domingo, 21 de junio de 2009

3º Domingo de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

3º Domingo de Pentecostés

“No temas, Dios está contigo”

Textos del Día:

Primera lección: Job 38:1-11

La Epístola: 2 Corintios 6:1-13

El Evangelio: Marcos 4:31-40

Sermón

No hemos tenido muchas tormentas esta primavera. En lo que respecta a Madrid necesitamos tener lluvias para abastecernos de agua y es algo que se reconoce públicamente, pero la mayoría de las personas solo desean la lluvia, no quieren saber nada con las tormentas, ni con rayos ni fuertes vientos. Pues bien, en las lecturas del día de hoy tenemos tormentas y de las buenas.

En el relato de Job, Dios habla a Job desde una tormenta (algunas traducciones lo traducen como torbellino). A esta altura de la historia, Job ha querido confrontar a Dios con el problema que tiene. Recuerde que Job fue un hombre muy rico con una gran familia y el libro relata de cómo perdió todo, sus riquezas, su familia, su salud porque no a sus amigos. Justamente sus amigos son los que se sientan alrededor de él y le dicen que todas estas cosas que le han ocurrido son una especie de castigo por el pecado que hay en su vida, que si no es por algún pecado manifiesto, seguramente será por algún pecado oculto del cuál Job no es consciente. Pero Job insiste en que no es por algo que él haya hecho, que no merece la tormenta de problemas que le ha caído sobre sus espaldas. Él manifiesta que si podría presentar su caso ante Dios, seguramente obtendría las respuestas que necesita para entender su situación. Nuestra lectura de Job es el comienzo de la respuesta de Dios a Job “en medio de su tormenta”. Finalmente, en la mitad de la tormentosa vida de Job, Dios le habla. Sólo que las palabras que Job oye no es la respuesta que Job estaba esperando. Nosotros tampoco quedaríamos satisfechos y felices con esta respuesta de parte de Dios. “¿Quién eres para cuestionarme?” le dice Dios, “¿Dónde estabas cuándo yo creé todo? Yo soy el que ha hecho todo. ¿Estabas allí cuándo creé todo lo que ves?”

Dios pone a Job en su lugar. No es justamente el tipo de respuesta que deseamos que Dios nos dé en medio de nuestras dudas y conflictos. Porque no hay compasión o consuelo en ellas. Es como si clavase otro puñal más en la espalda de Job y en la nuestra. Dios no contesta a las preguntas de Job de por qué él sufre semejantes tomentos. Dios no justifica sus acciones, ni las apacigua. Y para nuestra sorpresa, en lugar de explotar de rabia Job se inclina de modo respetuoso entre la humildad y el miedo y eso que sus tormentas aún no fueron calmadas por Dios.

En la lección del Evangelio de hoy, la tormenta es un poco diferente. Marcos 4:35-41 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?

Esta tormenta no es menos real que la tormenta que afrontó Job y no menos real que las que ocurrieron a comienzo de año en España, con grandes vientos y fuertes trombas de agua: Una tormenta verdadera, con consecuencias verdaderas. Los discípulos temen ahogarse en el lago. Si alguna vez has estado en un barco o bote en medio de un lago o río agitado por una tormenta, sabrás a que le temen los discípulos. Ver como las olas aumentan de tamaño e intensidad y comienzan a saltar por encima de los lados del bote, es pensar que el bote en cualquier momento se hundirá. ¿Qué harías? ¿Nadar? pero cómo saber hacia dónde ir, cómo mantenerse a flote con la lluvia y viento. El miedo es real. Los discípulos tuvieron miedo… temían por sus vidas. ¡Qué contraste con Jesús que también estaba esa noche en el bote! Lo vemos que duerme en un bote que se llena de agua y está a punto de hundirse. Finalmente los discípulos no pueden soportar más el miedo. Y recurren a Jesús echándole en cara su inactividad en tal situación. Estaban cara a cara con la muerte y a Jesús no parecía importarle. Así es que le despiertan. “¿Cómo puedes dormir mientras nos pasa esto? ¿No te importa si nos ahogamos? Existe un verdadero peligro para nuestras vidas y simplemente te la pasas durmiendo”. Jesús no contesta su pregunta pero habla directamente al viento y al agua. “Calla, enmudece”. Y me imagino que miró a los discípulos como diciendo “esto es también para ustedes”. El viento y las olas cesaron instantáneamente. Tan pronto como Jesús habló el viento dejó de soplar y las ondas de agitarse.

Es un gran contraste entre una gran tormenta y una gran quietud y en un solo instante. La fuente del gran contraste que se ve es Jesús. El que dormía con gran calma se despierta para calmar la tormenta.

Me he preguntado sobre las conexiones entre los textos de hoy. Job 38:8-11 ¿Quién encerró con puertas el mar, Cuando se derramaba saliéndose de su seno, Cuando puse yo nubes por vestidura suya, Y por su faja oscuridad, Y establecí sobre él mi decreto, Le puse puertas y cerrojo, Y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, Y ahí parará el orgullo de tus olas?
El dominio de Jesús sobre la naturaleza es espectacular, les habla a las olas y ellas solo obedecen.

Solo es necesario mirar el asombro de los discípulos y su respuesta. Lo curioso es que no pierden su miedo sino que ahora el origen del mismo es Jesús. Y se hacen una preguntan muy importante. “¿Quién es este? ¿Quién es este que en un momento duerme y al siguiente controla la tormenta?” Es cuestión de fe y temor. : ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Les pregunta Jesús. Con el paso del tiempo los discípulos serían testigos de que él es el Cristo, pero por ahora no sabían exactamente quién era él. Es por eso que en ese bote vieron todo lo que necesitaban ver por el momento. Jesús durmiendo, claramente era un ser humano que necesitaba descansar. Él comió, durmió, bebió, caminó y habló con ellos todos los días de su ministerio. Él fue tan humano como lo fueron sus discípulos. Pero él controló las olas del mar mucho más fácil de lo que ellos controlaban sus redes para pescar. Él fue el que colocó el límite a las olas de la mar. Porque Jesús es Dios, Jesús es la Palabra de Dios en centro de la tormenta como lo hizo con Job, así como lo hizo en la creación para ordenar el caos y dar comienzo a la tierra y toda la vida en ella.

Notemos que este texto no trata de cómo Jesús calma las tormentas de nuestra vida. Por más que deseemos que eso sea verdad, Dios nunca promete que la fe en él nos aislará de los padecimientos o de las malas cosas en nuestras vidas. Observemos nuevamente a Job. Él sufrió mucho, pero nunca supo por qué sufrió. Él nunca supo el propósito de sus desgracias. Job fue un hombre de gran fe. A menudo solo lo vemos como un hombre paciente pero realmente su libro nos habla sobre su fe… dónde él deja a Dios ser Dios y donde nunca supo por qué él sufrió en carne propia las tormentas que le cayeron sobre sus espaldas. El Evangelio trata de Dios siendo Dios. Se trata de Jesucristo siendo verdaderamente Dios y siendo verdaderamente hombre. Y de cómo Dios reconcilió la verdadera causa de las tormentas en el mundo enviando a Jesús. Las tormentas de este mundo, los problemas sociales, personales y familiares son fallas nuestras. El pecado es la raíz. El pecado causa dolor y separación. El pecado causa muerte. Estar en pecado, lo cuál todos nosotros lo estamos, es tener una relación tempestuosa con Dios, con nuestros prójimos y con nosotros mismos, en lugar de una perfecta armonía. Y esa relación tempestuosa quiere decir que no merecemos nada de parte de Dios, especialmente su protección y su presencia en las tormentas que creamos. Pero él vino a pesar nuestro, en Jesucristo. Jesús calma la tormenta entre Dios y el hombre, tomando en lugar nuestro el castigo que merecíamos. Él nos trae la presencia de Dios, sufriendo, muriendo y resucitando.

Por eso Pablo escribe “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación 2 Corintios 5:18-19. Este es el contenido de nuestra fe. Esta es la cosa más importante que creemos. La Cristiandad se trata específicamente de quién es Jesús, el Cristo, y lo que él ha hecho por nosotros. El hecho que él viniese a unir nuevamente a Dios con el Hombre, a vivir una vida perfecta por ti y por mí, a sufrir y morir en la cruz por el pecado humano. A fin de reconciliarnos con Dios asumiendo sobre sí el castigo del pecado, sufriendo el tormento del infierno en la cruz por nosotros. Pero cuando las tormentas de la vida se reúnen alrededor nuestro olvidamos quién es Jesús. En ocasiones, tal vez, no se nos olvida, pero vivimos como si lo qué Él es no tuviese importancia o trascendencia en nuestra vida. Y es esto lo que nos coloca en el bote con los discípulos, teniendo miedo de la tormenta. Nuestras tormentas no son solo las nubes oscuras que se avecinan en el horizonte, sino que son las que causan revuelo en nuestras familias, esas cosas que parecen destrozarnos anímicamente. No importa cuán duro intentemos luchar contra ellas, parece que todos nuestros intentos por cambiar o huir de las
tormentas son en vano. Tememos no tener nunca más una familia entera. Qué decir de las enfermedades que son crónicas y ni hablar de las amenazas que se azotan en forma de crisis financieras. Las tormentas vienen de distintos frentes, sea un problema en el corazón o una enfermedad que golpea sin previo aviso, la tormenta de estar tan ocupado que no puedes detenerte ni siquiera para apreciar cómo crecen tus hijos. Si ves que esas tormentas te asustan sin duda tendrás ganas de gritar: “Dios porqué no haces algo para qué no ocurra esto, tengo miedo y parece que no estás haciendo nada para evitarlo” Si esta es tu situación es porque, así como los discípulos, has olvidado quién es realmente Dios. Nos olvidamos de que él está en el centro de la tormenta. Nos olvidamos de Jesús y de lo que él nos promete en esas situaciones.

Jesús sabe de nuestras tormentas porque él no es un Dios que da un paso hacia el costado y nos envía relámpago desde el cielo. Él es un Dios que se hizo hombre y vivió entre nosotros. Aquí, en medio de nuestras tormentas, en medio de nuestros sufrimientos, en medio de nuestro dolor. Jesucristo sabe lo que es sufrir todo eso en carne propia. Él sufrió, así como los hacemos tu y yo y más aún. Él sabe de la tormenta de separación causada por la muerte. Él lloró en la tumba de Lázaro, sabe de la tormenta causada por la enfermedad. Él caminó entre las multitudes que lo buscaban para que los curase. Él tuvo compasión en ellos, pero no los sanó a todos. Jesucristo conoce tus tormentas. Él puede y se hace cargo de nosotros. Él es Dios. Él es el mismísimo Dios que creó todo. Él es el Dios que colocó los límites al mar y formó las montañas con sus mismas palabras. Él está al mando de todo, desde el pequeño movimiento del ala de la mariposa, la formación de nubes hasta las olas que bañan las playas. Ese es Jesús, que estando en el bote con los discípulos calmó la tormenta, solo con su palabra.

Es importante que sepas que él no siempre calma las tormentas. Job tuvo que sufrir un largo tiempo. Tú y yo tenemos tormentas que nunca parecen terminar. ¿Qué está haciendo Jesús en ese tiempo de sufrimiento y temor? Pues bien, en primer lugar no nos ha dejado solos para que nos ocupásemos de las tormentas de nuestra vida, aunque no las haga desaparecer, él está con nosotros. Jesucristo, murió y resucitó por nosotros, nos ha provisto de dones especiales para ayudarnos a sobrellevar la tormenta. Éstas son cosas que él nos da de manera gratuita y abundante. Y nos los da aquí mismo.

Aquí mismo en este lugar él dirige su palabra hacia ti y hacia mi. En la tormenta o en la calma, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, sus mismas palabras de consolación y fuerza nos son dadas. ¿Qué es lo que nos dice? Él le nos da sus promesas. Promete que él siempre estará con nosotros, no estaremos solos en la tormenta. Jesús está con nosotros dondequiera que estemos. Los discípulos estaban en el bote con Jesús. Por la tormenta no era algo por lo cual preocuparse. Repetidas veces Jesús te hace esa promesa. “Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides.” Deuteronomio 31:8.

Dios no promete libertad de tormentas o agobios si promete que él te ayudará a soportarlos. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:28-29. Éstas son el tipo de promesas de promesas de Dios para ti, que están dadas en su palabra. Y no te olvides de que esas promesas son ciertas y firmes para ti porque él así lo ha expresado. Si tienes dudas, solo tienes que recordar tu bautismo y disfrutar de sus promesas. Allí Dios te ha extendido su mano y te ha librado de tus tormentos. Allí te ha hecho su hijo. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén”. Mateo 28:19-20. Esta promesa de estar con nosotros se manifiesta de manera segura y real en el altar. Aquí él viene a nosotros en su cuerpo y su sangre, por medio de la Palabra y el pan y vino.

En medio de nuestras tormentas podemos aferrarnos a Jesucristo, tendemos nuestra mano y nos dirigimos “al mismo trono de Dios”. Somos tocamos por él y le vemos… y es allí dónde nos da fuerza por medio de esta comida para superar las tormentas, pero no es la fuerza para soportar por nuestro propio esfuerzo, sino la fuerza para aguantar porque él da su promesa y la sostiene hasta el fin.

¿Desaparecerán las tormentas? ¿Jesús siempre se pondrá de pie y “reprenderá” a las tormentas que nos amenazan? No. La vida estará llena de días tempestuosos. Véase lo que esa tormenta le hizo a los discípulos. Aprendieron la lección de recurrir a Jesús en sus tormentas. Necesitaron que se les recuerde quién es él. Eso es lo que las tormentas de nuestra vida nos hacen a nosotros.

Nos recuerdan que no podemos ir por esta vida solos. Nos recuerdan que Dios está en el control de todo lo que nos acontece. Nos recuerdan que necesitamos depender de él cada vez más, todos los días de nuestra vida. No abandones tu barca, Jesús está contigo para acompañarte en medio de las tempestades de tu vida. Puedes estar seguro de ello, porque has sido perdonado de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

En Cristo. Pastor Gustavo Lavia.