miércoles, 14 de octubre de 2009

19º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“En Cristo no hay rivalidades”

Textos del Día:

Primera lección: Números 11:16, 24-29

Segunda Lección: Santiago 4:7-12

El Evangelio: Marcos 9:38-42

EVANGELIO
38Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. 39Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. 40Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. 41Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
42Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar.

Las rivalidades.

Desde que Adán y Eva, por concejo del diablo, quisieron ser igual a Dios y que Caín matara a Abel por envidia parece que todo sigue el mismo curso aquí bajo el sol. Las rivalidades siguen existiendo. Rivalidades entre bandas callejeras, entre países, aficiones de futbol, compañeros de trabajo o estudio, y como no, también entre familias y en las familias. Padres contra hijos o hijos contra padres, hermanos, e incluso existe rivalidades dentro del matrimonio. Existe la llamada “guerra de sexos”, la rivalidad comercial entre marcas y por supuesto rivalidad política. En cualquier ámbito podemos encontrar un rival. Para obtener algún beneficio material, emocional,
social, etc., pareciera que siempre debemos competir contra alguien. Un rival es alguien que nos supone algún tipo de amenaza a nuestra posición o deseo, y al cual hay que intentar derrotar sacando ventaja sobre él.

Naturaleza de la rivalidad

Por naturaleza nacemos seres egoístas. “Esto es mío, mío, todo mío”. Envidia, celos, contiendas peleas, etc. Se evidencian desde muy temprano. No hay quien se libre de ello. La existencia de guerras a grandes escalas es la evidencia clara de nuestras pequeñas guerras o batallas personales diarias por conquistar un lugar y gobernarlo. Puede que un puesto de trabajo ocupado lo deseen muchos y difícilmente alguien duraría si tienen la oportunidad de hacerse con él. Buscamos nuestro propio bien y casi siempre, en esta realidad, va en detrimento de alguien.

Contexto del Evangelio de hoy (Mr. 9 33-37)

Los apóstoles habían estado discutiendo quien de ellos era el más importante. Puntualmente este texto dice que discutían por ver quien era “el mayor entre ellos”. En la escala de “Mayores” siempre tiene que haber MENORES o INFERIORES. Esa necesidad humana de establecer rangos de superioridad, de sentirnos más que el otro o de luchar por conseguir los primeros lugares en detrimento del otro, los Apóstoles también la tenía y pretendieron trasladarla al reino de Dios. Pero Jesús les presenta el principio “del Reino” que es diametralmente opuesto: “si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos”; y poniendo un niño en medio les dice que si en su nombre, es decir movidos por la fe y el amor de Cristo, simplemente reciben a un niño que es la representación de la sencillez, en ese acto de fe simple harán la obra de Cristo y Cristo estará confirmando su presencia ellos. “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino el que se quiera hacer grande entre vosotros será vuestro siervo”. Mt. 20:25-26. Jesús sabe el manejo de las cosas en el mundo, pero su reino es diferente.

El conflicto

Al terminar de oír las palabras de Jesús (vrs. 37) “cualquiera que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió” a Juan le vino a la mente un acontecimiento reciente. Los discípulos se habían encontrado a un hombre que echaba demonios en nombre de Cristo. Sin embargo este hombre no pertenecía al grupo de 12 apóstoles que seguía a Cristo, entonces ¿Y este quien es?
¿Tiene derechos de hacer lo que hace? Pues ellos concluyeron que no y por eso se lo prohibieron. Imaginaros que si los discípulos estaban discutiendo entre ellos quien era el mayor y más importante ¿cómo iban a permitir que un extraño al particular grupo de los 12 haga lo que “solo” ellos tenían autoridad para hacer?

Razonamiento humano de los apóstoles

Si ellos habían dejado literalmente todo para seguir a Cristo cuando él los llamó especialmente a que lo siguieran. Si habían caminado lado a lado con el Señor pasando penurias y siendo testigos de increíbles prodigios ¿Cómo no se iban a sentir superiores? ¿Cómo no se iban a sentir con más derechos y privilegios que otros? ¡Si es que llevaban más años en la fe que cualquiera! Nuestra naturaleza humana construye sobre estos parámetros para medir y marcar rangos.

Lamentablemente los creyentes también traemos nuestra naturaleza humana a la vida de la iglesia, y en muchas ocasiones es esta naturaleza corrupta la que prevalece e intenta imponer sus principios. Pero a Dios gracias, la Palabra de Cristo está presente para denunciar esa actitud, perdonar a los que ven el error y se arrepienten y corregir esa actitud con la ayuda del Espíritu Santo.

Complejo de superioridad y de inferioridad

El llamado complejo de superioridad y el de inferioridad están muy relacionados. Pues para que uno se sienta inferior debe haber alguien a quien se vea superior y viceversa. Esto nada tiene que ver con la necesidad de definir correctamente los roles y la autoridad, sino con sentimientos psicológicos desmedidos y malsanos de la personalidad. Si alguien me dicen todo el tiempo que yo no puedo, que no valgo, etc., si me lo termino creyendo pueden pasar dos cosas: 1. Creer que efectivamente no valgo para nada y aislarme 2. Ver que los demás son mejores y tienen más derechos y más virtudes que yo. Esto último en ocasiones retroalimenta la idea del que se siente superior y dice “Nadie lo hace mejor que yo”, y que quizás luego reclama ¿Pero es que nadie hace nada?

En asuntos de fe puede pasar lo mismo, se puede llegar a medir, comparar y competir a ver quien tiene más frutos, tiempo dedicado, curriculum de servicio, etc. Esto, claro está, siempre va en detrimento de alguno que será “el perdedor” o “el inferior”. Así es como muchos se pueden sentir acomplejados con su fe, y esto es por no tener una doctrina clara en cuanto a ella, sumado a la mala actitud que muchas veces, sin darnos cuenta, podemos tener respeto al tema de la fe y la expectativa que ponemos en los demás.

Pero Jesús dijo que en cuestión de fe y salvación somos todos iguales. Ya no hay griego ni judío, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer. No hay categorías, sino seres humanos pecadores, todos por igual, por el cual Cristo dio su vida. Por lo tanto la fe de aquel que cree en Cristo obtiene la recompensa. Incluso si en esa fe damos un insignificante vaso de agua a alguien. Es decir, aunque las obras visibles de esa fe no parezcan extraordinarias sino normales, del día a día. No debemos menospreciar nuestra propia fe ni la de los demás, siempre debemos estimularla con la Palabra de Dios.

Distintos dones.

Es verdad que Dios repartió distintos dones y que no todos hacemos lo mismo. Pero Dios usa el principio de “complemento” o “ayuda idónea” que usó para establecer la relación matrimonial entre el hombre y la mujer. Ni el hombre puede ser mujer ni la mujer hombre, y ambos se necesitan, cada uno con los roles y funciones que Dios ha establecido. Intentar cambiar esto solo puede traer confusión. Y no por ser distintos debe haber competencia, sino que debemos aprender a valorar las sanas diferencias complementarias y necesarias establecidas por Dios.

Quien aspire por envidia o rivalidad a ocupar lugares, no solo se está dañando a sí mismo, sino que también está poniendo en peligro a los demás. Lo mismo pasa con el cuerpo de Cristo, su iglesia. También Dios dio diferentes oficios y responsabilidades que deben ser ejercidas en base a talentos y a aptitudes dadas por el Espíritu. Pero eso no tiene que generar envidia ni rivalidad, y aunque nuestra naturaleza humana lo intentará, debemos recordar que “entre nosotros no será así”, y debemos leer y seguir el consejo de la gráfica del cuerpo: 1 Co. 12:12-27.

Es cierto también que algunos solo anhelan puestos, títulos, poder en la iglesia y si no lo consiguen en un lugar se van a otro para adquirirlo o montan su propio reino donde poder ser “reyes”. Es lamentable, pero no es nuevo y de eso Jesús también nos advirtió. Hay lobos disfrazados de corderos que solo buscan su propio bien y cumplir su particular sueño. Por lo tanto no debemos confundir la valoración y el estímulo de la fe de todos quienes la tienen, con el hecho de que todos deban hacer todo en el cuerpo de Cristo. Ni tampoco debemos dejar de ser precavidos en cuanto a quienes usan el nombre de Cristo para engañar con doctrinas distorsionadas, solo para su encubierta gloria personal.

Dios quiere que nos apartemos de la comunión de quienes cambian el mensaje

No había evidencias de que el hombre que expulsaba demonios en nombre de Cristo haya sido un falso profeta que anunciaba un mensaje distinto o distorsionado. Al contrario, Cristo dice: “no se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagros en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no está contra nosotros, por nosotros es”. Cristo les dice a los discípulos que este hombre estaba usando su nombre y el poder de la Palabra correctamente, que estaba con ellos en la misma fe y por lo tanto no iba a “decir mal de mí”, es decir hablar doctrina errónea acerca de Cristo.

Sin embargo también la Escritura nos advierte en cuanto a los que desean “ganar” protagonismo, autoridad, poder, prestigio, etc. y usan la religión como una fuente de ganancia, no solo económica sino como realización personal. Y de hecho se ve como proliferan estos lobos. Se levantan nuevos iluminados y se autoproclaman pastores, maestros, apóstoles, etc. Sin embargo no todos hablan lo correcto de Cristo y ahí si que hay una diferencia. Pues somos llamados a contrastar con la Palabra el mensaje que se anuncia porque: “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, 4está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, 5disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales”. 1ª Ti 6:3-5

Vivir en la paz de Cristo como iglesia

La rivalidad es una realidad humana y nadie está ajeno a ella. Nadie. Necesitamos asumir eso.
Debemos saber que convivimos con una inclinación innata a la competencia. Nuestra naturaleza humana es capaz de corromper hasta lo más sagrado. 10Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. 11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. 12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. 1ª Co 1:10-12

En las iglesias se cuelan estos conflictos y contiendas y para ello la única solución es contrarrestarlas con la meditación en la Palabra y un constante autoexamen de nuestras actitudes: Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Fil 2:3-4

Tenemos diferentes done y funciones y eso no debe ser un problema sino motivote alegría. Con lo que tenemos que luchar es contra el orgullo, envidia, rivalidad, vanagloria, etc., y no entre nosotros, porque todos somos siervos y todos servimos por igual y a todos, por medio de la fe, se nos da la misma recompensa obtenida y donada por Cristo: El perdón de pecados y la vida eterna. Desde la fe del que agoniza en un hospital y no puede hacer más que esperar su hora; la de un bebe que en el agua Bautismal recibe nueva vida y que pasarán algunos años para que veamos frutos externos, hasta la del más activo evangelista, toda es fe engendrada por el Espíritu Santo por medio de la Palabra y por lo tanto debemos valorarla y respetarla, cuidarla y animarla como lo que es: Un don de Dios. Nuestras actitudes en base a principios equivocados pueden hacer tropezar a “los pequeños que creen en mí”. Por lo tanto no pongamos tan alto el listón de la fe para que solo lleguen algunos. Que cada uno de lo que tiene y si alguno en su interior quiere ser el mayor, que se ponga a servir humildemente a demás.

Debemos estimular la fe de todos. Y recibir como si de Cristo mismo se tratara, a los más pequeños que creen en él. Debemos animarles y recordarle que Dios les ha dado la fe en Cristo en el Bautismo, y que por lo tanto no deben despreciarla ni menospreciarse por compararla con la de otros. Uno tiene que amar, valorar y cultivar aquello que sí tiene, pues Dios es el dador. Cuidemos nuestras actitudes.

La iglesia es universal

Podemos estar alegres porque Dios tiene poder para hacer su obra simultáneamente en todas partes del mundo. Mientras nosotros estamos aquí con nuestras tareas de anunciar el evangelio, también está sucediendo lo mismo en otros lugares y hay gente que oye el mensaje por el anuncio de otro que no soy yo. Y aunque esto parezca una obviedad, no siempre lo es. En ocasiones llegamos a creernos tan imprescindibles que pensamos inconcientemente que si nosotros no hacemos las cosas las cosas no suceden. Pero gracias a Dios las cosas son muy distintas. El Espíritu Santo es quien hace el trabajo de conversión y para ellos usa los medios de gracia (Palabra y sacramento). Nosotros tenemos la tarea de anunciar el mensaje, pero si no lo hacemos, Dios puede hacer que lo hagan las piedras. Por lo tanto pongámonos cada uno en su lugar, sirvamos fielmente y demos a Dios la gloria por siempre. Amén
Walter Daniel Ralli

“Sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. 23Pero desecha las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas. 24Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; 25que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, 26y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él. 2ª Timoteo 2:14