sábado, 31 de octubre de 2009

22º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Cristo nos otorga la bienaventuranza”

Textos del Día:

Primera Lectura: Apocalipsis 7:9-17

La Epístola: 1 Juan 3:1-3

El Evangelio: Mateo 5:1-12

Sermón

¿A quién no le gustaría que sus necesidades sean suplidas en abundancia, heredar el Reino de los cielos, ser consolado, tener una gran herencia o recibir siempre el perdón de Dios? ¿Sabes qué? Puedes tener todo esto. Pero para ello deberás ser un santo.

¿Qué es ser santo? Un santo es una persona que no tiene pecado, que está santificada, que ha sido hecha santa. Por consiguiente, si no tienes pecados, eres un santo.

¿Qué hace un santo? En el Evangelio de hoy, Jesús anuncia las “Bienaventuranzas”, las cualidades de esos que serán benditos. Éste es un pasaje muy leído en las Sagradas Escrituras y Dios por medio de él nos quiere otorgar gran placer y bendición. Sin embargo, también es a menudo retorcido e incomprendido llevándonos a desesperarnos.

¡Basta de Bienaventuranzas! A menudo he oído a personas decir: “El mensaje que me dejan las Bienaventuranzas es que si hiciera estas cosas, sería feliz y el mundo sería un mundo mejor. Si soy lo suficientemente bueno en estas cosas, entonces seré bienaventurado, bendecido, llegaré a parecerme a un santo”. El problema que tenemos es que nos movemos por los datos que dan los sondeos. Así que llegamos a pensar que “si soy mejor en este punto que el promedio del población, entonces voy por buen camino”. ¿Pero funciona este método para la relación con Dios?

Veamos las Bienaventuranzas y aclararemos si somos bastantes buenos conservándolas. Una pequeña muestra debería resolver este problema.

Jesús dice “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Jesús da fe de que los santos, los que heredarán la tierra, son mansos. Tengamos presente que mansedumbre es el poder bajo control. Por lo tanto una persona que es mansa usa su poder, su autoridad, su posición y sus habilidades en función de otros, no para sí mismo. Entonces la pregunta es ¿Eres lo suficientemente manso? ¿Usas tu poder, posición y talentos en función de otros? Expresándolo de otra manera ¿cómo tratas a tu familia? ¿Vives en una actitud de servicio hacia ellos, considerando sus cuestiones más importantes que las tuyas? ¿Has perdido la calma o quieres que todos se sometan a tus deseos? ¿Eres un servidor humilde en tu casa?

La mansedumbre tiene que ver con cómo manejamos nuestros recursos. ¿Acostumbras a que los demás te sirvan? ¿Esperas de los demás sin pensar en dar de ti mismo? ¿Necesitas comprar cosas bonitas para ti, sin pensar en regalar a otros? ¿Puedes vivir con menos cosas de las que tienes? ¿Ayudas a otros tanto como esperas ser ayudado?

Podríamos seguir haciéndonos preguntas de esta manera. Pero ante tal examen la respuesta de nuestra naturaleza pecaminosa es “claro que podría ser más manso, pero soy lo suficientemente manso” o “soy más manso que la mayoría de las personas que conozco”. Pero este es el problema, Jesús dice “bienaventurados los mansos”. Él no dice, “bienaventurados es esos que creen que son lo suficientemente mansos”. Cuando él exige mansedumbre, demanda mansedumbre perfecta. No es su medida que sea importante o superior a la media de la población, la exigencia de Dios todopoderoso es la santidad. Creer que somos lo suficientemente mansos, según los estándares de Dios, es arrogancia y orgullo, lo opuesto a la mansedumbre.

En otra afirmación Jesús dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Estar hambriento y tener sed de justicia es desear las cosas de Dios, su fe, su pureza. Aquellos que estén hambrientos y tengan sed aprovecharán cada oportunidad de ser alimentados y saciados. Si realizamos un sondeo, veremos que las personas darán una variedad de respuestas de lo que quiere decir tener hambre y sed de justicia y de cómo saciarla. Algunos dirán que es suficiente asistir al Oficio en Navidad y Pascua, mientras los otros insistirán en que es necesario por lo menos cuatro veces al año. Algunos afirmarán que la asistencia dominical indica un deseo fervoroso, mientras otros sumarán una actividad en la mitad de semana durante el Advenimiento o Cuaresma. Y qué pasa con ese hambre y sed fuera del Oficio, ¿Tienes devociones diarias? ¿Dedicas el tiempo suficiente a las Sagradas Escrituras? ¿Has aprendido de memoria textos claves de la misma para saciar tu hambre y sed y vivir una vida justa?

Otra vez, la respuesta de nuestro interior querrá decir, “yo tengo hambre y sed de justicia, porque mis esfuerzos son para el bien común”. “Necesito calmar mi hambre y mi sed por eso ayudo a los que puedo”. Pero Jesús no dice: “benditos aquellos que están hambrientos y sed por sus propios pensamientos”. Él no pone calificadores. Creer que estamos hambrientos y tenemos sed de justicia es otra vez, una arrogancia muy perjudicial y un gran orgullo.

En otra de las bienaventuranzas Jesús declara: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Otra vez, ver a Dios es un privilegio que solo tendrán los santos, quienes le verán en gloria por la eternidad. Por supuesto, para estar puro en corazón, no tienes que tener ni pensamientos perversos, ni malos deseos o codicia. Tendrías que conformarte perfectamente con las cosas que tienes, confiar en Dios cuándo surgen las pruebas y no temer mal alguno. No deberías verte afectado por el prejuicio o racismo, ni siquiera darte el lujo de permitirte murmurar o guardar rencor a aquel que te hizo mal.

Ahora, vemos que ninguna persona cristiana o no cristiana, puede tener un corazón absolutamente puro. Es imposible. Por esto es que nuestro interior saca pensamientos erróneos para ocultar este problema: “soy así y no lo puedo evitar” “es la tendencia humana y podría ser mucho peor de lo que soy, además no soy tan malo como el resto”. Pero oigamos otra vez la Bienaventuranza: “Bienaventurados los de limpio corazón”. Él no dice, “bienaventurados los que tienen más pureza en el corazón”. Si decimos o creemos que somos puros de corazón o incluso lo suficientemente puros para ver a Dios, damos prueba de que nuestros corazones están muy distantes de ser puros.

Comenzamos con las Bienaventuranzas afirmando que muchos creen que “si haces estas cosas, serás bendecido por Dios y alcanzarás la felicidad”. Ésta es una enseñanza engañosa, porque para alcanzar la felicidad debes hacer estas cosas perfectamente, todo el tiempo, sino no hay bendición y ni felicidad.

¡Si examinas lo que estas Bienaventuranzas requieren de ti, es más probable que grites “¡Basta de Bienaventuranzas! Prometen bendecirme si cumplo los requisitos, pero no los puedo cumplir. ¡Basta de Bienaventuranzas! Son más de lo que puedo hacer “.

Si llegas a esta conclusión, tengo buenas noticias para ti. Eres bienaventurado. Bendito eres porque, por la gracia de Dios y el trabajo del Espíritu Santo, has hecho una confesión honesta de tu condición de pecador. Te has examinado en el espejo de la Ley de Dios y has concluido que no puedes estar a la altura de esas exigencias. Si crees que es tu decisión el ser manso, compasivo y puro, estás sin esperanza. Esto es muy cierto.

Ahora está de acuerdo con la Ley de Dios que no puedes hacer nada para amarlo o ganar su salvación, para ser bendecido o perdonado. Ahora estás preparado para saber que Él te ha salvado y es quien, de manera gratuita te hace bienaventurado.

De esta manera desaparecen la aflicción que se crea al pensar que puedes lograr la santidad por tus propias fuerzas, porque no está en ti el lograrlo. Si crees que has hecho bastante por ser manso y misericordioso (y todo lo demás), para ganar la aprobación de Dios y convertirte en un santo, déjame decirte que alegas razones contra las Sagradas Escrituras y vas encaminándote a la desesperación. Es la aflicción que produce el creer que haces un trabajo “muy bueno” de rectitud para complacer a Dios.

Es una atractiva tentación proclamar estas Bienaventuranzas como si fueran dadoras de poder o felicidad. Incentivar a las personas a ser mansos y humildes, compasivos y tranquilos, alentarlos a que serán felices si hacen estas cosas al pie de la letra. Pero si esto es lo que se predica o se cree, se creará un gran perjuicio. En primer lugar, porque se enseña que se puede por medio de la razón y obras realizar cosas para la satisfacción de Dios. Mucho peor, si le enseña que lo puedes hacer por tus medios, porque luego no tendría sentido que se te enseñe que necesitas un Salvador, porque no lo necesitas ya que puedes solo.

Entonces ¡basta de Bienaventuranzas! Al menos, basta de esta idea que podemos alegrarnos y ser benditos si hacemos estas cosas los suficientemente bien, porque nunca será así. Si reconocemos que no podemos quiere decir que estamos listos a escuchar acerca del que ha hecho todo por nosotros.

Ya vimos que no podemos cumplir con los requisitos de estas Bienaventuranzas, de ninguna manera posible. En primer lugar, necesitamos saber de nuestro pecado. Pero por otro lado, estas Bienaventuranzas nos dan la oportunidad de mirar y gozarnos en nuestro Salvador, Jesucristo. Él ha cumplido estas Bienaventuranzas perfectamente. Es más, él las ha mantenido perfectamente por ti y por mí.

Escuchemos y regocijémonos. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” dice Jesús. Nadie ha sido lo suficientemente pobre en espíritu, excepto él. La humildad interminable durante la vida del Salvador desde su nacimiento hasta la cruz. Si él hubiese exigido mucho, cómodamente sentado en su trono, él sólo habría pedido lo que merecía.

Pero el Señor no llegó para ser servido, sino para dar servicio y sacrificar su vida como rescate por muchos. Humildemente, el Hijo del Dios todopoderoso te sirvió y sirvió a otros. Él sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, enseñó al pecador, perdonó al penitente, resucitó a los muertos. Él no practicó un servicio de orgullo, de demanda y de gloria. Él prestó su humilde servicio, aun al punto de la muerte en la cruz. Él se hizo pobre de espíritu, para que nosotros podemos tener el reino de los cielos.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Jesús no lloró solo por la muerte de un ser querido como Lázaro, sino por el efecto aniquilador del pecado en el hombre. Él se entristeció por Jerusalén, porque sabía que muchos de sus habitantes no se arrepentirían. Él sufrió la más cruel de las muertes para que nosotros podamos ser confortados.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” Recuerde, la mansedumbre es poder bajo control, usada en función de otros. Jesús no destinó su poder omnipotente para su propia ganancia, sino que lo uso a favor de otros, curó enfermedades, multiplicó pan y pescados y expulsó a demonios. Sufriendo un juicio injusto y una condena dolorosa en manos de pecadores, no los arrasó con una palabra, ni exigió a Dios que los destruyera. Dócilmente, el Hijo de Dios permitió ser crucificado. Él ha sido lo suficientemente manso, a fin de que tu y yo podamos ser llevados al cielo nuevo y la tierra nueva.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Recuerda la tentación de Cristo, en de salvaje desierto, Jesús sufrió hambre y sed y a la vez oía las tentaciones del diablo para que convierta las piedras en pan. Él estuvo hambriento pero su deseo de justicia hizo que se aferre a la Palabra de Dios para que tú y yo podamos ser llenos del perdón de Dios. Recuerde las palabras de su boca seca, al borde de la muerte en la cruz, “tengo sed”. Él ha tenido sed y ha muerto en esa cruz, derramando su sangre para darte de beber vida eterna.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia”. Ser compasivo no es dar a un malhechor lo que él merece. Otra vez, el Señor Jesús no destruyó a los que lo arrestaron, blasfemaron, crucificaron y se burlaron de él. Él lo podría haber hecho. Pudo haber bajado de la cruz, pudo haberse salvado y pudo haber destruido completamente a sus enemigos.

En lugar de darles lo que merecían, los perdonó y murió por ellos, para dar a los pecadores lo que no merecen: El perdón de sus pecados. En lugar de condenarle, los perdona.

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. De Jesús, Hebreos 4:15 declara que “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no puede compadecerse de nuestras debilidades, pues él fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado”. ¿Jesús fue perfectamente puro de corazón y por qué? Hebreos 4:16 nos dice eso porque él estaba sin pecado, “Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia para que alcancemos misericordia y hallemos gracia para el oportuno socorro”. Por ello podemos acceder a su trono de gracia con confianza. Jesús ha sido puro en corazón a fin de que tu y yo pudiésemos ver a Dios en la gloria eterna.

“Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. El Señor Jesucristo hizo las paces. Él hizo las paces entre el hombre y Dios, derrumbando la pared de separación entre los dos (Efesios 2:14), quitando el pecado que nos privaba de acceder a la presencia de Dios. Él ha hecho la paz a fin de que seamos Hijos de Dios y herederos de cielo.

“Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os vituperan y os persiguen, y dicen toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”. ¿Y quién ha sido más deshonrado, perseguido que Jesús mismo? ¿Quién ha sido insultado, golpeado y difamado falsamente que el Señor? Él ha sufrido estas cosas y suyo es el reino de los cielos. Una y otra vez, ha hecho estas cosas por ti y por mí. Comparte su victoria sobre el pecado y la muerte con nosotros, así que nuestro es el reino de los cielos.

Cuando oímos lo que tuvimos que hacer para cumplir con las Bienaventuranzas, vimos que no lo podríamos ni aun de cerca. “Basta de Bienaventuranzas” no las podemos ganar por nosotros mismos. Sólo nos mostraron qué tan profundo y oscuro es nuestro pecado, cuán terribles son nuestros fracasos. Pero todo cambia cuando consideramos las Bienaventuranzas desde la vida de Cristo: ¡Ahora puedes ver tu salvación! Él ha cumplido con las Bienaventuranzas, ha hecho estas cosas perfectamente y las ha hecho para ti y para mí. El gran cambio ha tenido lugar: Cristo Jesús ha quitado sus pecados en la cruz, él ha sufrido la furia de Dios por tus fracasos. Pero al quitar nuestros pecados, no nos ha dejado vacios. En lugar de eso, nos ha dado el poder del Espíritu Santo para poder vivir en su obediencia y disfrutar de las Bienaventuranzas. Porque él ha hecho eso, el Padre Eterno cuida de ti y dice, “no veo pecado en ti, porque mi Hijo ha quitado todo. Ahora, por su bien cuando te miro, veo uno que es pobre de espíritu, triste y manso, con hambre y sed de justicia, un santo. Te veo en el reino de los cielos".

Qué extraño parece al principio: No somos o nos hacemos santos por cumplir bien con las Bienaventuranzas. Más bien, somos santificados porque, por el trabajo del Espíritu, reconocemos que no los podemos conservar como debemos. Y si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo malo. Esto es por qué la vida del cristiano es una de arrepentimiento continuo, confesando nuestros pecados, regocijándonos en lo que Jesús ha hecho lo que no podíamos hacer. ¿Que se necesita para ser santo? Necesitamos estar sin pecado. Así que se es santo no por sus obras o falta de ellas, pues nunca son suficientes, se es santo por el sacrificio que de Jesús. Él ha hecho todo el trabajo y ha pagado el precio con su sacrificio. Por consiguiente, estimados en Cristo, bendito eres tú y todos los santos de Dios, porque eres perdonado de todos tus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén