sábado, 14 de junio de 2008

5º Domingo de Pentecostés.

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a

La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

5º Domingo de Pentecostés

“El temor y amor a Dios”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Jeremías20:7-13

La Epístola: Romanos 5:12-15

El Evangelio: Mateo 10:24-33

24 El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa? 26 Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse. 27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas. 28 Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. 29 ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. 30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados. 31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. 32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Sermón

Martin Lutero realizó un comentario sobre el texto del evangelio que hemos leído hoy, donde expresó que “aún cuando fuera intimidado por sus enemigos, él no podría dejar de predicar el Evangelio, pienso que el Señor en el día del Juicio me diría ¿por qué estabas más asustado de ellos que de mí?”.

La Ley en Mateo 10:24-33

Jesús envía a sus discípulos a predicar un mensaje específico a todo el mundo. Son enviados a proclamar que el reino de los cielos se ha hecho presente y que está cerca. El Señor no crea falsas ilusiones de que todo será bello y bonito. Por eso anuncia que afrontarán una fuerte oposición. Serán rechazados por personas, por familias, algunas veces por pueblos enteros, otras veces ese rechazo se dará por miembros de nuestras familias, hasta por amigos cercanos, incluso por personas que tienen cargos en el estado y en iglesia. “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mt. 10:16). Él dice en el comienzo de nuestro Evangelio del día de hoy “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?” Como se invierten las cosas, resulta que ahora los fariseos y escribas llaman a Jesús “Belzebú”, el “señor de las moscas”. Si quienes son los líderes de la iglesia llaman y tratan a Jesús de tal manera, cómo no van a considerar que a las moscas seguidoras de tal maestro sean aplastadas como su líder. Los discípulos afrontarán terribles intimidaciones al anunciar la Buena Nueva acerca del reino de Jesús.

Pero la intimidación no es excusa. Los discípulos no deben guardar silencio. Dios nos dice “No les teman”.

En primer lugar, no deben tener miedo porque “porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse”. Los enemigos de Jesús pueden parecer tener el control ¿Después de todo, qué pueden hacer un maestro y doce humildes personas contra el mundo? Sin embargo, los discípulos saben el fin de la historia, porque Jesús ya nos ha dicho que ha vencido a la muerte, el pecado y el poder del diablo y que regresará en gloria juzgar a todas las naciones, condenando a quienes no creen en él y para dar plenitud de vida a quienes confían en su gracia. Por consiguiente, los discípulos no deberíamos ser intimidados. En esta batalla de bien y del mal, el mal aparentará tener el poder y el control durante algún tiempo. Pero los discípulos sabemos cual es el fin de la historia y quien es el vencedor.

El ser intimidado, no es excusa para no predicar. Los discípulos no deben guardar silencio, pero tampoco tienen que cambiar el mensaje que les ha sido dado. Deben predicar que el reino de los cielos está cerca. “No tengan miedo” dice el Señor una y otra vez, pero esta vez él es más específico cuando dice “no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”. Los discípulos sufrirán en manos de pecadores, esto es seguro. Pero esos malhechores sólo pueden matar el cuerpo. Dios, el Padre Todopoderoso, posee un poder mayor: Él determina el destino final tanto del cuerpo como del alma de cada ser humano y puede enviarlos para que sufran una vida de tormento por la eternidad. Entonces ¿Quién debe más ser temido?

Lo cual nos trae de vuelta al pensamiento de Lutero sobre el día del Juicio viendo a un Dios enojado, con sed de venganza, diciendo: “¿Por qué esta más asustado de ellos que de mí?”. La Iglesia hoy día está en la misma situación. El Señor llama a sus discípulos a proclamar lo que él les envía, a saber, su Ley en toda su severidad y su Evangelio en toda su dulzura. Como cada cristiano, tu y yo nos enfrentamos a un problema porque cuando debemos tomar una decisión que si obramos con justicia sabemos que nos traerá sufrimiento ¿qué haremos? ¿Lo correcto o evitaremos cómodamente de la situación? Cuando un miembro de la familia o un amigo escogen una forma de vida pecaminosa ¿qué hará? Dirá la verdad sobre ese pecado y se arriesgará a la hostilidad o mantendrá el silencioso para conservar la paz familiar. En la escuela o en el trabajo es del mismo modo, allí se presentarán constantes intentos para dar vuelta y mostrar que lo bueno, puro y sagrado para que parezca equivocado, impuro y malvado y viceversa.

Como los cristianos individuales afrontan tal intimidación, las congregaciones son también puestas en lo mismo. Muchos opinan que la Iglesia debe modificar su mensaje para sobrevivir. El cambio es necesario para que más personas ocupen los bancos de las iglesias y es por esto que debemos amar más y condenar menos el pecado. Se debe cambiar porque sino las ofrendas no cubrirán los gastos y si no se cubren los gastos no se puede seguir. Se debe producir un cambio porque los tiempos cambian y no se puede seguir igual que hace cien años. El mundo cambia y nosotros también debemos cambiar con el mundo. Se debe cambiar, se dice una y otra vez, aunque usualmente se presenta en términos más suaves y atractivos. Afirman que no se debe abandonar el Evangelio. Obviamente se debe creer que Jesús es El Salvador. Pero se necesita disminuir la proclamación de la Ley. En lugar de denunciar la inmoralidad como pecado, deberíamos hablar de la aceptación. En lugar de disciplinar a los pecadores manifiestos, debemos aceptarlos cariñosamente y en lugar de ofenderlos. La predicación de la Ley que condena debería ser dejada y en su lugar deberíamos predicar a fin de que suene como una herramienta útil para vivir y nada más que eso.

Tal presión en la Iglesia no es nada nuevo. De hecho, el doctor Walther, el primer presidente del Sínodo de Missouri, reconoció y enseño sobre esto hace unos cuantos años atrás. En sus charlas de sobremesa en el seminario, declaró: “Estos hombres sin duda pretenden convertir a la gente; pero quieren hacerlo usando expresiones erróneas. Creen posible convertir a los hombres callando ciertas cosas o expresándose de tal modo que agraden al hombre natural. Son como aquellos malos médicos que no prescriben a sus enfermos delicados medicinas amagas, o si lo hacen la mezclan con anta azúcar que ya no se siente lo amargo de la medicina. ¿Pero que se logra con ello? Pues que no surte efecto ninguno. Por consiguiente, los que no predican con claridad y precisión el evangelio, el cual es ofensivo para el mundo, no son fieles a su oficio y causan gran daño a las almas. En vez de hacer progresar a los cristianos en el conocimiento de la doctrina sana, los dejan andar a tientas en las tinieblas, los estimulan en su camino errado, los aceleran en un camino equivocado y peligroso” (C. F. W. Walther. Ley y Evangelio. Ponencia 26, páginas 221 y 222).

La Iglesia está para predicar de manera pura la Ley y el Evangelio de Dios porque Dios utiliza esto para generar la fe en las personas. Por esta predicación es que vivimos y fortalecemos la fe. Cuando somos tentados a alterar el mensaje, sin duda estamos tentados a pecar y cuando somos tentados a pecar, el Señor nos aplica su Ley para nuestro bien. Así nos muestra nuestro pecado y la muerte que nos aguarda. Es por esto que él envía a sus discípulos a proclamar su palabra. Ante esto podemos preguntarnos “¿por qué temo a otros ante que a Dios?”
Después de todo, por la Palabra del Señor sabemos el fin de la historia. Hay sólo Uno que está sentado sobre el tribunal y determina el destino para siempre. Él tiene el poder de determinar sobre la vida o muerte eterna. ¿Por qué temer a otro más que él?

Hasta aquí predicamos la Ley de Dios, témale a Dios y obedezca sus mandamientos, aun cuando sea rechazado e intimidado por los hombres, él puede destruir su cuerpo y alma en el infierno. Ésta es la Ley de Dios y es verdadera. Sin embargo, n es sólo la mitad de la historia. El propósito de esta Ley es mostrarnos nuestro pecado, pues pecamos y quebrantamos esta Ley cada día.
Cada vez que pecamos, nuestro amor hacia el pecado supera nuestro miedo hacia Dios y su castigo. Cada vez que no queremos proclamar su Palabra, tememos a otra cosa más que a la furia divina.

Dios nos da su Ley para mostrarnos nuestro pecado. Sin embargo, él hace eso para nuestro bien. Cuando reconocemos nuestro pecado, sabemos que no podemos salvarnos. Cuando sabemos que no podemos salvarnos, estamos listos a oír sobre el Salvador. La Ley es la mitad de la historia. Ahora veamos la otra mitad de la historia: El Evangelio.

El Evangelio en Mateo 10:24-33

Que triste sería si el mensaje de la cristiandad fuese sólo de miedo, de “obedezca a Dios porque él tiene puesta la espada sobre su cabeza”. Pero este no es el caso. No confiamos en nuestro Señor porque a nadie se le puede temer más que a él”. No, confiamos en él porque nadie nos ama más.
Cuando el maestro envía a sus discípulos, él no es un gobernante egoísta que exige que sufran a fin de que él no lo tenga que hacer. Cuando este amo envía a sus siervos, no exige su muerte para que él pueda vivir. Él les dice que sufrirán tal como él sufrió. Un criado no está por encima de su amo, si el amo sufre, el criado también sufrirá. Pero el amo es mayor y es así que su sufrimiento también es mayor. Mucho más grande.

Para esos discípulos y para nosotros, este amo sufre. En queda en mano de hombres supuestamente justos, es arrestado, falsamente acusado de toda clase de pecados de los que él no tiene la culpa, sino que tú y yo lo tenemos. El Señor acepta esto en silencio y permite ser golpeado y azotado. Él es crucificado, donde los hombres supuestamente buenos se burlan de él. Pero esto es sólo un poco de su sufrimiento. La mayor parte no viene de los hombres supuestamente justos, sino de su Padre en cielo, que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. El Hijo de Dios no merece este castigo, porque él no ha pecado. Merecemos ese castigo, pues constantemente pecamos contra Dios. Pero allí en la cruz, el amo toma el lugar de sus esclavos y soporta el castigo por sus pecados. El Padre Eterno castiga a su Hijo para cumplir con las Ley, para infligir el castigo que nosotros merecíamos. Pero aquí está la salvación: Dios castiga a su Hijo, a fin de que él nos perdone.

Si ahora consideramos las palabras del Evangelio: ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. 30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados. 31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. El Padre Eterno tiene presente a los pequeños pájaros, comprados en un céntimo el par. Él sabe cuándo cada uno de ellos cae a tierra. Lo maravillo de esto es que tu no has sido comprado a un bajo precio. No, como dice Lutero, has sido redimido “no con oro o plata, sino con su santa, preciosa sangre, y con su inocente pasión y muerte, para que yo sea suyo, y viva bajo Él en su reino y le sirva en eterna justicia, inocencia y bienaventuranza, así como Él, resucitado de entre los muertos, vive y reina en la eternidad. Esto es ciertamente la verdad.”

Así que tenemos la Ley y el Evangelio en este texto. Somos fieles al proclamar a su Palabra. Si se nos olvida o nos da miedo de hacer esto, pecamos y merecemos su ira eterna. Sin embargo, como proclamamos en su Palabra, también oímos el dulce sonido: sus pecados son perdonados, porque Jesús ha sufrido el castigo de Dios en la cruz.
La Ley dice 33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. El Evangelio dice “Jesús le ha redimido con su sagrada y preciosa sangre. ¡Por consiguiente, eres puesto en libertad al confesar pagada la deuda por Jesús, con agradecimiento y no con miedo. “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos”.
“¿Por qué le temes a ellos más que mí"? Pero en lugar de semejante acusación el Señor en su nos enseña otra cosa distinta, es como si dijese: “¿Hay otra persona que haya querido da su vida para limpiar sus pecados? ¿Alguna otra persona ha derramado su preciosa sangre y ha sufriendo la muerte para que usted pueda ser suyo por siempre? Solo yo lo he hecho, le perdono y doy vida eterna".

Ésta es la Ley y el Evangelio de nuestra lección para este día y así es que llegamos a entender mejor las palabras de Lutero con las cuales comienza cada explicación de los mandamientos en el Catecismo Menor: “Debemos temer y amar a Dios”. ¿Debemos temer a Dios? Sí, es correcto temer las consecuencias del quebrantamiento de las leyes divinas y por ello sufrir la ira divina. Éste es un miedo divino, lo cual nos mueve a sentir pesar por nuestros pecados. Pero esto no queda allí, también amamos a Dios por nuestra redención. Él ha castigado a su Hijo, lo ha entregado a muerte, en nuestro lugar, lo ha juzgado, en nuestro lugar porque el Hijo de Dios cumplió todos ellos de manera perfecta. El precio esta pagado, un precio más elevado que el estipulado para comparar un par de pájaros. Porque ese precio fue pagado, usted puede estar seguro de esto: Eres perdonado de todo tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén.

Atte. Pastor Gustavo Lavia