domingo, 4 de octubre de 2009

18º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“El matrimonio según Dios”
Textos del Día:
Primera lección: Génesis 2:18-25
La Epístola: Hebreos 2:1-13
El Evangelio: Marcos 10:2-16

Marcos 10:2-16
2 Entonces se acercaron unos fariseos para probarle, y le preguntaron si era lícito al marido divorciarse de su mujer. 3 Pero él respondió y les dijo: --¿Qué os mandó Moisés? 4 Ellos dijeron: --Moisés permitió escribir carta de divorcio y despedirla. 5 Pero Jesús les dijo: --Ante vuestra dureza de corazón, os escribió este mandamiento. 6 Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. 7 Por esta causa el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; 8 y serán los dos una sola carne. Así que, ya no son más dos, sino una sola carne. 9 Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. 10 En casa sus discípulos volvieron a preguntarle acerca de esto. 11 Él les dijo: --Cualquiera que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella. 12 Y si la mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio. 13 Y le presentaban niños para que los tocase, pero los discípulos los reprendieron. 14 Al verlo, Jesús se indignó y les dijo: "Dejad a los niños venir a mí, y no les impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. 15 De cierto os digo que cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño, jamás entrará en él." 16 Entonces tomándolos en los brazos, puso las manos sobre ellos y los bendijo.
Sermón
Cuentan que durante las invasiones que realizaba Napoleón pudo observar y aprender algo muy importante que luego le sirvió para fundar los nuevos poblados en su territorio. Observó que los pueblos que se dedicaban a la agricultura anual no oponían resistencia de ser conquistados y saqueados. Tampoco tenían problemas en incendiar sus graneros y cultivos y huir. Pero aquellos que se dedicaban al cultivo de la vid, que para lograr una cosecha de calidad necesitaban muchos años, presentaban lucha y resistencia. Napoleón llegó a la conclusión de que las personas defendían con más ahincó aquello que le había costado mucho trabajo adquirir y que representaba un gran valor en sus vidas. Hoy queremos habar del matrimonio, para algunos es un campo con cosecha anual, ante las situaciones difíciles lo dejan abandonado y a su suerte, pero que para otros es un campo muy precioso, que mientras más tiempo y sacrificio se invierte en él, más satisfacción y entrega merece. Napoleón estableció en las fronteras de su territorio asentamientos y los ayudó para que se dediquen exclusivamente al cuidado de la vid, a fin de que las personas protejan con entrega y valor sus poblados. Dios desde el principio ha hecho lo mismo, le ha dado al matrimonio un lugar preponderante y vital para que el hombre se entregue
con todo su ser a defenderlo, cuidarlo y disfrutar de los hermosos frutos que da.
Se dice que el matrimonio es una institución en el que muchos de los que están fuera quieren entrar y muchos de los que están dentro quieren salir. Sin duda es una de las instituciones que ha perdido valor y en la cual se invierte cada vez menos tiempo y recursos. Se ha convertido en una cosa descartable, que una vez terminada su batería, se lo puede tirar y cambiar por otro sin mayores problemas. Me pregunto cómo hablar del perfecto plan de Dios para el matrimonio al ver cómo van muchos de ellos a nuestro alrededor. Es cierto que hay muchos matrimonios que funcionan bien, con amor, paciencia, perdón. Pero también vemos matrimonios arruinados, divorcios, infidelidad, mentiras, violencia. Cómo hablar del Dios creador del hombre y la mujer para tener una relación de matrimonio para toda la vida sin cargar con más culpabilidad a las personas que se han divorciado, o que han tenido problemas en su matrimonio. Pues bien, en primer lugar necesitamos que la Palabra de de Dios nos hable y nos diga de qué va esto.
Necesitamos ver qué está diciendo Jesús en el texto del día de hoy. Necesitamos ver el propósito de Dios para nuestros matrimonios.
Lo que llama la atención de hoy es la primera frase que abre el tema de conversación
“Entonces se acercaron unos fariseos para probarle”. Estas personas, estos fariseos, quieren “probar” a Jesús. Es necesario recalcar que la pregunta que le hacen sobre del divorcio fue un debate teológico muy importante en aquellos días. Se había formado dos bandos o escuelas teológicas al respecto. Los líderes religiosos de un bando sostenían la opinión de que Dios sólo permitía el divorcio por razones de “infidelidad y abandono”. Los otros decían que el divorcio era posible por un montón de otras razones, aunque sean insignificantes, como por ejemplo que una comida no le gustase al marido. ¿Nos suena de algo esto en nuestros días? La pregunta que realizan sobre “si era lícito al marido divorciarse de su mujer”, no es realmente una pregunta sobre el divorcio y la legalidad o no del mismo, esa pregunta fue pensada y expresada para poner a Jesús en medio de una disputa. Querían atraparle haciendo que se ponga a favor y en contra de uno de los bandos, que tome partido en la discusión. Querían ponerle entre la espada y la pared.
Hemos visto a lo largo de los Evangelios que es una mala idea intentar atrapar a Jesús en este tipo de discusiones. En todas las discusiones Jesús no es atrapado y en lugar de eso él cambia la situación y responde con una pregunta a quienes lo indagan para que sean ellos los que queden atrapados en sus hipocresías. Él salta la trampa que le han tendido y los pone a ellos en medio. Lo hace preguntando a los preguntadores. “¿Qué os mandó Moisés?” Es una pregunta muy sencilla que cualquiera de ellos puede contestar. “Ellos dijeron: Moisés permitió escribir carta de divorcio y despedirla”. El caso parece cerrado y zanjado, salvo que Jesús cambia la dirección de la conversación, llevando a la raíz de la pregunta formulada.
Jesús les dijo: “Ante vuestra dureza de corazón, os escribió este mandamiento. 6 Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. 7 Por esta causa el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; 8 y serán los dos una sola carne. Así que, ya no son más dos, sino una sola carne. 9 Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.” Marcos 10:5-9.
Jesús comienza a enseñar sobre una parte diferente de la Biblia. Es como si les dijese “Vosotros leéis en el lugar equivocado sobre este asunto. Vosotros necesitáis remontarse al mismo comienzo. Allí Dios creó al hombre y a la mujer para unirlos por toda la vida, una carne. ¡Dios no pensó ni permite el divorcio por ningún motivo! No es lícito divorciarse en absoluto”. Jesús le ha dado vuelta por completo a su manera de pensar. Ellos preguntaron qué motivo es lícito, él les dice Ninguno. Querían atraparle con el debate y él acaba el debate llevando la discusión hacia el origen de todo, la Creación, al propósito del Dios creador del universo y del matrimonio.
Aquí estamos también nosotros. Oímos a Jesús y nos encogemos de miedo, así como lo hicieron los fariseos. Ellos y nosotros muchas veces buscamos excepciones para las reglas de Dios. En nuestro interior deseamos y creamos excepciones a las reglas de Dios. Aquí es dónde nos preguntamos: “¿Qué hacer ante un esposo infiel? ¿Qué pasa cuando un matrimonio es realmente malo y dañino para los integrantes? ¿Qué cuando hay violencia hacia los niños? ¿Qué decir cuando la vida de una esposa está corriendo peligro? ¿Qué hago cuando ya no lo amo más?”.
Jesús pasa por encima de todas estas preguntas. Él no habla de todas estas cosas podridas, pecaminosas, torcidas, egoístas que los seres humanos traemos a nuestras relaciones. Él no habla de cómo el pecado destruye lo qué Dios ha unido. Él habla de cómo Dios diseñó la unión permanente del matrimonio. Él habla sobre lo que Dios quiere para las personas casadas. Lo que tenemos en común con los fariseos es que queremos hablar de las excepciones. Queremos saber cuándo podemos divorciarnos. Queremos saber cómo hacerlo correctamente. Jesús contesta con la creación perfecta del mundo.
La respuesta de Dios es “No lo hagas, nunca”. En otras palabras el divorcio no ha estado nunca en la voluntad de Dios para el matrimonio. Eso no quiere decir que el divorcio no ocurra. Pero ese no es el punto que Jesús trae aquí. No hay manera de introducirse en un debate sobre “excepciones” sin tener que hablar de optar entre los males que aquejan a esta institución.
Algunas veces tenemos al divorcio como el menor de dos males. Sabemos que algunas veces en este mundo pecaminoso se producirán divorcios. Pero el divorcio es siempre pecaminoso. El problema es que todo el mundo luego piensa que su situación debe caer en las excepciones y en puede usar el divorcio como el mal menor, creyendo que es el camino correcto y justificándolo ante Dios. Jesús se salta el debate. “¡No lo hagas!” dice. Pero nos siguen quedando dudas.
Queremos justificarnos o a nuestros parientes. Pues bien, los discípulos tuvieron las mismas preguntas. Más tarde cuando están con Jesús a solas, le hacen la pregunta otra vez. Y Jesús da otra respuesta muy clara.
Les dijo: “Cualquiera que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella. 12 Y si la mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.” Marcos 10:11-12.
Una vez más Jesús pone patas para arriba nuestras ideas. Podremos decir “Pues bien, y ¿qué sobre esta situación o este caso familiar?”. Jesús sólo nos dice lo que Dios espera. Es duro escuchar que algún familiar, amigo, compañero o nosotros mismos somos condenados. Esa es la ley de Dios frente a nosotros. Nos dice que transformamos el regalo de Dios del matrimonio en algo totalmente contrario a cómo Dios lo da. Podríamos enojarnos con Dios sobre esto y decir “pues bien, si esa es la manera que Dios piensa, este no es el Dios al que quiero adorar y servir.”
Pero en esta situación hemos ido al comienzo de todo, al origen del matrimonio, al Génesis de la cuestión.
Al hablar de estas cosas nuestro ser pecador lleva a que pensemos que tenemos mejor criterio que Dios. Es el mismo corazón pecador que lleva a que queramos decidir por nosotros mismos lo que es mejor según nuestros criterios. Ese corazón quiere ocupar el lugar de Dios dentro de nosotros mismos. Ese es el pecado que vive en nuestros corazones hablando y haciendo que nos inclinemos por sendas erróneas. Por supuesto, ese pecado no está correctamente relacionado con la idea de Dios sobre el matrimonio. Queremos tener el control de cada aspecto de nuestras vidas. Queremos poder odiar o ignorar a otros porque piensa diferentemente que nosotros.
Queremos estar de acuerdo con nuestros vecinos sobre asuntos éticos-morales, aún cuando están en desacuerdo con las Sagradas Escrituras. Deseamos poder defraudar o aprovecharnos, aunque sea un poco, en nuestros trabajos, ante el gobierno, colegas y demás para sacar un poco más de provecho o prestigio. Queremos hablar de cómo los otros miembros de la iglesia no hacen su parte en el trabajo, en la ofrenda o asistencia, sin ofrecernos nosotros mismos a ayudar. Pero recalco que no son los pecados que hacemos, es el pecado que está en nuestros corazones el mayor de nuestros problemas. Este quiere decidir por nosotros mismos qué es lo correcto y qué no lo es, llegando a ser nuestro dios. Ese es el pecado que nos separa del Dios verdadero y nos mantendría así. Pero gracias a Dios que no nos deja separados de su presencia, sino que por medio de Jesús viene a anular el poder del pecado en nosotros.
Una de las formas que nos pueden ayudar a comprender lo que Jesús ha hecho por nosotros para poner fin a nuestra separación con Dios es considerar matrimonio y el camino que Dios quiere dentro de este para nosotros. Eso es simplemente lo que hace el apóstol Pablo en su carta para los Efesios.
“Las casadas estén sujetas a sus propios esposos como al Señor, porque el esposo es cabeza de la esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, y él mismo es salvador de su cuerpo. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, de igual manera las esposas lo estén a sus esposos en todo.
Esposos, amad a vuestras esposas, así como también Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, a fin de santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua con la palabra, para presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa y sin falta”. Efesios 5:22-27.
Cuándo vemos el matrimonio como Dios lo ve, nos encontramos con un cuadro donde abunda el amor Dios y el perdón en Jesús. No he celebrado ninguna boda aquí pero, pero cuándo la tenga sin duda traeré en la celebración este punto, iniciando la boda así como iniciamos el Oficio Divino, con una confesión y una absolución de pecados. El perdón en Jesucristo es la fundación de un matrimonio bueno y exitoso. Es la base de en la cual las esposas se someten a sus maridos y sus maridos aman a sus esposas… “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella.”
El perdón es la base de nuestra relación con Dios. Tal como dice Pablo, es todo lo que Cristo hizo por nosotros, él es el novio y nosotros somos su prometida. Él nos santifica, limpiándonos por medio del agua y la Palabra. Al estar bautizado y creer en el pacto de perdón que Dios nos ha hecho de ser nuestro Dios y nosotros sus hijo, allí eres hecho miembro de la iglesia, de la prometida de Cristo. Estar bautizado es estar lavado por completo de todos los pecados, incluso del pecado de no querer someterse al Novio y la Palabra de Dios sobre el matrimonio o cualquier otra cosa. Pablo dice que Cristo se entregó por la Iglesia, por su prometida. Eso habla de la cruz.
Un marido debe dar la vida por su prometida, proveerle de lo necesario, protegerla, para mantener su bienestar por encima del propio, sacrificar todo para ella. Eso es lo que hizo Jesús.
Nuestro pecado, nuestro rechazo sobre el control de Dios sobre nuestras vidas merece un divorcio permanente de parte Dios. Pero Jesús nos trae a Dios como su prometida perfecta porque él lleva nuestro castigo, ocupa nuestro lugar al pagar la culpa. Él mantiene nuestro bienestar por encima del suyo. Él sacrifica su vida para que nosotros vivamos. Él sufre la separación de Dios en la cruz, por eso él grita “Dios Mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” Mateo 27:46. Así que nuestra apariencia ante Dios en el día del juicio será muy distinta si vamos de la mano de Jesús, porque con Jesús, Dios verá que hemos sido lavados por completo, que estemos sin dobles o arruga o cualesquier cosa que nos separe de él, que somos “santos y sin mancha”.
En estos días puede haber muchas conversaciones sobre el matrimonio, pero ninguna tan importante como la que Dios nos da sobre ello, para que comprendamos su relación con nosotros por medio de Jesús. A causa de lo que Jesús ha hecho por nosotros, no queremos tener un matrimonio distinto al que él nos presenta en la Biblia. Por lo que Jesús ha hecho por nosotros, nos sometemos a su voluntad en nuestras vidas y nuestros matrimonios. Por lo que Jesús ha hecho en nosotros somos hecho UNO en nuestra relación con Dios, a través una fe en Cristo Jesús. Amén.

Atte. Pastor Gustavo Lavia