿si nosotros debemos ser lo suficientemente concientes para entender, cómo podemos asegurarnos de que somos lo suficientemente concientes para comprender? ¿Si debemos saber una cierta cantidad de cosas, cómo podemos asegurarnos de que sepamos bastante? ¿Si nos salvamos por nuestra sinceridad, cómo podemos asegurarnos de que seamos lo suficientemente sinceros? ¿Si nos salvamos por nuestros sacrificios, cómo podemos asegurarnos de que hayamos sacrificado bastante? Puede parecer no tener importancia ahora, pero lo tendrá en su lecho de muerte.

“Misericordia quiero, y no sacrificio” dice el Señor. Nunca podemos estar seguros de nuestros esfuerzos, pero podemos tener la seguridad de hay uno que sí es suficiente: Cristo ha muerto por todos nuestros pecados. Él ha sido levantado y le otorga el perdón de todos sus pecados. Si todos sus pecados son perdonados, el trabajo está hecho y por ello es que tienes fe, vida y esperanza. No por algo que haya hecho, sino porque él ha hecho todo y eso es suficiente.
Esto es lo que aprendemos de cuando nuestro Buen Pastor nos llama por nuestro nombre. Esto lo hace por medio del Bautismo, allí él viene a nosotros, nos llama. Él nos une con su sacrificio para limpiar nuestros pecados. Él nos une con su muerte y resurrección de entre los muertos. Él nos otorga su rectitud, su vida y su fe. Él no hace estas cosas porque hayamos hecho un gran sacrificio o incluso uno pequeño. Él ha hace estas cosas porque él es compasivo, porque así es como él tiene piedad de nosotros.

Incluso dentro de la cristiandad, muchos objetan ¿Cómo afirman que el bautismo hace cosas tan grandes en bebes que ni siquiera tienen un año de vida? La cuestión es si los bebes ¿Debe entender el por qué lo alimentan antes de que sus padres puedan darle su comida? No, si bien ellos no tienen idea de qué hace la comida, aún así los beneficia. ¿Deben comprender el concepto de frazadas y ser arropados antes de que se los protejan del frío? Nuevamente NO. ¿Si están enfermos, deben comprender lo que el doctor hace, o cómo puede la medicina curarlos, antes de que sean tratados? Otra vez, la respuesta es no.

El Señor provee comida, ropa y la medicina para ellos y nosotros en esta vida y nos beneficiamos aun sin que sepamos cómo lo hace. El Señor provee fe, perdón y vida en el Bautismo por siempre. Asimismo nos beneficia aunque en su momento non hayamos comprendido el cómo.
Esto es afirmado por las palabras de Jesús: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Lo que nos dice es que un niño no debe ser lo suficientemente conciente para entender antes de que pueda creer. Él dice que todos nos salvamos por un sacrificio. No debemos ofrecer sacrificios para entender que el Señor tiene piedad de nosotros.
Es fácil entender esto en un infante. Lo que debemos creer es que esto también es verdadero para los adultos. Somos salvados y permanecemos así solamente por la misericordia del Señor.
Porque Dios nos ama nos da estos años de la vida. Hemos aprendido y continuamos aprendiendo las enseñanzas de la fe de no a ganarnos el favor de Dios, porque el Señor ya nos revelándonos y dándonos su gracia por medio del Verbo encarnado, no sea que nuestra ignorancia nos desvíe hacia una falsa enseñanza. Creemos porque Dios ya nos favorece por Jesús y así es por él que nos da la fe para creer.

Recuerda que nos salvamos solamente por la misericordia del Señor, no por nuestros esfuerzos. Somos congregados por la obra de Dios. En la liturgia decimos “Señor, tenemos piedad de nosotros”. Por este verso de la liturgia, reconocemos que no podemos impresionar a Dios con nuestras obras y nuestros sacrificios. Estamos aquí porque no podemos salvarnos. Por consiguiente, reconocemos que estamos aquí a fin de que el Señor pueda tener piedad en nosotros y salvarnos solamente por su obra y su gracia.
Alégrate porque así como recitamos “Señor ten piedad”, no es porque estamos tratando de persuadirle, para hacerle entrar en razón. Estamos de acuerdo con él, es lo que él viene a hacer, no viene a medir nuestros sacrificios, sino para tener misericordia de nosotros. Y porque él esta aquí para tener piedad de nosotros, es que puedes estar seguro de esto: Eres perdonado de todos sus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén

Atte. Pastor Gustavo Lavia.